CON­SUE­LO FE­RREI­RO, DOC­TO­RA EN DE­RE­CHO Y SE­CRE­TA­RIA DE LA USC

Co­mo doc­to­ra en De­re­cho y pro­fe­so­ra de De­re­cho del Tra­ba­jo pu­do in­ves­ti­gar en un cam­po, el de las re­la­cio­nes la­bo­ra­les, has­ta ha­ce po­co ve­ta­do a las mu­je­res. Eso, y ser pro­fe­so­ra vi­si­tan­te en uni­ver­si­da­des co­mo la de Nan­te­rre —la del Ma­yo del 68 fran­cés—

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - PORTADA - Susana Lua­ña

«Ten­drá que ha­ber una mu­jer rec­to­ra en la USC, pe­ro pa­ra eso te­ne­mos que es­tar muy uni­das»

Na­ció en Pon­te­ve­dra, en el año 1967, pe­ro a los 16 años se fue pa­ra San­tia­go, y a los dos lu­ga­res y a las per­so­nas que co­no­ció en ellos les agra­de­ce lo mu­cho que le apor­ta­ron. Con­sue­lo Fe­rrei­ro es­tu­dió De­re­cho en la USC, don­de se doc­to­ró y se es­pe­cia­li­zó en De­re­cho del Tra­ba­jo. «Tu­ve la suer­te de po­der es­tu­diar un te­ma ve­ta­do has­ta en­ton­ces pa­ra las mu­je­res co­mo fue la ne­go­cia­ción co­lec­ti­va». Y a ese cam­po de­di­có su vi­da aca­dé­mi­ca y pro­fe­sio­nal.

—Es us­ted pro­fe­so­ra vi­si­tan­te en va­rias uni­ver­si­da­des fran­ce­sas. ¿Có­mo le sur­gió esa opor­tu­ni­dad?

—Mi lí­nea de in­ves­ti­ga­ción so­bre ne­go­cia­ción co­lec­ti­va me lle­vó a co­la­bo­rar en la ela­bo­ra­ción de un li­bro con el Con­se­jo Ge­ne­ral del Po­der Ju­di­cial. Fue el pri­mer gru­po for­ma­do so­lo por mu­je­res, ma­gis­tra­das y ti­tu­la­das en De­re­cho por ini­cia­ti­va de Ma­ri­luz Fer­nán­dez Ro­drí­guez. Eso fue en el año 2007 y a raíz de ese tra­ba­jo hi­ce una es­tan­cia de in­ves­ti­ga­ción en La Sor­bo­na. Em­pe­cé a tra­ba­jar con la pro­ble­má­ti­ca de los fal­sos au­tó­no­mos, por­que ha­bía una lí­nea gris en­tre asa­la­ria­dos y au­tó­no­mos; es de­cir, lo que lue­go se lla­mó tra­ba­ja­do­res au­tó­no­mos eco­nó­mi­ca­men­te de­pen­dien­tes. Em­pe­cé en La Sor­bo­na y lue­go en Nor­man­día, don­de soy pro­fe­so­ra vi­si­tan­te. Ese tra­ba­jo me lle­vó de nue­vo al CGPJ pa­ra ha­cer otro pro­yec­to y un li­bro so­bre el tra­ba­jo au­tó­no­mo. Re­cien­te­men­te tu­ve un gol­pe de suer­te a raíz de las re­for­mas adop­ta­das en Francia en ma­te­ria la­bo­ral, que mu­chas de ellas son una co­pia de lo que se hi­zo aquí, por­que nos han imi­ta­do. Hu­bo una ini­cia­ti­va muy cu­rio­sa en la Uni­ver­si­dad Pa­rís-Nan­te­rre, la de Ma­yo del 68, que se creó pa­ra en­viar allí, fue­ra de Pa­rís, a to­dos los lo­cos. A los lo­cos que va­lían, cla­ro. Pues bien, se hi­zo un gru­po de tra­ba­jo y par­ti­ci­pé en la ela­bo­ra­ción de lo que se lla­ma el con­tra­có­di­go del de­re­cho de tra­ba­jo, con to­do su ar­ti­cu­la­do, co­mo un texto pa­ra­le­lo al có­di­go que pu­bli­có el Go­bierno de Ma­cron. Fue muy in­tere­san­te.

—¿Por qué un con­tra­có­di­go?

—Por­que lo que es­tá pa­san­do es que el de­re­cho de tra­ba­jo se es­tá es­cin­dien­do del de­re­cho ci­vil, por­que en el con­tra­to de tra­ba­jo hay una par­te dé­bil que es el tra­ba­ja­dor, mien­tras que el de­re­cho ci­vil tra­ta por igual a las dos par­tes del con­tra­to. Se es­tá pro­du­cien­do en la Unión Eu­ro­pea una re­trac­ción en la pro­tec­ción y el re­sul­ta­do es que te­ne­mos asa­la­ria­dos con con­di­cio­nes de tra­ba­jo pau­pé­rri­mas, has­ta el pun­to de apa­re­cer una nue­va cla­se que es el asa­la­ria­do po­bre. Las nor­mas del de­re­cho de tra­ba­jo se han con­ver­ti­do en un ins­tru­men­to más de la com­pe­ti­ti­vi­dad en la eco­no­mía. Y a no­so­tros, a un gru­po de la­bo­ra­lis­tas, nos da la sen­sa­ción de que la esen­cia pa­ra la que na­ció el de­re­cho de tra­ba­jo se es­tá per­dien­do.

