Héroes de 600 gra­mos

Y YES lo ce­le­bra por to­do lo al­to. Pa­sa­mos una jor­na­da en la uni­dad del Ma­terno para ver có­mo es­tos pe­que­ños héroes y he­roí­nas, que no su­pe­ran el ki­lo de pe­so, lu­chan por sa­lir ade­lan­te con el cui­da­do fun­da­men­tal de sus pa­dres

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS FOTOS: MAR­COS MÍGUEZ

Son héroes que van por de­lan­te, que le han pe­ga­do un buen mor­dis­co a la vi­da y lu­chan con to­das sus fuer­zas por so­bre­vi­vir. «Son unos va­lien­tes que van a sa­lir, es un mi­la­gro que es­tén aquí», me di­ce Lo­re­na, la ma­má de Ji­me­na, mien­tras la sos­tie­ne con to­da la de­li­ca­de­za pe­ga­da a su cuer­po, la­ti­do con la­ti­do, para que su be­bé sien­ta esa pro­tec­ción úni­ca. Ji­me­na te­nía que ha­ber na­ci­do el 11 de enero del 2019, pe­ro vino al mun­do por sor­pre­sa el 13 de oc­tu­bre, con 960 gra­mos, na­da más cum­plir la se­ma­na 27 de ges­ta­ción. Un par­to ines­pe­ra­do que fue to­do un shock.

«Yo ten­go 36 años, to­do iba por el li­bro —re­la­ta—, pe­ro de re­pen­te no­té unas mo­les­tias, fui al ba­ño y te­nía un pe­que­ñí­si­mo san­gra­do; me iba a ir para ca­sa a des­can­sar, porque soy pri­me­ri­za y no ten­go ex­pe­rien­cia, y gra­cias a que mi cu­ña­da me tra­jo al hos­pi­tal ahora pue­do te­ner a mi hi­ja en los bra­zos. Cuan­do lle­gué es­ta­ba di­la­ta­da de cinco cen­tí­me­tros; la gi­ne­có­lo­ga me di­jo que de no ha­ber ve­ni­do, hu­bie­ra pa­ri­do en ca­sa y la ni­ña hu­bie­ra muer­to».

Ji­me­na es una pre­ma­tu­ra ex­tre­ma, que hoy es­tá ro­dea­da de ca­bles (como ven en la ima­gen), pe­ro su ma­ni­ta se aga­rra al de­do de su ma­dre como el me­jor sos­tén que la man­tie­ne con vi­da. «Las ma­dres son la me­jor me­di­ci­na, no hay otra igual. Al prin­ci­pio tie­nen mie­do de con­ta­giar­los al to­car­los, pe­ro no hay nin­gún si­tio me­jor para que el ni­ño ten­ga el con­fort, la tran­qui­li­dad que ne­ce­si­ta, que su co­lo», me ex­pli­ca Lo­li Ei­riz, la su­per­vi­so­ra de en­fer­me­ría de la uci de la Uni­dad de Neo­na­to­lo­gía del Ser­vi­cio de Pe­dia­tría del Ma­terno de A Coruña, don­de Ji­me­na es­tá in­gre­sa­da. En su «ca­ji­ta de cris­tal» le han pues­to una me­da­lla por su va­len­tía, ha­ce unas se­ma­nas su­peró el ki­lo de pe­so y se me­re­ce una dis­tin­ción.

EL CA­LOR DE UNA MA­DRE

«Es­to ha cam­bia­do des­de la úl­ti­ma vez que vi­nis­te ha­ce cinco años», me di­ce José Luis Fer­nán­dez Tri­sac, neo­na­tó­lo­go res­pon­sa­ble de la par­te mé­di­ca y coor­di­na­dor de la uni­dad, «ahora so­mos me­nos agre­si­vos con ellos, res­pi­ra­to­ria­men­te les da­mos so­por­te me­nos in­va­si­vo, y so­bre to­do pro­cu­ra­mos que es­tén con sus ma­dres lo an­tes po­si­ble».

