«En Fran­cia prohí­ben usar el mó­vil del tra­ba­jo en ho­ras li­bres. Aquí al re­vés»

Cua­tro pa­dres ga­lle­gos aco­gi­dos a la re­duc­ción de jor­na­da nos cuen­tan su ex­pe­rien­cia

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - EN DIRECTO - LU­CÍA VIDAL

A pe­sar de las mejoras que se van in­tro­du­cien­do de for­ma pau­la­ti­na, to­da­vía que­da mu­cho ca­mino por re­co­rrer en la ca­rre­ra de la con­ci­lia­ción, un asun­to que no en­tró co­mo ma­te­ria pú­bli­ca tras­cen­den­tal en la agen­da po­lí­ti­ca de nues­tro país has­ta me­dia­dos de los años 90. Es a par­tir de ahí cuan­do se re­co­no­ce, por ley, el im­por­tan­te cam­bio so­cial que su­pu­so la in­cor­po­ra­ción ma­si­va de la mu­jer al mun­do la­bo­ral. Per­mi­sos de ma­ter­ni­dad y pa­ter­ni­dad, ex­ce­den­cias, re­duc­ción de jor­na­da pa­ra el cui­da­do de los hi­jos, per­mi­sos pun­tua­les por ra­zo­nes fa­mi­lia­res... pa­sa­ron a es­tar re­gu­la­dos en una nor­ma.

Las po­lí­ti­cas de con­ci­lia­ción son, sin du­da, lo más efi­caz a la ho­ra de di­na­mi­zar una mal­tre­cha pi­rá­mi­de po­bla­cio­nal co­mo la nues­tra

(en Ga­li­cia por ca­da 100 per­so­nas me­no­res de 20 años hay 154 de 65 y más años, se­gún el IGE). Los paí­ses con ín­di­ces de fe­cun­di­dad más ele­va­dos son aque­llos en los que la ma­yor par­te de las mu­je­res, in­clu­yen­do las ma­dres de ni­ños pe­que­ños, es­tán en el mer­ca­do de tra­ba­jo. Es lo que ocu­rre por ejem­plo en Fran­cia o en el nor­te de Eu­ro­pa, don­de go­zan de am­plios de­re­chos pa­ra com­pa­ti­bi­li­zar em­pleo con vi­da fa­mi­liar y per­so­nal. En el sur del con­ti­nen­te se da jus­to la ten­den­cia in­ver­sa: me­no­res ta­sas de ocu­pa­ción fe­me­ni­na pe­ro tam­bién de na­ta­li­dad. En el ca­so de Ga­li­cia, y se­gún in­di­ca­do­res del IGE co­rres­pon­dien­tes a 2015, las mu­je­res tie­nen por tér­mino me­dio 1,1 hi­jos o hi­jas. La ta­sa bru­ta de na­ta­li­dad se si­túa en 7,12 na­ci­mien­tos por ca­da mil ha­bi­tan­tes. Y ade­más, el fe­nó­meno de la ma­ter­ni­dad se atra­sa ca­da vez más. Aho­ra mis­mo, la me­dia pa­ra ser ma­dre en nues­tra co­mu­ni­dad es a los 32,55 años. Ha­ce una dé­ca­da las ga­lle­gas te­nían su pri­mer hi­jo a los 29,8.

Las fa­mi­lias de Jo­sé An­to­nio, Nor­ber­to, Jo­sé Luis y Jo­sé es­ca­pan a la nor­ma, esa que dic­tan las es­ta­dís­ti­cas y que re­fle­ja que son ellas las que op­tan por re­du­cir su jor­na­da la­bo­ral pa­ra con­ci­liar (se­gún da­tos del IGE, un 47 % de tra­ba­ja­do­ras fren­te a un 36 % de hom­bres). En su ca­so son ellos los que se que­dan en ca­sa.

