Los can­tan­tes Ro­mi­na y Albano fue­ron du­ran­te dé­ca­das la pa­re­ja fe­liz, den­tro y fue­ra de los es­ce­na­rios. La des­apa­ri­ción de una de sus hi­jas los mar­có pa­ra siempre. Aho­ra, jun­tos de nue­vo, ha­cen ba­lan­ce.

Ro­mi­na Po­wer y Albano Ca­rri­si fue­ron la pa­re­ja per­fec­ta. Ven­die­ron millones de dis­cos can­tan­do a la fe­li­ci­dad... Has­ta que su hi­ja desapareció y lle­ga­ron los ma­los tiem­pos. Jun­tos de nue­vo, co­mo ami­gos, re­vi­san el pa­sa­do en es­ta emo­ti­va en­tre­vis­ta.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR GA­BRIE­LA HERPELL Y CAROLIN PIRICH / FO­TO­GRA­FÍA: ANDY KANIA

El pri­me­ro en lle­gar a la ci­ta es Albano: som­bre­ro blan­co, fir­me apre­tón de ma­nos. Lue­go ha­ce su en­tra­da Ro­mi­na: mo­de­lo de co­lor cla­ro y lar­ga me­le­na que ya no es os­cu­ra, co­mo an­tes, sino ru­bia. Daisy, una pe­rri­ta, se en­ros­ca en­tre sus pies. Albano Ca­rri­si y Ro­mi­na Po­wer, el hi­jo de un cam­pe­sino del sur de Ita­lia y la hi­ja de Ty­ro­ne Po­wer, el ga­lán más clá­si­co de Holly­wood, for­ma­ban una pa­re­ja ca­si irreal. No so­lo can­ta­ban so­bre la fe­li­ci­dad (su éxi­to Fe­li­ci­tà ven­dió 25 millones de co­pias), sino que la vi­vían tan­to fue­ra co­mo so­bre los es­ce­na­rios. Ella bai­la­ba al­re­de­dor de él, le son­reía enamo­ra­da. En 25 años tu­vie­ron cua­tro hi­jos y conquistaron a los es­pec­ta­do­res de me­dio mun­do. Has­ta 1994, cuan­do su hi­ja ma­yor desapareció en Nueva Or­leans y ellos se se­pa­ra­ron. Él tu­vo dos hi­jos con otra mu­jer, de la que se se­pa­ró, y hoy es­cri­be au­to­bio­gra­fías; Ro­mi­na, no­ve­las. En los úl­ti­mos 4 años han vuel­to a jun­tar­se, an­te au­di­to­rios re­ple­tos, aun­que Ca­rri­si ya ha anun­cia­do que pon­drá fin a su ca­rre­ra mu­si­cal es­te año. Xlse­ma­nal. ¿Leen los li­bros del otro? Albano. Yo no leo esas co­sas. Ro­mi­na. ¿Có­mo? Albano. No­ve­las. His­to­rias del de­sier­to. Ro­mi­na. ¡His­to­rias del de­sier­to! Albano. Mien­tras lees una no­ve­la, es­tás so­lo. En un tren, en un avión, en la pla­ya, en ca­sa: es­tás atra­pa­do en tu de­sier­to. Ro­mi­na. ¿Qué tie­ne que ver eso con que nun­ca ha­yas leí­do un li­bro mío? Albano. No he te­ni­do tiem­po. Ro­mi­na. Bueno, yo tam­po­co leo los su­yos. Sus li­bros no los es­cri­be él. Le cuen­ta

