La tie­rra de na­die

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine | Firmas - Por Ar­tu­ro Pé­rez-re­ver­te

ocu­rrió en 1938, en ple­na Gue­rra ci­vil. El abue­le­te que me con­tó la his­to­ria mu­rió ha­ce on­ce años. Di­ga­mos, por de­cir al­go, que se lla­ma­ba Juan Aras­cués. Era bueno con­tan­do: bre­ve, con­ci­so, se­co, sin ador­nos. Un hom­bre hon­ra­do con po­ca ima­gi­na­ción, pe­ro que sa­bía mi­rar. Y re­cor­dar. Era uno de esos ara­go­ne­ses pe­que­ños y du­ros, de mon­ta­ña y pue­blo. Era de Sa­bi­ñá­ni­go, o de un pue­blo de allí cer­ca, don­de el vien­to y el frío cor­ta­ban el re­sue­llo. Ha­bía tra­ba­ja­do des­de los do­ce años en el cam­po, con sus her­ma­nos, más tar­de en una fá­bri­ca de Bar­ce­lo­na, y lue­go ha­bía vuel­to al cam­po. Cuan­do es­tre­cha­ba tu mano, te ras­pa­ba. Te­nía las pal­mas tan en­ca­lle­ci­das que po­día te­ner en ellas, de­cía rién­do­se, un tro­zo de car­bón en­cen­di­do sin que le do­lie­ra. Yo pre­pa­ra­ba una no­ve­la que lue­go no es­cri­bí, y char­lé con él va­rias ve­ces. Y un día, al hi­lo de no sé qué, sa­lió el asun­to: la Gue­rra Ci­vil. La ha­bía he­cho muy jo­ven, con los na­cio­na­les; por­que, di­jo, fue­ron los pri­me­ros que lle­ga­ron a su pue­blo. «Si no hu­bie­ran si­do ésos –con­ta­ba–, ha­brían si­do los otros, co­mo le pa­só a mi her­mano ma­yor». El her­mano, en efec­to, es­ta­ba en Bar­bas­tro, o en Mon­zón, un si­tio de por allí, y fue re­clu­ta­do por los re­pu­bli­ca­nos sin que se vol­vie­ra a sa­ber de él. A Juan le die­ron un máu­ser y una man­ta y lo man­da­ron al fren­te. Pri­me­ro com­ba­tió a lo lar­go de la lí­nea de fe­rro­ca­rril de Bel­chi­te y lue­go en un si­tio lla­ma­do Le­ci­ñe­na, del que se acor­da­ba muy bien por­que su com­pa­ñía per­dió mu­cha gen­te y él se lle­vó un re­bo­te de ba­la en un mus­lo que se le in­fec­tó y lo tu­vo tres se­ma­nas vi­vien­do co­mo un cu­ra –fue­ron sus pa­la­bras exac­tas– en la re­ta­guar­dia. Aca­bó en las trin­che­ras de Hues­ca, don­de ape­nas lle­ga­do cum­plió die­ci­nue­ve años. El fren­te se ha­bía es­ta­bi­li­za­do por esa par­te, la ciu­dad se man­te­nía en ma­nos de los na­cio­na­les, y los fuer­tes ata­ques re­pu­bli­ca­nos pa­ra in­ten­tar ais­lar­la, muy du­ros al prin­ci­pio, fue­ron re­du­cién­do­se en in­ten­si­dad. Juan re­cor­da­ba un ata­que de las bri­ga­das in­ter­na­cio­na­les; un du­ro com­ba­te tras el que se fu­si­ló a va­rios pri­sio­ne­ros ro­jos «por­que eran ex­tran­je­ros y na­die les ha­bía da­do ve­la en nues­tro en­tie­rro». Des­pués de eso, su sec­tor se man­tu­vo es­ta­ble has­ta ca­si el fi­nal de la gue­rra. Era una gue­rra de po­si­cio­nes, de trin­che­ras, con el enemi­go tan cer­ca que los con­ten­dien­tes po­dían ha­blar­se. En los ra­tos de cal­ma, que