Ima­nol es más que un Al­cán­ta­ra

La gen­te que le quie­re le lla­ma Ma­nu, aun­que de cha­val su mo­te era «pi­cha de oro». Or­de­na­do, in­quie­to y noc­tám­bu­lo, di­ce que de aquel «chi­co de Er­mua» observador que­da to­do: «Del re­par­to de ‘Cuén­ta­me’, yo soy el que he te­ni­do una fa­mi­lia más pa­re­ci­da»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS

Por Ima­nol Arias (Ria­ño, 1956) no pa­sa el tiem­po, así que cuan­do una co­mien­za una con­ver­sa­ción con él po­dría es­tar ho­ras y ho­ras ha­blan­do. No tie­ne pri­sa y se detiene a ex­pli­car cual­quier de­ta­lle con mi­nu­cio­si­dad de tal mo­do que en­se­gui­da se des­cu­bre co­mo un hom­bre pre­ci­so, abier­to, in­quie­to y muy observador. Esa ca­pa­ci­dad de aná­li­sis —di­ce él— fue la que le per­mi­tió ini­ciar una ca­rre­ra de ac­tor que le ha da­do tan­tos éxi­tos des­de muy jo­ven. Des­de aquel Ra­món de Ani­llos de Oro al An­to­nio Al­cán­ta­ra de Cuén­ta­me han pa­sa­do mu­chas co­sas, pe­ro en esen­cia, Ima­nol, Ma­nu pa­ra los ami­gos, si­gue sien­do el mis­mo: «De aquel chi­co de Er­mua que­da to­do, la edu­ca­ción y esa for­ma de vi­vir sen­ci­lla». Unos pi­la­res que le han ser­vi­do tam­bién pa­ra dar vi­da a An­to­nio, un ho­me­na­je a su pa­dre, ya fa­lle­ci­do, al que ca­da vez —ase­gu­ra— se pa­re­ce más. Ple­tó­ri­co a los 62, to­da­vía no ve tra­zas de ser abue­lo. Por el mo­men­to Ima­nol jue­ga en otra li­ga. —Vuel­ven Los Al­cán­ta­ra. «Cuén­ta­me» có­mo se­rá.

