“Los ni­ños sa­ben apre­ciar la mú­si­ca, no ha­ce fal­ta ha­cer­la in­fan­ti­li­za­da”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . ESTÁ SONANDO - TEX­TO: JA­VIER BECERRA

Ma­nu Ru­bio es mú­si­co, com­po­si­tor, edu­ca­dor y psi­co­mo­tri­cis­ta. Tam­bién pa­dre. Con to­do ese ba­ga­je ha cons­trui­do Yo Soy Un Ra­tón, un pro­yec­to de mú­si­ca pop que se aden­tra en el mun­do de los ni­ños con una mi­ra­da tam­bién a sus pa­dres. Es­te fin de se­ma­na de­bu­ta en Ga­li­cia. Ma­ña­na es­ta­rá en Vi­vei­ro (Tea­tro Pas­tor Díaz, 20.30 ho­ras, 5 eu­ros adul­tos y 2, me­no­res de tres años) y el do­min­go en A Co­ru­ña (Ágo­ra, 18.30 ho­ras, 6 eu­ros adul­tos y 2, me­no­res de tres años)

—Pe­tit Pop, Alon­dra Bentley, Ma­gín Blan­co, Pi­ca Pi­ca... Ca­da vez apa­re­cen más gru­pos que ha­cen mú­si­ca para ni­ños, po­nien­do el acen­to en la ca­li­dad e in­ten­tan­do gus­tar a los pa­dres. ¿Hay una re­no­va­ción?

—Afor­tu­na­da­men­te, hay unos cuan­tos gru­pos así. De los que más tiem­po lle­van son Pe­tit Pop. Me sien­to par­te de esa co­rrien­te y muy or­gu­llo­so. Creo que es ne­ce­sa­rio. So­mos gen­te que he­mos he­cho mú­si­ca siem­pre y, co­mo la vi­da con­ti­núa y nos he­mos he­cho pa­dres, edu­ca­do­res o tra­ba­ja­mos con ni­ños, he­mos vis­to una ne­ce­si­dad. Bá­si­ca­men­te, se tra­ta de ver a los ni­ños co­mo per­so­nas ca­pa­ces de sa­ber apre­ciar­lo. Los ni­ños sa­ben apre­ciar to­da la mú­si­ca, no ha­ce fal­ta ha­cér­se­la in­fan­ti­li­za­da.

—¿Y los pa­dres, có­mo se lo pa­san en los con­cier­tos?

—Está cla­ro que los pa­dres dis­fru­tan vien­do a sus hi­jos dis­fru­tar, pe­ro mi idea es que dis­fru­ten con ellos, no so­lo vién­do­los dis­fru­tar. Para ello se reivin­di­ca el di­rec­to. Mu­chos es­pec­tácu­los in­fan­ti­les con­sis­ten en mú­si­ca en­la­ta­da con per­so­nas ha­cien­do tea­tro. Es­tas ban­das que ci­ta­bas son ban­das de ver­dad. Ves a per­so­nas to­can­do ins­tru­men­tos Eso es siem­pre en­ri­que­ce­dor.

—Dí­ga­me al­go que sor­pren­da.

—Los pa­dres ve­mos mu­chas ve­ces que el he­cho de dis­fru­tar es bai­lar. No te das cuen­ta al prin­ci­pio de que es­tar sen­ta­do mi­ran­do pue­de ser va­lio­so. Yo apre­cio mu­cho eso. En di­rec­to yo me pon­go co­sas en las pier­nas, uso cas­ca­be­les y ten­go un ri­tual. Un ni­ño de tres años pue­de es­tar mi­rán­do­te una ho­ra sin pes­ta­ñear. Pe­ro lue­go me cuen­ta el pa­dre, al día si­guien­te, que el ni­ño es­tu­vo to­da la tar­de imi­tán­do­me, con­tan­do el con­cier­to de prin­ci­pio a fin. ¿Ese ni­ño ha dis­fru­ta­do o no ha dis­fru­ta­do? Cla­ro que ha dis­fru­ta­do, pe­ro a su ma­ne­ra.

—Su gran hit es «Ca­ca». ¿Có­mo se le ocu­rrió al­go así?

—Es la can­ción más es­pe­ra­da. En cuan­to la anun­cias, los ni­ños se po­nen to­dos lo­cos. Tie­ne tras­fon­do. Hay ni­ños que es­tán en pleno con­trol de es­fín­te­res y esa es su reali­dad. Para ellos gri­tar «ca­ca» es muy en­ri­que­ce­dor. Cuan­do son más ma­yo­res di­go es que el te­ma de la ca­ca no lo pue­des con­tro­lar co­mo un adul­to. Es un te­ma ma­du­ra­ti­vo. La can­ción gus­ta, pe­ro en ca­da edad tie­ne una lec­tu­ra.

—Ha­bla de «can­ción pro­tes­ta infantil». ¿Pue­de ex­pli­car el con­cep­to?

—He uti­li­za­do el es­lo­gan por­que es muy lla­ma­ti­vo. Cuan­do hi­ce mi pri­mer dis­co me di cuen­ta de que ha­bía mu­chas can­cio­nes que eran reivin­di­ca­ti­vas, pe­ro en el mun­do de los ni­ños. No lo voy a lle­var al mun­do de los adul­tos. Es de­cir, aquí no se ha­bla de vio­len­cia de gé­ne­ro ni na­da de eso. Su mun­do, que es su fa­mi­lia, es el si­tio en el que van a cons­truir su per­so­na­li­dad y lo que les va a mar­car de ver­dad. Pe­ro hay ve­ces que los pa­dres no sa­be­mos y yo, con es­tas can­cio­nes, pre­ten­do dar voz al ni­ño.

—¿Y có­mo lo ha­ce?

—Le pue­des dar voz al ni­ño a los tres días, ha­cién­do­lo sen­tir im­por­tan­te y due­ño de su vi­da. Los ni­ños ne­ce­si­tan ali­men­to, sue­ño y ca­ri­ño. To­dos ha­ce­mos eso. La di­fe­ren­cia es có­mo se lo da­mos. Por ejem­plo, no es lo mis­mo ali­men­tar a tu hi­jo mi­ran­do la te­le o ha­blan­do por te­lé­fono, que ali­men­tar­lo des­de el ca­ri­ño, mi­rán­do­lo a los ojos, ex­pli­can­do lo que co­me y es­pe­ran­do a que se acer­que a la cu­cha­ra.

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