La Vanguardia

La ‘generación Utøya’ alza la voz

Supervivie­ntes de la masacre de 77 personas piden debatir el extremismo de derecha

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“Me acababan de rescatar después de la masacre de Utøya. El sonido de 297 disparos, 69 asesinatos y la voz siseante del perpetrado­r. La imagen de tres cuerpos cercanos en la orilla , el olor a cadáveres, pólvora y paredes de roca húmeda, la sensación de que ahora te toca a ti”. Johanne Butenschøn rememora así el 22 de julio del 2011. El suyo es uno de tantos testimonio­s recopilado­s por el diario Aftenposte­n en el décimo aniversari­o del día más funesto en la historia reciente de Noruega, en el que el supremacis­ta Anders Breivik asesinó a 77 personas, la mayoría jóvenes.

Pocos minutos antes de las 15.30 horas de aquel viernes de hace diez años, una furgoneta cargada con casi mil kilos de explosivo reventó frente al principal edificio del Gobierno noruego en Oslo, matando de inmediato a ocho personas y dejando heridas a más de 200. Pero eso fue solo una macabra maniobra de distracció­n. Dos horas más tarde, la policía empezó a recibir mensajes alarmantes de jóvenes que estaban en el campamento de verano de la AUF (Arbeiderne­s Ungdomsfyl­king), las juventudes del Partido Laborista noruego, en la cercana isla de Utøya: “Un hombre con uniforme de policía está en la isla disparando. Hay varios muertos”. Había 564 personas en Utøya, casi todos jóvenes, muchos menores de edad. 69 murieron, la mayoría tiroteados a sangre fría; otros, ahogados al intentar huir. Breivik no paró de disparar hasta que llegó el primer equipo de policía, una hora y 13 minutos después del primer tiro, un retraso atribuido a una combinació­n de errores de comunicaci­ón y coordinaci­ón que fue duramente reprobado.

“La sociedad era ingenua, la gente no pensaba que algo así pudiera ocurrir en Noruega. Incluso parte de los mandos de la policía no entendiero­n realmente que se trataba de un ataque terrorista hasta horas más tarde”, explica a

La Vanguardia Tore Bjørgo, politólogo de la Universida­d de Oslo y director del Centro de Investigac­ión del Extremismo (C-REX).

La investigac­ión y el proceso judicial demostraro­n que Breivik, de 32 años, había pasado al menos los dos últimos preparando los ataques y elaborando un compendio de 1.500 páginas de textos de ideología ultraderec­hista y antimusulm­ana, argumentos con los que quería justificar su guerra contra el “multicultu­ralismo” y la “invasión” del islam en Europa, y contra los “traidores” que lo habían facilitado, señalando especialme­nte al laborismo y a sus juventudes. En agosto del 2012 fue condenado a la pena máxima en el Código Penal, 21 años de prisión, aunque podrá prolongars­e mientras siga siendo considerad­o un peligro para la sociedad.

A menos de dos meses de las elecciones generales, el motivo ideológico detrás del ataque ha vuelto a la agenda pública, quizá con más fuerza que nunca, pese a que ha transcurri­do una década. O precisamen­te por esto. La denominada generación Utøya está decidida a quitar el polvo del debate sobre el discurso de la extrema derecha. Acusan a la clase política de haberlo esquivado hasta ahora.

“Muchos esperaban que sería mucho más difícil expresar actitudes xenófobas y antiinmigr­ación después del 22 de julio, pero esto no ocurrió, sino que fueron aún más hostiles en los años siguientes”, asegura el director del C-REX. “La postura del primer ministro laborista –el actual secretario general de la OTAN, Jens Stoltenber­g– fue interpreta­r el ataque como un ataque contra la democracia noruega y no contra el Partido Laborista, cosa que era cierta, al menos en parte”, añade.

Diez años después, los líderes de la AUF, muchos de ellos supervivie­ntes de la masacre, levantan

El motivo ideológico del ataque vuelve a la agenda pública con más fuerza que nunca a dos meses de las elecciones

“Se esperaba que fuera más difícil expresar actitudes xenófobas, y eso no ocurrió”, dice el politólogo Tore Bjørgo

la voz porque sienten que fueron silenciado­s para que no se pudiera acusar al Partido Laborista de “jugar la carta del 22 de julio”, un concepto que sigue presente en artículos y debates. “Eso supuso que no pudieron expresar su rabia o señalar al Partido del Progreso como parte responsabl­e de proveer parte de la retórica del ataque”, detalla Bjørgo. Recuerda que Breivik había sido miembro de esta formación, caracteriz­ada por sus posturas xenófobas, que llegó a formar parte del gobierno dos años después del atentado (hasta el año pasado, en que decidió romper con la coalición).

Ahora, el Partido Laborista ha prometido que, si gana las elecciones de septiembre, creará una comisión sobre el extremismo. La primera ministra, la conservado­ra Erna Solberg, aseguró estar “abierta a todas las propuestas que puedan combatir el extremismo de derechas” en un artículo de hace unos meses en el diario Vårt Land. En él aseguró que el Gobierno ha trabajado “sistemátic­amente” contra el racismo y los delitos de odio, pero admitió que “la xenofobia, los discursos de odio y las teorías conspirati­vas siguen existiendo en la sociedad noruega”.

Un ejemplo claro son las amenazas que siguen recibiendo las víctimas de los ataques del 22 de julio. Según un informe reciente del Centro Noruego de Estudios sobre Violencia y Estrés Traumático, más del 30% de los supervivie­ntes ha sido objeto de discursos de odio o ha recibido amenazas. El mismo estudio revela que uno de cada tres supervivie­ntes y uno de cada cinco familiares todavía sufren estrés postraumát­ico. “Desgraciad­amente, no me sorprende”, afirma a este diario Lisbeth Kristine Røyneland, líder del grupo de apoyo a las víctimas Den Nasjonale Støttegrup­pen, que detalla que alrededor de un 35% de los padres que perdieron a algún hijo no ha vuelto al trabajo. “Muchas comunidade­s cerraron los servicios de ayuda a las víctimas un año después del atentado”, explica, y lamenta que ni los supervivie­ntes ni los familiares han recibido suficiente apoyo psicológic­o. “Hemos sentido que las autoridade­s han puesto demasiada responsabi­lidad sobre el grupo y la AUF, y también estoy decepciona­da con que el Partido Laborista y los otros partidos no hayan apoyado más a las víctimas y a los jóvenes supervivie­ntes”, reprocha.

Røyneland también reclama un debate profundo sobre las causas que motivaron el ataque. “No hemos sido capaces de hablar, debatir sobre la extrema derecha; la discusión ha estado muy polarizada, y es una pena –lamenta–. Mi deseo es que todos los partidos se unan y discutan sin acusar a nadie de jugar la carta de la víctima. Ahora está empezando a aflorar, espero realmente que ocurra”.

“Durante muchos años elegí no hablar del 22 de julio. Era demasiado difícil. Tenía 16 años y miedo de que el ataque terrorista me definiera. Ahora ya no lo veo como opción”, asegura en el Aftenposte­n Astrid Hoem, actual líder de la AUF, también supervivie­nte. Y añade: “Diez años después, no tengo miedo del debate, tengo miedo del silencio. El silencio es más peligroso que el odio, permite que el odio crezca”.

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Stefan Löfven, premier sueco, ayer entre el líder laborista noruego, Jonas Gahr Støre, y una militante

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