Ve­cino de Lu­go, Jo­sé An­to­nio Fe­rro Ares y su mu­jer Ma­ría —am­bos de 42 años— es­tán al car­go de tres cria­tu­ras: Álvaro, Mar­ta y Pa­blo, de 9, 7 y 3 años, un ca­da vez más es­ca­so ejem­plo de fa­mi­lia nu­me­ro­sa en la Ga­li­cia men­guan­te. «Siem­pre qui­si­mos al­go más que la pa­re­ji­ta. Yo con tres me plan­to pe­ro a ella no le im­por­ta­ría te­ner un cuar­to». ¿Có­mo con­ci­lia una uni­dad fa­mi­liar com­pues­ta por cin­co miem­bros? Pues an­te to­do, or­ga­ni­zán­do­se muy bien. Y con al­gu­na que otra ayu­da. Los dos pa­dres trabajan fue­ra de ca­sa. Él en una em­pre­sa que pres­ta, en­tre mu­chos otros, ser­vi­cios de con­sul­to­ría y re­cur­sos hu­ma­nos, y ella en la ban­ca. Fue Jo­sé An­to­nio quien so­li­ci­tó re­duc­ción de jor­na­da. Lo hi­zo en 2010, cuan­do na­ció su hi­ja Mar­ta. Su ho­ra­rio nor­mal se­ría de nue­ve a dos por la ma­ña­na y de cua­tro a sie­te por la tar­de. Con la re­duc­ción pue­de librar dos tar­des a la se­ma­na: los mar­tes y los jue­ves. «Fui pio­ne­ro en mi em­pre­sa al pe­dir re­duc­ción de jor­na­da. Creo que el úni­co hom­bre que lo hi­zo», ase­gu­ra Jo­sé An­to­nio. «Y eso que so­mos 250 em­plea­dos, y el 80 % son mu­je­res». Ha­bló con la di­rec­to­ra te­rri­to­rial de la com­pa­ñía «que lo en­ten­dió per­fec­ta­men­te», y lue­go, con la di­rec­ción ge­ne­ral. A los tres me­ses de la so­li­ci­tud, Jo­sé An­to­nio es­ta­ba ya dis­fru­tan­do de la re­duc­ción. Su pa­re­ja, Ma­ría, dis­po­ne de cier­ta fle­xi­bi­li­dad ho­ra­ria en su pues­to de tra­ba­jo, y aun­que tie­ne ocu­pa­da una tar­de por se­ma­na (la del jue­ves que li­bra su ma­ri­do) a dia­rio sa­le so­bre las 15.30. «An­tes de la cri­sis el sec­tor bancario era otro can­tar. Te­nían un ho­ra­rio en­vi­dia­ble, de ocho a tres, y no más. Aho­ra la co­sa ha cam­bia­do».

Por el por­cen­ta­je de jor­na­da re­du­ci­da —en su ca­so un 15 %, el equi­va­len­te a seis ho­ras se­ma­na­les— la Con­se­lle­ría de Igual­da­de le dio el pa­sa­do año «unos 2.200 eu­ros. Es una ayu­da in­tere­san­te». En cual­quier ca­so, y aún re­co­no­cien­do que ese di­ne­ro les ha ve­ni­do muy bien «vol­ve­ría a pe­dir re­duc­ción de jor­na­da aun­que no me la re­mu­ne­ra­sen». Con sus dos pri­me­ros hi­jos no pu­die­ron op­tar a guar­de­ría pú­bli­ca por ba­re­mos de ren­ta pe­ro a la ter­ce­ra fue la ven­ci­da. «Con el cam­bio de cri­te­rios que in­tro­du­jo el go­bierno ga­lle­go, a Pa­blo sí que lo pu­di­mos me­ter». Y aun sin bo­ni­fi­ca­cio­nes, los pre­cios dis­tan un abis­mo de la pri­va­da: «Es­ta­re­mos pa­gan­do unos 110 eu­ros por me­dia jor­na­da con co­me­dor, cuan­do an­tes por ese pre­cio abo­na­bas dos ho­ras de ser­vi­cio de guar­de­ría», ex­pli­ca Jo­sé An­to­nio, que pien­sa aco­ger­se a más ayu­das de la ad­mi­nis­tra­ción se­gún va­yan cre­cien­do sus hi­jos: «Trans­por­te pú­bli­co, ma­trí­cu­la uni­ver­si­ta­ria... to­do lo que sea po­si­ble».

El Plan Ga­le­go de Con­ci­lia­ción y Co­rres­pon­sa­bi­li­da­de es­tá asen­ta­do so­bre dos pa­tas que gi­ran en torno a un eje co­mún: la pa­ri­dad. En el tra­ba­jo, y en el ám­bi­to del ho­gar. «En ca­sa te­ne­mos bien or­ga­ni­za­das las ta­reas. Yo pon­go la la­va­do­ra, tien­do la ro­pa; ella va al su­per­mer­ca­do, lle­va a los ni­ños al pe­dia­tra... To­do al 50 %. In­clu­so te di­ría que un 60/40». La pa­re­ja cuen­ta con la co­la­bo­ra­ción de una em­plea­da do­més­ti­ca, y cuan­do ha­ce fal­ta, tam­bién los abue­los echan una mano.