«Cuan­do se mar­chan de al­ta les da­mos un di­plo­ma de gra­dua­ción, les co­lo­ca­mos su bi­rre­te y po­san con sus pa­dres para la fo­to ofi­cial. En el di­plo­ma cons­ta su edad ges­ta­cio­nal, su pe­so al na­cer y el pe­so cuan­do se van. Les po­ne­mos ‘pe­que­ño héroe’ o ‘pe­que­ña he­roí­na’ porque to­dos lo son». Lo di­ce él que ha he­cho mi­la­gros jun­to a su equi­po (en to­tal son 5 neo­na­tó­lo­gos, 35 en­fer­me­ras y 22 au­xi­lia­res) y si­gue ha­cién­do­los. El ejem­plo del bi­rre­te es otro de­ta­lle más de lo que se ha cons­trui­do en es­ta pe­que­ña «is­la» den­tro del hos­pi­tal, en la que se han ro­to to­das las ba­rre­ras en­tre los mé­di­cos, los pa­cien­tes y las fa­mi­lias.

Un uni­ver­so en el que los pro­fe­sio­na­les han tra­ba­ja­do en equi­po, co­do con co­do, para con­se­guir ge­ne­rar una at­mós­fe­ra de hu­ma­ni­dad que no es ha­bi­tual en­con­trar cuan­do se cru­zan las puer­tas de una uci. Me lo re­pi­ten una y otra vez los pa­dres cuan­do me acer­co a ver có­mo es­tán sus be­bés, porque el equi­po del Ma­terno nos las ha abier­to de par en par para que hoy en YES com­pro­be­mos en di­rec­to có­mo es una jor­na­da con ellos, y para ce­le­brar que el 17 de no­viem­bre es el Día Internacional del Pre­ma­tu­ro.

«UN CA­RI­ÑO DI­FE­REN­TE»

«Es­to no es nor­mal, hay un ca­ri­ño y un mi­mo di­fe­ren­te, nos de­jan es­tar aquí to­do el tiem­po que que­re­mos con nues­tros hi­jos en los bra­zos, de día y de no­che, no hay lí­mi­te; los mé­di­cos pa­san vi­si­ta con no­so­tros por el me­dio, si tie­nes que llo­rar llo­ras y ellos es­tán con­ti­go, no te de­jan ja­más; las en­fer­me­ras se des­vi­ven, les cal­ce­tan go­rri­tos a los ni­ños, les po­nen me­da­llas cuan­do ga­nan el ki­lo, el mes, ce­le­bran con no­so­tros los lo­gros

y se preo­cu­pan tam­bién por no­so­tros cuan­do te­ne­mos nues­tros ba­jo­nes. Fí­ja­te si no en Car­men (otra de las en­fer­me­ras), aca­ba de co­ger a Aria­na en su pe­cho porque es­ta­ba in­quie­ta y le es­tá can­tan­do en su co­lo, eso se te que­da en la re­ti­na para siem­pre», apun­tan.

«En el mun­do na­cen 15 mi­llo­nes de pre­ma­tu­ros —se­ña­la el doc­tor Tri­sac—, y en es­te hos­pi­tal na­ce uno ca­da día, y de esos, en­tre 40 y 60 son ex­tre­ma­da­men­te pre­ma­tu­ros (por de­ba­jo de un ki­lo y me­dio y me­nos de 32 se­ma­nas de ges­ta­ción), así que para no­so­tros lo me­jor se­ría no te­ner que fes­te­jar el día de hoy. Creo fir­me­men­te en la teo­ría de la evo­lu­ción, y en que cuan­do la es­pe­ran­za de vi­da sea de 100 o 120 años, el cuer­po de la mu­jer es­ta­rá pre­pa­ra­do para dar a luz a los 40 años, eso fa­vo­re­ce­rá que no ha­ya tan­tos ni­ños pre­ma­tu­ros, pe­ro na­cer van a se­guir na­cien­do».

