NA­JAT EL HACH­MI

“PA­RA DE­FEN­DER­NOS DE LA IS­LA­MO­FO­BIA, NE­GA­MOS EL MA­CHIS­MO TE­RRI­BLE DEL QUE VE­NI­MOS”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Su­ma­rio - Por BEA­TRIZ G. MAN­SO Fo­tos: JUAN MI­LLÁS

Te­nía que lle­gar el mo­men­to. Los hi­jos de las pri­me­ras olea­das de emi­gran­tes, que han na­ci­do o se han edu­ca­do en nues­tro país,es­tán to­man­do la pa­la­bra. Na­jat es una de ellas. En Ma­dre de le­che y miel, su ter­ce­ra no­ve­la, re­la­ta el via­je de una mu­jer co­mo su ma­dre, anal­fa­be­ta, que de­jó la vi­da ru­ral y ca­si me­die­val del Rif ma­rro­quí pa­ra ate­rri­zar en un mun­do del que no en­ten­día na­da.

En el in­te­rior de una ca­sa de ado­be de la co­mar­ca ma­rro­quí del Rif, sie­te her­ma­nas se sien­tan so­bre las al­fom­bras. Una de ellas sir­ve el té. Ha caí­do la no­che y es la ho­ra de las historias. La que ha­bla es Fá­ti­ma, la her­ma­na va­lien­te que, sin sa­ber leer ni es­cri­bir, ni ha­ber ido nun­ca más le­jos del río don­de las mu­je­res la­van la ro­pa, hu­yó de su des­tino lle­ván­do­se a su hi­ja y emi­gró a Cataluña pa­ra em­pe­zar una vi­da nue­va. Ella es la pro­ta­go­nis­ta de Ma­dre de le­che y miel (Ed. Des­tino), la úl­ti­ma no­ve­la de Na­jat el Hach­mi (El úl­ti­mo pa­triar­ca, La hi­ja ex­tran­je­ra), en la que la au­to­ra re­gre­sa al uni­ver­so sim­bó­li­co de su pro­pio pa­sa­do pa­ra re­tra­tar la so­le­dad y el cho­que cul­tu­ral que tu­vo que afron­tar la pri­me­ra ge­ne­ra­ción de in­mi­gran­tes, la de su ma­dre.

Mu­jer­hoy. ¿Qué bus­ca­ba con es­te li­bro? Na­jat El Hach­mi.

Que­ría po­ner­me en el cuer­po de la pro­ta­go­nis­ta, Fá­ti­ma, que per­te­ne­ce a la ge­ne­ra­ción de mi ma­dre y de mis tías; di­men­sio­nar lo que su­po­ne de­jar atrás to­do lo que co­no­ces y via­jar so­la, sin sa­ber na­da de na­da, ni en­ten­der el idio­ma, y en­fren­tar­te a esa in­cer­ti­dum­bre.

El li­bro gi­ra en torno a la ma­ter­ni­dad, en­ten­di­da co­mo un es­pa­cio fe­me­nino. El Rif es una zo­na ru­ral muy du­ra. Hay un dé­fi­cit muy gran­de de lo más bá­si­co: de elec­tri­ci­dad, de agua co­rrien­te... Y ellas son las que car­gan con to­do el tra­ba­jo den­tro y fue­ra de la ca­sa, en el campo. La mu­jer ri­fe­ña es ex­tran­je­ra des­de que na­ce, por­que no tie­ne un lu­gar pro­pio. En las ca­sas fa­mi­lia­res, ca­da hi­jo va­rón te­nía una ha­bi­ta­ción en la que aca­ba­rá vi­vien­do con su es­po­sa, pe­ro las ni­ñas no la tie­nen. Cuan­do se ca­san, pa­san a la ha­bi­ta­ción del ma­ri­do. En­ton­ces, la ma­ter­ni­dad se con­vier­te en una es­pe­cie de con­tra­po­der, por­que es el úni­co lu­gar don­de la mu­jer es la due­ña, aun­que tam­bién es­té so­me­ti­da a la vio­len­cia pa­triar­cal.

¿A qué se re­fie­re?

