¿Quién le hi­zo la ca­ma al juez del Su­pre­mo?

La Voz de Galicia (Carballo) - - ECONOMÍA -

Lo ocu­rri­do con el ca­so del im­pues­to de ac­tos ju­rí­di­cos do­cu­men­ta­dos (AJD) en el Su­pre­mo no tie­ne ni pies ni ca­be­za. Pri­me­ro, du­ran­te más de 20 años, el al­to tri­bu­nal —al­to por­que des­pués de él so­lo es­tá el Cons­ti­tu­cio­nal y el eu­ro­peo— man­tu­vo que el tri­bu­to que re­cau­dan las au­to­no­mías lo te­nían que pa­gar los ciu­da­da­nos que fir­ma­sen una hi­po­te­ca. Ha­ce me­nos de un mes cam­bió de cri­te­rio y sos­tu­vo que los que de­ben afron­tar el abono son los ban­cos, y a los po­cos días sen­ten­ció que lo pa­ga­rán los pres­ta­ta­rios. En ese mo­men­to, los jue­ces más sa­bios, más co­no­ce­do­res de la le­gis­la­ción, con más cri­te­rio y cre­di­bi­li­dad abo­ca­ron al país a un caos y lle­va­ron a la Jus­ti­cia al bor­de de un pre­ci­pi­cio en el que per­dió su cre­di­bi­li­dad. ¿Se­rá en­ton­ces que los jue­ces del Su­pre­mo no son ni tan sa­bios, ni los que tie­nen ma­yor cri­te­rio, ni más cre­di­bi­li­dad? Es. Sin más.

El re­sul­ta­do de la vo­ta­ción del pleno de la sa­la del Su­pre­mo (15 a 13) re­ve­la que en­tre los ma­gis­tra­dos hay un en­fren­ta­mien­to im­por­tan­tí­si­mo.

La úl­ti­ma sen­ten­cia que sen­tó ju­ris­pru­den­cia se unió a dos más al me­nos en el mis­mo sen­ti­do. De es­te he­cho se de­du­ce que al pre­si­den­te de la Sa­la, Luis María Díez-Pi­ca­zo Giménez, se le ocul­tó la si­tua­ción. Por­que si se hu­bie­se en­te­ra­do, lo ló­gi­co es que hu­bie­se reuni­do al pleno an­tes de ha­cer pú­bli­co el fa­llo y ana­li­zar sus efec­tos eco­nó­mi­cos y so­cia­les. ¿Al­guien le hi­zo la ca­ma a Díez-Pi­ca­zo?

En el mun­do de la ju­di­ca­tu­ra hay quien pien­sa que sí y ar­gu­men­tan que «es­to de lle­gar al Su­pre­mo es un in­ter­cam­bio de cro­mos en­tre ami­gos. Tú me das y yo te doy». Así que, en bue­na par­te de los ca­sos —aun­que es cier­to que no en to­dos—, los asien­tos asig­na­dos no los ocu­pan los jue­ces más pre­pa­ra­dos, los que pa­sa­ron una du­ra opo­si­ción, los más in­te­li­gen­tes o los más sa­bios. Es cu­rio­so ver có­mo en una tan al­ta ins­tan­cia hay hi­jos de los que fue­ron tam­bién jue­ces del Su­pre­mo, co­mo si de he­ren­cia ge­né­ti­ca se tra­ta­se.

Otro pro­ble­ma gra­ve ra­di­ca en que la pro­mo­ción de los ma­gis­tra­dos en la ca­rre­ra ju­di­cial no de­pen­de tan­to de la ca­li­dad de sus sen­ten­cias, sino en el sen­ti­do de las mis­mas, y ello a su vez es­tá di­rec­ta­men­te re­la­cio­na­do con el par­ti­do po­lí­ti­co que se ha­ya he­cho con el Go­bierno.

Otra cues­tión es­tá li­ga­da a las sen­ten­cias po­pu­lis­tas que afec­tan a los ci­mien­tos del Es­ta­do de De­re­cho y de las que, de ma­ne­ra in­di­rec­ta, se le­gis­la. El pre­si­den­te del Su­pre­mo, Carlos Les­mes, pi­dió per­dón por la cri­sis desata­da. Ló­gi­co, era lo mí­ni­mo, pe­ro lo si­guien­te hu­bie­se si­do exi­gir di­mi­sio­nes. Sin em­bar­go, la ju­di­ca­tu­ra se am­pa­ra en el prin­ci­pio de la in­de­pen­den­cia, y fren­te a ello se pue­den co­me­ter gra­ves dislates sin re­per­cu­sión pa­ra el que los co­me­tió. Los su­fri­do­res de esas sen­ten­cias dis­pa­ra­ta­das so­lo tie­nen la po­si­bi­li­dad de re­cu­rrir an­te ins­tan­cias su­pe­rio­res, con el con­si­guien­te cos­te eco­nó­mi­co im­po­si­ble de afron­tar por una fa­mi­lia me­dia es­pa­ño­la. El sis­te­ma es per­ver­so, pe­ro su cam­bio es hoy in­via­ble por­que cuan­do uno (léa­se po­lí­ti­cos) es par­te del pro­ble­ma es im­po­si­ble que bus­que una so­lu­ción al mis­mo. Los par­ti­dos en la opo­si­ción han apro­ve­cha­do es­ta co­yun­tu­ra pa­ra ga­nar vo­tos, y el Go­bierno, que no quie­re per­der su pol­tro­na, de­ci­dió cam­biar la ley. ¿Pa­ra qué? Ar­gu­men­ta que pa­ra que pa­guen los ban­cos. Pe­ro eso no va a ocu­rrir. Las en­ti­da­des re­per­cu­ti­rán el cos­te del im­pues­to en el pre­cio de las hi­po­te­cas y el usua­rio aca­ba­rá pa­gan­do más de lo que ha­bía he­cho has­ta aho­ra. Lo cu­rio­so es que in­ten­tan vol­ver a en­ga­ñar­nos di­cien­do que van vi­gi­lar a los ban­cos. ¿Y qué van a con­se­guir? Na­da. Si el im­pues­to es in­jus­to — que no ile­gal—, que lo re­ti­ren. Pe­ro no lo ha­rán. Hay que pa­gar suel­dos y so­bre­suel­dos, y aun­que el AJD sea una bar­ba­ri­dad, us­ted y yo lo se­gui­re­mos abo­nan­do. Por cier­to, ¿sa­be que el Go­bierno es­tu­dia otro im­pues­to por via­jar por las au­to­vías?

ILUS­TRA­CIÓN: MARÍA PEDREDA

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