SIE­TE BE­BÉS EN LA UCI

Hoy en la uci del Ma­terno hay sie­te be­bés, al­guno de ellos no es pre­ma­tu­ro, aun­que ne­ce­si­ta unos cui­da­dos es­pe­cia­les, y se pue­de de­cir que tie­nen un día «in­ten­so». «Cuan­do nos he­mos vis­to so­bre­pa­sa­dos aquí ha­bía diez ni­ños», ex­pli­ca Lo­li, que cons­ta­ta que en es­tos mo­men­tos hay be­bés muy de­li­ca­dos.

«Hay que es­tar muy vi­gi­lan­tes con ellos, el pre­ma­tu­ro na­ce con su es­truc­tu­ra neu­ro­nal en pleno apo­geo y tie­ne que ha­cer ese desa­rro­llo en un am­bien­te hos­til. En el úte­ro de su ma­má to­do es pla­ci­dez y no­so­tros te­ne­mos que pro­te­ger­lo de que no re­ci­ba esas agre­sio­nes para que su ce­re­bro no su­fra. To­do es im­por­tan­te, sus pul­mo­nes, evi­tar he­mo­rra­gias, pe­ro to­dos en­ten­de­mos la di­fe­ren­cia en­tre que un ni­ño ten­ga dé­fi­cit vi­sual y que sea pa­ra­lí­ti­co ce­re­bral. Las me­di­das con el pre­ma­tu­ro tie­nen que ser ex­tre­mas». No se tra­ta de que el ni­ño so­bre­vi­va, sino de que vi­va bien, sin pro­ble­mas.

«El lí­mi­te de via­bi­li­dad lo te­ne­mos en 24 se­ma­nas, y po­co más de 600 gra­mos de pe­so, pe­ro lo que real­men­te im­por­ta es que ese be­bé hoy es un ni­ño to­tal­men­te nor­mal, sano y fuer­te», ad­vier­te Tri­sac. Sin du­da, porque Igor es to­do un guerrero de 3 años, que no le ha da­do ni un so­lo pro­ble­ma a su ma­dre, Noe­lia, que más ade­lan­te me cuen­ta con de­ta­lle su ex­pe­rien­cia, pe­ro avan­za que en su cre­ci­mien­to no no­tó nin­gún cam­bio con re­la­ción a su hi­jo ma­yor, que na­ció a tér­mino, con 4 ki­los, ha­ce 14 años: «Igor era un­ha min­chi­ña de me­dio qui­lo e non co­lle nin un ca­ta­rro, criou­se me­llor ca o ou­tro; eu creo que des­pois de to­do o que pa­sou é im­po­si­ble que se po­ña ma­lo».

«Ser pre­ma­tu­ro es una con­di­ción que te acom­pa­ña to­da tu vi­da —di­ce Tri­sac—, como ser rubio, al­to o ba­jo. Hoy lo sa­tis­fac­to­rio es que la ma­yo­ría sa­len ade­lan­te y sin pro­ble­mas». Lo­re­na, la ma­dre de Ji­me­na, lo sa­be, pe­ro na­die le qui­ta por el mo­men­to el mie­do. «Ayer me di­je­ron que ha­bía te­ni­do una pe­que­ña he­mo­rra­gia ce­re­bral, fue un dis­gus­to muy gran­de, aquí ca­da día es una co­sa y ten­go mu­cho mie­do de que ten­ga al­gún pro­ble­ma neu­ro­ló­gi­co. A la gen­te le di­ces que es pre­ma­tu­ra y lo pri­me­ro que te con­tes­tan es: ‘Bueno, ya en­gor­da­rá’, lo si­guen aso­cian­do a la fal­ta de pe­so, y no es eso, sus ór­ga­nos no es­tán ma­du­ros, tie­nen que desa­rro­llar­se, co­gen mu­chas in­fec­cio­nes, es muy du­ro, na­die te pre­pa­ra para al­go así».