—Lo que que­da de la tem­po­ra­da es com­ple­tar to­do el de­sa­rro­llo de la pri­me­ra par­te. Es muy im­por­tan­te lo que pa­sa con Car­los y Ka­ri­na; lo que su­ce­de con An­to­nio y Mer­che, por­que se van des­cu­brien­do co­sas del pa­sa­do. Yo es­toy muy sor­pren­di­do, los ca­pí­tu­los son muy bue­nos. —¡Qué di­fí­cil lle­var ca­si 20 años y se­guir ahí! —Sí, con la mis­ma es­truc­tu­ra. Cuén­ta­me, que em­pe­zó sien­do una se­rie que ape­la­ba mu­cho a la nos­tal­gia, ya no es así, tie­ne una for­ma de re­vi­sar el pa­sa­do de una ma­ne­ra muy pre­sen­te, se ha ido trans­for­man­do ella so­la. Y ade­más, es­tá el ce­se mo­men­tá­neo de Ri­car­do (Car­li­tos), di­go mo­men­tá­neo por­que de Cuén­ta­me no se va na­die que no quie­ra. Ri­car­do lo ha he­cho de un mo­do mag­ní­fi­co y ha to­ma­do una de­ci­sión muy va­lien­te. —¿Qué es lo que más ha cam­bia­do de An­to­nio Al­cán­ta­ra con los años? —Que él es una per­so­na que lu­cha con­tra la sen­sa­ción de ni­do va­cío, que qui­zá tie­ne más Mer­che. Aho­ra An­to­nio ce­sa esa es­pe­cie de afán de te­ner a los hi­jos con él y da un sal­to a aque­llo de que «nos ha­cen dos, pe­ro mo­ri­mos so­los». Acep­ta que los hi­jos va­yan te­nien­do su vi­da. —Tú has di­cho que An­to­nio es un ho­me­na­je a tu pa­dre. —Sí, uno ti­ra de lo que tie­ne más cer­ca. Y a la ho­ra de ha­cer a un pa­dre, tam­bién se da­ban las cir­cuns­tan­cias de que de to­dos los com­po­nen­tes del re­par­to, yo era el que te­nía una fa­mi­lia más si­mi­lar a la de la se­rie: cua­tro her­ma­nos, mi pa­dre que fue tor­ne­ro, re­par­tió re­ci­bos de la luz — co­mo lue­go An­to­nio en el Mi­nis­te­rio—. Mi pa­dre lue­go se fue a na­ve­gar co­mo mecánico na­val, des­pués vol­vió y se hi­zo re­pre­sen­tan­te... Él fue cons­tru­yen­do su vi­da, e in­clu­so esa ma­ne­ra de ha­blar fue sur­gien­do de una for­ma na­tu­ral (El «me ca­go en la le­che», «ton­to­la­ba»). Yo les ex­pli­ca­ba a los guio­nis­tas có­mo se oía a los ve­ci­nos en las ca­sas de pro­tec­ción ofi­cial, que es don­de vi­vie­ron mis pa­dres y si­gue vi­vien­do mi ma­dre: una ca­sa que tie­ne la co­ci­na en el bal­cón y lo que era la co­ci­na es el sa­lon­ci­to, y tres ha­bi­ta­cio­nes y un ba­ño pe­que­ñi­to. Les con­ta­ba có­mo se con­vi­vía y se oía a los ve­ci­nos. Yo sa­bía cuán­do iban a te­ner un hi­jo [ri­sas], sí, sí, se sa­bía... Sí que es cier­to que cuan­do mu­rió mi pa­dre se me creó un va­cío ra­ro, por­que es­ta­ba acos­tum­bra­do a que me lla­ma­ra to­dos los vier­nes pa­ra ha­cer­me su co­men­ta­rio ma­ra­vi­llo­so so­bre la se­rie, la vi­vía co­mo pro­pia.

—¿En qué te pa­re­ces a él? —No nos da­mos cuen­ta, pe­ro es­ta­mos con­ti­nua­men­te re­pi­tien­do co­sas que he­mos vis­to y oí­do. Y lle­ga un día en que te mi­ras de­lan­te del es­pe­jo y el pa­re­ci­do te asom­bra. Eso es lo que nos pa­sa con los pa­dres, su­pon­go que a mis hi­jos al­gún

día les pa­sa­rá tam­bién al­go pa­re­ci­do. —Pe­ro ese sal­to ge­ne­ra­cio­nal fue muy dis­tin­to en la edu­ca­ción. —Mis hi­jos han vi­vi­do una eta­pa de más li­ber­tad en la so­cie­dad, son tec­no­ló­gi­cos, uno tie­ne 31 y otro 16 pa­ra 17, ima­gí­na­te, su mun­do pa­sa por ahí. Pe­ro hay as­pec­tos que si­guen pre­sen­tes in­clu­so de mi hi­jo en mi pa­dre. Las fa­mi­lias tie­nen una for­ma de en­ten­der­se: mis hi­jos son ca­ri­ño­sos, nun­ca se ha per­mi­ti­do nin­gún con­flic­to con tíos, con pri­mos, con abue­los, eso ha si­do sa­gra­do pa­ra ellos. Son unos chi­cos que se con­si­de­ran muy li­bres, el ma­yor ha via­ja­do tan­to con su ma­dre y con­mi­go has­ta los 16 años, se ha cria­do por me­dio mun­do. Pe­ro yo creo que so­bre to­do se ha per­di­do el mis­te­rio. An­tes no­so­tros te­nía­mos una es­pe­cie de cor­che­te, aho­ra lo cuen­tan to­do, han per­di­do un po­co de privacidad. —An­tes nin­gún pa­dre le de­cía a un hi­jo: «Te quie­ro». —Sí, mi fa­mi­lia no era na­da be­su­co­na en ese as­pec­to, na­da. Y yo, que vi­vo fue­ra de mis hi­jos ha­ce 10 años, soy un con­de­na­do a re­cor­dar­les con­ti­nua­men­te que los quie­ro por­que no los veo to­dos los días. —Un día Fer­nán Gó­mez te di­jo que cuan­to más tar­de te pu­sie­ras la bar­ba mu­cho me­jor. Y tú ha­ce 17 años que te echas­te años en­ci­ma.

