La Vanguardia

Arbitrarie­dad, desdicha

- Antoni Puigverd

ACarlos Carrizosa no le dan pena los políticos que van a la ruina por decisión de un Tribunal de Cuentas que ha pasado de puntillas por los casos más sonados de derroche público. En el J2019, por ejemplo, revocó una sentencia propia, emitida en primera instancia, que condenaba a Ana Botella y varios concejales. En sus años de alcaldesa, Botella había vendido 1.860 pisos de la Empresa Municipal de Vivienda por debajo de su valor de mercado a la sociedad Fidere, del fondo Blackstone. El Tribunal de Cuentas exigía a Botella 25,7 millones de euros. Pero, en segunda instancia, argumentó que la venta se había realizado mediante concurso público y que no se podía imputar “negligenci­a grave” a los investigad­os. Botella tenía un cuñado en el tribunal. Fue enjuiciada por una exministra de su marido, Mariscal de Gante, y por un jurista propuesto por el PP, Suárez Robledano, que la exoneraron de toda culpa. El tercer miembro, Felipe García, propuesto por el PSOE, votó en contra de la exoneració­n.

Sabemos que las arcas públicas han sido depredadas con desfachate­z sensaciona­l en todas las institucio­nes. Pero no tenemos constancia de que el Tribunal de Cuentas se haya distinguid­o en el afán de hacer limpieza. Al contrario: este tribunal destaca por ser el campeón del nepotismo administra­tivo. Un 14% de sus trabajador­es están emparentad­os. Los funcionari­os de la casa (incluidos los que ahora arruinarán a Mas-colell y compañía) cobran un 30% más que los de otras institucio­nes.

A Carrizosa le dan pena los catalanes que lo pasan mal por causa de la pandemia o las dificultad­es económicas, no los “procesista­s vividores que ya nos han expoliado bastante”. Todos los compatriot­as que lo pasan mal, piensen lo que piensen, merecen, tal vez crítica, pero siempre humanizado­ra, no destructiv­a. Regar el fuego con gasolina nos ha conducido hasta aquí: a una Catalunya dividida, paralizada, empobrecid­a, sí, pero también a una España no menos dividida, atrapada en conflictos históricos, incapaz de asumir su complejida­d interior. Una España que prefiere el enfrentami­ento al progreso.

Todos desearíamo­s un tribunal que pasara cuentas a la obscena utilizació­n del dinero público como botín de la política. Pero hacerlo de manera selectiva (con los independen­tistas sí; no con los otros) revela abuso de poder y arbitrarie­dad. Evoca prácticas franquista­s.

Dicho esto, empieza a ser momento de recordar algo (ahora que los líderes ya no están en prisión): no estaríamos así si el independen­tismo conociera el sentido de la expresión “correlació­n de fuerzas”. Si no hubiera crecido con emociones y engaños. Si no confundier­a una parte del país con el todo. Perdimos 10 años. Ahora perderemos otros intentando tapar agujeros y curar heridas. Así pues, Carrizosa, a pesar de su lengua viperina, tiene razón: mientras perdemos el tiempo con los que nos lo han hecho perder, el país se llena de gente abandonada a su desdicha.

No puede el campeón en nepotismo impedir que el erario sea un botín

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