No ten­dría el pre­mio si me lle­go a que­dar en “Chas”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . EN PORTADA -

es muy des­truc­ti­va. No es­toy dis­pues­ta a que­dar­me an­cla­da en de­ci­sio­nes que to­mé cuan­do te­nía 20 años. Hay de­ma­sia­das co­sas que me in­tere­san del pre­sen­te co­mo pa­ra es­tar pen­san­do en el pa­sa­do.

—¿Qué di­rec­ción crees que to­ma­rá en un fu­tu­ro pró­xi­mo ese pro­ce­so de bús­que­da?

—Pues no lo sé por­que pa­ra es­cri­bir el li­bro que sal­drá en pri­ma­ve­ra lo que he he­cho ha si­do una re­vi­sión. No de la mú­si­ca sino de mis le­tras. El li­bro es­tá for­ma­do por re­la­tos que jue­gan con las le­tras de mis can­cio­nes, por un ensayo so­bre la es­cri­tu­ra de le­tras y por mis diarios de com­po­si­ción.

—¿Qué es lo que más te ha lla­ma­do la aten­ción de lo que has des­cu­bier­to en esa «re­vi­sión»?

—Lo que he des­cu­bier­to de mi­rar ha­cia el pa­sa­do por pri­me­ra vez en mi vi­da es que hi­ce en ca­da mo­men­to lo que sa­bía ha­cer. Y he apren­di­do que ca­da uno tie­ne que acep­tar sus li­mi­ta­cio­nes.

—¿Cuá­les son las tu­yas?

—Yo ten­go un pro­ble­ma con el es­trés. No soy de es­tas per­so­nas su­per­am­bi­cio­sas que sa­ben ma­ne­jar el éxi­to. Cuan­do lo tu­ve, sien­do muy jo­ven, me cos­ta­ba mu­cho di­ri­gir to­do el en­tra­ma­do que te­nía a mi al­re­de­dor. De he­cho me di cuen­ta de que no es­ta­ba pre­pa­ra­da pa­ra eso, di un pa­so atrás y vol­ví a em­pe­zar. Hoy es­toy con­ven­ci­da de que hi­ce bien. No es que no qui­sie­ra co­mer­me el mun­do, es que no po­día, no es­ta­ba pre­pa­ra­da pa­ra ello.

—De­cía Fi­to que el éxi­to era gra­bar un dis­co cuan­do él que­ría y no an­tes. ¿Qué sig­ni­fi­ca pa­ra ti el éxi­to?

—Lo que di­ce Fi­to es una gran ver­dad, des­de lue­go. Pa­ra mí el éxi­to es no te­ner que pen­sar en el di­ne­ro. To­mar mis de­ci­sio­nes sin te­ner que pen­sar en la eco­no­mía. Eso es lo que me da la li­ber­tad. Po­der de­cir voy a ha­cer es­to en vez de aque­llo otro aun­que va­ya a ga­nar me­nos di­ne­ro es un lu­jo que se pue­de per­mi­tir muy po­ca gen­te. Doy gra­cias por eso, te lo ase­gu­ro, to­das las ma­ña­nas de mi vi­da.

—Vol­va­mos al pre­mio. El ju­ra­do tam­bién des­ta­có «la cre­di­bi­li­dad de tu ge­nui­na ca­rre­ra pro­fe­sio­nal». Eso es la ca­ña, ¿no?

—Sí, cla­ro. Lo que des­ta­ca esa fra­se, que es muy bo­ni­ta, es pre­ci­sa­men­te que he to­ma­do mis de­ci­sio­nes en ba­se a cri­te­rios ar­tís­ti­cos más que a cri­te­rios eco­nó­mi­cos. Y no ha si­do fá­cil, ¿sa­bes? He re­cha­za­do ofer­tas de mu­cho di­ne­ro por ha­cer al­go que no me ape­te­cía ha­cer. Y he te­ni­do mu­chas du­das, cla­ro. Cuan­do una es ma­dre de fa­mi­lia pien­sas que a los que tie­nes de­trás eso igual les ve­nía muy bien. Pe­ro man­te­ner tu cre­di­bi­li­dad co­mo ar­tis­ta es fun­da­men­tal de ca­ra a sem­brar en el fu­tu­ro. Esa es una dis­cu­sión que ten­go de mo­do re­cu­rren­te con la gen­te del ne­go­cio mu­si­cal.

—¿Pue­de de­ber­se pre­ci­sa­men­te a esa fal­ta de cre­di­bi­li­dad el va­cío que se ha apo­de­ra­do ac­tual­men­te de las mú­si­cas co­mer­cia­les ma­yo­ri­ta­rias?

—En la mú­si­ca co­mer­cial hay de to­do. Hay gen­te con una in­te­gri­dad ar­tís­ti­ca ma­ra­vi­llo­sa y otros que se de­jan arras­trar por el ne­go­cio. Yo, de he­cho, em­pe­cé en el pop co­mer­cial. Y he man­te­ni­do una lu­cha cons­tan­te con­tra los pre­jui­cios. Em­pe­zan­do por los se­xis­tas. Na­die pen­sa­ba ni creía que aque­lla chi­ca que can­ta­ba Chas po­día te­ner una pro­yec­ción mu­si­cal co­mo la que vino des­pués.

—En va­rias oca­sio­nes has di­cho que en la mú­si­ca fal­tan re­fe­ren­tes fe­me­ni­nos. ¿Te sien­tes ya uno de ellos?