Jo­sé An­to­nio, que ha vi­vi­do la ex­pe­rien­cia y las di­fi­cul­ta­des de criar a tres hi­jos en es­tos tiem­pos, echa en fal­ta un cam­bio cul­tu­ral en la so­cie­dad: «En Fran­cia te prohí­ben usar el te­lé­fono de tra­ba­jo en ho­ras li­bres. En Es­pa­ña es al re­vés. Ca­da vez es­ti­ra­mos más nues­tra jor­na­da la­bo­ral». Afor­tu­na­da­men­te, no es su ca­so pe­ro di­ce co­no­cer «ca­sos en la em­pre­sa pri­va­da que cuan­do plan­teas una re­duc­ción de jor­na­da, te mi­ran con ma­los ojos. Y no so­lo los je­fes. Tam­bién los com­pa­ñe­ros lo ven con re­ce­lo. Pe­ro no es un pri­vi­le­gio. Hay que en­ten­der que es un de­re­cho». Una ca­rre­ra ha­cia la con­ci­lia­ción en la que de­ben par­ti­ci­par, di­ce Jo­sé An­to­nio, to­dos los ac­to­res: em­pre­sa, sin­di­ca­tos, ad­mi­nis­tra­ción y tra­ba­ja­do­res. «Si es que al fi­nal —apun­ta— to­do el mun­do sa­le ga­nan­do. Yo ten­go aho­ra un plus de mo­ti­va­ción. Voy al tra­ba­jo ‘en­chu­fa­do’ to­dos los días».

En Ou­ren­se vi­ve la fa­mi­lia for­ma­da por Jo­sé Luis Sa­lor Fer­nán­dez, su mu­jer So­nia, su hi­jo ma­yor Anxo, de 12 años, y la pe­que­ña Men­cía, de cua­tro. Atien­de a nues­tra lla­ma­da en el ca­mino que va del ga­ra­je a ca­sa. En una fa­mi­lia con ni­ños pe­que­ños hay que ex­pri­mir el re­loj al má­xi­mo. Tam­bién en es­te ca­so fue el pa­dre quien se aco­gió a la re­duc­ción de jor­na­da. So­nia se desplaza más de se­ten­ta ki­ló­me­tros ca­da día pa­ra acu­dir a su pues­to de tra­ba­jo co­mo fun­cio­na­ria del Ser­gas así que Jo­sé Luis adap­tó su ho­ra­rio ro­ta­ti­vo de ma­ña­nas y tar­des pa­ra po­der lle­gar a tiem­po a me­dio­día y aten­der a sus hi­jos. «Voy a re­co­ger­los, pre­pa­ro la co­mi­da... Soy amo de ca­sa co­mo el 99 % de las mu­je­res. Sue­lo co­ci­nar yo. Es­toy acos­tum­bra­do a ha­cer de to­do des­de pe­que­ño, por­que mi pa­dre que­dó viu­do muy jo­ven. Eso sí, la plan­cha es co­sa de ella».

Ha­ce vein­ti­séis ho­ras y me­dia se­ma­na­les en su em­pre­sa —de­di­ca­da al sec­tor de la ali­men­ta­ción—, un 33 % me­nos de lo que le co­rres­pon­de­ría, por lo que re­ci­be, des­de ha­ce tres años, una ayu­da de la Xun­ta: «El pri­mer año de vi­da de Men­cía nos arre­gla­mos de otra ma­ne­ra por­que mi mu­jer pi­dió una ex­ce­den­cia». El úl­ti­mo año re­ci­bió una sub­ven­ción de 800 eu­ros, un pa­go úni­co que se eje­cu­ta de una vez. «Ade­más tu­vi­mos suer­te por­que los dos ni­ños en­tra­ron en la guar­de­ría pú­bli­ca». Abo­na­ban por ella unos 180 eu­ros.

Pre­gun­ta­do por las po­si­bles ca­ren­cias del sis­te­ma, Jo­sé Luis lo tie­ne cla­ro: «Es que la vi­da tal y co­mo la te­ne­mos mon­ta­da no es­tá pen­sa­da pa­ra te­ner ni­ños. Tra­ba­jan­do los dos es com­pli­ca­do. No­so­tros, ade­más, no te­ne­mos abue­los, con lo cual nos lo gui­sa­mos y nos lo co­me­mos to­do». Sin el col­chón fa­mi­liar que tan­tas ve­ces sir­ve de so­por­te cuan­do sur­ge un im­pre­vis­to, uno se pre­gun­ta có­mo se las apa­ña es­ta fa­mi­lia: «Pues has­ta el mo­men­to he­mos te­ni­do suer­te, por­que no ha ha­bi­do gran­des pro­ble­mas, pe­ro si ha­ce fal­ta le pi­do el cam­bio a al­guno de mis com­pa­ñe­ros».

«Fui pio­ne­ro en pe­dir re­duc­ción de jor­na­da en mi em­pre­sa»

«El año pa­sa­do me die­ron una sub­ven­ción de 2.200 eu­ros»

«No se de­be­ría ver co­mo un pri­vi­le­gio sino co­mo un de­re­cho»

Jo­sé An­to­nio per­ci­bió 800 eu­ros por el 33 % de re­duc­ción de jor­na­da

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