Es­tos lo­ca­les lle­nan la ca­lle

AQUÍ EL AM­BIEN­TE ES­TÁ FUE­RA Es­ta vez no en­tra­mos, sino que nos que­da­mos a las puer­tas de esos lo­ca­les que co­pan la ace­ra. La ba­rra es­tá den­tro, pe­ro su éxi­to es tal que co­mer en la ca­lle y de pie es una tra­di­ción a la que na­die quie­re re­nun­ciar. Allá va­mo

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - LOCALES - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA, MA­RÍA GA­RRI­DO, BE­GO­ÑA R. SOTELINO, CÁN­DI­DA AN­DA­LUZ, TA­NIA TA­BOA­DA

Es­ta ru­ta es di­fe­ren­te. Por una vez no cru­za­mos la puer­ta de los lo­ca­les y de­ci­di­mos que­dar­nos fue­ra, que es don­de ver­da­de­ra­men­te es­tá el am­bien­te. Por­que aquí la gra­cia no es­tá en con­se­guir me­sa, sino en en­con­trar hue­co en la ca­lle y, por su­pues­to, a al­guien co­no­ci­do. Es­tos ba­res tie­nen su pro­pia se­ñal en el ma­pa de la hos­te­le­ría ga­lle­ga. Y apos­ta­mos a que tú tam­bién has es­ta­do fue­ra, al me­nos, de al­guno de ellos.

Em­pe­za­mos por A Coruña. Cuan­do uno se da una vuel­ta por el cen­tro y es­tá acer­cán­do­se a La Bom­bi­lla, ya lo sa­be. La ma­ra­bun­ta se lo anun­cia unos cuan­tos me­tros an­tes de lle­gar, y la es­qui­na del local se con­vier­te en un her­vi­de­ro de gen­te con pla­tos, pin­chos y ca­ñas. Es­te bar em­ble­má­ti­co de 50 me­tros cua­dra­dos tie­ne una co­ci­na de cua­tro —seis si con­ta­mos con la mi­ni­zo­na que que­da ba­jo el ca­ñón de las es­ca­le­ras— ca­paz de sa­car una can­ti­dad de co­mi­da que apa­bu­lla. En con­cre­to, sa­len unos 1.000 pin­chos al día que, en tem­po­ra­da al­ta, lle­gan a los 2.000. Y sí, tam­bién los ha­cen pa­ra lle­var. En es­ta mi­ni­co­ci­na pe­lan se­ma­nal­men­te 700 ki­los de pa­ta­tas que so­bre­pa­san los 1.000 en ve­rano, y ba­ten unas 70 do­ce­nas dia­rias de hue­vos que se con­vier­ten en 150 a na­da que ven­ga el buen tiem­po y que ce­nar en la ca­lle se con­vier­ta en un pe­que­ño gran pla­cer.

Sin ape­nas me­sas —cua­tro den­tro y seis alar­ga­das fue­ra—, es ha­bi­tual ver a la gen­te co­mer de pie al­re­de­dor de La Bom­bi­lla e, in­clu­so, sen­ta­da en por­ta­les o en al­gún que otro bor­di­llo de las in­me­dia­cio­nes cuan­do el es­pa­cio ya no da pa­ra más. Si sa­le el sol o hay al­gún con­cier­to en la zo­na, la co­sa se des­bor­da. El que nun­ca se ve su­pe­ra­do es el equi­po de es­te le­gen­da­rio local, acos­tum­bra­do ya a no pa­rar un se­gun­do. Con se­me­jan­te de­man­da, es­tán más que acos­tum­bra­dos a apro­ve­char el es­pa­cio al má­xi­mo y tie­nen has­ta unas mam­pa­ras con mi­ni­ba­rra aba­ti­ble que ha­cen de su­per­fi­cies de apo­yo.

