LOS BA­RES ECHAN RAÍ­CES

LOS NUE­VOS LO­CA­LES APUES­TAN POR EL ÁR­BOL DEN­TRO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MA­RÍA VIDAL, CAR­LOS CRES­PO Y MA­RÍA GA­RRI­DO

Lo­de sen­tar­se a la som­bra de los pi­nos es más vie­jo que el te­beo. Cuán­tas ve­ces no he­mos bus­ca­do co­bi­jo de­ba­jo de las ra­mas pa­ra no chu­rrus­car­nos, aun­que hay que de­cir que a los ga­lle­gos no nos ha pa­sa­do mu­chas ve­ces. Pe­ro in­clu­so des­de la más ab­so­lu­ta os­cu­ri­dad, los ár­bo­les tam­bién con­si­guen atraer nues­tra aten­ción. Fí­jen­se si no en los de es­tos lo­ca­les, que han si­do ca­pa­ces de lla­mar la aten­ción de los vian­dan­tes y obli­gar­los a ha­cer una pa­ra­da pa­ra ver qué aflo­ra en el in­te­rior.

UN BOS­QUE UR­BANO

Quién nos di­ría a los co­ru­ñe­ses ha­ce unos me­ses que en ple­na ca­lle de la Ga­le­ra iba a cre­cer una car­ba­llei­ra, ca­si ca­si co­mo la de Zas. La idea, ex­pli­ca Ale­jan­dro Mos­que­ra, el pro­pie­ta­rio, era crear un am­bien­te aco­ge­dor a la vez que re­crear una car­ba­llei­ra. «Un en­torno li­bre, don­de sen­tar­se con una per­so­na a to­mar al­go tran­qui­la­men­te, bueno, sin­tién­do­se co­bi­ja­do por los ár­bo­les», ex­pli­ca Ale­jan­dro. La idea no le ca­yó de un guin­do, unos jar­di­nes verticales que vio por In­ter­net atra­je­ron su cu­rio­si­dad y sem­bra­ron la idea, que bro­tó po­co des­pués. Cin­co ro­bles he­chos con cor­te­zas na­tu­ra­les, con ra­mas di­se­ca­das, y ho­jas de te­la y be­llo­tas sin­té­ti­cas, que des­de lue­go dan el pe­go, em­pe­za­ron a cre­cer en es­ta car­ba­llei­ra ur­ba­na. Eli­gie­ron car­ba­llos por­que, ade­más de ser una es­pe­cie au­tóc­to­na, en­ca­ja con la in­ten­ción de ofre­cer un pro­duc­to en­xe­bre. Lo han con­se­gui­do, por­que en es­te lo­cal no hay te­le­vi­sio­nes, así que de ver el fút­bol ol­ví­den­se. Y el te­ma pi­co­teo tam­bién tie­ne acen­to ga­lle­go. Tos­ta de la­cón con gre­los o de que­so San Si­món con­vi­ven con pla­tos más in­ter­na­cio­na­les co­mo el fa­la­fel o la mu­sa­ka de se­tas. «El am­bien­te es el de una ta­ber­na con cua­tro pin­chos clá­si­cos, pe­ro no, no hay ra­xo, aquí sí que que­ría­mos des­mar­car­nos», ex­pli­ca el due­ño.

To­do lo que se pue­de co­mer es­tá ex­pues­to, que no quie­re de­cir que to­do lo que es­tá ex­pues­to se pue­de co­mer. Ni las me­sas, ni las si­llas, y por su­pues­to ni el ár­bol, por si hay al­gún ve­gano en la sa­la. No hay car­ta (por­que no les in­tere­sa), así que los pin­chos van sa­lien­do en fun­ción de la co­ci­na. Sa­len cons­tan­te­men­te, por