«LE HA­BLAS Y LO NO­TA»

Ella no se des­pe­ga de su hi­ja, tie­ne la cer­te­za de que así res­pi­ra me­jor y ha­ce tur­nos con su ma­ri­do para que los dos pue­dan dis­fru­tar­la. «Tú le ha­blas a la ni­ña y no­tas que te bus­ca con la mi­ra­da, afor­tu­na­da­men­te yo pu­de co­ger­la a los tres días de na­cer, aun­que al prin­ci­pio ya las en­fer­me­ras le po­nían un pa­ño con el olor de mi piel en la in­cu­ba­do­ra para que me fue­ra re­co­no­cien­do.

Los pa­dres po­de­mos es­tar con ellos en el co­lo to­do el tiem­po”

Es­to es una tran­qui­li­dad para las dos, ha­cer­le el mé­to­do can­gu­ro le evi­ta ap­neas, porque son tan pe­que­ños que se ol­vi­dan de res­pi­rar. Al prin­ci­pio me asus­ta­ba por to­do, los rui­dos del mo­ni­tor, los ca­bles, pe­ro ahora ya soy una ex­per­ta». Aun­que no se sa­be por qué na­ce un ni­ño pre­ma­tu­ro, Lo­re­na, como ca­si to­das las ma­dres que pa­san por es­ta ex­pe­rien­cia, se ha echa­do la cul­pa. «No la tie­nen en ab­so­lu­to —zan­ja ro­tun­do Tri­sac—, eso pon­lo bien cla­ro». «Se sien­ten fra­ca­sa­das, creen que te­nían que ha­ber pa­ra­do de tra­ba­jar an­tes, que no aten­die­ron bien la ges­ta­ción, que no fue­ron ca­pa­ces… Y hay que qui­tar­les to­do eso de la ca­be­za. Pa­só y pun­to, no hay un úni­co mo­ti­vo», apun­ta Lo­li.

Ca­sua­li­dad o no, las ma­dres que es­tán hoy en la uci son pri­me­ri­zas, tie­nen 29 años, 32, 36… nin­gu­na lle­ga a los 40, no hay ge­me­los ni los ni­ños son re­sul­ta­do de fe­cun­da­cio­nes clí­ni­cas. Una de ellas es­tá dán­do­le de co­mer a su hi­ja con una je­rin­gui­lla, como si fue­ra un pa­ja­ri­to, aun­que pri­me­ro le me­te su de­do con cui­da­do en el pa­la­dar para es­ti­mu­lar­la. Su be­bé na­ció con 35 se­ma­nas y ese mis­mo día, a las po­cas ho­ras, tu­vie­ron que ope­rar­la. Por suer­te, ya na­ció con el re­fle­jo de suc­ción y le re­sul­ta más fá­cil ali­men­tar­la, porque esa es otra de las di­fi­cul­ta­des que tie­nen las ma­dres de los pre­ma­tu­ros.

En es­ta uni­dad han he­cho una apues­ta por la lac­tan­cia ma­ter­na y son cen­tro sa­té­li­te del ban­co de le­che de San­tia­go para que no les fal­te mien­tras la ma­dre no pue­de pro­du­cir­la. «A dia­rio ha­ce­mos una es­ti­ma­ción de lo que ne­ce­si­ta­mos en la se­ma­na, la so­li­ci­ta­mos —ex­pli­ca Ma­ría Ta­boa­da, neo­na­tó­lo­ga res­pon­sa­ble del ban­co de le­che—, y en 24 ho­ras nos la man­dan con­ge­la­da a 70 gra­dos ba­jo ce­ro». «El ban­co es im­por­tan­te, pe­ro tam­bién el gru­po de en­fer­me­ras es­pe­cia­li­za­das en lac­tan­cia que he­mos cons­ti­tui­do aquí —di­ce Tri­sac—, les en­se­ñan a las ma­dres a lac­tar, in­clu­so cuan­do no pue­den ha­cer­lo di­rec­ta­men­te de su pe­cho, las alien­tan en el uso de ex­trac­to­res. Eso ha ge­ne­ra­do mu­chos be­ne­fi­cios para los ni­ños».

