An­te el juez en tan­ga, con ba­tín de hos­pi­tal o con pro­ble­mas de aseo

La Voz de Galicia (Monforte) - - GALICIA -

len­cia so­bre la Mu­jer de Vi­go. La policía subió de ca­la­bo­zos ju­di­cia­les a una mal­tra­ta­da que iba es­po­sa­da por ha­ber agre­di­do a los agen­tes que la fue­ron a res­ca­tar. La víc­ti­ma iba ves­ti­da so­lo con un pi­ja­ma, tal y co­mo es­ta­ba en el mo­men­to de ser arres­ta­da y tras pa­sar la no­che en los ca­la­bo­zos. Pa­só por los pa­si­llos a la vis­ta de to­do el mun­do y fue cuan­do los abo­ga­dos sen­ta­dos en las in­me­dia­cio­nes re­cor­da­ron otros ca­sos en los que el de­te­ni­do pa­só un gran bo­chorno an­te el juez.

Uno de los más so­na­dos fue el de una mu­jer arres­ta­da en una pla­ya de Vi­go en la que se ba­ña­ba úni­ca­men­te con un tan­ga. Tras ser arres­ta­da, la policía la pre­sen­tó an­te el juez se­mi­des­nu­da, lo que ge­ne­ró una gran in­co­mo­di­dad a to­dos los pre­sen­tes. «Hay más si­tua­cio­nes co­mo es­ta, no en­tien­do có­mo el juz­ga­do no tie­ne de mano unos chán­da­les o ba­ti­nes pa­ra ves­tir dig­na­men­te al de­te­ni­do o que per­mi­tan que la familia le en­tre­gue ro­pa lim­pia», di­ce una le­tra­da. Pro­po­ne, por ejem­plo, que oe­ne­gés co­mo Cáritas en­tre­guen al juz­ga­do ro­pa so­bran­te pa­ra cu­brir al de­te­ni­do cuan­do pa­sa un mal tra­go an­te el juez o cuan­do es tras­la­da­do es­po­sa­do por los pa­si­llos a la vis­ta de de­ce­nas de per­so­nas.

Un ca­so ha­bi­tual es el de los in­gre­sa­dos en hos­pi­ta­les que son tras­la­da­dos en ba­tín an­te el juez, ca­so del ma­ri­do de Vi­go con­de­na­do por ti­rar por la ven­ta­na a su mu­jer. Lle­gó en pi­ja­ma, za­pa­ti­llas y ba­ta blan­ca a de­cla­rar.

La abo­ga­da pe­na­lis­ta Esther Lo­ra con­fir­ma que «al que de­tie­nen lo co­gen con lo pues­to y no hay más re­cur­sos». Le pa­re­ce al­go «fuer­te» y la­men­ta que sea lo que se ve «día a día».

Por su par­te, otra pe­na­lis­ta y abo­ga­da de mu­je­res, Ana García Cos­tas, ha te­ni­do que com­pa­re­cer en el des­pa­cho del juez con al­gún de­te­ni­do en pi­ja­ma. Re­cuer­da ca­sos más dra­má­ti­cos. Ha­ce unos años, un con­duc­tor ebrio se ha­bía re­sis­ti­do a los agen­tes que lo iban a me­ter en un co­che pa­tru­lla y, en el for­ce­jeo, se hi­zo en­ci­ma sus ne­ce­si­da­des. Fue pre­sen­ta­do sin cam­biar de ro­pa an­te el juez de guar­dia y, de­bi­do al olor, su de­cla­ra­ción fue la más rá­pi­da de la historia.

«Lo de te­ner ro­pa pa­ra cam­biar­se obli­ga­ría a te­ner du­chas en la co­mi­sa­ría, por­que mu­chas ve­ces tam­po­co val­dría de na­da cam­biar­le la ro­pa al de­te­ni­do», di­ce es­ta ve­te­ra­na le­tra­da. Cos­tas re­cal­ca que en los ca­la­bo­zos no hay du­chas es­pe­cí­fi­cas pa­ra los de­te­ni­dos que es­tán cus­to­dia­dos en la ins­pec­ción de guar­dia. Aun así, las ins­ta­la­cio­nes son mu­cho más mo­der­nas que las de ha­ce una dé­ca­da. A ve­ces, un de­te­ni­do pa­sa va­rios días en el ca­la­bo­zo y acumula su­dor. So­lo hay du­chas en el gim­na­sio de po­li­cías.

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