lo que so­bra de­cir que se ha­cen en el mo­men­to. Hay unas 25 es­pe­cia­li­da­des di­fe­ren­tes, sin em­bar­go se­gu­ra­men­te hoy no te en­cuen­tres los mis­mos que ma­ña­na. Van ro­tan­do, pe­ro siem­pre hay es­pa­cio pa­ra los fi­jos, pa­ra esos que siem­pre re­cla­ma el pú­bli­co, co­mo el pollo con ki­kos con sal­sa de que­so San Si­món, lu­ra re­bo­za­da con sal­sa de chi­li dul­ce o que­so ca­mem­bert con mer­me­la­da de fru­tas del bos­que. Son los bu­ques in­sig­nia y ac­túan to­dos los días de mar­tes a do­min­go, a no ser que se que­den sin ma­te­rial. «Otro de los que vue­la cuan­do apo­ya­mos la ban­de­ja en la vi­tri­na, qui­zás por su vis­to­si­dad es el pan bao con car­ne agu­ja y sal­sa bar­ba­coa», aña­de.

La co­mi­da nos en­tra por los ojos, pe­ro la flo­ra tam­bién. «Sin du­da, el ár­bol es el atrac­ti­vo del lo­cal. La gen­te se pa­ra en la puer­ta, si los mi­ras los in­ti­mi­das y ya no en­tran, pe­ro si los de­jas a su ai­re en­tran a echar un vis­ta­zo», cuen­ta Ale­jan­dro, que con­fie­sa que ca­si to­dos los ni­ños pre­gun­tan si son de ver­dad.

UN LOU­REI­RO EN OS AR­COS

Fi­so­no­mía y al­ma de ta­ber­na de ver­dad tie­ne la bo­de­ga Os Ar­cos, en Vilagarcía. Es de esas que pro­pi­cian la con­fluen­cia in­ter­ge­ne­ra­cio­nal y el diá­lo­go en torno a un ba­rril de vino. Por­que en Os Ar­cos no hay me­sas ni si­llas. So­lo ba­rri­cas y ta­bu­re­tes de ma­de­ra. Y pre­ci­sa­men­te en uno de esos ba­rri­les, en el que ocu­pa el es­pa­cio cen­tral de re­co­gi­do pa­tio in­te­rior del lo­cal, cre­ce ufano des­de ha­ce 12 años un lou­rei­ro. Po­drían qui­tar­lo, des­de lue­go, y ga­nar si­tio pa­ra otra do­ce­na de clien­tes. Pe­ro en Os Ar­cos el beneplácito del per­so­nal se con­vier­te pri­me­ro en ob­je­to de res­pe­to y des­pués en ina­mo­vi­ble tra­di­ción. Y el lou­rei­ro lo tu­vo des­de siem­pre. Así que sa­gra­do es.

Pe­ro con ser hoy el ár­bol más vi­si­ble de Os Ar­cos no fue el pri­me­ro. An­tes que el lou­rei­ro aso­ma­ron una pa­re­ja de al­ti­vos pla­ta­ne­ros que con in­ve­ro­sí­mil ra­pi­dez al­za­ron sus enor­mes ho­jas por en­ci­ma in­clu­so de los mu­ros de gra­ni­to que cer­can el pa­tio, do­tan­do al es­pa­cio de un exo­tis­mo que ja­más pre­ten­dió. Tal fue la adap­ta­ción de los pla­ta­ne­ros a aquel rin­cón que, pa­ra re­go­ci­jo y sor­na del per­so­nal, no tar­da­ron en aso­mar los pri­me­ros ra­ci­mos de unos di­mi­nu­tos pla­ta­ni­tos. Otra do­sis ex­tra de in­vo­lun­ta­rio exo­tis­mo en­xe­bre. Y a me­di­da que uno se apa­ga­ba na­cía otro. Y otro más. Y así ha ve­ni­do sien­do has­ta hoy mis­mo, en que unas pe­que­ñas ra­mas bro­tan ya en el des­ven­ci­ja­do ba­rril ba­jo la som­bra

de los úl­ti­mos res­tos del ejem­plar an­te­rior. Na­die sa­be por qué en Os Ar­cos se plan­tó el lou­rei­ro. En O Sal­nés tra­di­cio­nal­men­te se co­lo­ca­ba una ra­ma de es­te ár­bol en las ca­sas de al­dea pa­ra se­ña­li­zar la exis­ten­cia de un fu­ran­cho. Y, ya di­go, Os Ar­cos tie­ne es­pí­ri­tu de ta­ber­na. Así que, qui­zá, en lu­gar de la ra­ma se op­tó por co­lo­car el ár­bol en­te­ro.