—Qui­zá sí. Mu­chas mu­je­res me han di­cho que por pri­me­ra vez ha­bían vis­to a una mu­jer que se pa­re­cía a ellas ha­cien­do lo que ellas que­rrían ha­cer, y que eso les ha­bía da­do va­len­tía. So­mos si­mios e imi­ta­mos mo­de­los. Y mien­tras que los hom­bres tie­nen mu­chos en los que ins­pi­rar­se, des­de el chi­co gua­po y sexy ha­cien­do re­gue­tón al can­tau­tor pa­li­du­cho ha­cien­do can­cio­nes ro­mán­ti­cas, los mo­de­los mu­si­ca­les fe­me­ni­nos son es­ca­sí­si­mos.

—¿Cuá­les fue­ron los tu­yos?

—Cuan­do yo era pe­que­ña en el rock es­ta­ba Pat­ti Smith y na­die más.

—En ese sen­ti­do, en La­ti­noa­mé­ri­ca nos es­tán dan­do una lec­ción.

—Ab­so­lu­ta­men­te. En La­ti­noa­mé­ri­ca las mu­je­res es­tán li­de­ran­do el mo­vi­mien­to mu­si­cal. Y ade­más es­tán co­nec­ta­das en­tre ellas. Es ma­ra­vi­llo­so. Hay unas po­ten­cias crea­ti­vas tre­men­das que van des­de la van­guar­dia, co­mo lo que ha­ce Ca­mi­la Mo­reno, has­ta otras, co­mo Natalia La­four­ca­de, que re­cu­pe­ran la raíz y la tra­di­ción.

—¿Crees que Ro­sa­lía pue­de ser un re­fe­ren­te fe­me­nino pa­ra las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes?

—Ya lo es. In­du­da­ble­men­te es un re­fe­ren­te fe­me­nino po­de­ro­sí­si­mo. Y es­tá muy bien. Es muy bue­na, tie­ne mu­chí­si­mo ta­len­to y tie­ne con­trol so­bre lo que es­tá ha­cien­do. Ten­go mu­chas ga­nas de ver ha­cia dón­de evo­lu­cio­na. Pe­ro no so­lo es­tá Ro­sa­lía. Hay mu­cha gen­te jo­ven ha­cien­do co­sas bru­ta­les. Es­ta se­ma­na he es­ta­do en un con­cier­to de Ma­ria Ar­nal i Mar­cel Ba­gé y me pa­re­cie­ron sen­sa­cio­na­les.

—Las le­tras de tu úl­ti­mo dis­co las has es­cri­to po­nién­do­te en la piel de un hom­bre. ¿Qué has des­cu­bier­to del gé­ne­ro mas­cu­lino adop­tan­do ese rol?

—Que el ma­chis­mo es una co­ra­za que el hom­bre se po­ne en­ci­ma de la piel pa­ra de­fen­der­se no de las mu­je­res sino de los otros ma­chos. Y no es una co­ra­za in­na­ta sino cons­trui­da. Es al­go que se apren­de, nor­mal­men­te en la ado­les­cen­cia. De ahí la tras­cen­den­cia de la edu­ca­ción. So­bre to­do en la es­cue­la por­que en sus ca­sas mu­chos de esos ado­les­cen­tes lo que ven es per­pe­tuar­se ese mo­de­lo.

—En es­tos úl­ti­mos años te has co­la­do en los car­te­les de mu­chos fes­ti­va­les. En ellos com­par­tes es­ce­na­rio y ca­me­rino con gru­pos a los que ca­si do­blas en edad. ¿Có­mo es la re­la­ción con ellos?

—En el mun­do de la mú­si­ca se des­di­bu­ja mu­cho la cues­tión de la edad. Yo no me veo bru­tal­men­te de otra ge­ne­ra­ción. Igual es por­que nun­ca he es­ta­do en­tre gen­te de mi edad y por eso no ten­go ese ti­po de dis­cur­so. Ha­blo con mu­cha gen­te más jo­ven que yo, pe­ro que pa­re­cen mu­cho ma­yo­res por su dis­cur­so in­mo­vi­lis­ta. El otro día coin­ci­dí en una char­la con dos can­tau­to­res y es­ta­ban ha­blan­do de los mi­lle­nials. «Pe­ro bueno, es­táis ha­blan­do co­mo nues­tros pa­dres», les di­je. «Os ha­ce fal­ta un po­co de cul­tu­ra». No po­de­mos ver lo que es­tán ha­cien­do las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes co­mo al­go ajeno a no­so­tros. Pa­ra ello tan so­lo te­ne­mos que en­ten­der su vo­ca­bu­la­rio y el len­gua­je mu­si­cal que es­tán uti­li­zan­do. Y no es tan difícil.

—¿Sien­tes que ya has lle­ga­do «muy le­jos, ca­si ca­si has­ta el fi­nal», co­mo de­cías en «Voy en un co­che»?

—[Se ríe]. Muy le­jos sí, pe­ro has­ta el fi­nal no. Aún me que­da.

—Tam­bién de­cías en 1988 que «los sue­ños no se pue­den do­mi­nar». Pe­ro al­gu­nos pa­re­ces te­ner­los muy con­tro­la­dos.

—Bueno, es co­mo aque­llo de ten cui­da­do con lo que deseas por­que pue­de aca­bar cum­plién­do­se, ¿no? Aho­ra mis­mo sien­to que ha­go lo que quie­ro ha­cer. Y sí, eso es un sue­ño cum­pli­do.

—Por cier­to, ¿qué fue de tu chis­te­ra?

—La chis­te­ra no sé don­de aca­bó pe­ro guar­do mu­cha de aque­lla ro­pa. Ten­go un baúl de los re­cuer­dos al que le ten­go mu­cho ca­ri­ño. Es muy di­ver­ti­do, yo no lo sue­lo abrir pe­ro a ve­ces cuan­do vie­ne gen­te a mi ca­sa se dis­fra­zan con eso.

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