La Vanguardia

Lo que queda de Lawrence de Arabia

Sus huellas están por todas partes en Jordania, pero es difícil hallarlas porque es visto con ambivalenc­ia, más como un traidor que como un héroe

- R f el R m s Aqaba (Jordania)

Dryden, el funcionari­o del gobierno británico que envió a T.E. Lawrence a Arabia para hacer de enlace con el príncipe Faisal y pulsar su apoyo para una revuelta contra el imperio otomano, le advirtió que “en el desierto solo hay dos tipos de criaturas que se lo pasan bien, los beduinos y los dioses, y tú no eres ni una cosa ni la otra”. “No te preocupes, que me voy a divertir”, le respondió al aceptar la misión el joven soldado británico que se convertirí­a en un mito.

Las huellas de Lawrence de Arabia están por toda Jordania, desde Ammán hasta el Wadi Rum y desde la frontera siria hasta la saudí, a lo largo de la icónica autopista 15, que cruza el país de norte a sur. Y en Aqaba, el puerto del mar Rojo que conquistó sorprendie­ndo a los otomanos con un pequeño ejército de solo mil hombres reunidos durante una épica travesía de dos meses por uno de los desiertos más hostiles del mundo. Pero solo recuerda su presencia una pequeña estatua suya, subido a un camello delante de la mezquita de Sharif Husein bin Ali, que pasa desapercib­ida a la mayoría de los turistas que van a tomar el sol, hacer submarinis­mo y comprar, ya que no hay IVA.

Thomas Edward Lawrence se enamoró perdidamen­te de Arabia, pero, como tantos otros, no se trata de un amor correspond­ido. Objeto de más de setenta biografías, de la legendaria película de David Lean, de ensayos, monólogos y disertacio­nes, cuya obra, Los siete pilares de la sabiduría, ha sido traducida a una docena de idiomas, en realidad es una figura propia de una tragedia shakespear­iana, con lealtades divididas, torturado por la obligación de servir los intereses del imperio británico (que le pagaba y cuyo uniforme llevaba) y el deseo de no engañar a aquellos que habían luchado a su lado contra los turcos, creyendo que la meta era la independen­cia y no la sumisión a los intereses coloniales. En Jordania, escenario de muchas de sus peripecias y hazañas bélicas, es visto en el mejor de los casos con ambivalenc­ia, y en el peor, como un traidor.

“La historia de Lawrence de Arabia acabó mal para todo el mundo, para él mismo, para los árabes [cuyos territorio­s se dividieron Francia y Gran Bretaña como resultado de la I Guerra Mundial] y también, en un contexto histórico amplio, para las potencias occidental­es, porque no hay más que ver cómo está Oriente Medio”, opina Yazan al Taamari, un guía turístico, en el fuerte de Aqaba que conquistar­on las guerrillas del príncipe Faisal, con T.E. Lawrence de estratega y asesor.

Del Ammán al que llegó Lawrence en 1916 –en realidad, un pueblo con estación en la línea del ambicioso ferrocarri­l construido por los turcos para unir Constantin­opla con Medina– queda muy poco. También de cuando se convirtió en la capital del emirato de Transjorda­nia, como resultado en buena parte de la revuelta que organizó. Hoy es una ciudad de cuatro millones de habitantes, con barrios ricos donde los pisos cuestan tanto como en Barcelona y campamento­s de refugiados sirios y palestinos, casas pobretonas y lujosos rascacielo­s y centros comerciale­s, distritos financiero­s tecnológic­os y de negocios. Y en todos los tejados, decenas de tanques blancos de agua con capacidad para dos mil litros que el Ayuntamien­to llena semanalmen­te para controlar el consumo.

Lawrence residió y escribió por lo menos parte de Los siete pilares de la sabiduría en un edificio de arcilla amarillent­a y estilo otomano, con un porche semicircul­ar y suelos de baldosa, situado en una de las colinas de la ciudad, con vistas espectacul­ares al centro, que era la residencia de Frederick Peake, comandante de la Legión Británica Árabe. Hoy es el Museo de Arte Jordano Contemporá­neo.

Perdidas en el desierto amarillent­o y rojizo del Wadi Rum, y accesibles solo en camello o en un cuatro por cuatro, están las ruinas de la estructura que sirvió de hogar a Lawrence cuando se instaló entre las dunas para captar el apoyo de los beduinos a su rebelión. Pero muchos tours ni siquiera paran en ella y prefieren que los turistas contemplen las estrellas en lujosos campamento­s de tiendas fabricadas con pelo de cabra. Ahora, sin embargo, el habitual silencio es interrumpi­do cada cinco minutos por el rugido de los motores de un avión que debería atravesar cielo israelí, pero lo evita por motivos de seguridad.

Las huellas prácticame­nte borradas del soldado, arqueólogo, estratega y escritor están a lo largo de lo que fue la línea del ferrocarri­l del Hejaz, gran obra de ingeniería, concebida como un símbolo de modernidad por los sultanes otomanos, fundamenta­l para el suministro a las guarnicion­es de lo que hoy es Arabia Saudí y el sur de Jordania durante la I Guerra Mundial, y que las guerrillas de Lawrence y Faisal, con el apoyo de mercenario­s, dinamitaro­n una vez tras otra en una campaña que todavía hoy se estudia en las escuelas militares. También en Mudowarra, la población jordana más meridional, en pleno desierto, donde estableció uno de sus campamento­s y los coleccioni­stas encuentran balas (aunque nada del oro que supuestame­nte dejó escondido). O en Ramha, ciudad fronteriza con Siria, a seis kilómetros de donde fue hecho preso, torturado y violado por los turcos.

Amargado por la traición británica a sus compañeros de armas, deprimido, con tendencias suicidas, víctima del síndrome de estrés postraumát­ico, más solo que la una, Lawrence se cambió el apellido a Shaw y murió a los 46 años en un accidente de moto en una carretera rural de Dorset. Lo recuerdan un árbol y una placa de la que ha sido borrado el nombre. ●

Arqueólogo, soldado, escritor y agente de inteligenc­ia, fue un personaje torturado de drama shakespear­iano

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El joven e idealista T.E. Lawrence se instaló en esta estructura del Wadi Rum para explorar y captar el apoyo de los beduinos a la revuelta de los árabes contra el imperio otomano
Culture Club / Getty Una casa n d si rto El joven e idealista T.E. Lawrence se instaló en esta estructura del Wadi Rum para explorar y captar el apoyo de los beduinos a la revuelta de los árabes contra el imperio otomano

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