MON­TES­SO­RI PARA PE­RROS

UNA NUE­VA ES­CUE­LA aso­ma la pa­ta en el cam­po del apren­di­za­je. La edu­ca­ción en po­si­ti­vo es una ten­den­cia pe­rru­na en bo­ga en Ga­li­cia, pe­ro hay pro­fe­sio­na­les en otros pun­tos de España que van un guau más allá. ¿Có­mo edu­ca­mos a un ani­mal?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA

LA NUE­VA ES­CUE­LA QUE EDU­CA SIN CAS­TI­GO A LAS MAS­CO­TAS

¿Es­po­si­ble un Mon­tes­so­ri para pe­rros? «Per­fec­ta­men­te. De he­cho, lo es­ta­mos ha­cien­do. Los pe­rros lle­van 60.000 años y pue­den vi­vir sin no­so­tros. Pa­re­ce que los me­te­mos en ca­sa y no pue­den ver a otros pe­rros... Si es­to pa­sa, qui­zá no lo es­te­mos ha­cien­do bien. Hay que plan­tear­se có­mo se desa­rro­lla un pe­rro en la na­tu­ra­le­za para acer­car­lo a eso y que sal­ga su esen­cia», di­ce Lau­ra Cha­gua­ce­da, fun­da­do­ra de Con­vi­vir­con­pe­rro, es­cue­la ba­sa­da en la con­fian­za, la em­pa­tía, la sin­ce­ri­dad y el res­pe­to en­tre hu­mano y pe­rro. «Yo pa­sé por el con­duc­tis­mo, y no fun­cio­nó. El Mon­tes­so­ri es un pa­so más allá de la edu­ca­ción en po­si­ti­vo. Para mí la crí­ti­ca fun­da­men­tal al mo­de­lo ba­sa­do en pre­mios y cas­ti­gos es que yo le di­go al pe­rro lo que tie­ne que ha­cer, de acuer­do con lo que quie­ro. El tí­pi­co ejem­plo de ‘Quie­ro que se sien­te an­tes de cru­zar un pa­so de ce­bra’. La idea es que no cru­ce, da igual que lo ha­ga sen­ta­do, de pie o ha­cien­do el pino, ¿no? Él tie­ne su cri­te­rio», ex­po­ne es­ta edu­ca­do­ra ca­ni­na afin­ca­da en Má­la­ga. En Ca­ta­lu­ña y San Se­bas­tián Mon­tes­so­ri tam­bién ha aso­ma­do la pa­ta en el mun­do ani­mal. En Ga­li­cia, la empresa Ya­ra­can, que sos­tie­nen Ju­lia y Eu­ge­nia, se acer­ca a esa lí­nea cons­truc­ti­vis­ta po­ten­cian­do «la edu­ca­ción en po­si­ti­vo. Es un mo­de­lo que no se ba­sa en la obe­dien­cia, sino en la co­la­bo­ra­ción, en que el pe­rro ha­ga las co­sas por el gus­to de ha­cer­las. Aquí no hay ti­ro­nes de co­rrea ni cas­ti­gos», ex­pli­ca Ju­lia. Pe­ro sí re­cu­rren a pre­mios cuan­do se tra­ta de ca­cho­rros, «aso­cia­dos a ca­ri­cias».

En el Mon­tes­so­ri para pe­rros, en cam­bio, no hay re­com­pen­sas. Su pun­to cla­ve es ob­ser­var, di­ce Lau­ra, «porque a tu pe­rro no le gus­tan las mis­mas co­sas que al mío». «La re­ce­ta es des­cu­brir qué le gus­ta, qué le po­ne ner­vio­so, y para es­to te­ne­mos que apren­der no­so­tros, porque a ve­ces ma­ne­ja­mos creen­cias que no coin­ci­den con lo que es. Por ejem­plo, hay gen­te que abra­za a los pe­rros...». ¿Y abra­zar a un pe­rro no es­tá bien? «No es su na­tu­ra­le­za. Como di­ce un pro­fe­sor mío: ‘¡Los es­ta­mos con­vir­tien­do en ‘chim­pa­pe­rros’! No­so­tros so­mos de abra­zar, pe­ro no. Ellos son de con­tac­to, es di­fe­ren­te». Se­rá dis­tin­to un pe­rro pe­que­ño que otro gran­de. «Un pe­rro gran­de tie­ne las mis­mas ne­ce­si­da­des que uno pe­que­ño», afir­ma. Ti­ran­do del hi­lo, na­da de lle­var al yorks­hi­re en el co­lo, ¿no? «Cla­ro, ¡es que son pe­rros, no mu­ñe­cos! Un pe­rro tie­ne mu­chas ne­ce­si­da­des apar­te de sa­lir a la ca­lle, como ol­fa­tear el sue­lo, por ejem­plo», di­ce.

