Una pen­sión con en­can­to

Si­tua­da en­tre Bueu y Can­gas, la pen­sión es idó­nea pa­ra los ami­gos de la pla­ya

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - PORTADA - CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

Jesús es cu­bano. Si­gue con su acen­to —muy mu­si­cal— y di­ce «par­queo» por apar­ca­mien­to. Son­ríe. Pa­re­ce un hom­bre fe­liz y cuen­ta con pa­sión lo que ha­ce aquí y allá, y es que sin du­da «non ten acou­go». Vi­vió diez años en Ho­lan­da, ha­ce nue­ve lle­gó a Ga­li­cia y va pa­ra dos que abrió un ho­te­li­to con en­can­to —con ca­te­go­ría de pen­sión— en­tre Bueu, que dis­ta tres ki­ló­me­tros, y Can­gas, que es­tá al do­ble. O sea, un em­pla­za­mien­to mag­ní­fi­co pa­ra los ami­gos del ve­ra­neo y de la pla­ya.

«¿Y có­mo fue eso de lle­gar has­ta aquí?». Jesús, que tie­ne an­te­pa­sa­dos que des­de A Fon­sa­gra­da emi­gra­ron a la is­la ca­ri­be­ña, res­pon­de: «Pues en­tra­mos por las mon­ta­ñas de Ou­ren­se, ba­ja­mos lue­go en pa­ra­le­lo al río Mi­ño y aca­ba­mos en A Guar­da. Y yo me di­je: aquí nos que­da­mos, es­ta es una tie­rra ma­ra­vi­llo­sa». Y su mu­jer, Ivon­ne, ho­lan­de­sa, asien­te fe­liz.

Por­que da la im­pre­sión de ser eso, una pa­re­ja fe­liz con lo que ha­ce. To­da la la­de­ra fren­te a la ca­sa es un huer­to muy bien dis­pues­to, con mu­cho gus­to, ca­si un jar­dín: sal­via, oré­gano, ha­bas, ár­bo­les fru­ta­les más allá, lue­go el co­rral con las ga­lli­nas po­ne­do­ras...

Ca­da co­sa tie­ne su es­pa­cio y Jesús dis­fru­ta ha­blan­do de la hier­ba­bue­na o de los pro­duc­tos que sa­ca de la tie­rra pa­ra pre­pa­rar las ce­nas, ya que co­mi­das no dan («Los clien­tes mar­chan a la pla­ya o de ex­cur­sión des­pués del desa­yuno»). El hom­bre ha sa­li­do po­li­fa­cé­ti­co, por­que tam­bién es lut­hier y da cla­ses de mú­si­ca, ar­te en el que ase­gu­ra que tie­ne un tí­tu­lo ob­te­ni­do en un con­ser­va­to­rio de su país na­tal. Pa­ra esas otras afi­cio­nes ha cons­trui­do un edi­fi­cio au­xi­liar al otro la­do del pa­tio in­te­rior y que no des­en­to­na pa­ra na­da con el con­jun­to.

Un pa­tio in­te­rior, por cier­to, al que se ac­ce­de des­pués de tras­pa­sar un por­tón y tras ha­ber ex­pe­ri­men­ta­do el úni­co pun­to ne­gro del ne­go­cio: el as­cen­so por una pis­ta ce­men­ta­da, pú­bli­ca, de una es­tre­chez tal que el co­che pa­sa jus­to.

O sea, que co­mo el vehícu­lo sea de los an­chos no so­bran ni cin­co cen­tí­me­tros. «El al­cal­de ya es­tu­vo aquí, y di­jo que es­to no pue­de es­tar así». Son so­lo una vein­te­na de me­tros, pe­ro ni si­quie­ra hay po­si­bi­li­dad de apar­car aba­jo.