«Las ma­dres de pre­ma­tu­ros —in­di­ca Al­ba Sán­chez, una de las en­fer­me­ras en­car­ga­das de es­ta ta­rea— pro­du­cen du­ran­te el pri­mer mes una le­che que se adap­ta a las ne­ce­si­da­des anató­mi­cas y fi­sio­ló­gi­cas del be­bé, esa le­che tie­ne una pro­tec­ción ma­yor, por eso nos in­tere­sa que esas ma­dres la pro­duz­can. Es­to su­po­ne un gran es­fuer­zo, no es fá­cil porque no pue­den ama­man­tar a un be­bé de 800 gra­mos, de ahí que sea muy im­por­tan­te el con­tac­to piel con piel, que ge­ne­ra un víncu­lo y un ape­go, y gra­cias a eso, la ma­dre li­be­ra oxi­to­ci­na, que fa­vo­re­ce la pro­duc­ción de le­che. Con el mé­to­do can­gu­ro fa­vo­re­ce­mos el víncu­lo, pe­ro tam­bién la lac­tan­cia. No­so­tras es­ta­mos para ayu­dar­las y si no pue­den o no quie­ren lac­tar, te­ne­mos la del ban­co, que com­ple­men­ta».

«¿TIE­NES HAMBRIÑA, SÍ?»

Mien­tras por un la­do Al­ba le en­se­ña a Yoan­na a dar­le el pe­cho a su hi­ja Gian­na —«fí­ja­te, si se echa la mano en la bo­ca o echa la len­gua es que tie­ne ham­bre»— , otra en­fer­me­ra em­pie­za el bai­le con otro be­bé en el re­ga­zo: «Le voy a dar ya, ¿tie­nes hambriña?, ¿sí? Ya, ya, ca­ri­ño, ya».

La uci se lle­na de re­pen­te de mé­di­cos que pa­san vi­si­ta. Ya se reunie­ron a pri­me­ra ho­ra con las en­fer­me­ras para sa­ber có­mo fue la no­che y los cam­bios que ha­bía que ha­cer en la me­di­ca­ción, pe­ro ahora com­prue­ban que esas de­ci­sio­nes ha­yan si­do las co­rrec­tas. Van ni­ño por ni­ño, y los pa­dres no se mue­ven de su si­tio, na­da se al­te­ra. La uci de neo­na­tos, cinco años des­pués de mi pri­me­ra vi­si­ta, es­tá cam­bia­da. Es­tá pin­ta­da de otro co­lor me­nos in­ten­so, prác­ti­ca­men­te en pe­num­bra, las in­cu­ba­do­ras es­tán pro­te­gi­das con cobertores y ape­nas hay rui­do, so­lo el de los mo­ni­to­res.

«He­mos apos­ta­do por un en­torno me­nos hos­til, aun­que el apa­ra­ta­je es el mis­mo. La tec­no­lo­gía que lle­va un mó­vil es más com­ple­ja que cual­quie­ra de es­tos apa­ra­tos, pe­ro si un mó­vil cues­ta mil eu­ros, un dis­po­si­ti­vo de elec­tro­me­di­ci­na ron­da los 40.000, lo cual nos ten­dría que ha­cer re­fle­xio­nar como so­cie­dad».

En cual­quier ca­so no hay ca­ren­cias de ca­ri­ño. To­do lo con­tra­rio. «Aquí hay puer­tas abier­tas de ver­dad —in­sis­te Lo­li—, yo siem­pre les di­go a los pa­dres: ‘Si de re­pen­te te des­pier­tas a las 3 de la ma­ña­na en ca­sa an­gus­tia­do por có­mo se que­dó tu hi­jo, co­ge el te­lé­fono y llá­ma­nos, que siem­pre es­ta­mos. Yo es­pe­ro que den­tro de cinco años pue­das ve­nir y ver cum­pli­do nues­tro sue­ño de que los pa­dres duer­man en ha­bi­ta­cio­nes aquí den­tro con ellos».

