Mar­ti­ño ri­ma con ri­qui­ño

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ALE­XAN­DRA MA­ZA / S.F.

Em­pe­zó de­lan­te de la cá­ma­ra en la se­rie «Ma­reas vi­vas» y cre­ció en «Ma­ri­dos e mu­lle­res». Pe­ro dio el sal­to al pa­no­ra­ma na­cio­nal en «El in­ter­na­do». Nun­ca tu­vo un plan B, ac­tuar es su vi­da y aho­ra lle­ga su mo­men­to, en el estreno de la ter­ce­ra tem­po­ra­da de «Las chi­cas del ca­ble»

Mar­ti­ñoRi­vas (Vi­mian­zo, A Co­ru­ña, 1985) lo va­le to­do. Más ma­jo que las pe­se­tas y muy fa­mi­liar, tie­ne cla­ro pa­ra quién es la pri­me­ra lla­ma­da si hay una no­ve­dad que con­tar: «Si me dan un papel lla­mo a mi ma­dre», con­fie­sa.

—Cuan­do le di­jis­te a tu fa­mi­lia que que­rías ser ac­tor, ¿te apo­ya­ron o se echa­ron las ma­nos a la ca­be­za?

—No, no creo que nun­ca hu­bie­ran si­do rea­cios a ese ca­mino. En reali­dad nun­ca se pro­du­jo una con­ver­sa­ción de ese ti­po. Em­pe­cé en Ma­reas

vi­vas cuan­do te­nía 13 años, fui a un cás­ting abier­to que se ce­le­bra­ba en Ca­ma­ri­ñas y me co­gie­ron. Fue mi pri­me­ra ex­pe­rien­cia así, lue­go fue­ron su­ce­dien­do co­sas de for­ma na­tu­ral, no me tu­ve que pro­nun­ciar al res­pec­to.

—¿Cuá­les son tus me­jo­res recuerdos de cuan­do ro­da­bas «Ma­reas vi­vas»?

—Me reía mu­cho con Luis To­sar, él ha­cía de mi pa­dras­tro, bueno... más bien yo ha­cía de su hi­jas­tro [ri­sas] y él te­nía el papel de se­rio, pe­ro fue­ra de es­ce­na te par­tías de ri­sa con él. De pe­que­ño aso­cias el tra­ba­jo a una car­ga, pe­ro al lle­gar allí me di cuen­ta de que to­da es­ta gen­te apar­te de tra­ba­jar tam­bién se di­ver­tían mu­cho ¡y es­ta­ban muy lo­cos! Yo no sa­bía qué que­ría ha­cer con mi vi­da, pe­ro que­ría ser un po­co lo­co, co­mo ellos.

—¿Y echas de me­nos ese mo­men­to, vi­vir en Ga­li­cia?

—Sí, cla­ro, echo de me­nos a la fa­mi­lia, el cli­ma... La pa­tria de uno es la in­fan­cia, y to­da mi in­fan­cia ha si­do ahí ex­cep­to un año que vi­ví en Du­blín, que ade­mas era muy si­mi­lar a Ga­li­cia. To­do es­tá li­ga­do a mi in­fan­cia. Tam­bién vi­ví en Tui, en Ar­zúa, en Vi­mian­zo... mis me­jo­res recuerdos gi­ran en torno a esos años.

—¿Y por qué cam­bia­bas tan­to de ca­sa?

—Es que mi ma­dre es pro­fe­so­ra de ins­ti­tu­to. En­ton­ces, al em­pe­zar no te­nía un des­tino fi­jo, la iban des­ti­nan­do a dis­tin­tos lu­ga­res de la geo­gra­fía ga­lle­ga. El pri­mer des­tino fi­jo que tu­vo fue Vi­mian­zo, don­de es­tu­vi­mos sie­te años.

—¿En quién te fi­jas a la ho­ra de ac­tuar?

—Me fi­jo en los que es­tán siem­pre en su lu­gar y no se de­jan lle­var por su ego. Me en­can­ta Emi­lio Gu­tié­rrez Caba y otros mu­chos com­pa­ñe­ros con los que he te­ni­do la suer­te de tra­ba­jar, co­mo Luis Zahe­ra, To­sar, Mi­guel de Li­ra... En ver­dad el cul­men de mi ca­rre­ra su­ce­dió cuan­do te­nía tre­ce años [ri­sas]... Des­de en­ton­ces to­do ha ido cues­ta aba­jo.

—¿Có­mo crees que se con­si­gue for­jar un se­llo pro­pio? ¿Tie­nes el tu­yo?

—Creo que to­da­vía es­toy en una fa­se de for­ma­ción. En ca­da pro­yec­to em­pie­zas de ce­ro, te po­nes a prue­ba y yo no­to que no ten­go un mé­to­do. No re­pi­to co­sas en el tiem­po a la ho­ra de ac­tuar. La his­to­ria, el mo­men­to en el que es­tás o con quién tra­ba­jas es lo que te va im­po­nien­do el tra­za­do. Ten­go la sen­sa­ción de que ca­da vez que me lle­ga un papel nue­vo es co­mo un enig­ma a des­en­tra­ñar. Nun­ca pien­so que lo voy a do­mi­nar a la pri­me­ra. Lo que sí es ver­dad es que ca­da vez me sien­to más a gus­to con­mi­go mis­mo, es­toy más cal­ma­do.

—¿Qué tal lle­vas lo de ma­dru­gar pa­ra los ro­da­jes?

—Pues lo que voy lle­van­do me­jor es lo de ir­me a dor­mir a una ho­ra pru­den­te, aun­que cuan­do me sien­to más lú­ci­do es por la no­che... voy apren­dien­do. Cuan­do me sa­lió el tra­ba­jo de Ma­ri­dos e mu­lle­res me lla­ma­ron y me di­je­ron: «Ma­ña­na tie­nes que es­tar aquí a las seis». Y yo, inocen­te de mí, di­je: «¿Pe­ro las seis de la ma­ña­na o de la tar­de?». Y él me di­jo: «¡De la ma­ña­na, cla­ro!», y yo le di­je: «¿Y eso por qué?». Y me di­jo: «¡Por el sol!». Col­gué el te­lé­fono y pen­sé... ¿Por el sol? ¿Pe­ro qué so­mos, gran­je­ros? [ri­sas].

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