¿Pe­ro qué tie­ne La Bom­bi­lla pa­ra lle­nar así la ca­lle? «No sé la cla­ve, pe­ro uno de los mo­ti­vos es la zo­na en la que es­tá, por­que que­da de pa­so en­tre el Obe­lis­co y Ma­ría Pi­ta, que es el cen­tro de la ciu­dad. La gen­te si­gue pa­san­do por allí y se en­cuen­tra un local con ta­pas a buen pre­cio que le coin­ci­de de ca­mino y con un ser­vi­cio rá­pi­do», ex­pli­ca Dia­na, su pro­pie­ta­ria, que no pa­sa por al­to otro de­ta­lle im­por­tan­te: «Co­mo sue­les en­con­trar­te allí con al­guien co­no­ci­do, te pa­ras y pi­des en un se­gun­do los pin­chos. Nues­tro pun­to po­dría re­su­mir­se en co­mi­da ba­ra­ta y zo­na de en­cuen­tro». Y es que to­do co­ru­ñés que se pre­cie ha pa­ra­do allí en un mo­men­to u otro. Los ca­ma­re­ros han vis­to pa­sar ge­ne­ra­cio­nes por su ba­rra —«te­ne­mos clien­tes que lle­van igual 50 años y que des­pués dan pa­so a sus hi­jos y a sus nie­tos»—, y ya no ha­ble­mos de los tu­ris­tas y los Eras­mus. «Alu­ci­nan tan­to por el ta­ma­ño de los pin­chos co­mo con el pre­cio. Les en­can­ta», di­ce Dia­na, que nos de­ta­lla que la caña cues­ta 1,80 y los pin­chos es­tán to­dos a 1,10 me­nos los ca­la­ma­res, que tie­nen un pre­cio de 1,20 (eso sí, de pincho no tie­nen na­da por­que te llevas un pla­to con pa­ta­tas y pan). La pro­pie­ta­ria de es­te local abier­to des­de el año 1966 tie­ne cla­ros sus bes­tse­llers: la tor­ti­lla, el cro­que­tón, el fi­le­te y los cho­ri­ci­tos. Por­que Dia­na, al igual que sus an­te­ce­so­res al fren­te del ne­go­cio, ha que­ri­do man­te­ner su esen­cia: «Es un bar cas­ti­zo, con so­le­ra. Si el ne­go­cio fun­cio­na así, ¿pa­ra qué va­mos a cam­biar­lo si a la gen­te le gus­ta?». Y tan­to que le gus­ta.

HIS­TO­RIA EN­TRE CA­ÑAS

El Bo­te­co es uno de esos ba­res que pa­re­ce que lle­van to­da la vi­da dan­do de be­ber en Com­pos­te­la, pe­ro abrió ha­ce so­lo seis años. Es­tá en el co­ra­zón

del Fran­co, la ca­lle de vi­nos por ex­ce­len­cia, y su éxi­to bien pu­die­ra te­ner dos cla­ves: lo ex­pues­to que es­tá al ex­te­rior, con va­rios ven­ta­na­les que man­tie­nen a los clien­tes in­te­gra­dos en el am­bien­te de la ca­lle; y las cu­rio­si­da­des ar­qui­tec­tó­ni­cas de su in­te­rior, don­de se ha de­ja­do a la vis­ta un ar­co del si­glo XV y nue­ve si­los que son an­te­rio­res a la ca­te­dral. «Son mil años de his­to­ria», de­ta­lla José Ma­nuel Ote­ro, ge­ren­te del gru­po hos­te­le­ro que pi­lo­ta es­te exi­to­so local, que cuel­ga a dia­rio el car­tel de com­ple­to en el co­me­dor y en el bar.

CER­VE­ZA Y CACAHUETES

En hos­te­le­ría, la fór­mu­la del éxi­to es, en oca­sio­nes, fru­to de una com­bi­na­ción de fac­to­res im­po­si­ble de con­tro­lar. Lo­ca­les co­mo El Pa­si­llo, en el Cas­co Ve­llo de Vi­go, ha­cen reali­dad es­ta afir­ma­ción por­que la mí­ti­ca cer­ve­ce­ría que des­de su aper­tu­ra en los años 60 pa­só por las ma­nos de cua­tro due­ños, siem­pre ha caí­do en gra­cia. Es de ese ti­po de ba­res en los que la gen­te se en­cuen­tra sin ne­ce­si­dad de que­dar an­tes por­que for­ma par­te de un ri­tual pa­ra mu­chos vi­gue­ses al sa­lir del tra­ba­jo en días la­bo­ra­bles o los fi­nes de se­ma­na, pa­ra la caña an­tes de co­mer. Las ja­rras de cer­ve­za bien ti­ra­da co­rren allí cual río bravo. Sus res­pon­sa­bles cal­cu­lan que des­pa­chan al­re­de­dor de 1.200 ba­rri­les anua­les, lo que los con­vier­te en el ne­go­cio que más con­su­me por me­tro cua­dra­do, ya que no lle­gan a 40 de su­per­fi­cie.