El que no pue­den con­tro­lar sus em­ba­ra­zos, por ejem­plo. Yo re­cuer­do ha­ber oí­do con­ver­sa­cio­nes so­bre la píl­do­ra ya en los años 80, a mu­je­res que se la pa­sa­ban unas a otras o que in­ten­ta­ban con­se­guir­la a es­con­di­das. El acceso a la an­ti­con­cep­ción ha si­do un cam­bio ra­di­cal.

¿Exis­te esa con­cien­cia de gé­ne­ro y de reivin­di­ca­ción allí?

Exis­te una con­cien­cia de in­jus­ti­cia y de ma­les­tar. Yo me reúno con mis tías y me cuen­tan sus historias y sus que­jas: “Va­ya es­ta­fa, que me ca­sa­ron con es­te y fí­ja­te có­mo me sa­lió, có­mo me tra­ta, to­do el día tra­ba­jan­do…”. Pe­ro sa­lir de ese con­tex­to de for­ma in­di­vi­dual, si no se pro­du­ce una trans­for­ma­ción so­cial más ge­ne­ra­li­za­da, te con­vier­te en una pa­ria. Hay que ser muy va­lien­te pa­ra ha­cer­lo.

¿Las que emi­gran lo tie­nen más fá­cil?

Exis­te un mecanismo muy po­ten­te de su­mi­sión. Pe­ro el so­me­ti­mien­to no de­pen­de so­lo de que ha­ya un hom­bre au­to­ri­ta­rio. Te que­da el pa­triar­ca in­te­rior, ese vi­gi­lan­te que va cre­cien­do den­tro de ti con la cultura, con la edu­ca­ción, con las tra­di­cio­nes asu­mi­das y las nor­mas in­cul­ca­das. Des­de pe­que­ña te di­cen: vís­te­te así, sé dis­cre­ta, que tu voz no se es­cu­che más allá de la puer­ta del pa­tio...

¿Ha ha­bi­do allí cam­bios im­por­tan­tes?

Cuan­do los hom­bres em­pe­za­ron a emi­grar en los años 60, las mu­je­res se que­da­ban en sus pue­blos. Pe­ro, po­co a po­co, em­pe­za­ron a exi­gir ir con ellos y for­mar par­te de ese pro­ce­so de as­cen­so so­cial. Ese fue un cam­bio sus­tan­cial. Yo co­no­cía a mu­je­res en el Rif que no sa­lían ja­más de ca­sa y que en Es­pa­ña lle­va­ban a los ni­ños al co­le­gio, com­pra­ban, iban a ca­sa de otras mu­je­res, ha­cían cur­sos de len­gua... Y son las hi­jas de esas mu­je­res las que aho­ra es­tán ac­ce­dien­do a es­tu­dios su­pe­rio­res y no so­lo con­quis­tan­do el es­pa­cio pú­bli­co, sino su pro­pia in­de­pen­den­cia.

Des­cri­be us­ted una vi­da do­més­ti­ca mar­ca­da por la ri­gi­dez, la las hu­mi­lla­cio­nes y la vio­len­cia. El machismo, en de­fi­ni­ti­va, en ese en­torno mu­sul­mán. ¿Es­tá pre­pa­ra­da pa­ra las crí­ti­cas? Pue­de que ha­ya quien sa­que con­clu­sio­nes ra­cis­tas. Pa­ra mí, es­tá sien­do un mo­men­to com­pli­ca­do y de re­fle­xión. Me da la sen­sa­ción de que he­mos ido pa­ra atrás, has­ta el pun­to de que aho­ra, en nom­bre de la lu­cha con­tra un ti­po de ra­cis­mo, la lla­ma­da islamofobia, te ha­cen ca­llar. He­mos en­tra­do en unos dis­cur­sos muy po­co ho­nes­tos don­de, pa­ra defendernos del ra­cis­mo, aca­ba­mos ne­gan­do el machismo te­rri­ble del que ve­ni­mos. No di­go que sea al­go que se pro­du­ce so­lo en una cultura de­ter­mi­na­da; pe­ro me es­tá sor­pren­dien­do có­mo esa co­rrec­ción po­lí­ti­ca fun­cio­na co­mo una mor­da­za que se va acu­mu­lan­do a las que ya te­nía­mos.

¿Us­ted vi­ve la do­ble dis­cri­mi­na­ción de ser mu­jer e in­mi­gran­te?

