Mi­guel re­na­ce tras sie­te mi­nu­tos muer­to

El ni­ño, de dos años y me­dio, es un su­per­vi­vien­te. Fue re­cu­pe­ra­do, «in ex­tre­mis», de una muer­te sú­bi­ta de cau­sa aún por des­cu­brir. Cre­ce en A Coruña con una tra­queo­to­mía

La Voz de Galicia (Deza) - - Sociedad - R. D. SEOA­NE

El abue­lo Mi­guel no ha vuel­to a dor­mir co­mo siem­pre. A su mu­jer, Car­men, los ner­vios se le han ins­ta­la­do en los ojos: no le lle­gan mil pa­ra no per­der de vis­ta al pe­que­ño de la ca­sa. Y Ale­xia no es ca­paz de pen­sar en aque­lla no­che sin que un llan­to in­con­te­ni­ble se des­bo­que. No pue­de evi­tar­lo. Ni ca­si ha­blar. Ella es la ma­dre de un au­tén­ti­co tor­be­llino, Mi­guel co­mo el abue­lo, de dos años y me­dio. Na­die di­ría que ha­ce ca­si uno «es­tu­vo sie­te mi­nu­tos muer­to», al­can­za ape­nas a de­cir. Sin más, envuelta en un mar de lá­gri­mas y aga­rra­da a su pe­que­ño. Él to­da­vía no ha­bla. Una tra­queo­to­mía se lo im­pi­de, por el mo­men­to. Pe­ro se ha­ce en­ten­der.

Ocu­rrió el úl­ti­mo 20 de di­ciem­bre en A Coruña. La abue­la lo ha­bía lle­va­do dos días an­tes al po­bla­do na­vi­de­ño de Ma­ría Pi­ta. Al­ba, su tía, no­tó que su mi­ra­da no era la de siem­pre y Car­men cuen­ta que «lo vi pá­li­do y le di­je a mi hi­ja, ‘es­te ni­ño no es­tá bien, ma­ña­na lo llevas al pe­dia­tra’». Una tra­queo­ma­la­cia — fla­ci­dez de la trá­quea que sue­le co­rre­gir­se con el cre­ci­mien­to— los te­nía acos­tum­bra­dos a ron­qui­dos, in­clu­so a acos­tar­lo ca­si sen­ta­do. «Has­ta en la guar­de­ría lo po­nían a dor­mir en un co­lum­pio», ex­pli­can. Ale­xia lo lle­vó al mé­di­co y le die­ron un sue­ro. «No me pa­re­cía un sim­ple ca­ta­rro», ex­pli­ca, así que aca­ba­ron en una con­sul­ta hos­pi­ta­la­ria pri­va­da y sa­lie­ron con un ja­ra­be re­ce­ta­do.

Su otra tía, So­ra­ya, lo ba­ñó y lo acos­tó. A me­dia­no­che, el ni­ño em­pe­zó a llo­rar «co­mo si tu­vie­se có­li­cos» y el ins­tin­to de quien es dos ve­ces ma­dre, por ma­dre y por abue­la, la hi­zo co­ger­lo en bra­zos y lle­vár­se­lo pa­ra el so­fá. Tras aque­lla in­tui­ción, a la que pro­ba­ble­men­te hoy de­be la vi­da de su nie­to, se desató lo que les si­gue qui­tan­do el sue­ño. Na­da ha vuel­to a ser lo mis­mo.

«Des­pués nos di­je­ron que te­nía una neu­mo­nía. Pen­sé que le es­ta­ba dan­do un ata­que de as­ma, pe­ro de re­pen­te ya se le ca­ye­ron los bra­ci­tos, ¡se que­dó co­mo un mu­ñe­co de tra­po!. Yo em­pe­cé a gri­tar», re­cuer­da des­cri­bien­do una es­ce­na que, con so­lo ima­gi­nar­la, tam­ba­lea el áni­mo. El abue­lo le hi­zo el bo­ca a bo­ca. «El ni­ño con­vul­sio­nó, le abrí la bo­qui­ta con el de­do, le sa­qué la len­gua... y ya sen­tí el crack de sus dien­te­ci­tos», re­la­ta vi­va­men­te. «Me que­dé en blan­co», con­ti­núa pa­ra agra­de­cer la ayu­da de los ve­ci­nos. Mar­ta y Fa­cun­do, que ba­ja­ron al oír el des­ga­rra­dor «¡el ni­ño se nos mue­re!» de Car­men.