—Pe­ro lo de­jó to­do pa­ra ha­cer­se car­go de la se­cre­ta­ría de la USC.

—Me lle­gó la in­vi­ta­ción del rec­tor, Juan Via­ño. Me lo pen­sé mu­cho, por­que pro­ce­do de una fa­cul­tad a la que ado­ro y es­te car­go es in­com­pa­ti­ble con la do­cen­cia. Pe­ro na­die me obli­gó, es un ser­vi­cio pú­bli­co y siem­pre es­tu­ve or­gu­llo­sa de mi per­te­nen­cia a la uni­ver­si­dad. Me lo dio to­do y te­nía que de­vol­ver­le al­go.

—Pron­to va a ha­ber elec­cio­nes. ¿Us­ted es­tá dis­pues­ta a re­pe­tir?

—Es­to le co­rres­pon­de a una per­so­na du­ran­te una épo­ca con­cre­ta de su vi­da, por­que no se pue­de vi­vir así de for­ma per­ma­nen­te. Es una de­di­ca­ción ca­si mo­na­cal. Es lo que pue­do de­cir de mo­men­to... [Son­ríe mis­te­rio­sa]. Coor­di­na el área más vas­ta de la Uni­ver­si­da­de de San­tia­go, que en­glo­ba los pro­ce­sos elec­to­ra­les, la pro­gra­ma­ción de los con­se­jos de go­bierno y los claus­tros, ade­más de los tí­tu­los, ac­tas y cer­ti­fi­ca­cio­nes de 27.000 alum­nos. A ma­yo­res, es­tá el se­cre­ta­rio ge­ne­ral ad­jun­to, que se en­car­ga de la se­de elec­tró­ni­ca. Las ma­trí­cu­las, la ase­so­ría ju­rí­di­ca, el re­gis­tro, la ofi­ci­na de re­cla­ma­cio­nes...

—¿Có­mo pue­de con to­do?

—¿No ves es­ta me­sa lle­na de pa­pe­les? Es así to­dos los días, fir­mo unos dos­cien­tos do­cu­men­tos dia­rios.

—Pe­ro es­tá en mar­cha la ad­mi­nis­tra­ción elec­tró­ni­ca. Al­go ali­via­rá, ¿no?

—Des­gra­cia­da­men­te la bu­ro­cra­cia no de­ja de exis­tir, des­apa­re­ce el pa­pel pe­ro no los trá­mi­tes. Es­ta­mos en un mun­do bu­ro­cra­ti­za­do y muy rí­gi­do, aun­que es ver­dad que la ri­gi­dez tam­bién va aso­cia­da a las ga­ran­tías.

—¿El plan de igual­dad es un do­cu­men­to más o real­men­te fun­cio­na?

—La Uni­ver­si­da­de de San­tia­go tie­ne un área de igual­dad que se creó an­tes de que fue­se obli­ga­to­ria y se hi­zo uno de los pla­nes de igual­dad más in­no­va­do­res. Creo que pa­ra el em­plea­do pú­bli­co la igual­dad for­ma par­te de la nor­ma­li­dad, pe­ro la uni­ver­si­dad es una es­truc­tu­ra y arras­tra há­bi­tos y ca­ren­cias, y la pro­mo­ción de la mu­jer tie­ne la­gu­nas en la USC. Se ve en có­mo evo­lu­cio­nan las ca­rre­ras, que re­cuer­da a có­mo fun­cio­na­ban los gre­mios, don­de ha­bía un maes­tro y un apren­diz. Pues bien, una te­sis tie­ne que ser di­ri­gi­da y el di­rec­tor es una pie­za cla­ve. Y aquí to­da­vía hay pro­fe­so­res que son fru­to de su épo­ca.

—¿No me­re­ce la USC una mu­jer rec­to­ra?

—Ten­drá que ha­ber­la, pe­ro pa­ra eso te­ne­mos que es­tar muy uni­das. Te­ne­mos que ser in­te­li­gen­tes, por­que cuan­do sa­lió rec­tor Juan Ca­sa­res se pre­sen­ta­ron tres mu­je­res y cla­ro, no sa­lió nin­gu­na. Co­mo te­ne­mos di­fi­cul­ta­des pa­ra al­can­zar las re­glas de jue­go hay que ser bue­nas estrategas. La mu­jer no pue­de per­mi­tir­se el lu­jo de di­vi­dir su vo­to. Creo que a ve­ces nos fal­ta uni­dad.

—Le apa­sio­na su pro­fe­sión, ¿ver­dad?

—Lo mío es vo­ca­cio­nal, no hay na­da más her­mo­so que trans­mi­tir lo que sa­bes y que los alum­nos lo mul­ti­pli­quen. Es co­mo una sa­via nue­va ca­da día.

| XOÁN A. SO­LER

Che­lo Fe­rrei­ro es­tá a pun­to de ce­rrar un ci­clo de cua­tro años que ca­li­fi­ca co­mo de «tra­ba­jo mo­na­cal».

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