Lo cier­to es que, más allá de la cues­tión de­co­ra­ti­va, en de­ter­mi­na­das épo­cas del año el lou­rei­ro im­preg­na de una fres­cu­ra y un aro­ma muy es­pe­cial el pa­tio del lo­cal. Cues­tión que no es des­apro­ve­cha­da por la clien­te­la. «Hai xen­te que me pi­de per­mi­so e co­lle un­has pó­las pa­ra co­cer o ma­ris­co», con­fie­sa Pa­tri­cia Fariña, pro­pie­ta­ria de la bo­de­ga.

«Ago­ra imos ter que po­da­lo un chis­co por arri­ba por­que xa nos to­ca no tol­do», apun­ta Pa­tri­cia. Pe­ro se­rá un lif­ting na­da más. El lou­rei­ro que, ca­si sin que­rer, co­mo tan­tas y tan­tas de las co­sas que lle­gan y se que­dan en Os Ar­cos, un buen día plan­tó su pa­dre, Isi­dro, se­gui­rá tan vi­vo co­mo su re­cuer­do. Tan pre­sen­te co­mo su me­mo­ria.

RO­BLES DEL XIX

Los ro­bles ya es­ta­ban allí cuan­do se ideó la sin­gu­lar cons­truc­ción de la ca­fe­te­ría Fe­rra­du­ra. De he­cho, lle­van cre­cien­do des­de fi­na­les del si­glo XIX en la Ala­me­da, ob­ser­van­do el cas­co his­tó­ri­co y sien­do tes­ti­gos pri­vi­le­gia­dos de la postal más tí­pi­ca de San­tia­go. Es­te es­pa­cio sus­ti­tu­ye a las clá­si­cas chu­rre­rías de la zo­na, que ha­bían per­di­do sus usos ha­ce años. El em­pre­sa­rio le en­car­gó el pro­yec­to al ar­qui­tec­to Cé­sar Coll, que le pre­sen­tó una gran ca­ja de cris­tal pro­te­gi­da por una irre­gu­lar es­truc­tu­ra me­tá­li­ca que pa­re­ce que es­tá suspendida en el ai­re. La sor­pre­sa del pro­mo­tor fue no­ta­ble cuan­do com­pro­bó que tres de los ár­bo­les que en teo­ría se ve­rían afec­ta­dos y que es­ta­ban abo­ca­dos a la des­apa­ri­ción se­guían en su lu­gar y que su tron­co atra­ve­sa­ba el lo­cal, de­jan­do las co­pas va­rios me­tros por en­ci­ma. «Es un tra­ba­jo ar­qui­tec­tó­ni­co y de de­co­ra­ción bien pen­sa­do», ase­gu­ra Al­vi­te, que se me­tió de ca­be­za con una apues­ta rompe­dora que pa­sa­ría des­aper­ci­bi­da en cual­quier ciu­dad mo­der­na, pe­ro que es una so­lu­ción ex­tra­or­di­na­ria en Com­pos­te­la, don­de cual­quier ma­te­rial que no ten­ga que ver con la pie­dra ten­sa a la opi­nión pú­bli­ca. Téc­ni­ca­men­te tu­vo su mi­ga, y la so­lu­ción la en­con­tra­ron con unos neo­pre­nos que abra­zan el tron­co sin ejer­cer una pre­sión ex­ce­si­va. So­lo uno de los tres ár­bo­les in­te­gra­dos dio al­gún pro­ble­ma, pe­ro ya es­tá re­suel­to. «El sis­te­ma fun­cio­nó per­fec­ta­men­te», y de he­cho en es­tos pri­me­ros días de ca­lor em­pe­za­ron a bro­tar ho­jas en el in­te­rior y en el ex­te­rior al mis­mo tiem­po.