no eran po­cos, se gri­ta­ban in­sul­tos, se leían los pe­rió­di­cos de uno y otro la­do, y a ve­ces, con al­ta­vo­ces, po­nían mú­si­ca, can­ta­ban jo­tas, co­plas y co­sas así. Tam­bién in­ter­cam­bia­ban no­ti­cias de sus res­pec­ti­vos pue­blos, pues a ca­da la­do ha­bía sol­da­dos que eran pai­sa­nos y has­ta ve­ci­nos. Más de una vez, con­ta­ba Juan, de­ja­ron, en un si­tio de­ter­mi­na­do de la tie­rra de na­die, ta­ba­co, li­bri­llos de pa­pel de fu­mar y la­tas de con­ser­vas que se pa­sa­ban en­tre ellos. Una ma­ña­na, apo­ya­do en los sa­cos te­rre­ros con la cu­la­ta del fu­sil en la ca­ra, Juan oyó pre­gun­tar des­de el otro la­do si ha­bía allí al­guien de su pue­blo. Gri­tó que sí y pre­gun­ta­ron el nom­bre. Lo di­jo, hu­bo un si­len­cio y al ca­bo una voz emo­cio­na­da res­pon­dió: «Jua­ni­to, soy Pepe, tu her­mano». En­tre lá­gri­mas, y tam­bién en­tre el si­len­cio res­pe­tuo­so de los com­pa­ñe­ros, los dos cam­bia­ron no­ti­cias de ellos y de la fa­mi­lia. Los sol­da­dos lo mi­ra­ban in­có­mo­dos, con­ta­ba. Co­mo aver­gon­za­dos de es­tar allí con fu­si­les. Al día si­guien­te, tras pen­sar­lo to­da la no­che, Juan fue en com­pa­ñía de un sar­gen­to a ver a su ca­pi­tán y le pi­dió per­mi­so pa­ra ver al her­mano. Ex­cep­to al­gún pa­queo de ru­ti­na, el fren­te es­ta­ba tran­qui­lo. Ya se ha­bían en­con­tra­do otras ve­ces ro­jos y na­cio­na­les en la tie­rra de na­die. Só­lo pe­día diez mi­nu­tos. «Jú­ra­me que no vas a pa­sar­te», le di­jo el je­fe. Y Juan sa­có la cru­ce­ci­ta de pla­ta que lle­va­ba en el pe­cho y la be­só. «Se lo ju­ro por es­to, mi ca­pi­tán». Se vie­ron dos días más tar­de, tras po­ner­se de acuer­do de trin­che­ra a trin­che­ra. Juan sa­lió de la su­ya con los bra­zos en al­to. Na­die dis­pa­ró. An­du­vo unos trein­ta me­tros y, jun­to al mu­ro de­rrui­do de una ca­sa, llo­ran­do a lá­gri­ma vi­va, se abra­zó con su her­mano. Ha­bla­ron du­ran­te diez mi­nu­tos, fu­ma­ron jun­tos y vol­vie­ron a llo­rar al des­pe­dir­se. Tar­da­rían sie­te años en

Apo­ya­do en los sa­cos te­rre­ros, con la cu­la­ta del fu­sil en la ca­ra, oyó pre­gun­tar des­de el otro la­do si ha­bía allí al­guien de su pue­blo

vol­ver a ver­se. Y cuan­do Juan re­gre­só a su trin­che­ra, los com­pa­ñe­ros son­reían y le da­ban pal­ma­di­tas en la es­pal­da. Aquel día, na­die dis­pa­ró ni un so­lo ti­ro. «Era bue­na gen­te», me con­ta­ba Juan, en­tor­na­dos por el hu­mo de un ci­ga­rri­llo los ojos que se hu­me­de­cían al re­cor­dar. «Los de uno y otro la­do, ha­blo en se­rio. Es­ta­ban allí con sus fu­si­les en una y otra trin­che­ra, bru­tos co­mo ellos so­los, su­cios, egoís­tas, crue­les co­mo te ha­ce la gue­rra... Pe­ro de ver­dad eran bue­nos hom­bres».

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