al­go a al­guien y esa otra per­so­na le ha­ce el li­bro. Albano. Tra­ba­jo un mon­tón, ¿cuán­do pue­do es­cri­bir un li­bro? Ade­más, sur­gió ca­si por sí so­lo. Un día char­la­ba con mi ahi­ja­do, le con­té un par de his­to­rias y lue­go pen­sé que se­ría una bue­na idea es­cri­bir­las. ¿Qué hay de ma­lo en eso? Ro­mi­na. Na­da. So­lo di­go que otro es­cri­be por ti. Lo que yo es­cri­bo sa­le de mí y no es fá­cil. To­dos, y pa­so ho­ras tra­ba­jan­do... y lue­go se ven­den diez mil ejem­pla­res, co­mo mu­cho… XL. No es­tá tan mal. Ro­mi­na. No po­dría vi­vir de ello. Ten­go una lí­nea de cos­mé­ti­cos na­tu­ra­les. Albano. So­lo ven­des en Ita­lia. A lo me­jor ten­drías más éxi­to en Es­ta­dos Uni­dos... Ro­mi­na. No sé. Cuan­do na­ció mi pri­mer hi­jo, em­pe­cé a es­cri­bir so­bre mi pa­dre... XL. Sí, el ac­tor Ty­ro­ne Po­wer. Mu­rió de un in­far­to, con 44 años, en el ro­da­je de Sa­lo­món y la rei­na de Sa­ba...

