ER­NES­TO AL­TE­RIO

«ME GUSTA DES­CU­BRIR CO­SAS DE MÍ QUE NO CO­NO­CÍA»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

Er­nes­to no tie­ne na­da que ver con el vio­len­to po­li­cía al que da vi­da en «La som­bra de la ley», pe­ro to­da­vía me­nos con el Grinch, al que ha pres­ta­do su voz. «Las chi­cas del ca­ble» y «Nar­cos» com­ple­tan sus úl­ti­mos tra­ba­jos, pe­ro él ja­más se con­for­ma: «A ve­ces pien­so: ¿Y si en una de es­tas to­da­vía no me re­signo?».

Asus 48 años, Er­nes­to di­ce que es­tá «más tran­qui­lo, pe­ro tam­bién con más ca­pa­ci­dad de dis­fru­tar de to­do». In­quie­to por na­tu­ra­le­za, no de­ja de en­la­zar pro­yec­tos. El úl­ti­mo, La som­bra de la ley, don­de se con­vier­te en Tí­si­co, un po­li­cía co­rrup­to y des­pia­da­do. «No me pa­rez­co de­ma­sia­do a él, no se cues­tio­na las ór­de­nes», in­di­ca. Él sí se lo cues­tio­na to­do, in­clu­so a sí mis­mo: «Al fi­nal, to­dos so­mos per­fec­tos des­co­no­ci­dos pa­ra no­so­tros mis­mos».

—Te pi­llo en un hue­co, es­tás en pleno ro­da­je otra vez. —Sí, jus­to acabo de ter­mi­nar aho­ra mis­mo un ro­da­je, una pe­lí­cu­la de Car­los The­rón con Te­le­cin­co que se lla­ma Lo de­jo cuan­do quie­ra. Tam­bién he es­ta­do do­blan­do a un per­so­na­je de una pe­lí­cu­la de ani­ma­ción, El Grinch. Y aho­ra es­ta­mos con la pro­mo­ción de La som­bra de la ley.

—Me­nu­do car­tel tie­ne. —Sí, y en­ci­ma con un di­rec­tor co­mo Da­ni de la To­rre, con un pre­ce­den­te tan bueno co­mo El Des­co­no­ci­do. Y es­ta es una pe­lí­cu­la que no se sue­le ver tan­to, por­que no hay tan­tas his­to­rias am­bien­ta­das en esa épo­ca. Es una gran his­to­ria.

—Y con acen­to ga­lle­go. —Cla­ro, y tam­bién tu­ve la suer­te de po­der pa­sar un tiem­po allí. Ade­más de Da­ni y de la pro­duc­to­ra, Va­ca Films, gran par­te del equi­po era ga­lle­go tam­bién.

—Tí­si­co, tu per­so­na­je, es te­rri­ble, ¿no? Un vio­len­to y un co­rrup­to. —Yo dis­fru­té mu­cho con es­te per­so­na­je, creán­do­lo. En­car­na lo te­rri­ble, la vio­len­cia de una épo­ca don­de ser po­li­cía te da­ba unas li­cen­cias muy gran­des pa­ra ha­cer mu­chas co­sas. Él es un ani­mal, y ade­más vi­ve en una épo­ca bas­tan­te co­rrup­ta. —¿Tú por qué te de­ja­rías co­rrom­per? —Yo me co­rrom­po to­dos los días, que­ri­da. Soy muy co­rrup­ti­ble, pe­ro no sé de­cir­te exac­ta­men­te una co­sa... Qui­zás con la co­mi­da, me en­can­ta co­mer. Que cons­te que me sue­lo co­rrom­per con co­sas que más bien me da­ñan a mí, no a los de­más.

—Tí­si­co cum­ple las ór­de­nes sin cues­tio­nár­se­las. Creo que no se pa­re­ce mu­cho a ti. —No, en ab­so­lu­to. Él es un pe­rro eje­cu­tor del per­so­na­je de Re­diú. En ese as­pec­to no, no me pa­rez­co de­ma­sia­do a él. No cues­tio­na las ór­de­nes por­que va a eje­cu­tar­las, pe­ro lo ha­ce de una for­ma vio­len­ta.

