LI­NA SO­LLA, GE­REN­TE DEL GRU­PO LINAMAR

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - PORTADA - Su­sa­na Luaña

«Ber­tín Os­bor­ne abrió en su pro­gra­ma una ban­de­ja mía; me emo­cio­nó, cla­ro»

Tras su di­vor­cio se vio so­la con dos ni­ños pe­que­ños y te­nía dos sa­li­das: la hos­te­le­ría fa­mi­liar o la co­mer­cia­li­za­ción de ma­ris­co, que ya co­no­cía por sus años de ca­sa­da. Se de­can­tó por lo se­gun­do y em­pe­zó de pres­ta­do en un lo­cal de una ami­ga. Vein­te años des­pués, Linamar tie­ne un cen­te­nar de tra­ba­ja­do­res y fac­tu­ra 22 mi­llo­nes al año. «Sí, cre­ci­mos, pe­ro es­pe­ro que nun­ca per­da­mos el al­ma».

De una ofi­ci­na pro­vi­sio­nal en un ba­jo de San­xen­xo a una na­ve de 7.000 me­tros cua­dra­dos en el puer­to de Tra­go­ve (Cam­ba­dos). Así po­dría re­su­mir­se la tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal de Li­na So­lla (Ra­xó-Poio, 1968), ge­ren­te de uno de los ma­yo­res gru­pos de co­mer­cia­li­za­ción y pro­duc­ción de ma­ris­co en Ga­li­cia. Y to­do por­que un día se di­vor­ció...

—¿El di­vor­cio fue una opor­tu­ni­dad?

—Creo que sí, to­do en la vi­da pa­sa por al­go. Lo có­mo­do se­ría que­dar­me en el hos­tal de mis pa­dres, pe­ro no me gus­ta­ba la hos­te­le­ría y el sec­tor ya lo co­no­cía por­que de ca­sa­da ya tra­ba­ja­ba en una de­pu­ra­do­ra.

—Y le sa­lió bien...

—Me sa­lió re­gu­lar­men­te bien. Tam­bién ten­go que de­cir que yo no su­frí dis­cri­mi­na­ción al­gu­na por ser mu­jer, qui­zá con los ban­cos, pe­ro na­da más. Cuan­do me me­tí en es­ta na­ve te­nía vein­te mi­llo­nes de pe­se­tas pa­ra el pri­mer pa­go, y me da­ban fa­ci­li­da­des, que fue­ra pa­gan­do. Pe­ro se hun­dió el Pres­ti­ge y ce­rra­ron el gri­fo. Sa­lí ade­lan­te gra­cias al apo­yo del sec­tor ba­teei­ro y de mi fa­mi­lia. Mi ma­dre res­ca­tó el plan de pen­sio­nes, mi her­mano hi­po­te­có su ne­go­cio... Es­toy aquí por to­dos ellos, pe­ro creo que des­pués tam­po­co les fa­llé. La gen­te me pre­gun­ta que có­mo lo hi­ce, y yo creo que fue hu­yen­do ha­cia de­lan­te. Ten­go llo­ra­do mu­cho y reí­do mu­cho, pe­ro no hay na­da en el mun­do que me gus­te más.

—Cum­ple cin­cuen­ta años y la em­pre­sa vein­te. Es­tá de ce­le­bra­ción, ¿no?

—Sí, ya tu­vi­mos una fies­ta tre­men­da, me hi­cie­ron un bai­le y to­do. Lo que me da pe­na es que a al­gu­nos em­plea­dos no los co­no­cía por­que tra­ba­jan en otras plan­tas, y ellos pa­ra mí son co­mo mi fa­mi­lia.

—Linamar na­ció en 1998 y cuan­do se es­ta­ba asen­tan­do, en el 2002, se hun­dió el Pres­ti­ge. ¿Có­mo re­cuer­da esos du­ros mo­men­tos?

—Lle­gar a es­te puer­to y ver el mue­lle lleno de cha­pa­po­te es al­go que no po­dré ol­vi­dar nun­ca. Llo­ré de pe­na y tam­bién de emo­ción por­que los pri­me­ros días fue­ron de unión to­tal del sec­tor, que sa­lió a sa­car el cha­pa­po­te con sus pro­pias ma­nos. Lo que me due­le es que lue­go to­do se que­dó en una cues­tión eco­nó­mi­ca.

—¿Có­mo dio el sal­to del ba­jo de su ami­ga a una em­pre­sa pun­te­ra en el sec­tor?

—Cuan­do me di­vor­cié, con 28 años y dos hi­jos, se lo plan­teé a mis pa­dres, que me di­je­ron que a dón­de iba yo. Pe­ro una ami­ga que te­nía una tien­da en San­xen­xo me la pres­tó los me­ses de in­vierno, que la te­nía ce­rra­da. En el ba­jo de San­xen­xo no te­nía más que un fax y un te­lé­fono, pe­ro yo el sec­tor ya lo co­no­cía. Lo que ha­cía era com­prar a unos y ven­der a otros. Un año des­pués, en el 98, creé Linamar. Pri­me­ro es­tu­ve en O Gro­ve, en so­cie­dad con otra de­pu­ra­do­ra. Lue­go com­pré la par­te de ellos y me ins­ta­lé en A Illa y des­pués me vi­ne aquí, coin­ci­dien­do con el Pres­ti­ge.

