Un re­cuer­do de la emi­gra­ción

Ca­sa Vi­xi­de, ubi­ca­da en La­lín, al­ber­ga nu­me­ro­sos mue­bles clá­si­cos

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - TERRA - CRIS­TÓ­BAL RAMÍREZ

El GPS ad­vier­te de que hay que tran­si­tar por pis­tas de tie­rra. No re­sul­ta creí­ble, cla­ro. El GPS no sa­be con quién se la jue­ga cuan­do di­ce eso en Ga­li­cia, que de­be de ser el país más as­fal­ta­do del mun­do. Así que no, no hay pis­tas de tie­rra pa­ra lle­gar a Ca­sa Vi­xi­de, en el mu­ni­ci­pio de La­lín. «Siem­pre pa­sa igual con los GPS —se la­men­ta es­toi­ca­men­te Pi­lar—, y siem­pre in­sis­to a los clien­tes pa­ra que no les hagan ca­so».

Lo cier­to es que al co­ger el des­vío a la de­re­cha en la rec­ta de Pra­do, en­tre Si­lle­da y La­lín, el via­je­ro va a cir­cu­lar por una ca­rre­te­ra an­cha, de muy buen fir­me e hi­per­ge­ne­ro­sa en cur­vas ce­rra­das. Maíz en las par­tes ba­jas, pa­ta­tas por to­das par­tes, pe­ro por lo ge­ne­ral pa­ra au­to­con­su­mo.

Unos ki­ló­me­tros más ade­lan­te se re­du­cen las di­men­sio­nes de la vía, se re­du­ce la ca­li­dad del fir­me y se re­du­cen las cur­vas ce­rra­das. Y al fin, de­jan­do a la de­re­cha una coope­ra­ti­va, pro­ce­de to­mar una pista muy es­tre­cha que en un par de be­llos ki­ló­me­tros (¡qué bos­ques más bo­ni­tos!) va a dar a la al­dea de Sou­tu­llo. Ca­sa Vi­xi­de es el si­guien­te edi­fi­cio des­pués de la igle­sia, con un por­ta­lón ver­de que per­mi­te ac­ce­der a un enor­me apar­ca­mien­to que los hi­jos de los clien­tes uti­li­zan tam­bién co­mo es­pa­cio de juego. Al fon­do, mon­tes vie­jos alo­ma­dos y ne­gros: son de Si­lle­da y su­frie­ron la cru­de­za de los in­cen­dios de oc­tu­bre.

Pi­lar, so­bria y ele­gan­te, es­pe­ra an­te la puer­ta de lo que en su día fue­ron unas pa­llei­ras y hoy ha si­do re­con­ver­ti­do en eso, un lu­gar de aco­gi­da en for­ma de ele. A la iz­quier­da, una me­sa alar­ga­da ha­ce las fun­cio­nes de co­me­dor, y al fren­te una chi­me­nea, en es­tos mo­men­tos con le­ños ar­dien­do lo cual se agra­de­ce, y unos so­fás. «De­trás de esas re­jas y el fue­go es­tá la puer­ta au­tén­ti­ca del horno de pan, que con­ser­va­mos en muy buen es­ta­do», pun­tua­li­za Pi­lar.

Es­ta es la Ca­sa de Vi­xi­de, aun­que el ape­lli­do se es­cri­bía Vi­gi­de por real de­cre­to de al­gún ig­no­ran­te de si­glos pa­sa­dos, pro­nun­cia­ción a la cual el pai­sa­na­je hi­zo siem­pre ca­so omi­so, y con to­da ra­zón. Más de dos­cien­tos años tie­ne la par­te vie­ja, la ori­gi­nal, y po­co a po­co el edi­fi­cio fue pro­ta­go­nis­ta de re­for­mas va­rias has­ta de­jar­le la con­fi­gu­ra­ción ac­tual. El gro­sor tre­men­do de un lar­go mu­ro del in­te­rior no de­ja lu­gar a du­das: la vi­vien­da co­men­za­ba ahí, pe­ro fue am­plia­da. Y hoy es­tá in­te­gra­da en el se­lec­to gru­po de es­ta­ble­ci­mien­tos de tu­ris­mo ru­ral que pue­den pre­su­mir co­lo­can­do la pla­ca de Ga­li­cia Ca­li­da­de.