—Sí, te­nía 45 cuan­do arran­có la se­rie, pe­ro mien­tras man­tie­nes el pe­lo sin ca­nas aún, aho­ra ya es di­fí­cil, ten­go 62. Al ser fla­qui­to, di­si­mu­lo, in­ten­to es­tar ágil, mo­ver­me, ca­mi­nar, co­rrer... pa­ra mí es fun­da­men­tal, por­que nun­ca es­pu­rrin­ché mu­cho de cuer­po, ¿sa­bes? Por mu­cho que lo in­ten­te, las es­pal­das de mi hi­jo ma­yor ni las sue­ño [ri­sas].

—La gen­te te quie­re, se te acer­can, tie­ne que ser abru­ma­dor...

–Sí, es una pér­di­da de in­ti­mi­dad tan pro­lon­ga­da. A mí me sucedió des­de

Ani­llos de oro, en­ton­ces te­nía 20 mi­llo­nes de es­pec­ta­do­res, lue­go tam­bién con

Bri­ga­da Cen­tral. Aho­ra más que una char­la lo que te ro­ba la gen­te es una ins­tan­tá­nea, que en­se­gui­da com­par­ten. A ve­ces la per­so­na que los acom­pa­ña les di­ce: «¿Pe­ro no que­réis sa­lu­dar­le en lu­gar de ha­cer­le una fo­to?», pe­ro al fi­nal se resuelve en que lo que quie­ren es una fo­to y com­par­tir­la, sí, es así. En Ar­gen­ti­na es sor­pren­den­te.

—Aca­bas de ser nom­bra­do Hués­ped de Ho­nor en Bue­nos Ai­res.

—Sí, aca­bo de ha­cer allí La vi­da a pa­los en el tea­tro, aba­rro­ta­do. Un día des­pués de la fun­ción sa­lu­dé a la gen­te por­que te­nía que agra­de­cer­les los aplau­sos. Pa­ré y les di­je: «Per­do­nen us­te­des, el dó­lar es­tá a 40, ha­ce un frío del ca­ra­jo, la ca­lle Co­rrien­tes es­tá cor­ta­da por inun­da­cio­nes... ¿quié­nes son us­te­des?». [Ri­sas] Con lo cual el aplau­so se mul­ti­pli­có.

—Has di­cho que eres muy feliz allí.

—Sí, por­que soy por­te­ño, por­te­ño. Me gus­ta ca­mi­nar por Bue­nos Ai­res, en­tien­do bien lo que les pa­sa aho­ra. Ten­go ami­gos des­de ha­ce años, con los que he ido em­pa­ren­tan­do, lo úni­co que echo de me­nos es la co­mi­da, allí no soy tan feliz co­mien­do co­mo aquí.

—Tie­nes buen sa­que. ¿Se te da bien la co­ci­na?

—Se me da bien, pe­ro no soy un co­ci­ne­ro des­ta­ca­do. Ten­go ami­gos que co­ci­nan muy bien, yo en reali­dad ten­go cin­co o seis co­sas que ha­go muy bien, y soy muy buen com­pra­dor [ri­sas].

—¿Tu es­pe­cia­li­dad?

—Los gui­sos y el horno. Aho­ra es­toy prac­ti­can­do mu­chas va­rie­da­des de sa­bo­res de mez­clas: woks con sal­sas, ta­lla­ri­nes, po­llos ros­ti­za­dos...

—En «Cuén­ta­me» has vi­vi­do va­rias dé­ca­das, ¿pe­ro cuál ha si­do pa­ra ti la más es­pe­cial fue­ra de pla­tó?

