En Es­pa­ña en­con­tré un cóc­tel mu­si­cal úni­co

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . ENTREVISTA -

lo te­rro­rí­fi­co y lo be­llo. De­pen­de de un ins­tru­men­to para so­bre­vi­vir a una gue­rra, es­ca­par de un país.

—Sí, lo hi­zo. Era una épo­ca di­fí­cil para sa­lir del Lí­bano y la mú­si­ca me per­mi­tió ir a Eu­ro­pa, tra­ba­jar y te­ner la vi­da que ten­go aho­ra. A mí, de un mo­do u otro, la mú­si­ca si no me ha sal­va­do me ha ayu­da­do mu­chí­si­mo a te­ner lo que aho­ra ten­go.

—Si no le sal­vó, al me­nos le dio la opor­tu­ni­dad de lo­grar­lo, va­ya.

—Ab­so­lu­ta­men­te.

—En la mú­si­ca es ha­bi­tual ha­blar de éxi­to. ¿Pue­de ser el triun­fo más bonito que al­guien que lo vea a us­ted de­ci­da lue­go en su casa apun­tar­se a cla­ses de vio­lín?

—Eso se­ría lo más be­llo del mun­do. Sa­ber que al­guien ha sa­li­do tan emo­cio­na­do de un con­cier­to mío que ha co­gi­do el ins­tru­men­to para dis­fru­tar... Se­ría ar­te. Me sien­to más iden­ti­fi­ca­do con aquel afi­cio­na­do que está enamo­ra­do de su ins­tru­men­to, que to­ca co­mo pue­de; que del mú­si­co ru­ti­na­rio, que va to­dos los días a su fun­ción y se lo to­ma co­mo un tra­ba­jo, llega a casa y no quie­re sa­ber na­da de mú­si­ca. Yo to­co por­que es­toy enamo­ra­do. La mú­si­ca tie­ne un po­der so­bre no­so­tros muy fuer­te. Yo lo no­to en los con­cier­tos cuan­do me ins­pi­ro y me en­tre­go con to­do.

—Us­ted es uno de esos ar­tis­tas que han tra­ta­do de ex­tin­guir ba­rre­ras en­tre la emo­ción y el es­ti­lo mu­si­cal. Acer­car la mú­si­ca clá­si­ca a un pú­bli­co que no sue­le es­tar cer­ca de es­te gé­ne­ro y que tam­po­co co­no­ce su pro­to­co­lo.

—Du­ran­te mu­chos años vi­ví en ese mun­do del pro­to­co­lo, pe­ro nun­ca me he sen­ti­do a gus­to. Tam­po­co lo he en­ten­di­do ni he si­do muy acep­ta­do. Era al­go na­tu­ral para mí sa­lir­me de eso por­que no veía mi vi­da en ese ám­bi­to, en ese mun­do tan ce­rra­do... Tan fal­so tam­bién. Te­nía cla­ro que si que­ría to­car mú­si­ca clá­si­ca te­nía que ha­cer­lo a mi ma­ne­ra y la de­ci­sión de to­mar es­te ca­mino fue al­go na­tu­ral. Una vez fue­ra me en­con­tré con un mun­do in­men­so, que me gus­ta­ba cien ve­ces más que lo que yo ha­bía vi­vi­do.

—Lle­va ca­si vein­te años en Es­pa­ña, ¿qué ha apren­di­do de sus gen­tes, de sus tra­di­cio­nes?

—He apren­di­do, y apren­do, mu­chí­si­mas co­sas. Es un lu­gar muy ins­pi­ra­dor, aun­que en Es­pa­ña siem­pre te­néis la ten­ta­ción de que lo que vie­ne de fue­ra está me­jor. Para mí es­te es un si­tio muy es­pe­cial, don­de con­vi­ven mu­chí­si­mos es­ti­los mu­si­ca­les co­mo el rock con lo clá­si­co, o la ri­que­za de su pro­pia mú­si­ca, co­mo el fla­men­co. Pe­ro tam­bién es­tán las mú­si­cas me­di­te­rrá­neas que siem­pre me han lla­ma­do... Y, no ol­vi­dar, que ha­ce de puen­te con La­ti­noa­mé­ri­ca, con sus me­lo­días. Cuan­do lle­gué me en­con­tré con to­do ese cóc­tel que en el nor­te de Eu­ro­pa era im­po­si­ble de te­ner. Fue al­go muy en­ri­que­ce­dor.