Pe­ro su­pe­ra­do ese pe­que­ño tran­ce, la ima­gen es mu­cho más be­lla que lo que pu­lu­la por Goo­gle. El ca­se­rón de gran­des vo­lú­me­nes —más de lo que pa­re­ce des­de le­jos— lo do­mi­na to­do, co­mo el puen­te de un bar­co. Por el ex­te­rior, gra­ni­to a la vis­ta por las par­tes ba­jas y blan­co im­po­lu­to en las al­tas.

Allí ha­bía, has­ta ha­ce muy po­cos años, una bo­de­ga, al­gu­nos mu­re­tes y muy po­co más. Jesús afir­ma que lo fue ha­cien­do to­do con sus ma­nos, año tras año, co­men­zan­do pre­ci­sa­men­te por eso, por la bo­de­ga, que hoy es un co­me­dor pre­cio­so de pie­dra vis­ta y con te­cho ba­jo y don­de en oca­sio­nes Jesús to­ca mú­si­ca pa­ra sus clien­tes. Hay al­gu­na pie­dra que to­da­vía mues­tra el tono que le de­jó el hu­mo, y es que allí se cu­ra­ron los cho­ri­zos. Y en el la­do con­tra­rio la sal tam­po­co quie­re pa­sar des­aper­ci­bi­da. Por cier­to que co­lo­có unos azu­le­jos de inequí­vo­co tono me­di­te­rrá­neo que po­nen una no­ta de con­tras­te.

So­lo es­tán a la vis­ta tres me­sas y las ha­bi­ta­cio­nes son cua­tro. «Te­ne­mos otras dos fue­ra, y si la tar­de o la no­che es bue­na son las más so­li­ci­ta­das, por la vis­ta tan am­plia», di­ce Jesús. Y pa­re­ce que acier­ta.

En­ci­ma, su es­pa­cio pri­va­do, su vi­vien­da, y ha­cia atrás y más arri­ba, las tres ha­bi­ta­cio­nes que es­tán a dis­po­si­ción de los hués­pe­des. A ellas se lle­ga as­cen­dien­do una es­ca­le­ra que se con­vier­te un rin­con­ci­to de Cu­ba, con gra­ba­dos, di­bu­jos y cua­dros de inequí­vo­co tono y co­lor ca­ri­be­ños.

En lo que se re­fie­re a las ha­bi­ta­cio­nes, hay dos que re­sul­tan idó­neas pa­ra quie­nes via­jan con ni­ños, pues­to que es­tán uni­das por una puer­ta que, ni hay que de­cir­lo, que­da ce­rra­da cuan­do los res­pec­ti­vos ocu­pan­tes van por su cuen­ta. To­ques per­so­na­les aquí y allá, es­pa­cios lu­mi­no­sos y cuar­tos de ba­ño tam­bién am­plios es­tán ga­ran­ti­za­dos.

¿Y la cuar­ta ha­bi­ta­ción? Pues ocu­pa un pe­que­ño edi­fi­cio ale­da­ño que prác­ti­ca­men­te no se ve al lle­gar. Así que, co­mo se pue­de de­du­cir, es el más dis­cre­to. De nue­vo am­pli­tud y una du­cha gran­de con pa­re­des de ro­ca co­mo no de­be ha­ber otra igual en Ga­li­cia. Un so­fá ca­ma so­bre el que se co­lo­ca un col­chón de vis­co­sa (se­me­jan­te al de la ca­ma de ma­tri­mo­nio) per­mi­te dor­mir a un par de ni­ños.

Jesús, op­ti­mis­ta, no pa­ra. Hay días en que va a echar una mano al puer­to. «Y así me trai­go pa­ra mis clien­tes el pes­ca­do más fres­co, que aquí en Bueu es muy bueno», di­ce. Y ha­ce un ges­to con bo­ca y mano que in­di­ca que me­jor no hay en el mun­do. Y sin per­der su eter­na son­ri­sa cu­ba­na.

CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

La pen­sión con en­can­to Mar­tí­nez es­tá le­van­ta­da en la la­de­ra de una mon­ta­ña, en­tre Bueu y Can­gas.

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