Amor si­nies­tro

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - por Da­vid Gistau

us­te­des ha­brían ne­ce­si­ta­do es­te ar­tícu­lo ha­ce un par de se­ma­nas. Cuan­do co­rría­mos riesgo de em­pa­cho ro­mán­ti­co por el Día de los Ena­mo­ra­dos. Me gus­ta re­ba­jar la cur­si­le­ría con his­to­rias del re­ver­so te­ne­bro­so del 14 de fe­bre­ro. La más so­co­rri­da es la Ma­tan­za del Día de San Va­len­tín per­pe­tra­da por los pis­to­le­ros de Ca­po­ne en el ga­ra­je de la ban­da de Mo­ran. Pe­ro les trai­go otra his­to­ria. Es­te 14 de fe­bre­ro coin­ci­dió con el tri­gé­si­mo aniver­sa­rio del ho­mi­ci­dio de Alicia Muñiz, que con­mo­vió a la so­cie­dad ar­gen­ti­na y de he­cho cam­bió por com­ple­to la per­cep­ción cul­tu­ral acer­ca de los ma­los tra­tos a mu­je­res en su fa­mi­lia. Fue arro­ja­da por un bal­cón en el bal­nea­rio de Mar del Pla­ta, la ma­yor ciu­dad de ve­ra­neo de la Ar­gen­ti­na. La ma­tó su ma­ri­do, Car­los Mon­zón, el ca­tor­ce ve­ces cam­peón mun­dial del pe­so me­dio, un mi­to in­con­men­su­ra­ble que com­ple­tó así su pro­pia de­ca­den­cia en­tre im­pul­sos vio­len­tos, co­caí­na, ar­mas de fue­go y una pro­fun­da nos­tal­gia de sí mis­mo he­cho un se­mi­diós en el ring. Cuan­do Mon­zón vio a Muñiz es­tam­pa­da en el sue­lo, ves­ti­da con tan só­lo unas bra­gas y con la pier­na de­re­cha que­bra­da y dis­lo­ca­da, sal­tó de­trás de ella y se rom­pió un bra­zo. No por­que qui­sie­ra mo­rir tam­bién, sino por­que así em­pe­zó a pre­pa­rar la que se­ría su de­fen­sa, en la que ale­gó que ca­ye­ron jun­tos de for­ma ac­ci­den­tal en el trans­cur­so de un for­ce­jeo. Hay que en­ten­der quién fue Mon­zón. Por­que en Es­pa­ña hay que ex­pli­car­lo. Na­ci­do en Santa Fe en una po­bre­za que le de­jó se­cue­las fí­si­cas, ain­dia­do de ros­tro, se for­mó en la can­te­ra del gim­na­sio del Lu­na Park de Ti­to Lec­tou­re. Con­tem­po­rá­neo de Ni­co­lino Loc­che y de Rin­go Bo­na­ve­na, al­can­zó la con­sa­gra­ción en el Pa­la­cio de los De­por­tes de Roma, don­de de­rro­tó al gua­po Nino Benvenuti con un im­pla­ca­ble rec­to de de­re­cha que re­su­me el des­pia­da­do ins­tin­to con el que Mon­zón sa­lía al ring no ya a ga­nar, sino a des­tro­zar a sus ri­va­les co­mo des­bro­zán­do­los a ha­cha­zos. Más allá de su co­ro­na­ción co­mo cam­peón que lo se­ría aún des­pués de ca­tor­ce de­fen­sas triun­fa­les, Mon­zón fue dis­tin­to por­que fa­bri­có un per­so­na­je so­cial arro­lla­dor con el que en­lo­que­cie­ron ciu­da­des co­mo Pa­rís y que se re­su­me en el apo­do que le ad­ju­di­có uno de sus me­jo­res ami­gos ob­te­ni­dos en la gloria, Alain De­lon: Mon­zón era El Ma­cho. Y lo fue has­ta el pun­to de que, en cier­ta oca­sión, in­vi­ta­da Ur­su­la An­dress a asis­tir a la inau­gu­ra­ción de una dis­co­te­ca en Bue­nos Ai­res, la di­va aga­rró el mi­cró­fono y pi­dió que le tra­je­ran al Ma­cho. Por su­pues­to, Car­los Mon­zón fue en­tre­ga­do a Ur­su­la An­dress. La amis­tad con Alain De­lon fue tan pro­fun­da que el ac­tor fran­cés ejer­ció de pro­mo­tor en el com­ba­te de Mon­zón con­tra Man­te­qui­lla Ná­po­les y le­van­tó en un bal­dío de Pa­rís una car­pa de cir­co pa­ra al­ber­gar­lo. Cor­tá­zar es­tu­vo y fil­tró la no­che vi­vi­da en dos cuen­tos. De­lon fue tam­bién el úni­co de los vie­jos ami­gos que lo vi­si­tó en el pe­nal de Santa Fe don­de Mon­zón cum­plía con­de­na y se sen­tó con los de­más pre­sos a be­ber 'vino ba­ra­to' y a im­pro­vi­sar elo­gios de la hom­bría vi­ril. An­tes de eso, cuan­do Mon­zón aún era un Dios, lo apro­ve­cha­ron co­mo ac­tor. En una de las pri­me­ras pe­lí­cu­las que ro­dó co­no­ció a Susana Giménez, to­da­vía hoy uno de los per­so­na­jes más po­pu­la­res de la Ar­gen­ti­na, con la que se ca­só y vi­vió en tér­mi­nos de pa­sión exa­cer­ba­da a pe­sar de los ce­los si­nies­tros y del afán po­se­si­vo de él, in­com­pa­ti­bles con la vi­da so­cial de una ar­tis­ta. Des­pués de re­ti­rar­se Mon­zón, cuan­do au­men­ta­ron sus de­mo­nios in­te­rio­res, al­go vio Giménez que la ani­mó a se­pa­rar­se y por lo cual des­pués di­ría de Alicia Muñiz: «Es­ta mu­jer ha muer­to mi muer­te, la que evi­té». Susana Giménez es­ta­ba en di­rec­to en te­le­vi­sión el 8 de enero de 1995, cuan­do una no­ti­cia de úl­ti­ma ho­ra anun­ció la muer­te de Car­los Mon­zón. Vol­vía a pri­sión des­pués de un per­mi­so. Ha­bía be­bi­do du­ran­te un asa­do que le or­ga­ni­za­ron los ami­gos. Con­du­cía con ex­ce­so de ve­lo­ci­dad y sin cin­tu­rón. El ca­dá­ver, que sa­lió des­pe­di­do, es­ta­ba ten­di­do en un ca­ña­ve­ral. Des­nu­do sal­vo por un short, que­bra­do, ca­si co­mo el de Alicia Muñiz.

El ho­mi­ci­dio de Alicia Muñiz con­mo­vió a la so­cie­dad ar­gen­ti­na y cam­bió por com­ple­to la per­cep­ción so­bre los ma­los tra­tos a mu­je­res

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