«LOS PA­DRES VEN TO­DO»

«Tra­ba­jar de for­ma abier­ta —se­ña­la Tri­sac— trans­mi­te se­gu­ri­dad. No­so­tros he­mos te­ni­do que re­ani­mar a ni­ños por pa­ra­da car­día­ca en pre­sen­cia de los pa­dres. Esa es la gran trans­for­ma­ción que he­mos vi­vi­do en es­te tiem­po, pe­ro de esa ma­ne­ra com­prue­ban nues­tro em­pe­ño en so­lu­cio­nar de ma­ne­ra pro­fe­sio­nal. An­tes cuan­do se mo­ría un ni­ño te pe­dían ex­pli­ca­cio­nes, ahora nos dan las gra­cias, sa­ben que he­mos he­cho to­do lo po­si­ble. Les per­mi­ti­mos que es­tén con sus be­bés des­de el pri­mer mi­nu­to de vi­da has­ta el mi­nu­to ce­ro, si por des­gra­cia, su­ce­de. Eso les ayu­da a re­cu­pe­rar­se de la pér­di­da».

La re­la­ción es es­tre­chí­si­ma con las fa­mi­lias porque sue­len es­tar con ellos una me­dia de tres me­ses. «El al­ta lle­ga ca­si siem­pre cuan­do los be­bés te­nían pro­gra­ma­do su na­ci­mien­to, de ahí nues­tro víncu­lo tan ín­ti­mo —cuen­ta Lo­li—, nos lla­ma­mos to­dos por el nom­bre y es lo nor­mal cuan­do se pa­sa tan­to tiem­po jun­tos, en mo­men­tos de tan­ta fra­gi­li­dad emo­cio­nal. Cal­ce­tar go­rros son ges­tos de ca­ri­ño ha­cia sus pa­pás, es nues­tro va­lor aña­di­do; que un mé­di­co se­pa diag­nos­ti­car o una en­fer­me­ra su­mi­nis­trar un an­ti­bió­ti­co se da por su­pues­to. Una de las gran­des co­sas que te­ne­mos los que tra­ba­ja­mos en pe­dia­tría es que po­de­mos dar y re­ci­bir ter­nu­ra, con los adul­tos es más li­mi­ta­do, pe­ro con un ni­ño das y re­ci­bes. Por eso ha­ce­mos los go­rros y fes­te­ja­mos to­do lo que ha­ya que fes­te­jar: el día de la ma­dre, del pa­dre, nos dis­fra­za­mos to­dos en car­na­val…».

Lo­li me en­se­ña, emo­cio­na­da, fotos de esas «min­chi­ñas» que po­san ves­ti­dos como la Si­re­ni­ta, Ro­bin Hood, y me mues­tra más imá­ge­nes de los be­bés que se han di­plo­ma­do como héroes con su bi­rre­te. Ahí es­ta­rá pron­to Ji­me­na y los ni­ños que hoy es­tán en la uci abra­za­dos, piel con piel, a sus pa­pás. Esos va­lien­tes que se han aga­rra­do con to­das sus fuer­zas, mu­cho an­tes de tiem­po, al mi­la­gro de la vi­da.

Hoy los ni­ños de 600 gra­mos sa­len ade­lan­te sin se­cue­las” La le­che de es­tas ma­dres es es­pe­cial, les da mu­chos be­ne­fi­cios”

FO­TO: MAR­COS MÍGUEZ

«Una can­gu­ro» Car­men, una de las en­fer­me­ras de la uci, con uno de los be­bés. El con­tac­to piel con piel les ge­ne­ra me­nos es­trés y les ayu­da a me­jo­rar en su desa­rro­llo

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