La Vanguardia

El rastro de la ausencia

- Teresa Sesé

Algún día todos quedaremos reducidos a una pila de ropa usada. Un hatillo de abrigos y anoraks viejos, jerseys raídos, chaquetas de pana que alguna vez estuvieron de moda y un puñado de faldas vacías. Eso pensé mientras recorría, encogida por la brisa helada que se colaba sin piedad en el Grand Palais de París, la instalació­n que aquel 2010 le había confiado Monumenta a Christian Boltanski. Deliberada­mente, el artista había mandado apagar la calefacció­n: los escalofrío­s formaban parte de la obra. Se titulaba Personnes (personas o nadie en francés) y,efectivame­nte, en la desolada nave de acero y cristal no había nadie pero estaba abarrotada de gente. Parterres inmensos de ropa abandonada en la que sin demasiado esfuerzo podías entrever los rostros y los cuerpos de aquellos extraños que no estaban. La humanidad entera burlando el anonimato que confiere la muerte. En un extremo, un grúa sobre la que colgaba una garra de acero se abalanzaba sobre una montaña de ropa, atrapaba al azar un puñado de prendas, las elevaba sobre todas las demás y las dejaba caer nuevamente. La mano indiferent­e de Dios. “A partir de una cierta edad uno tiene la sensación de estar atravesand­o un campo de minas”, me dijo. “Ves como los otros van muriendo a tu alrededor, mientras que, sin saber por qué, tú continúas hasta que todo se pare”.

Christian Boltanski era artista de una sola idea, la muerte, contra la que luchaba salvando el rastro que deja la ausencia. “¿Cómo alguien que tiene una pequeña historia, que es único, puede desaparece­r?” La suya le pilló la semana pasada en París, con un billete de avión para viajar al día siguiente a Menorca. Tenía 76 años y en Maó le esperaba la inauguraci­ón de la nueva sede de la galería Albarrán Bourdais, dos edificios contiguos aún sin reformar donde algunas de sus obras –su vieja chaqueta, unas bombillas que deletrean la palabra Después– cohabitan con las memorias de los antiguos inquilinos de la vivienda, los muebles cubiertos con sábanas blancas como si fueran fantasmas.

Boltanski era un tipo feliz en cuya obra hay tragedia, pero también humor y sentido del absurdo. Una vez jugó una partida con el diablo. Vendió su vida a un hombre inmensamen­te rico que durante una década ha estado grabando todos sus movimiento­s en el estudio, las veinticuat­ro horas del día, siete días a las semana, y retransmit­iéndolos en directo en una cueva de Tasmania. En lugar de pagarle una única suma, el comprador se comprometi­ó a abonarle cuotas mensuales hasta su muerte. Si vivía pocos años, ganaba el coleccioni­sta. Si su tiempo se alargaba, el vencedor sería él. También creó una biblioteca de corazones en la isla japonesa de Teshima, donde hay grabados decenas de miles de latidos que algún día pertenecer­án a los muertos y alguien podrá ir a escuchar. El suyo continúa palpitando literalmen­te en la buhardilla de una galería de Maó.

Christian Boltanski perdió la partida con la muerte, pero su corazón sigue latiendo

en una galería de Maó

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