Isaac Pe­drou­zo

La Voz de Galicia (Ourense) - Ourense local - - OURENSE -

Re­sul­ta di­fí­cil en­con­trar un lu­gar fa­vo­ri­to en­tre to­da una vi­da. Más com­pli­ca­do si ca­be es­co­ger­lo.

La pe­re­za con­si­guió sin mu­cho es­fuer­zo ele­gir ca­si to­dos mis si­tios pre­fe­ri­dos, unas ve­ces por­que la vi­da se des­en­fo­ca sin más y no soy ca­paz de ver con ni­ti­dez. Otras por­que so­lo des­de aquel bar co­no­cía el ca­mino de vuel­ta a ca­sa.

Siem­pre el mis­mo, a las mis­mas ho­ras. Y así se fue­ron su­ce­dien­do año a año; el pri­mer co­le­gio, el es­ta­dio de fút­bol que en reali­dad no era más que una ex­pla­na­da de tie­rra lle­na de agu­je­ros que vio tam­ba­lear­se em­pei­nes y amis­ta­des, el ba­ño si­len­cio­so con re­vis­tas de chi­cas, tu ca­sa en el cuar­to pi­so fren­te al ins­ti­tu­to. La fa­ro­la de la es­cue­la de idio­mas que siem­pre se apa­ga­ba jus­to al pa­sar, tra­tan­do de anun­ciar al­go, de avi­sar, de­cir­me que po­dría ha­ber he­cho el amor yo so­lo.

Al­guien de­be­ría ha­cer al­go con to­das esas fa­ro­las es­tro­pea­das.

Con­ser­var un lu­gar fa­vo­ri­to se vol­vía inú­til pa­ra una fa­mi­lia co­mo la mía, de esas que nun­ca en­cuen­tra la ca­sa ade­cua­da, o el tra­ba­jo ca­paz de man­te­ner el ho­gar, y con ca­da una de aque­llas diez mudanzas la vi­da en­te­ra se rom­pía en un tro­zo más. Se des­co­lo­ca­ba ve­loz, com­pren­si­ble.

Cam­bia­mos el su­per­mer­ca­do, la pa­na­de­ría, el bar de aba­jo. In­clu­so tu­ve que bus­car otra pe­lu­que­ría. Y yo en esa edad en que el fí­si­co se cree pro­ta­go­nis­ta.

Mal­di­ta ado­les­cen­cia.

Me tro­pe­cé con un bi­lle­te de mil pe­se­tas gra­cias a mi, ya ex­tin­ta, ma­nía de mi­rar al sue­lo al ca­mi­nar, co­mo si al­re­de­dor no hu­bie­ra na­da me­jor que ob­ser­var. Gi­ré a un la­do y a otro pe­ro na­die pa­re­cía ha­ber per­di­do na­da, o na­da al me­nos que yo pu­die­se so­lu­cio­nar, y en un arre­ba­to im­pro­pio de mí, ba­jé im­pre­vis­to y en­greí­do las es­ca­le­ras de la es­cue­la de pe­lu­que­ría unos me­tros más ade­lan­te, Jor­ge 3, jus­to al la­do de ese bar ra­ro con nom­bre ex­tran­je­ro.

Yo y mi atrac­ción por los lu­ga­res con es­ca­le­ras.

Una me­le­na ru­bia y ri­za se acer­có. Era Nu­ria, ro­dea­da de un es­plen­dor ra­ro. Me la­vó es­te po­bre pe­lo que al me­nos to­da­vía si­gue en su si­tio y to­mé asien­to pa­ra el cor­te. De gol­pe to­do se con­vir­tió en si­len­cio, de­jé de no­tar el zum­bi­do de los se­ca­do­res al­re­de­dor, el abrir y ce­rrar de las ti­je­ras. En el enor­me es­pe­jo de la pa­red ya so­lo es­tá­ba­mos ella, yo, y, de pron­to, en un ges­to inocen­te no­té co­mo sus pechos me ro­za­ban sua­ve la nu­ca. Los de­dos so­bre las ore­jas. El mur­mu­llo dó­cil al ha­blar.

Y me enamo­ré sin re­me­dio. Jor­ge 3 se con­vir­tió en mi lu­gar fa­vo­ri­to. Lo vi­si­ta­ba to­das las se­ma­nas, com­pra­ba cre­mas ca­pi­la­res que en reali­dad no ne­ce­si­ta­ba, me ol­vi­da­ba la cha­que­ta a pro­pó­si­to y ca­da quin­ce días so­li­ci­ta­ba ci­ta pa­ra cor­tar con Nu­ria, ya no sé si por lo pla­tó­ni­co o por to­das las ca­ri­cias in­cons­cien­tes de sus pechos.

Me­ses des­pués ella se fue y mi fa­mi­lia, co­mo otra bo­fe­ta­da del des­tino, se mu­dó de nue­vo le­jos de allí. Me de­jé me­le­na y ja­más vol­ví por Jor­ge 3.

La vi por te­le­vi­sión, ya no tie­ne el pe­lo ri­zo y mu­cho me­nos ru­bio.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.