Una tra­di­ción por la que no pa­sa el tiem­po

Di­fun­tos y To­dos los San­tos son fes­ti­vi­da­des de gran tra­di­ción en Ga­li­cia

La Voz de Galicia (Vigo) - Especial1 - - Portada - M. V. F. VI­GO

El ini­cio del mes de no­viem­bre es si­nó­ni­mo, se­gún la tra­di­ción cris­tia­na, de días pa­ra el re­cuer­do de las per­so­nas que ya no es­tán. Las fes­ti­vi­da­des de To­dos los San­tos y Fie­les Di­fun­tos se so­la­pan en el tiem­po al ce­le­brar­se exac­ta­men­te una a con­ti­nua­ción de la otra, por lo que en oca­sio­nes exis­te cier­ta con­fu­sión al­re­de­dor de la fe­cha exac­ta y el sig­ni­fi­ca­do de ca­da una de ellas.

Aun­que el día 1 de no­viem­bre es fes­ti­vo y mu­cha gen­te apro­ve­cha esa cir­cuns­tan­cia pa­ra ade­lan­tar la vi­si­ta al ce­men­te­rio, en reali­dad ese día es­tá se­ña­la­do co­mo el de To­dos los San­tos. Se ins­tau­ró con el ob­je­ti­vo de ren­dir ho­me­na­je a las per­so­nas anó­ni­mas que lle­ga­ron a ser san­ti­fi­ca­das, pe­ro tam­bién a to­das aque­llas que fa­lle­cie­ron en paz con Dios sin lle­gar a te­ner ese re­co­no­ci­mien­to ofi­cial. La Igle­sia lo en­tien­de co­mo una ce­le­bra­ción pa­ra re­cor­dar a los fie­les que to­dos es­tán lla­ma­dos a la san­ti­dad y pa­ra com­pen­sar cual­quier au­sen­cia que se pu­die­ra dar en el san­to­ral du­ran­te el año.

Aun­que las dos fies­tas es­tán es­tre­cha­men­te li­ga­das, la ra­zón de ser del 2 de no­viem­bre, siem­pre se­gún la tra­di­ción cris­tia­na, sí que se cen­tra ya en el ho­me­na­je a to­das las per­so­nas que han fi­na­li­za­do su vi­da te­rre­nal. La idea es la ora­ción por las al- mas de quie­nes han fa­lle­ci­do, y ade­más es cos­tum­bre acu­dir a los ce­men­te­rios y apro­ve­char pa­ra lle­var flo­res y lim­piar los se­pul­cros, al­go que es muy co­mún ha­cer en reali­dad el día 1. Se par­te de la doc­tri­na de que las al­mas que no es­tán lim­pias en el mo­men­to de la muer­te per­ma­ne­cen en el pur­ga­to­rio y se les pue­de ayu­dar con las ora­cio­nes, la li­mos­na y el sa­cri­fi­cio de la mi­sa.

Otra de las tra­di­cio­nes de es­tas fe­chas es pre­ci­sa­men­te asis­tir a las eu­ca­ris­tías en me­mo­ria de los di­fun­tos. Se ce­le­bra una ce­re­mo­nia es­pe­cí­fi­ca, el Ofi­cio de los Di­fun­tos, y to­das las mi­sas que se ofi­cian son de ré­quiem —aque­llas que se ce­le­bran en me­mo­ria de las per­so­nas fa­lle­ci­das, pe­ro sin que los cuer­pos es­tén pre­sen­tes—. Es un re­qui­si­to fun­da­men­tal que no cai­ga en do­min­go, día de la se­ma­na en que no es­tán per­mi­ti­das es­tas mi­sas.

La fes­ti­vi­dad de­di­ca­da a los di­fun­tos se ce­le­bra co­mo tal por la Igle­sia ca­tó­li­ca des­de el siglo XIV, si bien sus orí­ge­nes es­tán mu­cho más le­ja­nos en el tiem­po. Fue cla­ve la fi­gu­ra del mon­je be­ne­dic­tino Odi­lo —tam­bién co­no­ci­do co­mo Odi­lón—, quin­to abad de Cluny que fue pio­ne­ro en la pro­mo­ción de la ora­ción por las al­mas de los di­fun­tos en su con­gre­ga­ción. No se ha de­ter­mi­na­do la fe­cha exac­ta en que co­men­zó a ha­cer­se, con fuen­tes que apun­tan al año 998 y otras que lo re­tra­san has­ta el 1030.

La bue­na acep­ta­ción de la ini­cia­ti­va lle­gó a que otras ór­de­nes la imi­ta­ran y la ins­tau­ra­ran tam­bién, lo que con­du­jo a su ex­pan­sión. Si­guie­ron en pri­mer lu­gar a los be­ne­dic­ti­nos los car­tu­jos, y más ade­lan­te se su­ma­rían las dió­ce­sis de Lie­ja y Mi­lán. Ya en el siglo XVI se­ría adop­ta­da por Ro­ma, el im­pul­so de­fi­ni­ti­vo pa­ra que aca­ba­ra por con­ver­tir­se en una cos­tum­bre mun­dial.

Tam­bién hay que te­ner en cuen­ta que, más allá del es­ta­ble­ci­mien­to de una fe­cha con­cre­ta, el re­zo por los muer­tos es una cos­tum­bre que se ha da­do en la Igle­sia des­de tiem­po in­me­mo­rial. En ese sen­ti­do, los an­te­ce­den­tes son los co­no­ci­dos co­mo psal­mi, de­di­ca­dos a los di­fun­tos de la aris­to­cra­cia y que se ce­le­bra­ban a cam­bio de do­na­cio­nes. No eran ac­ce­si­bles pa­ra cual­quier bol­si­llo, por lo que se bus­có la ma­ne­ra de de­mo­cra­ti­zar ese há­bi­to.

Sa­maín

De un tiem­po a es­ta par­te, en Ga­li­cia se ha re­cu­pe­ra­do tam­bién una tra­di­ción pro­pia si­mi­lar al Halloween ame­ri­cano, de ori­gen an­te­rior pe­ro que sal­vo en si­tios muy concretos se ha­bía per­di­do. Se tra­ta del Sa­maín, fes­ti­vi­dad de ori­gen cel­ta ce­le­bra­da en la no­che del 31 de oc­tu­bre. En los úl­ti­mos años ha ga­na­do te­rreno en mu­chos co­le­gios ga­lle­gos, pa­san­do a ser una ce­le­bra­ción es­co­lar más.

FO­TOS M. MORALEJO

El ho­me­na­je a las per­so­nas fa­lle­ci­das es una tra­di­ción cris­tia­na con mu­chos años de an­ti­güe­dad a sus es­pal­das.

Aun­que el de Di­fun­tos es el día 2, mu­chos vi­si­tan los ce­men­te­rios el 1 de no­viem­bre.

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