Ale­xia, que tra­ba­ja jus­to en el Ale­xia mi­ra a su hi­jo, Mi­guel, un año des­pués del dra­má­ti­co epi­so­dio en el so­fá en el que ocu­rrió.

lo­cal de hos­te­le­ría del ba­jo, vio la am­bu­lan­cia. «Es­cu­ché al­go de que era un ni­ño, pe­ro no pen­sé que fue­se el mío, cuan­do me en­te­ré... en­tré en shock». Las imá­ge­nes se les atro­pe­llan en un re­cuer­do pa­ra ol­vi­dar: el 061, la adre­na­li­na, los ma­sa­jes de mi­nu­tos in­fi­ni­tos pa­ra re­ani­mar­lo y la ca­rre­ra ha­cia el Ma­terno.

Tres pa­ra­das más

Mi­gue­li­to vol­vió a res­pi­rar, pe­ro la pesadilla no se aca­bó ahí. Ya en el hos­pi­tal, su­frió tres pa­ra­das más. «Ca­da vez que veía a las en­fer­me­ras y los mé­di­cos co­rrien­do... ya sa­bía», cuen­ta el abue­lo. Le hi­cie­ron una tra­queo­to­mía de ur­gen­cia y, aun­que vuel­to a la vi­da, el par­te mé­di­co no dio tre­gua: «Nos di­je­ron que es­ta­ba muy crí­ti­co, que sie­te mi­nu­tos sin oxí­geno po­dían ha­ber­le de­ja­do se­cue­las, que no sa­bían por qué le ha­bía pa­sa­do... cuan­do lo

vi en la UCI, lleno de tu­bos... yo me fui al ce­men­te­rio a re­zar­le a mi ma­dre, a mi án­gel de la guar­da», ex­pli­ca la abue­la. Hoy re­co­no­ce que «me vol­ví lo­ca, por de­trás de mi hi­ja, sin de­cir­le na­da, em­pe­cé a pre­pa­rar­lo to­do...», di­ce sin men­cio­nar el mie­do real a un desen­la­ce fu­nes­to y bur­la­do no una, sino has­ta cua­tro ve­ces. Un año des­pués, aque­lla at­mós­fe­ra de te­mor si­gue res­pi­rán­do­se en­tre los ju­gue­tes in­fan­ti­les en el cén­tri­co pi­so de A Coruña.

Mi­guel es­tu­vo 26 días en la uci y un mes más in­gre­sa­do en plan­ta en el Te­re­sa He­rre­ra, don­de «era el chi­chí de to­do el mun­do, las co­ci­ne­ras ve­nían a ver­lo, lo

subían al ca­rri­to a re­par­tir la co­mi­da, las en­fer­me­ras, los mé­di­cos, to­dos, to­dos... no sa­bían qué ha­cer­le», re­cal­ca una fa­mi­lia que no quie­re ol­vi­dar­se de na­die, del pri­me­ro al úl­ti­mo. Del per­so­nal de la am­bu­lan­cia, del equi­po sa­ni­ta­rio múl­ti­ple —«lo han vis­to to­dos los es­pe­cia­lis­tas, pe­dia­tras, neu­mó­lo­gos, car­dió­lo­gos, el neu­ró­lo­go»...—, del ve­cin­da­rio, de «mis je­fes, Lui­sa y Fran», apun­ta Ale­xia. Pa­ra ella, en con­tra de lo que pien­sa su pa­dre, más de­vo­to de la ciencia que del cie­lo, que el pe­que­ño si­ga po­nien­do to­do pa­tas arri­ba «pa­ra mí es un mi­la­gro. Un mi­la­gro de la vi­da».

Aún pen­dien­tes de saber por qué el 20 de di­ciem­bre les en­co­gió el co­ra­zón mu­cho más que 7 mi­nu­tos, el abue­lo in­sis­te en el «in­men­so» agra­de­ci­mien­to: «Sal­va­ron a mi nie­to. No ten­go pa­la­bras pa­ra ellos. No lo sa­bes has­ta que no te pa­sa».

CÉ­SAR QUIAN

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