¿Yo un sex sym­bol? Ja­más me de­fi­ni­ría así”

El pe­que­ño Da­rín es­tá cre­cien­do en la gran pan­ta­lla. A sus cua­tro es­tre­nos de es­te año se su­ma el de «La no­che de do­ce años», una his­to­ria es­tre­me­ce­do­ra. A pe­sar de ello, si­gue sien­do el mis­mo Chi­ni­to de siem­pre: «Tra­to de pre­ser­var a ese ni­ño con uñas y

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: NOE­LIA SIL­VO­SA

Ade­más­de su ofi­cio, las vías de es­ca­pe de Chino Da­rín son su fa­mi­lia, sus ami­gos, sus pe­rros y su pa­sión por es­quiar. Es­te es­quia­dor pro­fe­sio­nal frus­tra­do se subió al ca­rro de la pro­fe­sión fa­mi­liar ca­si sin que­rer, y se en­cuen­tra en un mo­men­to pleno. La úni­ca pe­ga, di­ce, es que tie­ne el co­ra­zón di­vi­di­do: «Es­to de vi­vir en dos lu­ga­res dis­tin­tos, de te­ner a mi fa­mi­lia y a mis ami­gos por un la­do y mi re­la­ción de pa­re­ja, mi no­via, y par­te de mi pro­fe­sión en otro, es di­fí­cil», con­fie­sa. —Im­pre­sio­nan­te la his­to­ria de «La no­che de do­ce años» [es­tá ba­sa­da en los do­ce años de con­fi­na­mien­to en so­li­ta­rio que vi­vie­ron tres de las per­so­na­li­da­des más re­co­no­ci­das del Uru­guay con­tem­po­rá­neo: Jo­sé ‘Pe­pe’ Mu­ji­ca, ex­pre­si­den­te; Eleute­rio Fer­nán­dez Hui­do­bro,

ex­mi­nis­tro de De­fen­sa, y el pe­rio­dis­ta y es­cri­tor Mau­ri­cio Ro­sen­cof]. Un ro­da­je muy in­ten­so, ¿no?

—Me ale­gro mu­cho de que la ha­yas po­di­do ver. El ro­da­je es­toy dis­fru­tán­do­lo más aho­ra des­de fue­ra que lo que fue el pro­ce­so, que tu­vo sus mo­men­tos de dis­fru­te, pe­ro fue di­fí­cil, fue du­ro.

—Va de có­mo con­vi­vir con la pro­pia su­cie­dad, có­mo dor­mir so­bre un sue­lo inun­da­do y en­tre ra­tas... Os ta­pian has­ta las re­jas que dan al ex­te­rior. El tiem­po se de­tie­ne y oís rui­dos de to­do ti­po.

—Sí, aun­que los rui­dos fue­ron al­go que cons­trui­mos, no creo que nin­guno de no­so­tros ha­ya lle­ga­do a ese pun­to por más que nos ha­ya­mos acer­ca­do a nues­tros per­so­na­jes, ja, ja.

—¿Un sue­ño re­cu­rren­te en tus peo­res no­ches?

—No ten­go nin­gún sue­ño re­cu­rren­te en mis peo­res no­ches des­de ha­ce años. Pu­de te­ner uno que ni si­quie­ra era pro­pio... Me ha­bían con­ta­do una pe­sa­di­lla cuan­do era chi­co y du­ran­te mi ado­les­cen­cia la re­pro­du­cía co­mo si fue­ra pro­pia, y me sen­tía atra­pa­do en el sue­ño de otro. Du­ran­te un par de años, cuan­do te­nía pe­sa­di­llas en­tra­ba en la pe­sa­di­lla de mi ami­go y for­ma­ba par­te de una pe­sa­di­lla aje­na, que pa­ra mí no ha­bía na­da peor, por­que me da­ba la sen­sa­ción de que no po­día ha­cer na­da pa­ra sa­lir de esa si­tua­ción.

—Mau­ri­cio Ro­sen­cof, a quien in­ter­pre­tas, en­cuen­tra la ins­pi­ra­ción in­clu­so en esas con­di­cio­nes in­hu­ma­nas y em­pie­za a es­cri­bir pa­ra los guar­dias.

