Ser­ge in­ven­tó un len­gua­je com­ple­ta­men­te nue­vo, co­mo Co­le Por­ter

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - EN PORTADA . ENTREVISTA -

chef d’ or­ches­tre: im­pres­sion­né. —Pro­ba­ble­men­te es la per­so­na que más ha in­flui­do en au­to­res jó­ve­nes. In­ven­tó un len­gua­je com­ple­ta­men­te nue­vo, un po­co co­mo Co­le Por­ter. Esa for­ma que te­nía de di­vi­dir unas pa­la­bras, de unir otras. Era muy so­fis­ti­ca­do. Muy so­fis­ti­ca­do. Nun­ca es­cri­bía de for­ma que se le en­ten­die­se, sino que el pú­bli­co, de for­ma natural, en­ten­día lo que po­día. Y sus le­tras son ex­tra­or­di­na­rias. Cuan­do Mit­te­rrand o Chi­rac o Lang di­je­ron que ha­bía­mos per­di­do a nues­tro Bau­de­lai­re, sí, es ver­dad, era un poe­ta a ese ni­vel. Y es­cri­bía me­lo­días in­creí­bles.

—Con to­do lo que se ha ha­bla­do de «Je t’ai­me», a ve­ces nos ol­vi­da­mos de que tie­ne una me­lo­día pre­cio­sa.

—Cuan­do la can­tas con una or­ques­ta te das cuen­ta de lo her­mo­sa que es su me­lo­día. Y Ser­ge era cons­cien­te de ello. Las pri­me­ras cua­tro no­tas [ta­ra­rea el co­mien­zo de la can­ción]. Fue nú­me­ro uno. Se lo de­be a su me­lo­día, a esa res­pi­ra­ción osa­da. Se ha con­ver­ti­do en una fra­se que for­ma par­te de las ex­pre­sio­nes, tam­bién en po­lí­ti­ca. Es muy in­te­li­gen­te, mu­cho más que so­lo una can­ción de amor. Tam­bién es bas­tan­te de­ses­pe­ra­da, por­que no te lle­va a nin­gún lu­gar. No es una can­ción de amor con­ven­cio­nal. Cin­cuen­ta años des­pués mu­cha gen­te re­cuer­da cuan­do la es­cu­chó por pri­me­ra vez. Y en Es­ta­dos Uni­dos me si­guen ofre­cien­do ese dis­co pa­ra que lo fir­me.

—Es un ejemplo de la cen­su­ra en el ar­te, que pa­re­ce es­tar re­sur­gien­do. ¿Qué opi­na cuan­do Fa­ce­book no per­mi­te, por ejemplo, los des­nu­dos de Ru­bens?

—Dios mío. No lo sa­bía. Ha­ce unos años me in­vo­lu­cré en una ini­cia­ti­va pa­ra lle­var ar­te a los hos­pi­ta­les, to­do ti­po de ar­te, in­clu­so des­nu­dos, por su­pues­to. Que­ría­mos po­ner co­pias en las pa­re­des. Son si­tios tan tris­tes y en los que pa­sas tan­to tiem­po es­pe­ran­do, que pre­fe­ri­ría ver un Rem­brandt o, qui­zá no un Ru­bens, pe­ro sí un Gau­guin. Y me di­je­ron en el hos­pi­tal que no po­día­mos po­ner des­nu­dos. Yo in­clu­so que­rría po­ner es­cul­tu­ras de des­nu­dos, pa­ra que la gen­te pu­die­se to­car­las. Ha­ce que te sien­tas me­jor. Creo que es ma­ra­vi­llo­so pa­ra los cie­gos, pe­ro tam­bién pa­ra to­do el mun­do. Te das cuen­ta cuan­do ves es­cul­tu­ras en lu­ga­res pú­bli­cos, y ves las zo­nas gas­ta­das de to­car, siem­pre son pe­chos o nal­gas. Bri­llan y ves que la gen­te no pue­de de­jar de to­car­lo. Siem­pre pen­sé que era al­go ma­ra­vi­llo­so. Pe­ro la gen­te ya se cen­su­ra a sí mis­ma, por­que sa­be que si lo to­ca los van a cri­ti­car. Aca­bo de pu­bli­car mis dia­rios y, pa­ra mi horror, so­lo han sa­ca­do pe­que­ños frag­men­tos fue­ra de con­tex­to, ya ni mi­ro In­ter­net. Pe­ro me da igual. Así es có­mo éra­mos en­ton­ces y no veo por qué ha­bría que cen­su­rar­lo o cam­biar­lo. No sé.

—Aque­llos eran tiem­pos de re­vo­lu­ción y hoy so­plan otra vez vien­tos de cam­bio. ¿Tras MeToo y otros mo­vi­mien­tos el mun­do ya no va a ser igual?

—Me pa­re­ce que con MeToo las co­sas ya no vol­ve­rían a ser co­mo an­tes y creo que pro­ba­ble­men­te eso es al­go muy po­si­ti­vo. Cuan­do pue­des ir a jui­cio o a la po­li­cía y de­cir que al­guien te ha to­ca­do o vio­la­do, co­sas que a lo me­jor an­tes no se atre­vían a de­cir, o que pen­sa­ban que era al­go que ha­bía que asu­mir. Eso es­tá cam­bian­do. Hay una ma­yor con­cien­cia y edu­ca­ción. Los ni­ños es­tán re­ci­bien­do otra edu­ca­ción y ten­drán un ma­yor res­pe­to por las mu­je­res. En cuan­to a la igual­dad de sa­la­rios, eso es­toy se­gu­ra de que tam­bién cam­bia­rá. Sé que en los dia­rios que es­cri­bí ha­brá gen­te que pien­se que la re­la­ción que man­tu­ve con Ser­ge no era muy fe­mi­nis­ta, pe­ro creo que nues­tros hi­jos han vi­vi­do otras cir­cuns­tan­cias y han te­ni­do más fá­cil educar a sus pro­pios hi­jos. Mis pa­dres no se di­vor­cia­ban y ha­bía fa­mi­lias que eran fe­li­ces o in­fe­li­ces el res­to de sus vi­das. Nues­tra ge­ne­ra­ción te­nía hi­jos con quie­nes que­rían, nos lle­vá­ba­mos a los be­bés, nos se­pa­rá­ba­mos, ha­bía pa­dres, pa­dras­tros, pe­ro los ni­ños te­nían que so­por­tar mu­chos cam­bios y, al fi­nal, los hi­jos son los pri­me­ro. Por lo que he vis­to por la ge­ne­ra­ción de mi hi­ja pe­que­ña, Lou, que se se­pa­ró de su no­vio muy pron­to, han co­la­bo­ra­do por el bie­nes­tar del ni­ño. Y se ha con­ver­ti­do en al­guien in­de­pen­dien­te, han he­cho un gran tra­ba­jo edu­cán­do­lo. Él es lo im­por­tan­te en su re­la­ción. Y to­do se ha he­cho por su bien.

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