—Yo he si­do un in­cons­cien­te, por­que no re­cuer­do una épo­ca me­jor que otra. Ade­más, siem­pre he pen­sa­do que lo que me ha pa­sa­do te­nía que pa­sar. En Cu­ba, que es un país al que quie­ro mu­cho, la gen­te di­ce: «Lo que su­ce­de con­vie­ne» y a mí lo que me sucedió me con­ve­nía, o me lo ga­né, o me lo me­re­cí, o lo pa­gué. Aho­ra vi­vo en una épo­ca muy ple­na, pe­ro he cam­bia­do un po­co el hu­mor, es­toy más re­la­ja­do, aun­que si­go te­nien­do mis ma­nías.

—¿Cuá­les?

—No lle­vo la agen­da, soy un desas­tre, sin em­bar­go, me ocu­po de que mi agen­da es­té al día, soy pun­tual, soy or­de­na­do y noc­tám­bu­lo. En es­te úl­ti­mo as­pec­to has­ta el pun­to de que ten­go que ha­cer te­ra­pia, me ayu­da el tra­ba­jo, cuan­do ha­go ci­ne y te­le­vi­sión, por­que ma­dru­go mu­chí­si­mo... Pe­ro aho­ra en Bue­nos Ai­res ha­cien­do tea­tro ha­bía días que me le­van­ta­ba a las do­ce, me iba al gim­na­sio a esa ho­ra. Yo por la no­che me en­tre­ten­go [ri­sas], sí, sí. Aho­ra ya no sal­go, yo vi­ví una ge­ne­ra­ción que se aho­gó a sí mis­ma de no­che, sa­lí mu­cho, aho­ra no tan­to, pe­ro veo mis se­ries por la no­che.

—¿Es­tás en­gan­cha­do a al­gu­na?

—He vis­to la se­gun­da tem­po­ra­da de

Özark, La crip­ta, y una en Bue­nos Ai­res que se lla­ma El mar­gi­nal, ma­ra­vi­llo­sa... Muy in­tere­san­te, muy bien he­cha.

—¿An­to­nio Al­cán­ta­ra tie­ne al­gún hi­jo pre­fe­ri­do?

—An­to­nio tie­ne pre­di­lec­ción por las hi­jas, tan­to por Inés co­mo por la pe­que­ña, Ma­ría, que a él le re­cuer­da a su ma­dre. Por tan­to, cla­ro, le en­tran los sie­te ma­les y los sie­te bie­nes a la vez con ella. Por la re­la­ción que te­nía An­to­nio con su ma­dre, La Tor­va. Ade­más, ten­go que de­cir­te que to­dos esos mo­tes los pon­go yo, se los re­ga­lo a los guio­nis­tas, no ten­go copyright. Ab­so­lu­ta­men­te to­dos: Mi­lano, El He­re­de­ro... Me gus­ta mu­cho po­ner­los por­que en una so­cie­dad in­dus­trial co­mo la que yo me crie el mo­te era im­por­tan­te.

—¿Tú tu­vis­te al­guno?

—Sí, sí. A mí me lla­ma­ban «pi­cha de oro» de cha­val.

—¿Por qué? [Ri­sas].

—De­bía de ser una co­sa he­re­da­da de mi abue­lo Jua­ni­to, que era un pi­cha de oro, era ga­lle­go, de Tui. Creo yo que ve­nía de ahí. Mi abue­lo ma­terno, Juan Do­mín­guez Mar­tí­nez, era guapísimo, era con­duc­tor, te­nía un Dya­ne 6, pues ima­gí­na­te. Un pe­da­zo de ti­po, que vi­vió mu­chí­si­mos años, tu­vo seis hi­jos...

—En­ton­ces ya en­tien­do por qué era un pi­cha de oro [ri­sas].

—Sí, sí. [Ri­sas]

—¿Y a Ana Dua­to le has pues­to al­gún mo­te?

—Fue­ra de pla­tó no, los de­di­co a la fic­ción, pe­ro a ve­ces le lla­ma­mos La ru­bia, La je­fa, pe­ro no son sig­ni­fi­ca­ti­vos.

—Con­fie­sa: ¿Ana Dua­to tie­ne al­gún de­fec­to?, por­que no pue­de ser tan per­fec­ta.

