No­so­tros lo ha­ce­mos to­do jun­tos y re­vuel­tos

ES­TA FA­MI­LIA ES UN EQUI­PO Dos her­ma­nos que tra­ba­jan co­do con co­do, un ma­tri­mo­nio de so­cios, una pi­ña de 42 pri­mos. En ca­sa se jue­ga me­jor el par­ti­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DE GENTE - TEX­TO: ANA ABELENDA

Se­lle­van so­lo 15 me­ses y lle­van to­da la vi­da jun­tos. No se re­cuer­dan el uno sin el otro, ad­mi­ten los her­ma­nos Chao Fer­nán­dez, per­fec­tos com­ple­men­ta­rios que in­vir­tie­ron el or­den de sus ape­lli­dos en el 2003 (an­tes eran Fer­nán­dez Chao) para que no per­der la sin­gu­la­ri­dad de la madre. «Yo que­ría ha­cer­lo an­tes, pe­ro mi her­mano se opu­so...», di­ce la ma­yor, Ro­cío. «No lo re­cuer­do...» , bro­mea el pe­que­ño, Au­re­lio. Y eso que ella se ve más Fer­nán­dez por ca­rác­ter, y a él más Chao, pe­ro la mú­si­ca la lle­van los dos en los genes y allá don­de van. Su em­pe­ño, que el sol­feo no sea feo, sino emo­cio­nan­te, di­ver­ti­do, vi­tal. Na­cie­ron con ello. «Nues­tro tío Pe­pe [Xosé Chao Re­go] te­nía un piano que ha­bía com­pra­do mi abue­lo para nues­tro tío Ra­món. Aquel piano es­ta­ba lleno de pol­vo en una es­qui­na de la ca­sa pa­rro­quial de San­ta Ma­ri­ña, en Fe­rrol, y un día lle­gó a nues­tra ca­sa», re­cuer­da el ben­ja­mín de es­te tán­dem que re­cuer­da que de ni­ños Ro­cío le ro­ba­ba las cho­co­la­ti­nas... «Pa­pá y ma­má le de­cían: ¡Es­pe­ra que crez­ca!». Cre­cie­ron jun­tos, en la vi­da y en la mú­si­ca, y aún re­cuer­dan aquel pri­mer vie­jo piano que lle­gó a ca­sa «¡con un ra­tón den­tro!». Un ra­tón de ver­dad, en­ton­ces (eran los 70) na­da era tecno. «Yo de­bía de te­ner 5 años —di­ce Au­re­lio—. Fue cuan­do em­pe­za­mos a to­car». De pe­que­ños se chin­cha­ban co­mo her­ma­nos, pe­ro no se de­cla­ra­ban la gue­rra para to­car las te­clas. «Más bien la que pe­lea­ba era nues­tra madre», ma­ti­za Au­re­lio so­bre la mu­jer («po­co con­ven­cio­nal, avan­za­da para su épo­ca, era más de co­ci­nar pa­pá...», cuen­tan) que les dio la vi­da y la pa­sión que con­vir­tie­ron en ofi­cio. Los dos her­ma­nos se for­ma­ron en piano y ob­tu­vie­ron el tí­tu­lo su­pe­rior de sol­feo. Y los dos dan cla­se en la Fa­cul­tad de Edu­ca­ción de A Co­ru­ña. «Y don­de yo no lle­go, siem­pre es­tá él», va­lo­ra ella, que ad­vier­te que la mú­si­ca es el me­jor gym para el ce­re­bro.

LA QUE MAN­DA EN CA­SA «Pe­leas gran­des no tu­vi­mos», ase­gu­ra Au­re­lio. «So­mos di­fe­ren­tes, an­ti­té­ti­cos, qui­zá por eso nos lle­va­mos tan bien», su­ma Ro­ció. To­da pa­sión tie­ne su his­to­ria. «Nues­tro abue­lo fue emi­gran­te en Cu­ba, en La Habana. Vol­vió con me­nos di­ne­ro del que se fue, se lo gas­ta­ba to­do en ópe­ra. Es una for­ma de ha­blar..., por­que jun­tó el ca­pi­tal su­fi­cien­te para, al vol­ver, mon­tar el Ho­tel Chao», re­la­ta Au­re­lio. «La ob­se­sión de mi abue­lo fue que to­dos sus hi­jos su­pie­sen to­car un ins­tru­men­to. Era otra épo­ca para las mu­je­res, así que a sus hi­jas no las obli­gó a to­car, pe­ro les per­mi­tió ha­cer­lo. To­das las hi­jas de mi abue­lo te­nían for­ma­ción mu­si­cal [tu­vo tres hi­jas y tres hi­jos] y nues­tra madre fue la que más se em­pe­ñó de las chi­cas en que sus hi­jos tu­vie­sen tam­bién esa for­ma­ción», di­ce Ro­cío. «Des­de pe­que­ños, nos da­ba cla­se en ca­sa. Lue­go em­pe­zó a lle­var­nos al con­ser­va­to­rio en ta­xi, de Vi­lal­ba a Lu­go, tres ve­ces a la semana. Se sa­cri­fi­có», ex­pli­ca. «Era du­ro... Yo me que­da­ba dor­mi­do en el co­che», di­ce Au­re­lio, que con 14 años pi­lla­ba un bus a las 7.00 los sá­ba­dos para ir a cla­se to­do el día a San­tia­go. La mú­si­ca era la que man­da­ba en ca­sa.

La ado­les­cen­cia no des­afi­nó su re­la­ción, pe­ro fue «más cen­tra­da» la de Ro­cío, di­ce ella mi­ran­do a Au­re­lio con aplo­mo de her­ma­na ma­yor. «Siem­pre fui un po­co la madre de mi her­mano —sos­tie­ne—. Yo era la res­pon­sa­ble, la que de­cía: ‘Hay que es­tu­diar. Hay que ha­cer es­to...’. Es el re­cuer­do que ten­go». «Pues yo no lo ten­go, ja, ja, ja», opo­ne él gui­ñan­do un ojo. «Mi her­mano es el pa­drino de mi hi­ja ma­yor, pe­ro to­dos, mis tres hi­jos, le lla­man pa­drino», me cuen­ta Ro­cío cuan­do se va Au­re­lio con la mú­si­ca a su cla­se. Dos her­ma­nos, un equi­po. Y una big band de alum­nos vol­ca­dos, con los que sien­ten que jue­gan en ca­sa.

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