—¿Y que cam­bia­ría de los es­pa­ño­les?

—Oh, esa es una pre­gun­ta muy... No, no cam­bia­ría na­da a na­die [ríe]. Ca­da uno que quie­ra ser co­mo quie­ra. No cam­bia­ría ni a los chi­nos, ni a los es­ta­dou­ni­den­ses. No creo que ha­ya que cam­biar al­go. A uno no pue­de mo­les­tar­le la ma­ne­ra de ser de otra per­so­na. Na­die es ma­lo o bueno en esos tér­mi­nos. Yo me en­cuen­tro muy a gus­to, cla­ro que co­mo soy una per­so­na que via­ja tan­to por el mun­do he aca­ba­do por pi­llar­le el gus­to a to­dos sus rin­co­nes. Lo bonito de via­jar es que te das cuen­ta de que to­dos so­mos muy di­fe­ren­tes, de que te­ne­mos creen­cias, pen­sa­mien­tos y ma­ne­ras de ha­cer las co­sas. Nos com­ple­men­ta­mos y apren­de­mos unos de otros.

—¿Fri­ki? —Creo que po­see una be­lla co­lec­ción de vio­li­nes, ¿es us­ted un per­fec­cio­nis­ta del so­ni­do? ¿Es al­go que le qui­te el sue­ño?

—Mi pa­dre era un fe­ti­chis­ta de vio­li­nes y por eso ca­si to­dos los que ten­go han si­do he­re­da­dos de su co­lec­ción. Yo no soy tan así. Po­dría to­car so­bre cual­quier vio­lín. No soy tan en­gan­cha­do, tan...

—Exac­to, no lo soy. Cui­do el ins­tru­men­to y le ten­go ca­ri­ño, pe­ro no le ha­blo ni lo acues­to [ríe]. Es un tro­zo de ma­de­ra al que le ten­go ca­ri­ño pe­ro has­ta ahí.

—Con­ti­núa em­bar­ca­do en una gi­ra que no ha pa­ra­do de co­se­char bue­nas crí­ti­cas, que to­do el mun­do re­co­mien­da allá por don­de pa­sa. ¿Qué sien­te tras ese re­ci­bi­mien­to y su con­ti­nui­dad?

—Mu­cha fe­li­ci­dad. Ya lle­va­mos ca­si dos años de gi­ra y he­mos re­co­rri­do el mun­do en­te­ro prác­ti­ca­men­te. Aho­ra, va­mos a aca­bar la gi­ra en di­ciem­bre para a par­tir de enero em­pe­zar un nue­vo es­pec­tácu­lo. Es­toy muy con­ten­to de dar es­tos úl­ti­mos con­cier­tos, y que uno de ellos sea, cla­ro, en A Co­ru­ña, en un lu­gar tan gran­de y tan im­po­nen­te para mí.

—¿To­da­vía tie­ne mie­do a que aca­be la pri­me­ra can­ción y no sue­nen los aplau­sos?

—Esa sen­sa­ción está ahí en ca­da con­cier­to. La an­sie­dad ne­ce­sa­ria para desear que el pú­bli­co vi­bre, que es­té con­ti­go. Ca­da vez que me subo al es­ce­na­rio so­lo quie­ro en­tre­gar­me, agra­de­cer­le al pú­bli­co que ha­ya ve­ni­do.

TEX­TO: CAR­LOS PE­REI­RO ÁL­VA­RO VA­QUE­RO

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