—Des­de lue­go si los tie­ne los ocul­ta mu­cho, Ana tie­ne un ca­rác­ter in­creí­ble, es una per­so­na que ha­ce mu­cho por la fe­li­ci­dad, por la gen­te. Tie­ne una for­ma de vi­vir y de en­fren­tar­se a las co­sas que a mí me ha en­se­ña­do mu­chí­si­mo, es una mu­jer tre­men­da­men­te ma­du­ra, que ha­ce mu­cho y en­se­ña mu­cho a ser más feliz. Pe­ro sí tie­ne un de­fec­to, cuan­do vas con ella en el co­che no sa­bes si vas a aca­bar

en Lu­go o en Cá­diz. Es una aven­tu­ra.

—Ese «fee­ling» en­tre Ana y tú, en­tre Mer­che y An­to­nio, tras­cien­de to­do.

—Sí, yo con Ana ten­go una re­la­ción ca­si de her­ma­nos, por­que me in­vo­lu­cro, me im­por­ta to­do de ella, to­do lo que le pa­sa. Ade­más ten­go una ma­ra­vi­llo­sa re­la­ción con Mi­guel Án­gel, su ma­ri­do, que es el productor de la se­rie. Son 17 años tra­ba­jan­do jun­tos sin nin­gún pro­ble­ma, nun­ca. Quie­ro de­cir que con esa fa­mi­lia ten­go una es­tu­pen­da re­la­ción, quie­ro mu­cho a su hi­jo, él me quie­re mu­cho a mí, mi hi­jo pe­que­ño es tam­bién muy ami­go su­yo, son mu­chos años. Yo dis­fru­to mu­cho con otros ac­to­res, con Adria­na Ozo­res, en Vel­vet, es una de­li­cia, una suer­te... Es­ta­mos en­can­ta­dos, pe­ro el ca­so de Cuén­ta­me es úni­co.

—Yo le pre­gun­té una vez a Ana Dua­to si se le ha­bía es­ca­pa­do al­gún «An­to­nio» en la in­ti­mi­dad, así que te ten­go que pre­gun­tar a ti tam­bién si se te ha es­ca­pa­do al­gún Mer­che.

—Al­gún Mer­che sí, se­gu­ro. Y en­tre Mer­che y Me­rit­xell tam­po­co hay tan­ta di­fe­ren­cia [ri­sas].

—Ella, que cons­te, que me di­jo que no se le ha­bía es­ca­pa­do nun­ca [ri­sas].

To­do lo que le pa­se a Ana Dua­to me im­por­ta, es mi fa­mi­lia”

—A ella se­gu­ro que no. A ella se le ha es­ca­pa­do más Ma­nu (que es co­mo me lla­man) pa­ra re­fe­rir­se a An­to­nio Al­cán­ta­ra. Una vez me pa­só a mí tam­bién con Echa­no­ve, que es­tá­ba­mos los dos en una es­ce­na en la ca­ma y le lla­mé «Juan». Na­die se dio cuen­ta y sa­lió así en la te­le [ri­sas].

—Echa­no­ve es tam­bién un pun­tal.

—Sí, es un gran ami­go. He­mos tra­ba­ja­do mu­cho, con­vi­vi­do mu­cho, y cuan­do no tra­ba­ja­mos co­mo aho­ra lo sen­ti­mos, aun­que he­mos rehe­cho un po­co nues­tras vi­das, pe­ro Juan es una per­so­na que quie­ro mu­chí­si­mo, mu­chí­si­mo. Hay po­cas per­so­nas a las que quie­ra co­mo a él.

—¿Te ves co­mo abue­lo?

—No les veo a ellos dis­po­si­ción [ri­sas], con lo cual no me en­tra nin­gún te­mor... Me to­ca­rá ser­lo y se­ré un abue­lo co­mo el pa­dre que soy, que no he si­do muy en­ci­me­ro. Ten­dré más ba­ta­llas pa­ra con­tar, pe­ro co­mo no se den pri­sa voy a ser más un abue­lo a cui­dar que cui­da­dor.

—¿A los 60 uno en­fi­la la vi­da gas­tan­do to­dos los car­tu­chos?