En po­cos lo­ca­les de hos­te­le­ría in­flu­ye tan­to la es­ta­ción del año co­mo en es­te. En in­vierno, el en­torno se des­nu­da de ho­jas y de­ja pa­sar la luz en los días más cor­tos y os­cu­ros del año; en pri­ma­ve­ra y ve­rano, una per­sia­na na­tu­ral pro­te­ge de los ra­yos del sol, in­clu­so en la te­rra­za, en la que hay otro ro­ble plan­ta­do.

El agua, que po­día co­lar­se por el tron­co, la hu­me­dad o las en­fer­me­da­des pro­pias del ár­bol fue­ron las ma­yo­res preo-

cu­pa­cio­nes pre­vias y de los pri­me­ros me­ses, pe­ro el lo­cal va a cum­plir cua­tro años y na­da de eso ha ocu­rri­do, «por­que los cui­da­mos mu­cho». Y es cier­to, se ven ro­bus­tos y vi­go­ro­sos has­ta el pun­to de que dan la sen­sa­ción de que los hue­cos ha­bi­li­ta­dos se les van a que­dar pe­que­ños en cual­quier mo­men­to. Pe­ro es­tá to­do cal­cu­la­do. «El cre­ci­mien­to de es­ta es­pe­cie es len­to, y co­mo muy pron­to, ha­bría que ac­tuar den­tro de cua­ren­ta o cin­cuen­ta años». El pro­pio due­ño no tie­ne la me­nor du­da de que los tres car­ba­llos van a so­bre­vi­vir a la ca­fe­te­ría.

RIE­GO CON HIE­LO

Pa­ra se­guir por las «co­pas» de los ár­bo­les, tie­nes uno de ver­dad en Alfredo Vi­cen­ti. Es más (y no creas que es­to es ir­se por las ra­mas), me atre­vo a de­cir que el oli­vo que pre­si­de la sa­la tie­ne más años que la ma­yo­ría de los clien­tes de es­te lo­cal. «Son mu­chos los que en­tran a to­car si es ver­dad, es el gran­dí­si­mo re­cla­mo del lo­cal», di­ce Pa­blo Ga­go, el en­car­ga­do. Es un se­ñor ár­bol, no por la al­tu­ra por­que es­tá tal y co­mo vino de Jaén, sino por­que vi­ve a cuer­po de rey. Los fo­cos si­mu­lan luz na­tu­ral, lo fu­mi­gan y lo rie­gan con hie­lo ca­da dos días «pa­ra que no su­fra la di­fe­ren­cia de pa­sar de ex­te­rior a in­te­rior», ma­ti­za.

El Oli­vo de A Co­ru­ña, que lle­va so­la­men­te un año y me­dio abier­to, bus­ca ser la re­fe­ren­cia pa­ra to­mar la pri­me­ra co­pa en una zo­na de mu­chos res­tau­ran­tes. «Te­ne­mos un ser­vi­cio per­so­na­li­za­do de be­bi­das des­ti­la­das y to­dos los cóc­te­les son de ela­bo­ra­ción pro­pia», ex­pli­ca Pa­blo, uno de los dos coc­te­le­ros.

La idea de plan­tar el oli­vo le vino a uno de los pro­pie­ta­rios du­ran­te una ce­na en el Bully. Sin de­jar pa­sar la ins­pi­ra­ción pi­dió el ar­bo­li­to a An­da­lu­cía, y una vez cre­ci­di­to lo plan­ta­ron en A Co­ru­ña. «Ya no cre­ce más de co­mo es­tá aho­ra. De An­da­lu­cía lo cui­dan has­ta un de­ter­mi­na­do ta­ma­ño en un vo­lu­men de­ter­mi­na­do de tie­rra, y a par­tir de ahí pue­de au­men­tar al­go de grue­so pe­ro no de al­to». A juz­gar por la di­rec­ción que ha to­ma­do úl­ti­ma­men­te (len­ta­men­te se ha re­tor­ci­do ha­cia la puer­ta) igual pien­sa en cam­biar de coor­de­na­das. Aun­que es­tos lo­ca­les po­co tie­nen que en­vi­diar al bos­que ani­ma­do... Ob­ser­ven la mar­cha que tie­ne es­te ar­bo­li­to, que a sus 86 no es­tá na­da ve­ge­tal.

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