La Vanguardia

Quiero el verano de Rigoberta

- Jordi Évole

Ayer me desperté sin móvil. Me lo olvidé la noche anterior en el coche de mi amiga Vane. Fue angustiant­e: no recordaba lo que hacíamos cuando nos despertába­mos sin móvil. ¿En qué empleábamo­s esos minutos, todavía tumbados en la cama, que ahora dedicamos a mirar el Whatsapp, el e-mail, el Twitter o la web de este periódico? ¿Qué era lo primero que hacíamos recién despertado­s en la era prepantall­as? ¿Adónde mirábamos? ¿A quién mirábamos? ¿Cómo mirábamos? ¿Qué tipo de amor nos habrán dado para que miremos el iphone con tanta devoción? Mi frase de desamor favorita: “Me encantaría encontrarm­e al señor Twitter para explicarle cómo me robó tu mirada”.

Y me dio por recordar. La última tarde. En una tienda de camisas de la rambla Catalunya, con una dependient­a que, viendo cómo me quedaba una de flores entallada, me dijo: “Tranquilo, eso es el confinamie­nto”. Lástima que luego otra dependient­a, ante el tipito que lucía con otra camisa embutida, repitió: “Tranquilo, eso es el confinamie­nto”. Estaba claro que era frase de argumentar­io de venta. No se les escapó. Como la frase de Camuñas ante Casado sobre el golpe de Estado del 36. Frases que siempre estuvieron en el argumentar­io de venta de la derecha aunque hasta hace poco se las callaban porque no tenían claro que vendiesen. ¿Qué nos habrá pasado para que, lo que antes se callaban, ahora lo suelten con ese descaro? Pues porque son frases que vuelven a vender. La reescritur­a de la historia les está dando frutos. Le están dando la vuelta al marcador. Y eso que todavía no gobiernan. Bueno, no mandan en el ejecutivo ni en el legislativ­o. Les sigue quedando el judicial.

Quería estrenar camisa porque era un día grande: por la noche volvía a un concierto de los de antes. El de Rigoberta Bandini en las Nits del Fòrum. Fui con mi amigo Carlos. Se nos distinguía porque éramos los únicos que íbamos con pantalón largo, con el agravante de que él llevaba bambas, calcetines y una camiseta de los Smiths. Estuvieron a punto de no dejarnos entrar. El uniforme oficial era bermudas, chancletas y mucho tirante. Cervezas al módico precio de 5 euros, con vaso reciclable incluido. La segunda ronda nos la cobraron a 4, y la tercera a 3. El precio de la cerveza iba descendien­do en paralelo a cómo descendía la altura de las mascarilla­s. De la nariz a los labios, de los labios a la barbilla.

Para los que no la conozcan, Rigoberta se llama Paula, y es la de la canción del anuncio de Estrella de este verano, la de A ver qué pasa, a ver qué pasa. Pero es mucho más que eso. Actriz, dobladora, compositor­a. No lleva ni dos años cantando en solitario y sus conciertos son lo más. Temazos como Too many drugs, In Spain we call it soledad o Perra triunfaron en un marco, esta vez sí, incomparab­le, con luna casi llena encima del escenario y reflejada sobre el mar, entre versos como “Nadie habrá que pueda renunciar después a un Magnum almendrado” o “Yo nací para ser perra, por favor dejadme serlo, pero no quiero llevar nunca el bozal”.

Y todo esto sucedía en plena quinta ola, sin haberme enterado que hubo una cuarta. El virus está teniendo más secuelas que Loca academia de policía. Salí pletórico del Fòrum, tanto que me dejé el móvil en el coche de Vane. Al día siguiente desperté del sueño de una noche de verano, y cuando me devolviero­n sano y salvo el celular, volví a la cruda realidad. El primer mensaje que me entró fue este: “Hola, Jordi, Salut de la Generalita­t te informa de que, aunque te hayas vacunado, no bajes la guardia”. Seguro que el móvil, celoso de que mirase la vida, se chivó de mi noche. Perra tecnología. ●

Quería estrenar camisa porque era un día grande: volvía a un concierto de los de antes

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