¿Qué ne­ce­si­ta, so­bre to­do, un pe­rro? «Tie­nen tres ca­rac­te­rís­ti­cas prin­ci­pa­les: son so­cia­les (ne­ce­si­tan es­tar con otros pe­rros), son ca­za­do­res (no han na­ci­do para es­tar ata­dos, hay que pro­por­cio­nar­les mo­men­tos en que pue­dan es­tar suel­tos, suel­tos con otros pe­rros) y ne­ce­si­tan li­ber­tad. «A no­so­tros, por más que nos den co­mi­da, alo­ja­mien­to, o to­do he­cho, o ten­ga­mos la ca­ma más ca­ra, si no so­mos li­bres, po­de­mos vol­ver­nos lo­cos», apun­ta Lau­ra, que di­ce que un pe­rro apren­de a acer­tar equi­vo­cán­do­se: «Ellos tam­bién tie­nen que fa­llar, así es como apren­de­mos».

La se­gu­ri­dad, pro­por­cio­nar al ani­mal un en­torno se­gu­ro, es cla­ve para evi­tar pro­ble­mas como la an­sie­dad por se­pa­ra­ción, y ayu­dar a un pe­rro, a la em­pá­ti­ca ma­ne­ra Mon­tes­so­ri, a apren­der a que­dar­se so­lo en ca­sa por mo­men­tos.

¿MAS­CO­TAS SIN LÍ­MI­TES? ¿Se por­tan peor los pe­rros con­sen­ti­dos? «El pro­ble­ma del mal com­por­ta­mien­to hay que ir a bus­car­lo un pa­so an­tes. ¿Por qué un pe­rro me es­tá pi­dien­do co­mi­da si pue­de co­mer des­pués? Hay que te­ner en cuen­ta que no es lo mis­mo que te pi­da co­mi­da un ca­cho­rro de 3 me­ses que un pe­rro de 5 años; si son ca­cho­rros pue­des en­ten­der que no ten­gan au­to­con­trol, ¿no? ¿Qué po­de­mos ha­cer con un ca­cho­rro para no es­tar en el en­fa­do y el no sis­te­má­ti­co? Po­ner­le a él de co­mer cuan­do va­mos a co­mer, y re­cu­rrir a un ju­gue­te para que no te es­té pi­dien­do. Pa­sa un tiem­po y él se va ha­cien­do. Le has ayu­da­do dán­do­le op­ción. Si un pe­rro de 5 años no ha apren­di­do a co­mer, hay que ir atrás. Hay que vol­ver a la in­fan­cia. ¿La pri­me­ra vez que te do­lió eso dón­de es­tá?», pro­po­ne la edu­ca­do­ra al es­ti­lo Mon­tes­so­ri.

«Hay dis­tin­tas ma­ne­ras de po­ner lí­mi­tes; y unas se ba­san en la ob­ser­va­ción y el res­pe­to. Mon­tes­so­ri di­ce que, cuan­do lle­ga un ni­ño, hay que adap­tar la ca­sa. Igual­men­te, si re­ci­bes a un ca­cho­rro no tie­ne sen­ti­do que ten­gas en me­dio del sa­lón un ja­rrón chino enor­me, ¿no? Si ade­cúas los es­pa­cios, re­ti­ras ob­je­tos que el pe­rro no pue­de to­car y le pro­por­cio­nas ma­te­ria­les ade­cua­dos, ya es­tás po­nien­do lí­mi­tes».

FO­TO: MAR­TI­NA MISER

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