Ro­mi­na. Yo te­nía 7 años. Ape­nas ten­go re­cuer­dos de él. ¡Me ha­bría gus­ta­do tan­to conocerlo! Por eso ha­blé con sus co­le­gas, sus her­ma­nos; per­so­nas a las que él que­ría... Albano. Qui­zá sea un re­cuer­do que ha­yas re­pri­mi­do, pe­ro el li­bro so­bre tu pa­dre sí lo leí. In­clu­so te ayu­dé mu­cho con él. Ro­mi­na. Es cier­to, fuis­te mi lec­tor de prue­ba. Lo ti­tu­lé Sear­ching for my fat­her ('Bus­can­do a mi pa­dre'), pe­ro en Es­ta­dos Uni­dos na­die quiso pu­bli­car­lo. XL. Se co­no­cie­ron en los se­sen­ta, en Ro­ma. ¿Qué pen­sa­ron al ver­se por pri­me­ra vez? Albano. Fue ro­dan­do Nel so­le (1967). Ro­mi­na. Yo te­nía 16 años; él, 24. Albano. Me lla­mó la aten­ción por­que so­lía sen­tar­se so­la a ha­cer pun­to. Ro­mi­na. Al­go tie­nes que ha­cer en el set. Te sa­les del per­so­na­je y te que­das es­pe­ran­do ca­rac­te­ri­za­da con el ves­tua­rio que sea a ve­ces du­ran­te ho­ras. Así que le pe­dí a las en­car­ga­das de ves­tua­rio que me en­se­ña­ran a te­jer. Albano. Así que te­nía­mos a es­ta be­lle­za ha­cien­do pun­to en un rin­cón, co­mo si fue­ra una jo­ven­ci­ta del sur de Ita­lia. XL. Se di­ce que in­ter­pre­tó mal una es­ce­na pa­ra be­sar­la una y otra vez. ¿Es cier­to? Albano. Sí. Pe­ro ya nos ha­bía­mos be­sa­do an­tes, fue­ra del ro­da­je. Ro­mi­na. El ro­da­je ace­le­ra co­sas que en la vi­da real lle­van más tiem­po. XL. ¿Qué pen­sa­ba de Albano en­ton­ces? Ro­mi­na. Que no se pa­re­cía a los de­más. En los se­sen­ta, Ro­ma era una fies­ta y Albano era del cam­po, pu­ro, es­pon­tá­neo, na­tu­ral. XL. ¿Vi­vía us­ted con su ma­dre en Ro­ma? Ro­mi­na. Y con mi hermana, a las afue­ras. Yo iba a un in­ter­na­do en In­gla­te­rra y en ve­rano vol­vía a Ita­lia. Con 13 años, un día vino un ca­za­ta­len­tos y me pro­pu­so ac­tuar en una pe­lí­cu­la. XL. Me­na­ge a la ita­lia­na, con el mí­ti­co Ugo Tog­naz­zi. ¿El ca­za­ta­len­tos del que ha­bla co­no­cía a su pa­dre? Ro­mi­na. No te­nía ni idea de quién era yo. Al fi­nal, tras las prue­bas, ¡me ofre­cie­ron un con­tra­to de 7 años! Mi ma­dre di­jo que no, pe­ro sí a la pe­lí­cu­la. Em­pe­za­mos a ro­dar en oc­tu­bre y, al aca­bar el fil­me, en el co­le­gio ya no me de­ja­ron vol­ver. El plan de es­tu­dios, di­je­ron, no es­ta­ba su­pe­di­ta­do a la agen­da de Ro­mi­na Po­wer. Así que se­guí ha­cien­do pe­lí­cu­las y es­tu­dian­do por mi cuen­ta. Te­nía pro­fe­so­res de dan­za y fran­cés, de­vo­ra­ba a Al­dous Hux­ley y Her­mann Hes­se; em­pe­cé a pin­tar... XL. Se­ñor Ca­rri­si, ¿sin­tió en­se­gui­da que Ro­mi­na era la mu­jer de su vi­da? Albano. No, al prin­ci­pio so­lo sa­bía que me gus­ta­ba. De he­cho, es­ta­ba se­gu­ro de que no po­día du­rar. Ella era ame­ri­ca­na... otra men­ta­li­dad. Du­ra­ría­mos un año, dos co­mo mu­cho. Ro­mi­na. ¡Qué pe­si­mis­ta! Albano. Pe­ro en nin­gún mo­men­to qui­se de­jar­la pa­sar. To­do era ma­ra­vi­llo­so: ir a pa­sear, su olor, ese pe­lo tan lar­go. Nin­gu­na mu­jer se la po­día com­pa­rar. Ro­mi­na. ¡Tu olor! Me en­can­ta­ba tu olor. Albano. Eras im­pre­de­ci­ble. Tras el ro­da­je tu­ve que ir a Bo­lo­nia y que­ría vol­ver a Ro­ma lo más rá­pi­do po­si­ble. Te lla­mé. Co­gis­te el te­lé­fono, di­jis­te: «Pron­to?», e imi­tas­te el acen­to na­po­li­tano de la asis­ten­ta: «Ro­mi­na non c'è». Ro­mi­na. Es ver­dad. Di­je: «Soy An­to­niet­ta, Ro­mi­na no es­tá». Albano. Pe­ro su­pe que eras tú. XL. ¿Por qué no que­ría ver­lo? Ro­mi­na. Era jo­ven. No es­ta­ba pre­pa­ra­da. Ade­más, te­nía no­vio, el hi­jo de un pin­tor fa­mo­so. Cuan­do ro­dé con Albano, él es­ta­ba en la In­dia, pe­ro vol­vió. Albano. Era de es­pe­rar, yo pen­sa­ba que... bueno, que era ame­ri­ca­na. Ro­mi­na. ¿Qué sig­ni­fi­ca eso? Albano. Que sois al­go… vo­lu­bles. Ro­mi­na. ¿Sa­bes cuán­tos ame­ri­ca­nos tie­nen raí­ces ita­lia­nas? XL. ¿Dón­de vol­vie­ron a ver­se? Albano. Un día, mi com­pa­ñe­ro de pi­so me di­jo que ha­bía lla­ma­do. Le di­je que no ju­ga­ra con mi po­bre co­ra­zón, pe­ro me ase­gu­ró que era ver­dad. XL. Se­ño­ra Po­wer, ¿a qué se de­bió aquel cam­bio de ac­ti­tud? Ro­mi­na. Mi ma­dri­na me­xi­ca­na es qui­ro­man­te y es­ta­ba en mi ca­sa vien­do la te­le con­mi­go. Sa­lió Albano can­tan­do Il ra­gaz­zo che so­rri­de y me di­jo: «¡Llá­ma­lo, es el hom­bre de tu vi­da!». Albano. ¿Por eso lla­mas­te? Ro­mi­na. Sí. Albano. El co­ra­zón me dio un vuel­co al ver­la. No me se­pa­ré de ella en 30 años. XL. ¿Qué di­jo su ma­dre so­bre su elec­ción? Albano. Pu­so ca­ra de chu­par un li­món. Re­pe­tía: «¿Qué has he­cho, hi­jo mío?».