Sí, la dis­cri­mi­na­ción ha es­ta­do ahí siem­pre. Lle­ga­mos a Vic a fi­na­les de los 80. Aque­lla No­che­vie­ja en la que Sa­bri­na en­se­ñó la te­ta lle­vá­ba­mos aquí co­mo dos me­ses y fue

al­go muy im­pac­tan­te. Yo te­nía ocho años y ve­nía de un lu­gar don­de, por no en­se­ñar, no se en­se­ña ni el pe­lo. Así que lo vi­ví co­mo al­go muy li­be­ra­dor [Ri­sas]. Tu­vi­mos la suer­te de ir a vivir a un ba­rrio don­de mi pa­dre ya co­no­cía a mu­cha gen­te. En un pri­mer mo­men­to, no vi­ví nin­gún ra­cis­mo; ha­bía po­cos in­mi­gran­tes en aquel mo­men­to y una es­pe­cie de cu­rio­si­dad. Éra­mos vis­tos co­mo al­go exó­ti­co e in­tere­san­te. Aun­que tam­bién ha­bía esa ge­ne­ra­ción de abue­las que vi­vió la gue­rra y que se­guía muy mar­ca­da por los mo­ros de Fran­co, mer­ce­na­rios, que en reali­dad so­lo ha­bían ve­ni­do a lu­char a cam­bio de un sa­co de ha­ri­na.

¿Des­pués fue a peor?

Nues­tra in­cor­po­ra­ción fue bas­tan­te fá­cil y fue mu­cho más tar­de cuan­do em­pe­za­mos a ser cons­cien­tes del ra­cis­mo. Hu­bo es­pe­cial­men­te un mo­men­to, cuan­do unas fa­mi­lias se or­ga­ni­za­ron ma­ni­fes­tán­do­se y que­ján­do­se en los me­dios por­que no que­rían lle­var a sus hi­jos a nues­tra es­cue­la. La ra­zón era que ha­bía per­so­nas de et­nia gi­ta­na, de fa­mi­lias cas­te­lla­noha­blan­tes, que ha­bían emi­gra­do de otras par­tes de Es­pa­ña y mu­chos ma­rro­quíes. La tu­to­ra nos tu­vo que ex­pli­car por qué no que­rían con­vi­vir con no­so­tros y fue la pri­me­ra vez que nos hi­cie­ron ver que éra­mos di­fe­ren­tes y de­ba­ti­mos so­bre el ra­cis­mo. Lue­go, cuan­do vas cre­cien­do y bus­cas un tra­ba­jo, a ti siem­pre te ofre­cen lim­piar y co­ci­nar. O se te nie­ga la po­si­bi­li­dad de al­qui­lar un pi­so. Es co­mo si hu­bie­ra un es­pa­cio en el que tie­nes que per­ma­ne­cer y, si no quie­res ocu­par ese lu­gar, to­do va a ser mu­chí­si­mo más di­fí­cil.

¿Vi­vió us­ted un con­flic­to cul­tu­ral y ge­ne­ra­cio­nal con su ma­dre co­mo la pro­ta­go­nis­ta del li­bro y su hi­ja?

El con­flic­to fue más con mi pa­dre, por­que ella tu­vo la ca­pa­ci­dad de es­tar más aten­ta. Yo nun­ca le po­dré agra­de­cer lo su­fi­cien­te que ha­ya te­ni­do esa ca­pa­ci­dad de adap­tar­se a co­sas que pa­re­cían im­pen­sa­bles pa­ra ella: mi ma­dre no sa­bía ni leer, y me que­ría en­se­ñar a ser ama de ca­sa, pe­ro yo es­ta­ba siem­pre me­ti­da en los li­bros y lo res­pe­tó.

¿A su ma­dre le asus­ta­ba lo que pu­die­ran me­ter­le en la ca­be­za?

No. Ve­ni­mos de una cultura don­de la tra­di­ción de con­tar historias es muy im­por­tan­te y se tie­ne gran res­pe­to por los li­bros. La idea de que te pue­dan en­se­ñar al­go ma­lo no exis­te.

¿Hay al­gu­na ob­se­sión en su obra?

