La Vanguardia

“Aún me pregunto por qué siendo niños nos enviaron a la guerra”

- VICTOR-M.AMELA

Tengo 100 años (y diez meses). Soy de Manresa. He sido payés. Casado con Dolors 65 años, soy viudo. Tengo una hija (otra murió), tres nietos y tres biznietos. ¿Política? Solo me ha dado una guerra. ¿Religión? Si no crees en nada, no eres nada: la Virgen de Montserrat me da fuerza

Qué bien está en esta casa. Aquí nací, igual que mi abuelo, mi padre, y mis hijos también. ¿Quién hizo esta casa? Mi bisabuelo, a fines del XIX.

¿A qué se dedicaba?

Al campo. Somos una familia payesa.

¿Qué cultivaban?

Cereal, maíz, uva, aceituna, berenjena blanca... Le regalo unas semillas, tómelas.

¡Gracias! ¿A qué edad empezó?

De niño, y también jugaba mucho, y estudiaba... pero poco. ¡Dibujar sí me gustaba!

Veo en estas paredes pinturas suyas.

Empecé a pintar después de jubilarme, sí. Mi esposa me animaba. Ella ya murió...

¿Cuándo?

Hace seis años. Desde entonces ya no pinto. Ni hago muebles, como esos sillones.

¿Y qué hace ahora?

Voy al casal y converso con señoras, tan pendientes del móvil... ¡Yo lo prohibiría!

¿Qué recuerda usted de la guerra?

A los de 1920 nos enviaron en 1938 a la guerra, en tren, hasta Vic. Tenía 17 años.

¿Estaba asustado?

¡Era una aventura! Reíamos, bromeábamo­s, éramos jóvenes y despreocup­ados, y vi hermosos paisajes, y escribí un poema...

Pero... ¡iban a una guerra!

No entendí qué es la guerra hasta ver a un chico como yo con las piernas amputadas.

¿Dónde vio eso?

Después de Vic, fuimos a Calaf, a pie a Sanahuja, Tírvia, Castellnou, y a Lleida y Seròs, al frente del Segre. Silbaron las balas. Ahí, fui sanitario. Le llevé en una camilla.

¿Pasó miedo?

Nos daban coñac. Y si no avanzabas, un comisario nuestro te pegaba un tiro por la espalda. Yo no sabía si tenía miedo o qué tenía. Podía morir cada día, eso era todo.

¿Le enviaron luego al frente del Ebro?

Sí, en camiones Katiuska, y con muchos

biberones como yo. Estuve en Móra la Nova. Y en Tivissa, dónde recuerdo a una mujer: “¿Tiene algo de comer? Tengo hambre”, pedí. “Hijito, yo la tengo igual”, me dijo. Pero me dio cuatro avellanas.

¿Llegó usted a cruzar el Ebro?

No.

¡Fue muy afortunado!

Sí. No morí porque al partir el tren de Manresa miré a la montaña de Montserrat y recé así: “¡Señora, ayudadme!”.

Pues eso debió de ser.

Seguro. En La Bisbal de Falset unos moros que violaban y mataban venían a matarnos a mí y a mi grupo de soldados y...

Ah, las tropas franquista­s ya habían cruzado el Ebro, entonces...

Sí, y apareció un oficial franquista y frenó a aquellos moros con cuatro latigazos.

Pues menos mal, Salvador.

Nos entregamos para no alargar la agonía. Acabamos en Astorga, ¡qué bonito!

¿El qué?

El palacio Episcopal de Gaudí, y un fábrica de chocolate, y...

Pero, estaba usted preso.

Y nos daban solo patatas crudas. Y los piojos: andábamos todo el día aplastándo­los... Pero me ha gustado ver lo bueno.

Pese a que debió de ver cosas terribles.

Sí. Dormíamos en el suelo, tirados. Un amigo del grupo se abandonó... y el pobre murió en un rincón, comido por los piojos.

Usted resistió.

Iban a enviarnos a la toma de Madrid, pero cayó. Y ya terminó la guerra.

1 de abril de 1939. ¡Suertudo, otra vez!

Una tía mía me consiguió dos avales de manresanos: al poco tiempo salí del penal. Y siguieron cinco años de servicio militar. Estuve en A Coruña, ¡qué bonito!

¿El qué?

Las chicas galleguita­s, ¡oh, guapísimas! Obtuve muchas calabazas, eh, pero bueno, cada día me bañaba en el mar.

Es usted un auténtico disfrutón.

Me enviaron a Montjuïc: abrillanta­ba botas de un oficial y hacía guardias. Creo que uno de los presos allí era Companys.

¿Qué opina usted de aquellos políticos republican­os, catalanes y españoles?

Lo único que me han dado los políticos es una guerra. Y aún hoy me pregunto por qué nos enviaron a unos niños a la guerra.

¿Tiene respuesta?

No. Éramos unos niños. No lo entiendo.

¿Ha hablado de política en su casa?

Mi padre solo me dijo esto: “haz el bien, no el mal”, y “sé honrado y trabajador”.

¿Mató usted a alguien?

No lo sé. Disparé, pero nunca sabré si toqué a alguien. Ojalá no. He agradecido a la Señora que no me tocasen a mí, eso sí.

¿Cómo conoció a Dolors, su esposa?

Acabada la mili volví al campo, y la veía pasar cada día por un camino, con su peca en la mejilla... Hablábamos. Y un día nos besamos. La he querido mucho. ¡La añoro mucho! Muevo mi brazo en la cama, así... y no encuentro nada a mi lado, ella no está.

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