Ma­ría

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - VAPORELLAS -

Te­re­sa Do­mín­guez Bus­to (La­xe, 1951) es una mu­jer de ar­mas to­mar. Con so­lo 14 años co­men­zó a ir al mar con su pa­dre en lan­cha. De 11 her­ma­nos, de los cua­les 5 eran chi­cas, ella era la ma­yor y te­nía que ayu­dar pa­ra sa­car la ca­sa ade­lan­te. Por aque­llos tiem­pos, cap­tu­ra­ban pes­ca­do de ro­ca con tras­ma­llos. Y a ella na­die la en­se­ñó. «Veía a la gen­te tra­ba­jar y yo, de tan­to que me gus­ta­ba, apren­dí», ex­pli­ca.

Por el in­vierno, con mal tiem­po, no sa­lían a fae­nar, y ella se bus­có otro trabajo, el de re­de­ra. Apren­dió, tam­bién,

a ba­se de ex­pe­rien­cia, pe­ro lo que la con­vir­tió en la más co­ti­za­da del pue­blo fue su amor por la agu­ja: «Ha­cía las re­des de to­dos los bar­cos; era muy rá­pi­da», re­cuer­da.

Las no­ches no eran si­nó­ni­mo de des­can­so pa­ra Ma­ría Te­re­sa. Las pa­sa­ba en ve­la cal­ce­tan­do jer­séis pa­ra sus her­ma­nos. «Mi ma­dre me apa­ga­ba la luz pa­ra que no tra­ba­ja­ra tan­to, pe­ro yo se­guía», cuen­ta. Y es que to­do lo que sus ma­nos Tie­ne aho­ra 67 años, es­tu­vo más de me­dio si­glo li­ga­da al mar y aho­ra, re­ti­ra­da, aún le echa una mano a su hi­jo, ese al que le con­ta­gió su amor por es­te trabajo y que sa­lió «cla­va­do a su ma­dre», apun­ta con or­gu­llo. La ma­yor par­te de sus her­ma­nos tam­bién vi­ven del mar. To­dos, con el mis­mo: «Sa­li­mos de la na­da y, a ba­se de es­fuer­zo y sa­cri­fi­cio, cre­ci­mos», ex­pli­ca. Te­re­sa lle­va una lar­ga tra­yec­to­ria.

A los 23 años se ca­só con su ma­ri­do, que te­nía un bar­co en so­cie­dad, el Lo­zano. Diez años después, pu­sie­ron fin a ese ne­go­cio y com­pra­ron una em­bar­ca­ción más pe­que­ña, el Ca­ra o Cruz. Pe­ro la co­sa no fue bien, de mo­do que ad­qui­rie­ron El Chino, con ayu­da de un prés­ta­mo.

Su ma­ri­do pa­de­cía pro­ble­mas de hí­ga­do. Fue en ese mo­men­to cuan­do ella se plan­teó: «Si al­gún día le pa­sa al­go, la ca­sa no me la van a lle­var. Ten­go que sa­car ade­lan­te es­to co­mo sea». Y así fue que se qui­tó el car­né pa­ra na­ve­gar y to­do lo ne­ce­sa­rio pa­ra ser ma­ri­ne­ra. Y por un ac­ci­den­te que su­frió su ma­ri­do a bor­do, lle­gó ese día en el que tu­vo que to­mar las rien­das: «Éra­mos mi hi­jo de 15 años y yo los que di­ri­gía­mos el bar­co y fae­ná­ba­mos, y al lle­gar a tie­rra íba­mos a ven­der el pes­ca­do», re­la­ta con co­ra­je. Al­go que des­ta­ca es que siem­pre lle­ga­ba a tie­rra «lim­pia y arre­gla­da».

Con 36 años, de­bi­do al fuer­te tem­po­ral que azo­ta­ba la Cos­ta da Mor­te de­ci­die­ron mar­char­se pa­ra Avi­lés, don­de pri­me­ro re­cu­pe­ra­ron el Lo­zano y, lue­go, cons­tru­ye­ron uno de hie­rro. Fue allí en As­tu­rias don­de se lle­vó el ma­yor sus­to de su vi­da a bor­do: «Una vez, en­tran­do en Avi­lés, pen­sa­mos que nos co­mía el mar. Le di­je a mi hi­jo: ‘Có­ge­te el sal­va­vi­das y nos subimos a los pa­los del bar­co, que aquí so­lo la Vir­gen nos pue­de sal­var’. Y cuan­do ya es­tá­ba­mos arri­ba, re­cé, se cal­mó al­go la co­sa y pu­di­mos ir ha­cia Gi­jón», re­cuer­da en­tre lá­gri­mas.

No obs­tan­te, pe­se a to­do lo vi­vi­do, di­ce or­gu­llo­sa: «Me gus­ta­ría te­ner de nue­vo 40 años pa­ra po­der vol­ver a fae­nar en el mar. Na­cí por y pa­ra es­to». Aho­ra, plas­ma to­do lo vi­vi­do a bor­do en poe­sías: «Las co­sas, so­bre to­do ma­las, me que­da­ron en la men­te y me sa­le es­cri­bir­las», di­ce. De nue­vo, na­die le en­se­ñó. Le sa­le «de den­tro», cuen­ta. Su pie­za más des­ta­ca­da es Ho­me­na­je a los vo­lun­ta­rios del Pres­ti­ge, un desas­tre na­tu­ral por el que llo­ró a ma­res.

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