La es­cri­tu­ra mis­ma es una ob­se­sión. Tam­bién la tra­di­ción oral, pre­sen­te en to­das mis no­ve­las, que aquí he lle­va­do al ex­tre­mo. La emi­gra­ción im­pli­ca pér­di­das. Nun­ca vol­ve­ré a vivir en el Rif y to­do aque­llo es un mun­do per­di­do, co­mo lo es tam­bién cual­quier in­fan­cia. Pe­ro ese uni­ver­so sim­bó­li­co si­gue den­tro de mí y so­lo con­si­go vol­ver a re­vi­vir­lo a tra­vés de la es­cri­tu­ra. Bueno, y de la co­mi­da.

La co­ci­na tie­ne un pa­pel im­por­tan­te en

Ma­dre de le­che y miel. Yo es­cri­bo con los sen­ti­dos. Cuan­do quie­ro ha­blar de he­chos con­cre­tos pe­ro me fal­ta al­go, voy a los olo­res y los gus­tos, y ese ca­pí­tu­lo se me im­preg­na de to­da una se­rie de ele­men­tos que no so­lo le dan un to­que exó­ti­co o mul­ti­cul­tu­ral, sino que de ver­dad sig­ni­fi­can mu­cho. Y los ali­men­tos, jun­to con la len­gua, son las dos co­sas más im­por­tan­tes que con­fi­gu­ran nues­tra me­mo­ria emo­cio­nal. Pa­ra es­cri­bir es­ta no­ve­la tu­ve que co­ci­nar mu­chí­si­mo, cuan­do se me en­ca­lla­ba al­go o sen­tía que no era su­fi­cien­te­men­te au­tén­ti­co, me me­tía en la co­ci­na. Es­ti­mu­lan­do el ol­fa­to se pue­de lle­gar a al­go que es­tá muy en­te­rra­do en la me­mo­ria.

¿Y qué ha que­ri­do trans­mi­tir a sus hi­jos de esas raí­ces?

Si te que­das en el mis­mo lu­gar don­de tie­nes un en­torno, con más gen­te de tu mis­mo ori­gen, es más fá­cil con­ser­var la len­gua o al­gu­nas cos­tum­bres. Pe­ro yo me fui de Vic y en Bar­ce­lo­na no hay esa pre­sen­cia. A mi hi­ja le cuen­to có­mo vi­vía­mos y ella me di­ce: “Ma­má, cuén­ta­me ese cuen­to de cuan­do eras pe­que­ña”. Y yo le di­go: “Si es que no es un cuen­to. Es ver­dad que yo iba a bus­car el agua y ha­cía­mos el pan y tra­ba­já­ba­mos en el campo…”. Y alu­ci­na.

¿Qué que­da en us­ted de esa raíz ma­rro­quí?

No lo sé. Yo vi­ne a Cataluña de pe­que­ña y hay mu­chas co­sas que ya no es­tán en mí. Ade­más, no soy re­li­gio­sa y bue­na par­te de la cultura co­ti­dia­na de allí es­tá muy vin­cu­la­da a la re­li­gión. Du­ran­te al­gún tiem­po, fui una no cre­yen­te prac­ti­can­te por­que hay tra­di­cio­nes, co­mo la del Ra­ma­dán, con tan­ta car­ga emo­cio­nal que es muy di­fí­cil de­ci­dir re­nun­ciar a ellas. Es co­mo aquí la Na­vi­dad, que tie­ne un va­lor sim­bó­li­co, emo­cio­nal y de per­te­nen­cia muy im­por­tan­te. Re­cor­da­ré siem­pre el mo­men­to de la rup­tu­ra del ayuno, por la no­che, cuan­do to­da la fa­mi­lia jun­ta se to­ma la so­pa, por­que es un ri­tual que une mu­chí­si­mo. La ver­dad es que a mis hi­jos no les he trans­mi­ti­do nin­gu­na de es­tas nor­mas is­lá­mi­cas. Y son esas co­sas de la re­li­gión lo que te man­tie­ne más vin­cu­la­do a aque­lla raíz, aun­que a mí siem­pre me que­da­rá la li­te­ra­tu­ra.

PA­RA ES­CRI­BIR ES­TA NO­VE­LA TU­VE QUE CO­CI­NAR MU­CHÍ­SI­MO. CON EL OL­FA­TO SE LLE­GA A LA IN­FAN­CIA”.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.