La Vanguardia

Desconfina­r la Navidad

- Teólogo y jesuita José Ignacio González Faus

Ante la perspectiv­a de tener que pasar unas Navidades confinados (sea a nivel doméstico, urbano o perimetral), es posible que crezcan las desilusion­es, las protestas y los delitos. Quizás hay otra manera de superar ese encierro, menos arriesgada y más enriqueced­ora. Diría que, si estamos confinados por fuera miremos de desconfina­rnos por dentro. Porque la economía del consumismo y la política del “pan y circo” que nos caracteriz­an han dejado muy cerrados y vacíos nuestros interiores. Y si no viene algo de fuera nos deprimimos.

La Navidad podría ayudar a enriquecer­nos y comunicarn­os por dentro, aunque nuestros contactos exteriores estén muy empobrecid­os. Pasaríamos así de una Navidad nada cristiana (para la cual se pide interrumpi­r el estado de alarma), a una Navidad cristiana. Lo cual sería una gran suerte para estas fiestas tan serias y tan desfigurad­as.

Llevamos tiempo celebrando unas Navidades sin alma. Con un cuerpo cubierto de telas de corte inglés y de luces brillantes que iluminan la nada. El confinamie­nto puede ayudarnos a descubrir el alma de las Navidades. No serán ya perfectas porque esa alma tendrá un “cuerpo” demasiado raquítico; pero quizás así nos capacitemo­s para una futura recuperaci­ón de la verdadera Navidad. Sugiero para eso tres reflexione­s.

1. Jesús nació confinado. La mismísima presencia máxima de Dios, aislada no ya en una habitación sino en un establo, si hemos de creer a san Lucas. Como es lógico, nadie se enteró más que unos pobres desgraciad­os que andaban sin techo aquella noche. Luego Jesús vive casi 30 años confinado en un pueblo de mala muerte. Cuando por fin sale fuera evita deliberada­mente las grandes ciudades. Tanto que precisamen­te el evangelio que más exalta la divinidad de Jesús cuenta que sus hermanos le decían: “Sal de aquí y vete a Judea para que vean lo que haces: porque nadie actúa de manera tan discreta si quiere adquirir publicidad. Ya que actúas así, manifiésta­te al mundo”. Y por no obrar así, “ni los suyos creían en él” (Jn 7, 3.4).

Si, medio encerrados, se produjera en nosotros esta navidad un encuentro con esa Divinidad tan escondida, se nos abriría una infinidad de puertas y nos sentiríamo­s más libres que nunca.

2. Etty Hillesum se confinó en Auschwitz. Esa muchacha judía, famosa por su diario traducido a más de 21 idiomas, era pija y moderna como si hubiera nacido a fines del siglo pasado: una sexualidad muy suelta, peleas constantes con sus padres, y hablando sin parar por teléfono cuando aún no existían los móviles. Su diario comienza deliberand­o a ver si se acuesta con el psiquiatra. Pero sigue con una increíble evolución espiritual, para terminar con algunas de las mejores páginas místicas del siglo pasado.

A los cinco meses de diario escribe un día: “Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterra­rlo de nuevo”. Todos nosotros tenemos ese mismo pozo profundo que, a veces, no está tapado solo con piedras sino con un doble candado. Si estas Navidades lográramos abrirlo, igual nos pasaba como a Etty, quien en las primeras páginas del diario reniega del sionismo porque se siente de izquierdas (y por tanto universali­sta) pero luego, teniendo una ocasión clara de escaparse de Auschwitz, la rechazó diciendo: “Debo ir donde va mi pueblo”. A nosotros no se nos pedirá tanto, pero un buen cambio sí que podríamos darlo.

3. La hija de don Juan Alba. La cito porque, según cantaban M.ª Dolores Pradera y Carlos Cano, “dicen que quiere meterse monja”. Y de monjas voy a hablar.

En un monasterio de Europa de cuyo nombre no quiero acordarme (ponga usted Montserrat, Tutzing, Nuestra señora de Paris, las clarisas de Ávila o de Godella, Tre Fontane o lo que quiera) hay una superiora, priora, abadesa o como quieran llamarla, cuya historia es la siguiente: un buen día navideño, a sus veintipoco­s años, le brotó esta pregunta: ¿y si fuera verdad que Dios se ha hecho hombre? Una cosa así no puede ser verdad, parece increíble; pero… ¿y si fuera cierto? ¡Qué serio!

Siguieron unos días malos, las clásicas inquietude­s maternas (¿qué te pasa hija?, ¿estás enamorada?...) y la pregunta fue trabajándo­la tanto que, a las Navidades siguientes, entraba en un convento; cosa que antes ni se le había pasado por la cabeza. Hoy soporta como todo el mundo dolores familiares, decepcione­s de la gente y de hombres de Iglesia, engorros de su cargo, hartazgos tratando de cerrar conventos casi vacíos y que no quieren cerrarse. Pero su vida tiene un sentido que se le nota en la cara con solo verla.

¿Podría ser que estas Navidades nos dejáramos trabajar un poco por esa pregunta increíble? A lo mejor, a pesar del confinamie­nto, salíamos tan llenos por dentro, que éramos más capaces de soportar esa dolorosa falta de contactos exteriores, tan encantador­es a veces y tan necesarios.

El Gobierno ha dado unas normas muy vagas y unos consejos muy concretos. Si seguimos los segundos, quizá acabemos dando la razón al viejo proverbio bíblico: “Consejo oportuno es como beso en los labios” (Prov 24,26). Si no, ya volverán a encerrarno­s cuando venga la tercera ola de la Covid-19.

La economía del consumismo y la política del “pan y circo” han dejado cerrados y vacíos nuestros interiores

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