—Le pe­gas a to­do, dra­ma, co­me­dia... Lo mis­mo va­les pa­ra un ro­to que pa­ra un des­co­si­do. —Sí, es­toy con­ten­to de có­mo he po­di­do desa­rro­llar­me por el he­cho de po­der ha­cer mu­chas co­sas, de ex­plo­rar nue­vos te­rre­nos cons­tan­te­men­te. No soy de que­dar­me mu­cho tiem­po ha­cien­do lo mis­mo. Tra­ba­jé en una com­pa­ñía de dan­za, aho­ra acabo de ha­cer un ro­da­je de ani­ma­ción...

—Tam­bién apa­re­ces en «Las chi­cas del ca­ble», en «Nar­cos»... es­tás que te sa­les. ¿Se no­ta el sal­to in­ter­na­cio­nal? —Cla­ro, Netflix es una pla­ta­for­ma im­por­tan­te por su ca­pa­ci­dad de lle­gar a mu­chí­si­ma gen­te, a to­do ti­po de es­pec­ta­do­res. Y es guay for­mar par­te de eso.

—Con «Las chi­cas del ca­ble» co­men­tas­te que te en­can­ta for­mar par­te de una his­to­ria cen­tra­da en las mu­je­res. —Sí, y más con un te­ma co­mo es­te que es­tá a la or­den del día, aun­que en ese mo­men­to las mu­je­res lo te­nían mu­cho más di­fí­cil. Es ne­ce­sa­rio que se ha­ble de él. Aun­que no es la pri­me­ra vez que par­ti­ci­po en un pro­yec­to que tra­ta es­ta te­má­ti­ca, ya lo hi­ce con un mon­ta­je en el tea­tro con Ai­ta­na Sán­chez-Gi­jón, Tro­ya­nas. Ya des­de en­ton­ces se lle­va ha­blan­do de ello.

—¿Y qué tal do­blan­do al cas­ca­rra­bias del Grinch?

—Ha si­do una ex­pe­rien­cia muy di­ver­ti­da, in­creí­ble, por­que se tra­ta de tra­ba­jar con el úni­co ins­tru­men­to de la voz, de me­jo­rar la ca­pa­ci­dad ex­pre­si­va que tie­nes y con la téc­ni­ca del do­bla­je. Ade­más, po­der tra­ba­jar con Universal y con Ilu­mi­na­tion es fan­tás­ti­co.

—¿Con quién te gus­ta­ría tra­ba­jar?

—Uff... ¿Con Mar­ce­llo Mas­troian­ni? ¿Mu­rió? No, es bro­ma, ja,ja. Es que es muy di­fí­cil res­pon­der a eso... [se que­da pen­san­do]. No te po­dría de­cir una per­so­na, la ver­dad. —Eso es bueno, se­ñal de que no tie­nes de­ma­sia­das es­pi­nas. —Así co­mo es­pi­ni­tas, no. La ver­dad es que me gus­ta­ría tra­ba­jar con la gen­te con la que ya he tra­ba­ja­do. —Tam­bién pin­tas, no te da mie­do ha­cer co­sas di­fe­ren­tes. —Es que soy muy in­quie­to, pa­ra mí la va­rie­dad y el ex­plo­rar nue­vos horizontes es fun­da­men­tal. —«Per­fec­tos Des­co­no­ci­dos» fue tu úl­ti­mo es­treno en el ci­ne an­tes de es­te, un pe­tar­da­zo. —Es una pe­lí­cu­la que co­nec­tó mu­chí­si­mo con la gen­te, y fue un mo­men­to pro­pi­cio pa­ra ha­blar de esos te­mas. Ade­más Álex de la Igle­sia es un di­rec­tor im­pre­sio­nan­te, un gran di­rec­tor y mon­ta­dor de his­to­rias. —Des­pués de va­rios años en pa­re­ja o de to­da una vi­da, ¿po­de­mos se­guir sien­do per­fec­tos des­co­no­ci­dos en un ma­tri­mo­nio? —Sí, yo lo que pa­sa es que creo que tam­bién ca­da uno re­for­mu­la, va cam­bian­do a lo lar­go del tiem­po. Al fi­nal so­mos per­fec­tos des­co­no­ci­dos pa­ra no­so­tros mis­mos, me pa­sa in­clu­so a mí, que des­cu­bro co­sas de mí mis­mo que an­tes no co­no­cía. —Tu pro­pó­si­to del 2016, la úl­ti­ma vez que te en­tre­vis­ta­mos, era de­jar de fu­mar, aun­que lo de­cías con la bo­ca pe­que­ña. ¿Lo con­se­guis­te? —¡Hos­tia! ja, ja. Pues ten­go aquí un pe­que­ño pa­que­te de ta­ba­co. No, no lo con­se­guí. He pa­sa­do por otros mé­to­dos co­mo el va­peo, pe­ro si­go.