—Sí, bueno... No sé cuál se­rá la opi­nión de Mau­ri­cio, pe­ro a mí siem­pre me dio la sen­sa­ción de que él es­cri­be pa­ra sí mis­mo, uti­li­za su ar­te, su ofi­cio, y lo vuel­ve un me­dio de su­per­vi­ven­cia. A tra­vés de su in­te­lec­to y de su re­tó­ri­ca aca­ba ga­nán­do­se un po­co la con­fian­za de sus cap­to­res, pe­ro siem­pre me dio la sen­sa­ción de que lo ha­ce pri­me­ro por­que lo ne­ce­si­ta, y por­que es­tá des­po­ja­do de la li­ber­tad que eso le pro­vee des­de ha­ce mu­chí­si­mo tiem­po. Su con­tac­to con un lá­piz, un pa­pel y la po­si­bi­li­dad de vol­ver a es­cri­bir, yo creo que es más una li­be­ra­ción pa­ra sí mis­mo y un ca­nal de des­car­ga, pe­ro a la vez un me­dio pa­ra con­se­guir co­sas ahí den­tro. Con el tiem­po em­pie­za no so­lo a ga­nar­se la con­fian­za de esa gen­te, sino a ha­blar de igual a igual, a cons­truir un víncu­lo por en­ra­re­ci­do que sea.

—¿Cuál es tu ca­nal de des­car­ga, tu vía de es­ca­pe?

—La ac­tua­ción.

—¿Tu tra­ba­jo?

—Sí, mi pro­fe­sión es mi vía de es­ca­pe por ra­ro que pa­rez­ca, por­que aho­ra la gen­te escapa del tra­ba­jo. Yo creo que por mo­men­tos es mi vía de es­ca­pe y por mo­men­tos mi pro­pia pri­sión, ¿no? Ese jue­go, esa dua­li­dad amor-odio que hay a ve­ces con los ofi­cios, en el ca­so nues­tro de los in­tér­pre­tes a ve­ces se exa­cer­ba, por­que ju­ga­mos con la emo­ción, y por mo­men­tos a la ho­ra de in­ter­pre­tar nos sen­ti­mos li­bres y ca­pa­ces de to­do, y por mo­men­tos en­tra­mos en cier­tas neu­ro­sis y co­sas que nos man­tie­nen pri­sio­ne­ros del pro­yec­to, de los per­so­na­jes.

—Al­go más ha­rás...

—Por su­pues­to, ten­go otras que se es­ca­pan de mi pro­pio tra­ba­jo tam­bién, que son las con­ven­cio­na­les, la fa­mi­lia, los ami­gos, mis pe­rros, po­der li­te­ral­men­te es­ca­par­me fí­si­ca­men­te de mis lu­ga­res co­mu­nes, ir­me de via­je, es­quiar tam­bién. Te di­ría que es­quiar es mi es­ca­pe más re­cu­rren­te y exi­to­so.

—In­creí­ble tam­bién el mo­men­to de los re­en­cuen­tros en la peli. ¿Te emo­cio­nas­te?

—Es un mo­men­to muy emo­ti­vo de la his­to­ria. Por su­pues­to que es­te ti­po de in­jus­ti­cias, cuan­do al fi­nal se po­ne un po­co de or­den... bueno, or­den no, por­que no es la pa­la­bra, pe­ro ese mo­men­to de la li­be­ra­ción de es­tos ti­pos que han vi­vi­do una in­jus­ti­cia tan gran­de du­ran­te tan­to tiem­po con sus fa­mi­lias co­mo tes­ti­gos y prin­ci­pa­les alia­dos, iba a ser al­go emo­cio­nal. Es­tá muy bien cons­trui­do. Ál­va­ro Brech­ner, el di­rec­tor, cuen­ta que era una de las co­sas que más in­tri­ga le da­ban so­bre có­mo ro­dar­la. Fue muy emo­ti­va por­que fue de lo úl­ti­mo que ro­da­mos y sen­ti­mos una li­be­ra­ción. La re­crea­ción de to­do es­te even­to era en Uru­guay, con un mon­tón de gen­te vin­cu­la­da emo­cio­nal­men­te y que for­ma­ba par­te de los ex­tras y que nos es­pe­ra­ban cuan­do lle­gá­ba­mos en el bus. To­do se fu­sio­nó por unos ins­tan­tes, la fic­ción con la reali­dad, y nos per­mi­tió vi­vir­lo con sen­sa­cio­nes pro­pias, nues­tras.

—Es­tre­nas cua­tro pe­lis en es­te año.

—Sí, Las le­yes de la ter­mo­di­ná­mi­ca se es­tre­nó es­te año y lue­go sa­lió en Net­flix, y atrás de eso vi­nie­ron los es­tre­nos de El Án­gel,

La no­che de do­ce años y, fi­nal­men­te, el 30 de no­viem­bre se va a es­tre­nar tam­bién

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