"Cuan­do su­po que nos íba­mos a ca­sar, la ma­dre de Albano di­jo que to­das las ame­ri­ca­nas son pu­tas. Y que se di­vor­cian" Ro­mi­na "Pa­ra su ma­dre, yo era un cam­pe­sino... has­ta que me vio can­tar an­te el sah y Fa­rah Di­ba y pa­só a ver­me con otros ojos"

Albano

Ro­mi­na. Lo que de­cía es que to­das las ame­ri­ca­nas son pu­tas. Y que se di­vor­cian. Albano. En el sur de Ita­lia, el di­vor­cio era pe­ca­do mor­tal. XL. ¿Y có­mo reac­cio­nó su ma­dre? Ro­mi­na. Di­jo que tu­vie­ra los li­gues que qui­sie­ra, pe­ro, cuan­do qui­si­mos ca­sar­nos, no se ale­gró. Nor­mal, yo te­nía 18 años. Albano. Yo tam­po­co con­ta­ba con que nos ca­sá­ra­mos. Pa­ra tu ma­dre era un cam­pe­sino... has­ta que, tras una gi­ra por Irán, em­pe­zó a ver­me con otros ojos. Ro­mi­na. Te­nía que can­tar an­te el sah y su es­po­sa, Fa­rah Di­ba. Y yo me fui con él. Albano. Y tu ma­dre tam­bién. Aque­llos días se pro­yec­ta­ba allí Nel so­le. Ro­mi­na. Ba­ja­mos del avión en Tehe­rán y nos ro­deó una nu­be de fo­tó­gra­fos y per­so­nal de se­gu­ri­dad. La gen­te gri­ta­ba nues­tros nom­bres. Mi ma­dre se se­pa­ró de no­so­tros y que­dó so­la en­tre la mul­ti­tud. Albano. Cuan­do nos vi­mos en el ho­tel, me gri­tó: «¡Cam­pe­sino, es­tú­pi­do!». Ro­mi­na. Pe­ro se tran­qui­li­zó al ver al sah. Albano. Al sah le gus­tó mi voz y, de pron­to, tam­bién le pa­re­cí ge­nial a ella. Ro­mi­na. No ha­ble­mos mal de mi ma­dre. XL. ¿Se ca­sa­ron tam­bién por­que to­dos se opo­nían, por lle­var la con­tra­ria? Albano. No, ya lle­vá­ba­mos 2 años jun­tos y es­tá­ba­mos ena­mo­ra­dos. Ro­mi­na. Y me que­dé em­ba­ra­za­da, aque­llo lo ace­le­ró to­do. Es­tá­ba­mos en Gre­cia, en el bar­co de unos ami­gos, cuan­do me hi­ce la prue­ba. Uno di­jo: «Ca­saos». Nos mi­ra­mos: «¿Por qué no?». Nos ca­sa­mos el úni­co día que Albano te­nía li­bre. Era domingo. Tu­vi­mos que con­ven­cer al cu­ra, ya que no pue­des ca­sar­te en domingo. XL. ¿Quién le cam­bia­ba los pa­ña­les a Yle­nia? Ro­mi­na. Yo. Pe­ro es que que­ría ha­cer­lo. Nos fui­mos a Apu­lia, en el cam­po. Albano. Me con­ven­ció. Ro­mi­na. Los pa­pa­ra­zis no nos ha­brían de­ja­do en paz en Ro­ma. En aque­lla épo­ca se po­día ha­cer fotos del in­te­rior de las ca­sas con te­le­ob­je­ti­vo. Por suer­te, aho­ra ya es­tá prohi­bi­do en Ita­lia.

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