Los Vi­gi­de emi­gra­ron a Cu­ba y a Ar­gen­ti­na, y de esa aven­tu­ra vi­tal co­mún a tan­tos ga­lle­gos se con­ser­va un baúl pre­cio­so en una de las ha­bi­ta­cio­nes. Vol­vie­ron ma­yo­res —te­nían ca­se­ros—, com­pra­ron tie­rra y si­guen sien­do los pro­pie­ta­rios. No aque­llas per­so­nas, cla­ro es­tá, sino uno de sus des­cen­dien­tes, que es pre­ci­sa­men­te el ma­ri­do de Pi­lar.

Cua­tro do­bles (dos de ellas con ca­ma de ma­tri­mo­nio). Dos con cuar­to de ba­ño com­par­ti­do (hay otro cuar­to de ba­ño más en el pi­so in­fe­rior, en una pe­que­ña sa­la de es­tar).

986 784 442 y 669 822 480. www.ca­sa­vi­xi­de.com. in­[email protected] ca­sa­vi­xi­de.com.

De to­do el con­jun­to, con su gran hó­rreo y el por­ta­lón que en su día fue la en­tra­da prin­ci­pal y que hoy da pa­so a una zo­na de bar­ba­coas, ema­na un cier­to ai­re a una ca­sa no­ble. No lo es. Es una ca­sa gran­de, pe­ro con cier­to se­ño­río. «Nó­ta­se que non an­da­ban a pe­dir…». El es­tar co­mo aga­za­pa­da en una la­de­ra del ou­tei­ro im­pi­de ver cual­quier atis­bo de feís­mo, que por cier­to sí es­tá muy pre­sen­te en la ca­rre­te­ra des­de Pra­do.

Ese ai­re dis­tin­gui­do se acen­túa en el in­te­rior. To­dos los de­ta­lles es­tán cui­da­dos —aun­que al­gún cua­dro re­sul­ta de du­do­so en­ca­je es­té­ti­co en el con­jun­to—, por ejem­plo, una toa­lla de una bi­sa­bue­la co­lo­ca­da de tal ma­ne­ra que ta­pa con ele­gan­cia una pa­red cie­ga que da­ba a un es­pa­cio me­dio sub­te­rrá­neo en el cual hu­bo, al pa­re­cer, una la­rei­ra. In­clu­so un es­cri­to­rio mo­derno ha­ce juego con el res­to de mue­bles, que son to­dos clá­si­cos.

Y son clá­si­cos por­que son los que es­ta­ban en la ca­sa. Fue­ron res­tau­ra­dos por su due­ño uno a uno du­ran­te un par de años. Así que los ar­ma­rios y los ca­be­ce­ros de la ca­ma (hay dos nue­vos que na­die ca­li­fi­ca­ría de bo­ni­tos) son eso, au­tén­ti­cos. Y ese to­que clá­si­co, a años luz de la de­co­ra­ción en se­rie, es el que ge­ne­ra una at­mós­fe­ra in­clu­so has­ta con un tono que re­cuer­da a los pa­zos.

Ca­sa Vi­xi­de ya tie­ne una his­to­ria de 21 años. «Es­to es­ta­ba to­do ti­ra­do y aban­do­na­do. Mi sue­gra que­ría arre­glar el te­ja­do y ya pues­tos…», ex­pli­ca Pi­lar. Aho­ra se al­qui­la en­te­ra, con gru­pos de ex­tran­je­ros —so­bre to­do in­gle­ses— pa­san­do una se­ma­na en ve­rano dis­pues­tos a co­no­cer Ga­li­cia des­de un lu­gar tan bien si­tua­dos, y es­pa­ño­les, ga­lle­gos in­clui­dos por su­pues­to, que fue­ra de la tem­po­ra­da al­ta a lo que van allí es a des­can­sar o a re­en­con­trar­se con unos ami­gos.

La co­ci­na es am­plia, lu­mi­no­sa, com­ple­ta y tí­pi­ca. Por su­pues­to a la bil­baí­na, hay que an­te­po­ner los elec­tro­do­més­ti­cos mo­der­nos, pe­ro to­do el fre­ga­de­ro y los ca­na­les de desagüe es­tá tal cual. Un ejem­plo de la sim­bio­sis que ca­rac­te­ri­za a la Ca­sa Vi­xi­de.

C. RAMÍREZ

Ca­sa Vi­xi­de tie­ne el va­lor de la au­ten­ti­ci­dad, de ma­ne­ra que el vi­si­tan­te va a te­ner la im­pre­sión de su­mer­gir­se en tiem­pos pa­sa­dos.

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