Pa­ten­te de cor­so

Trein­ta y seis ba­la­zos

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - Por Ar­tu­ro Pé­rez-re­ver­te

me gus­ta mu­cho el ci­ne, ca­si tan­to co­mo la lec­tu­ra. Ha­ce trein­ta años que veo una pe­lí­cu­la ca­da no­che des­pués de ce­nar. No pue­do apli­car­me la pa­la­bra ci­né­fi­lo, pues és­ta en­cie­rra un sen­ti­do for­mal, eru­di­to, que es­ca­pa a mis fa­cul­ta­des; pe­ro es ver­dad que he vis­to mu­cho ci­ne, so­bre to­do si te­ne­mos en cuen­ta que no co­no­cí la te­le has­ta los do­ce años y per­te­nez­co a una ge­ne­ra­ción de es­tre­nos y pro­gra­ma do­ble que vio en la gran pan­ta­lla pe­lí­cu­las co­mo Ben-hur, Do­ce del pa­tí­bu­lo, El día más lar­go o Tres de la Cruz Ro­ja. El ca­so es que lec­to­res y ami­gos, que sa­ben de mi afi­ción, me pi­den de vez en cuan­do su­ge­ren­cias. Mis pe­lis fa­vo­ri­tas. Va­rias ve­ces pro­me­tí ha­cer­lo, y hoy voy a cum­plir mi pa­la­bra. Al me­nos, en par­te. Pe­lí­cu­las del Oes­te, por ejem­plo. Re­cor­dan­do, a mo­do de epí­gra­fe, lo que una vez me di­jo un ami­go ya fa­lle­ci­do, Pe­dro Ar­men­dá­riz, hi­jo del le­gen­da­rio ac­tor me­xi­cano del mis­mo nom­bre: «El ci­ne só­lo era de ver­dad cuan­do era men­ti­ra». Es­ta ma­ña­na du­ran­te el desa­yuno, mien­tras ha­cía la lista de mis wes­terns pre­fe­ri­dos, anoté 36. Hay más, pe­ro és­tos pue­den va­ler. No to­dos son obras maes­tras: só­lo dos ter­ce­ras par­tes, o tal vez me­nos. El res­to son pe­lí­cu­las que por di­ver­sas ra­zo­nes que­da­ron an­cla­das en mi gus­to y mi me­mo­ria. Hay una, por ejem­plo, Del in­fierno a Te­xas, que en mi in­fan­cia me pa­re­ció ex­tra­or­di­na­ria y que vol­ví a ver ha­ce po­co con mu­cho de­lei­te, pe­ro que nun­ca es men­cio­na­da por mis ami­gos ci­né­fi­los de ver­dad, aun­que a Ja­vier Ma­rías sí le gus­ta mu­cho. Con quien más ha­blo de ci­ne es con Ja­vier, en nues­tras ce­nas de Lu­cio; y por en­ci­ma de gus­tos y dis­cre­pan­cias, coin­ci­di­mos en lo bá­si­co. En pe­lí­cu­las del Oes­te, John Ford es Dios, y John Way­ne su en­car­na­ción en la tie­rra, o en la pan­ta­lla. Y Ho­ward Hawks y Ant­hony Mann son el Es­pí­ri­tu San­to. Así que, ya que me han da­do us­te­des con­fian­za pa­ra mon­tar­les una fil­mo­te­ca del Oes­te, y con la pre­ven­ción de que son mis gus­tos per­so­na­les, há­gan­me el fa­vor de to­mar no­ta. John Ford an­te to­do, co­mo di­go: su tri­lo­gía de la ca­ba­lle­ría (La legión in­ven­ci­ble, Fort Apa­che, Río Gran­de) com­ple­ta­da por Mi­sión de au­da­ces –pe­lí­cu­las de ami­go­tes, di­ce mi hi­ja– es en mi opinión lo más bri­llan­te que se ha he­cho co­mo re­la­to épi­co del Oes­te, se­gui­do muy de cer­ca por las cua­tro pe­lí­cu­las (Win­ches­ter 73, Ho­ri­zon­tes Le­ja­nos, El hom­bre de La­ra­mie, Co­lo­ra­do Jim) que Ant­hony Mann