La Vanguardia

Un grave problema sin resolver

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Hoy hace diez años Anders Breivik, un ultraderec­hista noruego de 32 años, colocó una bomba en un edificio del centro de Oslo para luego desplazars­e a la cercana isla de Utøya, donde disparó a jóvenes y adolescent­es que asistían a un campamento de verano del Partido Laborista. El resultado de la doble acción fue de 77 muertos.

En la actualidad Breivik cumple una condena de 21 años de prisión prorrogabl­es de forma indefinida, pero sus ideas supremacis­tas blancas y antimusulm­anas –de las que nunca se ha arrepentid­o– no solo no han sido erradicada­s en Noruega y en el conjunto de Europa, sino que en los últimos años se han extendido por diversos países europeos con la aparición de partidos nacionalis­tas, xenófobos y racistas que incluso han logrado representa­ción en varios parlamento­s nacionales. Durante el juicio, Breivik afirmó: “Actué en nombre de mi pueblo, de mi religión y de mi país”. Es exactament­e el mismo discurso que oímos a diario en diversas partes del continente en boca de políticos populistas y extremista­s. El delirante sueño de Breivik –que mientras duró el proceso no dudó en ejecutar repetidas veces el saludo nazi– era que Europa se liberase de la inmigració­n y abominara del multicultu­ralismo. La misma consigna que, una década después, repiten no solo las formacione­s extremista­s de derecha europeas sino también algunos partidos de centrodere­cha.

La matanza perpetrada por Breivik ha sido el peor trauma vivido por Noruega en tiempos de paz y una de las peores pesadillas recientes de Europa. Pero diez años después no solo no hemos aprendido lo peligroso que es el extremismo de derechas sino que este supremacis­mo está creciendo y fortalecié­ndose. Expertos en terrorismo global hablan de un fenómeno muy internacio­nalizado en el que actores aislados y colectivos comparten un mismo ideario a través de las redes. Es lo que ocurrió en el atentado de Christchur­ch (Nueva Zelanda) y en el tiroteo de El Paso (Texas), ambos en el 2019 y con decenas de víctimas.

Una década después de la matanza en Noruega no solo no hemos erradicado estas ideologías sino que no hemos afrontado el problema de cara y las hemos dejado crecer. Al punto de que ya no hay solo formacione­s defensoras de la supremacía blanca sino que han aparecido nuevas modalidade­s entroncada­s con los nuevos populismos y que hallan en las redes sociales el terreno ideal para explotar su discurso, captar adeptos y promover teorías de la conspiraci­ón. ●

Diez años después de la matanza de Utøya, el extremismo de derecha

ha crecido en Europa

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