¿Por qué to­dos se van a Ma­rra­kech?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - VIA JES OUT - TEX­TO: PATRICIA GARCÍA

«MA­ÑA­NA SE­RÁ OTRO DÍA Y OTRA CIU­DAD DIS­TIN­TA», así es Ma­rra­kech, un ca­lei­dos­co­pio de co­lo­res cam­bian­te e hip­no­ti­za­dor. Allí es di­fí­cil pes­ta­ñear: si lo ha­ces te per­de­rás sus riads de en­sue­ño, sus ca­lle­jo­nes ro­jos lle­nos de ar­te­sa­nía, su té con men­ta y sus ta­jíns de cor­de­ro. Es­tas son las ra­zo­nes por las que una vez pon­gas un pie en la ciu­dad ro­ja no po­drás de­jar de pen­sar en ella

Yve­sSaint Lau­rent se que­dó enamo­ra­do de la ciu­dad ma­rro­quí en 1966, cuan­do la vi­si­tó por pri­me­ra vez acom­pa­ña­do de Pierre Ber­gé. Se con­vir­tió en su re­fu­gio y en su ins­pi­ra­ción. Aho­ra, mi­les de fran­ce­ses pe­re­gri­nan a la ciu­dad ro­ja pa­ra ha­cer co­la du­ran­te más de una ho­ra en el recién es­tre­na­do mu­seo en ho­me­na­je al di­se­ña­dor. Obra de Stu­dio KO, com­ple­ta la ruta de los tu­ris­tas al Jar­din Ma­jo­re­lle. Allí es ca­si im­po­si­ble ha­cer­se una fo­to: Ma­rra­kech es uno de los des­ti­nos más ins­ta­gramea­bles del mun­do. Pe­ro hay otros mu­chos lu­ga­res con en­can­to. To­da la ciu­dad es una mon­ta­ña ru­sa a tra­vés del tiem­po. Un lu­gar en el que los sen­ti­dos se agu­di­zan al má­xi­mo, mien­tras las ho­ras trans­cu­rren muy len­tas con un té con men­ta en la mano.

El co­ra­zón de Ma­rra­kech es la me­di­na, la ciu­dad an­ti­gua den­tro de las mu­ra­llas. Un au­tén­ti­co la­be­rin­to en el que te per­de­rás sí o sí. Aquí se es­con­de una de las jo­yas de la co­ro­na de la ciu­dad ro­ja: los riads, los alo­ja­mien­tos tí­pi­cos ma­rro­quíes, y la pri­me­ra ra­zón por la que tus pró­xi­mas va­ca­cio­nes de­be­rías pa­sar­las aquí. Un oa­sis en el me­dio del caos. Den­tro es po­si­ble que te sien­tas co­mo en el cuen­to de las Mil y

una no­ches: te tra­ta­rán co­mo a un rey o una rei­na, te mi­ra­rán has­ta tal pun­to que te plan­tees que­dar­te a vi­vir allí una tem­po­ra­da. Eso es lo que le pa­só pre­ci­sa­men­te a mu­chos de sus ac­tua­les pro­pie­ta­rios: El­sa es la due­ña de Riad Up, un pa­raí­so ur­bano en el que la úni­ca pre­cau­ción que de­be­rás te­ner es no pi­sar a una de las tor­tu­gas que con­vi­ven en el pa­tio central (son sím­bo­lo de bue­na suer­te y las ve­rás por todas par­tes). Es­ta ma­llor­qui­na lle­va me­dia vi­da en Ma­rrue­cos. Ocho años de via­jes a la ciu­dad ro­ja. Eso es lo que tar­da­ron Cy­rie­lle y Ju­lien en de­ci­dir­se a abrir su pro­pio pa­raí­so: Riad Jar­din Se­cret, pro­ba­ble­men­te el riad veg­gie más fo­to­gé­ni­co de la ciu­dad. Ella mo­de­lo y fo­tó­gra­fa, él de­di­ca­do al mun­do del mar­ke­ting, lo cam­bia­ron to­do por es­ta ca­sa que se cons­tru­yó ha­ce más de cien años. En reali­dad, son dos riads igua­les, que man­dó le­van­tar su pro­pie­ta­rio ori­gi­nal pa­ra sus dos es­po­sas.

EL ZO­CO

Otro mo­ti­vo más pa­ra su­bir­se a un avión rum­bo a la ciu­dad ma­rro­quí: el zo­co. Al­fom­bras, co­ji­nes, al­par­ga­tas de ra­fia, va­ji­llas… To­do lo que te pue­das ima­gi­nar lo tie­nes en Ma­rra­kech. To­do se re­ga­tea, y aquí es­tá par­te del en­can­to: na­da pro­du­ce más sa­tis­fac­ción que el mo­men­to en el que aprie­tas la mano con el ven­de­dor y cie­rras el pre­cio. Sa­bes que es­tás sa­lien­do per­dien­do, pe­ro ellos te ha­cen creer que has si­do un ne­go­cia­dor muy du­ro. Al fi­nal, se con­vier­ten ca­si en ami­gos: cuan­do vuel­vas a pa­sar por de­lan­te de su pues­to, y lo ha­rás de­ce­nas de ve­ces, te sa­lu­da­rán con alegría.

Orien­tar­se por el zo­co no es fá­cil: es pro­ba­ble que no se­pas si subes y ba­jas, aun­que al fi­nal aca­ba­rás guián­do­te por la vis­ta: la tien­da de bol­sos que ha­ce es­qui­na, el de las es­pe­cias… To­dos los ca­mi­nos con­du­cen a la pla­za de Ja­maa El Fna, el co­ra­zón de Ma­rra­kech, el más tu­rís­ti­co y el úni­co en el que, pro­ba­ble­men­te, ten­gas que de­cir que no más de una vez a los ven­de­do­res o ni­ños que se te acer­can in­sis­ten­te­men­te.

Es otro mo­nu­men­to na­cio­nal, ca­si tan gra­ti­fi­can­te co­mo una vi­si­ta al Pa­la­cio de la Bahía. So­lo ne­ce­si­tas sa­ber una pa­la­bra: ta­jín. De cor­de­ro, de sar­di­nas… Eso, y mu­cho cus­cús, hum­mus y be­ren­je­na. Si te gus­ta la co­mi­da sa­na, no lo du­des, plán­ta­te en Ma­rrue­cos. Y en disfrutarla en lo al­to de una te­rra­za con un som­bre­ro de pa­ja en la ca­be­za. En Ber­ber Lod­ge, un si­tio de revista a 40 ki­ló­me­tros de Ma­rra­kech, po­drás comer y dor­mir co­mo un be­re­ber mien­tras es­cu­chas de fon­do la lla­ma­da a la ora­ción. Aun­que pa­ra aven­tu­ras, la de dor­mir en el de­sier­to, otra ra­zón más pa­ra po­ner Ma­rrue­cos en tu ra­dar. Hay glam­pings de lu­jo, co­mo Sca­ra­beo Camp, pa­ra pa­sar una no­che (o dos, eso de­pen­de de tu pre­su­pues­to, y de las pla­zas, que vue­lan) con­tem­plan­do las es­tre­llas. Ma­rra­kech so­lo tie­ne una con­tra­in­di­ca­ción: en­gan­cha. Cuan­do vuel­vas a ca­sa vas a pa­sar­te se­ma­nas, me­ses, echán­do­lo de me­nos.

FO­TO: ÓSCAR VÁZ­QUEZ

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