“Las re­des so­cia­les son hoy el pa­sa­mon­ta­ñas de los co­bar­des”

El del tea­tro y Fer­nan­do Te­je­ro era un idi­lio pre­des­ti­na­do. El ac­tor in­ter­pre­ta (y co­pro­du­ce) «La cantante cal­va», una obra cum­bre de la dra­ma­tur­gia del ab­sur­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ESCENA - TEX­TO: CAR­LOS CRES­PO

En­ve­ne­na­do has­ta los tué­ta­nos. Así se re­co­no­ce Fer­nan­do Te­je­ro (Cór­do­ba, 1967) tras sus ex­pe­rien­cias tea­tra­les. En reali­dad la pa­sión le vie­ne de jo­ven. «No me hi­ce ac­tor por per­so­na­jes de ci­ne. Lo que de ado­les­cen­te me des­per­tó la fie­bre por la in­ter­pre­ta­ción fue el tea­tro», re­co­no­ce. Pe­ro la pro­fe­sión le lle­vó por otros ca­mi­nos. Exi­to­sos, sí, pe­ro aje­nos a las ta­blas. Has­ta que por fin, en el 2010, tu­vo lu­gar el pre­des­ti­na­do en­cuen­tro. Y na­da ha vuel­to a ser igual en su vi­da pro­fe­sio­nal. En los úl­ti­mos años ha desecha­do va­rios pro­yec­tos de ci­ne y re­co­no­ce que ha­ce te­le­vi­sión, en bue­na me­di­da, pa­ra po­der atraer a la gen­te jo­ven al tea­tro y po­der per­mi­tir­se el lu­jo de co­pro­du­cir fun­cio­nes co­mo la que hoy lo trae a Ga­li­cia, jun­to a Adriana Ozo­res, Joa­quín Cli­ment, Ja­vier Pe­rei­ra y He­le­na Lan­za. La cantante cal­va es un tex­to de Eu­gè­ne Io­nes­co so­bre la in­co­mu­ni­ca­ción per­so­nal, es­tre­na­do en 1950 y con­si­de­ra­do una obra cum­bre del tea­tro del ab­sur­do.

—Si el tea­tro le di­ce ven, lo de­ja to­do.

—Bueno, to­do no. Es cier­to que el ci­ne, co­mo me ofre­cen más de lo mis­mo, lo ten­go apar­ca­do. Pe­ro en te­le­vi­sión me lo pa­so bien, me di­vier­to y en­ci­ma gano di­ne­ro pa­ra po­der pro­du­cir y ha­cer tea­tro que, ha­blan­do en pla­ta, es lo que a mí me po­ne ca­chon­do.

—¿Qué le se­du­jo de «La cantante cal­va» pa­ra in­vo­lu­crar­se en el pro­yec­to?

—Cuan­do leí el tex­to pen­sé «va­ya via­je que tie­ne el Io­nes­co es­te». Pe­ro aden­trar­se en la obra e ir des­cu­brien­do to­do lo que es­con­de es fas­ci­nan­te. Pa­ra mí es una ca­tar­sis. Hay días que me da por reír, días que me da por llo­rar... Lo que sí, siem­pre me con­mue­ve y me emo­cio­na. Y eso es lo que yo in­ten­to trans­mi­tir des­de el es­ce­na­rio.

—Cuan­do ini­cia­ron los en­sa­yos el di­rec­tor les pi­dió que di­bu­ja­sen en un pa­pel có­mo veían a sus per­so­na­jes. ¿Có­mo di­bu­jó el su­yo?

—Era un in­te­rro­gan­te an­dan­do. Eso sí, con un look muy in­glés, con bom­bín y bas­tón.

—¿Hay hoy al­go más ab­sur­do que la pro­pia reali­dad?

—Po­si­ble­men­te no. Y creo que de­ri­va de la in­ca­pa­ci­dad que te­ne­mos pa­ra es­cu­char al de al la­do y pa­ra es­cu­char­nos a no­so­tros mis­mos.

—¿No le lla­ma la aten­ción que eso ocu­rra pre­ci­sa­men­te en la «era de la co­mu­ni­ca­ción»?

—Es que la ver­da­de­ra co­mu­ni­ca­ción es la de mi­rar­se a los ojos, la de sen­tir­se, la de no dar la es­pal­da al otro. No es la de en­viar un What­sapp ni la de la foto del Ins­ta­gram. Esas lo que ha­cen es dis­traer la co­mu­ni­ca­ción real. Se­gu­ra­men­te por­que la real, esa que nos en­fren­ta a los de­más y a no­so­tros mis­mos, hoy nos da mie­do. Pe­ro, en fin, yo con­fío en que es­to dé un vuel­co y los se­res hu­ma­nos vol­va­mos a en­ten­der­nos y a co­mu­ni­car­nos.

—Las ar­tes y la cul­tu­ra siem­pre fue­ron una efi­caz he­rra­mien­ta de co­mu­ni­ca­ción...

—Sí, cla­ro. Cuan­do de­jan que eso pa­se. Pe­ro a los go­bier­nos in­sen­sa­tos les in­tere­sa un país in­cul­to.

—¿Cuál es hoy su sue­ño?

—Te­ner mi pro­pia com­pa­ñía de tea­tro. Y a lo me­jor no es­toy tan le­jos de cum­plir­lo co­mo pa­re­ce.

—En es­tos tiem­pos de igua­li­ta­ris­mo us­ted re­cla­mó que igual que hay «gran­des da­mas del tea­tro» tam­bién ha­ya «gran­des ca­ba­lle­ros del tea­tro». ¿As­pi­ra a ser­lo?

—[Se ríe] Es cier­to. Yo nun­ca he oí­do de­cir de na­die que es un gran ca­ba­lle­ro del tea­tro. Un ga­lán sí pe­ro un gran ca­ba­lle­ro no. ¿Lo de ser­lo yo? No lo sé. A mí lo que me gus­ta­ría es se­guir ha­cien­do tea­tro mien­tras la vi­da me lo per­mi­ta y en ese as­pec­to creo que voy por buen ca­mino.

—La pe­rio­dis­ta Mar­ta Ji­mé­nez lo de­fi­nió co­mo «el ac­tor más ul­tra­sen­si­ble de es­te país». ¿Lo es?

—Es po­si­ble que sí. No sé si el más, pe­ro muy sen­si­ble sí que soy. Y me sien­to or­gu­llo­so de ser­lo por­que gra­cias a eso ten­go la opor­tu­ni­dad de sen­tir co­sas que, aun­que a ve­ces due­lan, me per­mi­ten dis­fru­tar más y va­lo­rar más la vi­da.

—¿Has­ta qué pun­to le im­por­ta lo que di­gan de us­ted?

—He apren­di­do a que no me im­por­te. Las opi­nio­nes pro­fe­sio­na­les, por su­pues­to, las res­pe­to por­que mi tra­ba­jo es pú­bli­co. Pe­ro cuan­do se me­tían con mi vi­da per­so­nal, sí que me afec­ta­ba. Las re­des so­cia­les pue­den ha­cer mu­chí­si­mo da­ño. Son el pa­sa­mon­ta­ñas del co­bar­de. Cual­quie­ra pue­de de­cir de ti lo que le dé la ga­na. Pe­ro hoy ya no me afec­ta. Soy fe­liz co­mo soy y no voy a rein­ven­tar­me. El que me quie­ra así, bien, y el que no, tam­bién.

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