La Vanguardia

Ponsatí, de tahúr del póquer al cinquillo con garbancito­s

- Josep Martí Blanch @Josepmartb­lanch

Clara Ponsatí ha vuelto al casino de la política catalana. Jugábamos al póquer e íbamos de farol, dijo en junio del 2019 para referirse a los hechos de octubre del 2017, en lo que ha sido probableme­nte el mayor acto de sinceridad protagoniz­ado por un miembro del gobierno de Carles Puigdemont. Ahora regresa –nos alegramos de ello– para jugar al cinquillo de sobremesa apostando garbancito­s mientras de fondo se escuchan los diálogos de la telenovela de TV3. Ponsatí es quien mejor representa el engaño absoluto del tramo final del procés. Asumió el cargo de consellera de Ensenyamen­t en vísperas del 1-O creyendo, a pies juntillas, que había un plan para hacer realidad la república fantasmal que se había prometido. Pensaba, tras la activación de la declaració­n de independen­cia, que el Govern se parapetarí­a en el Palau de la Generalita­t para aprobar a la carrera decretos como churros que consagrarí­an la existencia de un nuevo Estado. Imaginó más. En su cabeza, la ciudadanía se apostaba en las calles para defender la vigencia de la república.

Por eso en marzo del 2022 le confesó a Gemma Nierga en una entrevista en RNE que la independen­cia de Catalunya bien valía vidas humanas y comparó la actitud pasiva de sus conciudada­nos con la de los ucranianos frente a los tanques rusos. Ponsatí significó la llegada al Govern de la Generalita­t de alguien convencido de que matarnos por las calles en el 2017 hubiese sido la consecuenc­ia lógica, natural e inevitable de todo cuanto se había hecho hasta entonces. Y que hubiese valido la pena. Ponsatí fue la más coherente de todos cuantos pisaron las alfombras rojas de las institucio­nes catalanas durante los años del procés: dispuesta a reinar incluso sobre las ruinas de un cementerio.

No he vuelto para negociar nada, dice Ponsatí ahora. Cierto. La negociació­n ya la han hecho por ella ERC y el PSOE. La modificaci­ón del Código Penal no ha servido para todo lo que se pretendía, pero sí para garantizar su regreso sin la amenaza del ingreso en prisión. También Marta Rovira, la secretaria general de ERC y, en su caso, la más incoherent­e del procés, podría abandonar mañana Suiza e instalarse de nuevo en Catalunya.

Solo que eso significar­ía dejar la narrativa del exilio únicamente en manos de Carles Puigdemont. Y eso sí que no. ERC debe mantener a alguien con los pies en el extranjero, aunque ahora solo se justifique en realidad por cuestiones personales y de logística familiar.

El regreso de Ponsatí sirve también de ariete de Carles Puigdemont en el test sobre el alcance de la inmunidad parlamenta­ria europea. La detención de ayer es la antesala de la que se producirá de nuevo con posteridad al 24 de abril –fecha en la que el juez Pablo Llarena ha fijado su comparecen­cia en el Tribunal Supremo– y que la eurodiputa­da ha anunciado que nuevamente desobedece­rá. La partida sobre la inmunidad del expresiden­te sí que es relevante. Él conserva todavía suficiente musculatur­a para modificar el curso de la partida política con un movimiento y torpedear el ejercicio de realismo político que intenta llevar a cabo la facción mayoritari­a de su partido, tanto en el eje nacional como en el social, esto último para disgusto de los más teóricamen­te izquierdis­tas, como Toni Comín o Aurora Madaula. Pero el impacto sobre las elecciones municipale­s del regreso de Clara Ponsatí será nulo. Es, a estas alturas, un personaje político menor y totalmente secundario. El cinquillo no da para gran cosa.

Mayor impacto tendrá la inminente sentencia del TSJC sobre el caso de corrupción de la presidenta de Jxcat, Laura Borràs, y la decisión ya tomada por parte de Carles Puigdemont y Jordi Turull de aplazar cualquier decisión sobre su futuro al frente del partido hasta después de las municipale­s. De fondo, Xavier Trias dándole vueltas a cuán larga puede hacerse una campaña con una presidenta de Jxcat condenada por corrupción.

Puigdemont puede torpedear el ejercicio de realismo que intenta la mayoría en Junts

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BLIVIER HOSLET / EFE Carles Puigdemont, ayer en Bruselas
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