Su am­bien­te fa­mi­liar y dis­ten­di­do es una de las ra­zo­nes del éxi­to de la cer­ve­ce­ría más an­ti­gua de la ciu­dad. Des­de lue­go, por las ta­pas (cacahuetes sin pe­lar y acei­tu­nas) pue­den es­tar se­gu­ros de que lo es. Sin em­bar­go, siem­pre «bo­ta por fó­ra».

LA SE­GUN­DA BA­RRA

El ta­peo ou­ren­sano tie­ne su cen­tro neu­rál­gi­co en el cas­co ve­llo de la ca­pi­tal. Ca­lles co­mo La Paz, Le­pan­to, Vi­ria­to o For­nos y las pla­zas do Fe­rro o Ei­ron­ci­ño dos Ca­ba­lei­ros se lle­nan de co­men­sa­les, so­bre to­do du­ran­te los fi­nes de se­ma­na. Aun­que la ma­yo­ría de los lo­ca­les son am­plios, exis­ten otros en los que lo im­por­tan­te no es tan­to el es­pa­cio que ocu­pan co­mo su ofer­ta gas­tro­nó­mi­ca. Esos de­no­mi­na­dos «tí­pi­cos» pa­ra ta­pear por Ou­ren­se.

Uno de ellos es el Fuen­te­fría, en la ca­lle Vi­ria­to. Aun­que en los úl­ti­mos años ha am­plia­do su ofer­ta en un local que es­tá jus­to en­fren­te, en­trar a par­tir de las nue­ve de la no­che den­tro y po­der de­gus­tar los ca­llos o el la­cón asa­do sin ro­zar­te con el de al la­do es ca­si mi­sión im­po­si­ble. Por eso la ca­lle se ha con­ver­ti­do en la se­gun­da ba­rra. No tie­ne te­rra­za —ya que se en­cuen­tra en una de las ca­lles más es­tre­chas del cas-

co an­ti­guo— pe­ro to­mar al­go al ai­re li­bre, so­bre to­do a par­tir de es­te mes, mien­tras ves el tra­sie­go noc­turno de la ciu­dad no tie­ne pre­cio. Mu­chos, in­clu­so, lo pre­fie­ren.

EN EL CEN­TRO DE LU­GO

Si hay una zo­na en Lu­go en la que la gen­te se reúne de for­ma ha­bi­tual, es­pe­cial­men­te a la ho­ra del ver­mú, de las ca­ñas o en las no­ches de fin de se­ma­na, esa es la Rúa No­va. Se en­cuen­tra en pleno cen­tro his­tó­ri­co de la ciu­dad y con­cen­tra un gran nú­me­ro de ta­ber­nas, ba­res y res­tau­ran­tes pa­ra co­mer, ce­nar, ta­pear, to­mar los vi­nos o ini­ciar una no­che de fies­ta. Jun­to a la pla­za de Campo Cas­ti­llo y pla­za Ma­yor, es la ca­lle que man­tie­ne vi­va a la ciu­dad de la Mu­ra­lla. Gen­te en­tran­do y sa­lien­do de los lo­ca­les, pan­di­llas de ami­gos to­man­do al­go en las me­sas que se en­cuen­tran fue­ra de los es­ta­ble­ci­mien­tos... ha­ce que es­ta ca­lle se pon­ga en nu­me­ro­sas oca­sio­nes a re­ven­tar y ca­mi­nar por ella se con­vier­ta en si­tua­ción com­pli­ca­da.

Uno de los lu­ga­res ele­gi­dos por mu­chos pa­ra pa­sar un ra­to agra­da­ble, des­co­nec­tar y dis­fru­tar de unas ca­ñas, de los vi­nos y de la gas­tro­no­mía lu­cen­se. Con un pie en la ca­lle.

FO­TO: RA­FA MI­LLA­RES

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