—¿Cuál es su se­cre­to?

—En A Illa nos li­mi­tá­ba­mos a co­mer­cia­li­zar fres­co pe­ro aquí ha­ce­mos co­sas di­fe­ren­tes y yo creo que ese es el se­cre­to. Se tra­ta de fa­ci­li­tar­le las co­sas al con­su­mi­dor. Al me­ji­llón le crea­mos una at­mós­fe­ra pro­tec­to­ra y lo co­mer­cia­li­za­mos en unas ban­de­jas que lo man­tie­ne vi­vo más días y re­tra­sa la fe­cha de ca­du­ci­dad, y to­do ello sin con­ser­van­tes y con unos con­tro­les de ca­li­dad muy exi­gen­tes. In­ver­ti­mos 4.000 o 5.000 eu­ros al mes en ana­lí­ti­cas, y mi em­pe­ño es la se­gu­ri­dad ali­men­ta­ria por en­ci­ma de to­do. Por pre­cio te qui­ta un clien­te cual­quie­ra; por ca­li­dad, no. Mu­chos me com­pran por esa tran­qui­li­dad y yo lo ha­go por la tran­qui­li­dad mía y por mi con­cien­cia.

—Y por el ca­mino con­quis­tó Eu­ro­pa.

—Fran­cia, Ita­lia, Po­lo­nia, Sui­za... Con 28 días de ca­du­ci­dad se pue­de lle­gar a esos mer­ca­dos. El ne­go­cio ya iba vien­to en po­pa a to­da ve­la, pe­ro el gran sal­to lo dio el día en que se aso­ció con el gru­po vas­co An­gu­las Agui­na­ga. —Fue en el 2014. No­so­tros ya es­tá­ba­mos ha­cien­do prue­bas con las sal­sas y fui a ver su em­pre­sa. Me plan­tea­ron que por qué no lo ha­cía­mos jun­tos, y así fue, crea­mos una so­cie­dad pa­ra ela­bo­ra­dos.

—¿Qué tie­ne de di­fe­ren­te fren­te a otros ela­bo­ra­dos de me­ji­llón?

—Que no le llo­ra­mos na­da al pro­duc­to, que ha­ce­mos la sal­sa con el me­jor al­ba­ri­ño y con el me­jor acei­te. Pa­ra que un pro­duc­to sea bueno tie­nes que ha­cer­lo con los me­jo­res ingredientes, por­que el éxi­to de un pro­duc­to es que el con­su­mi­dor re­pi­ta. No hay na­da que me sa­tis­fa­ga más que al­guien me di­ga que la sal­sa pa­re­ce he­cha en ca­sa.

—¿Cuál es el per­fil de su clien­te?

—Por lo ge­ne­ral, per­so­nas que tra­ba­jan y no tie­nen tiem­po pa­ra co­ci­nar pe­ro que no re­nun­cian a la ca­li­dad. El me­ji­llón con at­mós­fe­ra pro­tec­to­ra don­de me­nos se ven­de es en Ga­li­cia, pe­ro por­que aquí se pre­fie­re el fres­co.

—El ba­lan­ce se­rá más que po­si­ti­vo, cla­ro.

—Llo­ré mu­cho pe­ro tam­bién dis­fru­té mu­cho. Lo vol­ve­ría a ha­cer to­do, in­clu­so lo que hi­ce mal, por­que de eso, apren­dí. Na­da me sa­tis­fa­ce más que ver mi pro­duc­to en el su­per­mer­ca­do y cuan­do voy de va­ca­cio­nes no pue­do evi­tar ir al sú­per a ver qué se ven­de. In­clu­so en los ho­te­les cuan­do me traen mis ban­de­jas... ¿Te lo pue­des ima­gi­nar? ¡Ah! Y el otro día Ber­tín Os­bor­ne abrió en su pro­gra­ma una ban­de­ja mía. Me emo­cio­nó, cla­ro.

—¿So­lo co­mer­cia­li­za me­ji­llón?

—Por mi au­to­exi­gen­cia en la ca­li­dad he te­ni­do que re­nun­ciar a otras pro­duc­tos. Linamar es una mar­ca de me­ji­llón en un 99 %. Co­mer­cia­li­za­mos tam­bién al­go de al­me­ja, pe­ro po­co.

—¿Hay re­cam­bio en el gru­po Linamar?

—Lo hay. La em­pre­sa va a ser pa­ra Dory, mi hi­ja, que es muy vá­li­da. Se en­car­ga del de­par­ta­men­to de sa­bo­res y de la quin­ta ga­ma. Pe­ro en reali­dad so­mos una gran fa­mi­lia. No pue­do ol­vi­dar­me de Gon­za­lo Mol­pe­ce­res, el di­rec­tor fi­nan­cie­ro. Yo no es­ta­ría aquí sin él. Y los diez em­plea­dos que em­pe­za­ron con­mi­go, aquí si­guen. Soy un po­co la ma­dre de to­dos. Cre­ci­mos mu­cho, aho­ra so­mos un cen­te­nar, pe­ro es­pe­ro que nun­ca per­da­mos el al­ma.

| MAR­TI­NA MISER

Li­na So­lla se ro­dea del mar que ve to­das las ma­ña­nas y que es la ra­zón de ser de su vi­da y de su tra­ba­jo.

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