Isaac Pe­drou­zo

La Voz de Galicia (Ourense) - Ourense local - - OURENSE -

A ve­ces no exis­ten so­lo dos ca­mi­nos. No to­do pue­de ba­sar­se en el bien y el mal, en el pe­ca­do y la salvación, y lo más pro­ba­ble es que aque­lla mal­di­ta man­za­na po­dri­da so­lo es­tu­vie­ra col­gan­do del ár­bol más cer­cano. Lo más pro­ba­ble es que Eva y Adán fue­sen de Ou­ren­se, una pa­re­ja más de va­gos in­do­len­tes de al­gu­na ca­lle del Cou­to don­de to­do re­sul­ta le­jos.

El cas­ti­go in­ter­mi­na­ble por no ir un ár­bol más allá. Una fin­ca más allá. Pue­de ser tam­bién que el ve­cino del pa­raí­so no hu- bie­se co­lo­ca­do to­da­vía los mar­cos de su te­rreno tra­zan­do así esa lí­nea ima­gi­na­ria que ac­túa a mo­do de mu­ro men­tal. Uno no lo ve, pero sa­be don­de es­tá. Cua­tro pie­dras en­te­rra­das en las es­qui­nas, el mu­ro in­vi­si­ble que di­vi­de te­rre­nos, fa­mi­lias y al­gu­nos do­min­gos por la tar­de.

En­ten­dí tar­de, a pe­sar de con­si­de­rar­me un ti­po de pue­blo, la im­por­tan­cia de los mar­cos; que en reali­dad no son pe­que­ñas lá­pi­das sin nom­bre que fun­cio­nan co­mo ho­me­na­je a ga­tos, pe­rros y de­más ani­ma­les caí­dos du­ran­te el ca­mino.

En­ten­dí, por cul­pa de es­ta obs­ti­na­da fal­ta de con­cen­tra­ción y aten­ción mía, el ge­nial in­ven­to y so­lu­ción co­mo otra vic­to­ria más de Ou­ren­se, una in­ven­ción lo­cal que la gran ca­pi­tal no po­día atri­buir­se o, qui­zás, es que nun­ca le hi­zo fal­ta tal sis­te­ma.

En la gran ca­pi­tal no siem­pre se las arre­glan so­los. Har­tos de mal­gas­tar el tiem­po ro­dean­do una par­ce­la de te­rreno que di­vi­día nues­tro pa­tio en dos sin sen­ti­do al­guno pa­ra po­der ce­rrar la lla­ve de pa­so del agua, con­fia­mos en lo prác­ti­co de lo in­te­li­gen­te, com­prar aquel es­pa­cio inú­til be­ne­fi­cian­do así a am­bas par­tes: la se­ño­ra Ma­nue­la —due­ña del ri­dícu­lo so­lar— in­gre­sa­ría un di­ne­ro y no­so­tros ga­na­ría­mos un pu­ña­do de mi­nu­tos de vi­da a fi­nal de año.

Los mar­cos, lin­des in­cues­tio­na­bles en la cul­tu­ra de pue­blo, so­bre­sa­lían cla­ros y va­ni­do­sos se­ña­lan­do sin mar­gen de error la lí­nea que iba de pun­ta a pun­ta, los me­tros jus­tos que des­pués se tra­du­ci­rían en una can­ti­dad de di­ne­ro in­cier­to e in­jus­to.

La jus­ti­cia no sa­be de ci­fras. Las ci­fras no sa­ben de jus­ti­cia. El acuerdo ver­bal se ce­rró co­mo una ci­ca­triz en el al­ma.

Fue a la ma­ña­na si­guien­te que al abrir la lla­ve del agua mi tío An­to­nio per­ci­bió co­mo los mar­cos es­ta­ban unos más cer­ca de otros, y al acer­car­se, la tie­rra re­mo­vi­da y ta­pa­da por al­gu­na ma­la hier­ba de­la­tó la ju­ga­da.

Apa­re­ció la se­ño­ra Ma­nue­la —que ha­bía per­di­do la ca­pa­ci­dad de pre­ñar ha­cía me­dio si­glo— con la in­ten­ción de co­brar la ope­ra­ción bas­tón en mano. El bas­tón, que di­ce mi abue­la que es co­sa de vie­jos.

La dis­cu­sión vol­teó to­dos los prin­ci­pios. Sal­va­je. Ma­nue­la al­zó el bas­tón em­bus­te­ro apun­tan­do al cie­lo co­mo ame­na­za di­vi­na, co­mo quien le­van­ta la mano pa­ra gol­pear pri­me­ro, a lo que mi tío res­pon­dió rá­pi­do, aga­rran­do el ca­ya­do y lan­zán­do­lo dos ca­sas más allá. Le­jos. De­ma­sia­do.

La fin­ca fue nues­tra al pre­cio acor­da­do y re­sul­tó que los mar­cos tam­bién go­bier­nan más allá de la fron­te­ra ourensana.

Ma­nue­la ya no sa­le de ca­sa, a ve­ces du­do si si­gue allí.

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