ro­dó con Ja­mes Ste­wart co­mo pro­ta­go­nis­ta. Pe­ro con el gran pa­dre Ford no se aca­ba así co­mo así, pues ade­más de las de la ca­ba­lle­ría hay que ver La di­li­gen­cia, Cen­tau­ros del de­sier­to, Pa­sión de los fuer­tes, El hom­bre que ma­tó a Li­berty Va­lan­ce («Ése era mi fi­le­te»), El sar­gen­to ne­gro, Co­ra­zo­nes in­do­ma­bles y Dos ca­bal­gan jun­tos. En cuan­to a Ho­ward Hawks, a él de­bo mi más ama­da pe­lí­cu­la de cuan­tas so­bre el Oes­te se han fil­ma­do ja­más –mi se­gun­da fa­vo­ri­ta es po­si­ble­men­te La ven­gan­za de Ul­za­na, de Ro­bert Al­drich–. Con Hawks me re­fie­ro, na­tu­ral­men­te, a Río Bra­vo (la es­ce­na de Mar­tin, Bre­nan y Nel­son can­tan­do My Ri­fle, My Pony and Me sigue emo­cio­nán­do­me ca­si has­ta las lá­gri­mas), a la que es inevi­ta­ble aña­dir El Do­ra­do («Só­lo co­noz­co a tres hom­bres que dis­pa­ren así; uno es­tá muer­to, otro soy yo…») y Río Ro­jo. Y ya que he ha­bla­do de can­cio­nes, otra que me eri­za la piel y me cau­sa ab­so­lu­ta fe­li­ci­dad co­mo es­pec­ta­dor es Do not for­sa­ke oh my Dar­ling co­mo fon­do de la so­ber­bia se­cuen­cia ini­cial de So­lo an­te el peligro, de Fred Zin­ne­mann. O el te­ma mu­si­cal de El ár­bol del ahor­ca­do, pe­lí­cu­la con la que Del­mer Da­ves me con­vir­tió en adic­to a las su­yas, con­fir­ma­do en Fle­cha Ro­ta y El tren de las 3,10. Y por se­guir con can­cio­nes, es im­po­si­ble sos­la­yar Johnny Gui­tar, de Ni­cho­las Ray. Lo que me lle­va a de­cir­les que, si fue­ra mujer u ho­mo­se­xual, el amor de mi vi­da sería Ster­ling Hay­den. No que­da es­pa­cio en es­ta pá­gi­na pa­ra el res­to de las 36 (Gru­po sal­va­je, Due­lo de titanes, Más allá del Mis­sou­ri, Raí­ces Pro­fun­das, Los sie­te mag­ní­fi­cos, Va­lor de ley, Mu­rie­ron con las bo­tas puestas, Tam­bo­res le­ja­nos, Sin per­dón); pe­ro hay dos pe­lí­cu­las que ne­ce­si­to men­cio­nar an­tes de ir­me. Las dos las co­no­cí tar­de, no ha­ce más de diez años, y me pre­gun­to có­mo vi ci­ne has­ta ese mo­men­to sin co­no­cer­las. A mi jui­cio, son obras maes­tras. Una es Hon­do, de John Fa­rrow, don­de John Way­ne en­car­na a uno de los me­jo­res per­so­na­jes de su ca­rre­ra: ese pis­to­le­ro que lle­ga al ran­cho de la mujer y el hi­jo con la si­lla de mon­tar a cues­tas y con su pe­rro. La otra, os­cu­ra y trá­gi­ca, a me­dio ca­mino del ci­ne ne­gro y abrien­do una nue­va for­ma de tra­tar los re­la­tos del Oes­te, es In­ci­den­te en Ox-bow, de Wi­lliam Well­man. Si pue­den, apre­sú­ren­se a ver­la. Só­lo por eso ya ha­brá va­li­do la pe­na leer es­ta pá­gi­na. Q

En pe­lí­cu­las del Oes­te, John Ford es Dios, John Way­ne es su en­car­na­ción en la tie­rra, o en la pan­ta­lla, y Ho­ward Hawks y Ant­hony Mann son el Es­pí­ri­tu San­to

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