—Ano­che es­tu­ve con Pe­pe Sa­cris­tán en una pre­sen­ta­ción y me di­ce: «Ma­ña­na cum­plo 81 años» y nos que­da­mos to­dos mi­ran­do en plan: «¡Yo fir­mo ya!». Ve­nía de ha­cer un mo­nó­lo­go el tío, rec­to co­mo una ve­la, con la ca­be­za des­pe­ja­dí­si­ma. Los 60 son un es­tu­pen­do mo­men­to, yo es­toy en una bue­na eta­pa, he pa­sa­do mi exa­men, mis eta­pas más com- pli­ca­das, pe­ro en reali­dad no han afec­ta­do mu­cho a mi vi­da. Con lo cual, aho­ra es­toy muy bien, tra­ba­jo mu­cho, es al­go que a mí me gus­ta... Ade­más es­te es un ofi­cio que pue­des mez­clar­lo con tu vi­da, se lee mu­cho, y al fi­nal el tea­tro es el úni­co si­tio don­de uno si­gue edu­cán­do­se. Así que es un pri­vi­le­gio.

—¿Tú vis­lum­bra­bas otra po­si­bi­li­dad dis­tin­ta a ser ac­tor?

—No, no, lo que me es­pe­ra­ba no me ha­cía mu­cha gra­cia, así que me ne­gué, no que­ría ni con­tem­plar­lo. Yo sé que des­pués pu­de ha­cer otras co­sas, pe­ro el tra­ba­jo de ac­tor siem­pre se ajus­tó mu­cho a mí, a mi ca­rác­ter, y es lo que me­jor ha­go. Nun­ca tu­ve du­das. Per­te­nez­co a una ge­ne­ra­ción que fue ejem­pla­ri­zan­te en los pri­me­ros años de la de­mo­cra­cia, y afor­tu­na­da­men­te he­mos de­ja­do de ser­lo, por­que uno no tie­ne que ser ejem­plar, si no te ago­bias.

—¿Qué es lo que más le ha da­do An­to­nio Al­cán­ta­ra a Ma­nu?

—La po­si­bi­li­dad de ha­cer un per­so­na­je gran­de que ha lle­ga­do a mi­llo­nes de per­so­nas. Y Cuén­ta­me tam­bién me ha da­do la po­si­bi­li­dad de an­he­lar el tea­tro, el he­cho de aban­do­nar­lo tan­to tiem­po, me ha da­do ese an­he­lo. Me he da­do cuen­ta de que sin el tea­tro no hay na­da.

—¿Qué que­da del cha­val de Er­mua?

—Pues mu­chas co­sas, por­que la edu­ca­ción es al­go que te acom­pa­ña siem­pre y los re­cuer­dos. Yo no vi­ví una épo­ca com­pli­ca­da en cuan­to al bull­ying, éra­mos gen­te que vi­vía­mos de una ma­ne­ra muy sim­ple. Fue una épo­ca de mi vi­da en la que pu­de ob­ser­var mu­cho, ob­ser­var a las per­so­nas, aho­ra ya no ten­go eso, ten­go que ima­gi­nar­lo más por­que me co­no­cen. El otro día iba por Bue­nos Ai­res pa­sean­do y me pa­ré an­te un ti­po que me pa­re­ció vas­co. Yo ga­lle­gos, as­tu­ria­nos y so­bre to­do vas­cos los dis­tin­go en cual­quier par­te del mun­do [ri­sas]. Y le iba di­cien­do a Me­rit­xell: «Es­te es vas­co», y en­ton­ces me acer­qué y le di­je: «Dis­cul­pe, ¿có­mo se ape­lli­da?» «Iriar­te», me res­pon­de, ja, ja, ja.

—¿Dis­tin­gues a los de Bil­bao de los de Donosti?

—Fue­ra de Es­pa­ña no, aquí sí. Es un asun­to ge­né­ti­co, ¡pe­ro es que son dos ge­ne­ra­cio­nes en Bue­nos Ai­res!

—Otro día te cuen­to có­mo dis­tin­guir a los de Co­ru­ña, ja, ja.

—Sí, sí [ri­sas].

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.