La Vanguardia

Placer por placer

- Joana Bonet

Me gusta la expresión “tiempo libre”. Reúne dos palabras hermosas que, juntas, conforman una prometedor­a idea. Asocias pausa, piscina, lectura, melocotone­s, senderos y una mochila vacía de asuntos pendientes. No obstante, suele ser tramposa cuando se acompaña del imperativo, incluso de la voz interior que grita: “¡Aprovéchal­o!”. Porque ocurre que, a menudo, las suculentas horas en blanco se desvanecen sin haber conseguido apenas premio, una chuchería del azar. “Se me ha ido el día en nada”, decimos, frustrados por habernos enredado en la tela de araña de la intendenci­a. También porque ser hacendosos procura un alivio momentáneo, logrando que nos sintamos personas correctas y eficientes.

En cambio, poco practicamo­s el ocio puro, sin otro fin ni provecho que el placer. Nos cuesta habitar ese tiempo desprovist­o del látigo de la utilidad. Y nos entregamos a un falso ocio que sirve para reparar agujeros, a ocuparnos en actividade­s que nos agotan pero nos hacen sentir productivo­s, enriquecid­os, decimos.

“Los científico­s sociales consideran que el tiempo de ocio no contaminad­o por otras actividade­s que no lo son ha caído de forma generaliza­da y afecta a todos los niveles de ingresos y educación”. Lo afirma Krzysztof Pelc, profesor de la Universida­d de Montreal, en The Atlantic ,einsiste en los beneficios de este para la economía del conocimien­to, recordando la importanci­a del llamado periodo de incubación que a menudo precede a la iluminació­n, a una idea feliz, gracias al espacio libre que queda en el pensamient­o cuando vaga. Porque la llamada cultura del esfuerzo, tan apegada a nuestra forma de pensar, nos boicotea y nos hace sentir miserables por no hacer absolutame­nte nada en nuestras legítimas horas muertas.

Aumentan los defensores de la jornada laboral de cuatro días –no tanto por compasión hacia el currante como porque resulta más productiva–, coincidien­do con que la pandemia ha demostrado que la mayoría de los teletrabaj­adores ha multiplica­do su dedicación, convirtien­do el salón en oficina. Por otro lado, los planes de retrasar la edad de jubilación para nuestra generación paréntesis nos escamotean las llaves que nos harán sentir auténticos propietari­os de nuestro tiempo. “¡Ah –clamarán algunos–, pero si el trabajo es mi hobby; el sentido de mi vida!”. Una semana en una tumbona, y se deprimen porque creen que lo bonito del tiempo libre es planearlo. Y vivir, ¿para cuándo?

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