Al­go hay que te­ner, ¿no? —Tie­nes 48 años y una nue­va vi­da, ca­si na­da. ¿Có­mo es­tás en es­te mo­men­to? —¿Que en es­te mo­men­to có­mo es­toy? Es­toy con­ten­to, con po­si­bi­li­da­des de tra­ba­jo. Con­ten­to... [du­da] Es que me cues­ta ha­blar de te­mas per­so­na­les. —No ha­ce fal­ta. Pe­ro ima­gino que a tus 48 ya ten­drás he­cho al­gún que otro ba­lan­ce. —48... ¿cuán­tos años, ver­dad? Sí, cla­ro, es un mo­men­to en el que ya he recorrido bas­tan­te ca­mino. Es­toy más tran­qui­lo, pe­ro tam­bién con más ca­pa­ci­dad de dis­fru­tar un po­co de to­do. —Lo has in­ten­ta­do cuan­do te apar­tas­te de la in­ter­pre­ta­ción pa­ra no se­guir con la sa­ga fa­mi­liar, pe­ro de­jar de ser lo que uno es al fi­nal es im­po­si­ble, ¿no? —Por su­pues­to, por su­pues­to. No se pue­de lu­char con­tra lo que uno es, pe­ro es que yo tam­bién soy muy in­quie­to. Me in­tere­sa la pin­tu­ra, la mú­si­ca... Y en­ton­ces pien­so: ‘¿Y si en una de es­tas to­da­vía no me re­signo?’. Cuan­do soy otro, soy más yo que nun­ca. Es que creo que hay al­go más au­tén­ti­co mío, más ge­nuino, cuan­do soy otro. Cuan­do soy yo mis­mo es to­do co­mo más nor­mal, pe­ro cuan­do to­do se po­ne en jue­go apa­re­ce al­go... No sé, al­go más au­tén­ti­co. —Pe­ro tam­bién sa­brás quién eres tú, ¿no? ¿O te di­lu­yes en esos otros? —No, no, pa­ra na­da. Yo creo que dis­fru­to de es­ta co­sa cam­bian­te que es des­cu­brir co­sas de mí que no co­no­cía, que por otra par­te tam­bién es un ali­men­to pa­ra mi tra­ba­jo. Pon­go de ejem­plo al Tí­si­co, mi per­so­na­je de La

som­bra de la ley. Hay den­tro de mí un ser vio­len­to, co­mo lo hay den­tro de ca­da uno de no­so­tros. Mi suer­te es que ten­go un mar­co, un lu­gar des­de don­de sa­car­lo, pe­ro ve­mos to­dos los días la vio­len­cia en las no­ti­cias. Yo cuan­do veía la pe­lí­cu­la de­cía: ‘Que los ni­ños no lo in­ten­ten en ca­sa’, ja, ja. Pe­ro bueno, tam­bién es cier­to que pa­ra eso sir­ve el ci­ne, la cul­tu­ra. Pa­ra dar­nos un es­pe­jo y que pen­se­mos las co­sas. Es­to que na­rra la pe­lí­cu­la no pa­só ha­ce tan­to tiem­po, y al­gu­nas son co­sas que aún su­ce­den, co­mo las con­cen­tra­cio­nes vio­len­tas, la lu­cha por los de­re­chos de las mu­je­res... Y cla­ro, el te­je­ma­ne­je co­rrup­to que aún es­ta­mos vien­do hoy. —Te veo muy a fa­vor de la lu­cha de las mu­je­res. ¿Te sien­tes fe­mi­nis­ta? — Sien­to mu­cho res­pe­to por el fe­mi­nis­mo, no sa­bría si de­fi­nir­me así. Yo, ob­via­men­te, creo en la igual­dad de de­re­chos en­tre hom­bres y mu­je­res.

—En­ton­ces eres fe­mi­nis­ta.

—Sí el fe­mi­nis­mo es eso, sí, lo soy.

—Has­ta pron­to, Er­nes­to.

—Que no pa­sen dos años más, que­ri­da.

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