UNA MA­DRE DE 8

ASÍ SE OR­GA­NI­ZAN LAS FA­MI­LIAS NU­ME­RO­SAS

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

Hu­bo un mo­men­to en que em­pe­cé a pa­gar el es­trés con mis hi­jos. Hi­ce clic”

¿EXIS­TE UN KONMARI MA­TER­NAL? ¿Re­sis­te la ma­gia del or­den la prue­ba del al­go­dón de una fa­mi­lia nu­me­ro­sa? Ma­dre de ocho hi­jos, Pa­lo­ma Blanc es una ce­leb de la ges­tión de la su­per­ma­ter­ni­dad hoy en día. Pier­de cal­ce­ti­nes, ti­ra de ami­gos y de pa­cien­cia, tie­ne un «ka­tius­ka­rio» y al­gu­nas lla­ves maes­tras. Mam­ma mia... help me!

Baby­va­ches, vo­mi­ti­nas, mie­dos, du­das, re­sa­cas pos­par­to y «pe­los de mier­der» es­tán ahí, aun­que no se cuen­te, aun­que el rey del po­sa­do en Ins­ta­gram ex­hi­ba una ma­ter­ni­dad im­pe­ca­ble, go­mi­no­la, de al­ta ga­ma cos­mé­ti­ca. Son par­te de la reali­dad con­ta­ble de Pa­lo­ma Blanc (Ma­drid, 1979), «su­per­vi­vien­te y fe­liz ma­dre de 8 ni­ños» a la que no de­jan de llo­ver­le se­gui­do­res en Ins­ta­gram. Ella le echa más de un par de ka­tius­kas, ¡has­ta diez!, su­man­do las su­yas y las de su pa­re­ja a los ocho pa­res de bo­tas de agua que se po­nen sus hi­jos pa­ra en­char­car­se a gus­to. Lo de Pa­lo­ma Blanc es una red de afec­tos sin avie­sos tru­qui­llos de efec­to: «No me gus­ta dar una ima­gen idea­li­za­da de la ma­ter­ni­dad», di­ce. Y es una sen­ten­cia na­tu­ral que tie­ne el res­pal­do de su ex­pe­rien­cia co­mo ma­dre tra­ba­ja­do­ra fue­ra y «so­bre to­do, den­tro de ca­sa», y la de un blog que es tam­bién un li­bro. 7 pa­res

de ka­tius­kas tan­to te in­vi­ta a ha­cer un sal­món en pa­pi­llo­te o un «flan de Lo­la» co­mo a reír­te del «sen­sor to­ca­glú­teos» (se­gún el

ka­tius­ka­rio, vo­ca­bu­la­rio de Pa­lo­ma Blanc: «La sen­si­bi­li­dad que tie­nen los be­bés cuan­do no­tan que la per­so­na que los sos­tie­ne en bra­zos no pue­de más. En el mo­men­to en que el glú­teo ro­za mí­ni­ma­men­te una su­per­fi­cie pa­ra apo­yar­se, se des­pier­tan ¡y vuel­ven a llo­rar!»).

Cre­cer en una fa­mi­lia de ocho her­ma­nos (cua­tro chi­cos + cua­tro chi­cas), le dio, re­ve­la Blanc con hu­mor el doc­to­ra­do cum lau­de en su­per­vi­ven­cia. Y le en­se­ñó que «la fa­mi­lia es una es­cue­la de hu­ma­ni­za­ción sin lí­mi­tes», por más que no ol­vi­de los ti­ro­nes de pe­lo de una de sus her­ma­nas... «de ahí es­te pe­lo de mier­der». Pa­ra Pa­lu, el alias de es­ta mu­jer que lle­va «38 años pa­sán­do­lo en gran­de», el hu­mor es tan útil co­mo la la­va­do­ra. «Es al­go que par­te de uno mis­mo. No ha­ce fal­ta que te pa­sen co­sas bo­ni­tas pa­ra te­ner una ac­ti­tud po­si­ti­va. Y una vi­da con una son­ri­sa es mu­cho más fá­cil pa­ra to­dos», son­ríe.

Es fá­cil oír­le y asen­tir, ja, ja, pe­ro quie­nes se caen a ca­chos co­mo ma­dres de dos tie­nen esa du­da do­més­ti­co-exis­ten­cial: ¿Pe­ro có­mo lo ha­ce una ma­dre de ocho pa­ra criar, tra­ba­jar y vi­vir sin gri­taaaaar ni mo­rir­se en el in­ten­to? Hay que de­jar­se ayu­dar, di­ce. Y pro­bar a abrir la fe­li­ci­dad de otras ma­ne­ras («Or­de­na, do­na, ti­ra». «Ten un si­tio pa­ra ca­da co­sa... y un si­tio pa­ra el des­or­den», que tam­bién el caos pi­de lo su­yo). Sus lla­ves maes­tras son: «Pa­cien­cia, ale­gría y sen­ti­do de la reali­dad». «Ayu­da to­mar pers­pec­ti­va de la reali­dad que vi­ves. Con hi­jos los mo­men­tos de ago­bio lle­gan, y to­dos te­ne­mos de­re­cho a que­jar­nos, no pa­sa na­da, pe­ro pien­sa en la can­ti­dad de gen­te que vi­ve reali­da­des más du­ras, y ahí es­tán echan­do el res­to», apre­cia.

Es­ta ce­leb de la ma­ter­ni­dad con se­gui­do­ras co­mo Sa­ra Car­bo­ne­ro se or­ga­ni­za «te­nien­do el lis­tón no tan al­to co­mo pen­sa­ba ini­cial­men­te». «E in­ten­tan­do pla­ni­fi­car. Si la pla­ni­fi­ca­ción es ex­ce­si­va pue­de ge­ne­rar­nos an­sie­dad, pe­ro una pla­ni­fi­ca­ción con­tro­la­da y un po­co tran­qui­la es bue­na pa­ra el día a día. Yo a lo lar­go de los años he vis­to que sin pla­ni­fi­ca­ción en mi ca­so es im­po­si­ble». Eso sí... lle­var un cal­ce­tín de su pa­dre y otro de su ma­dre no es nin­gún dra­ma.

PAR­TOS Y RE-PAR­TOS

Pa­lo­ma cree en el par­to múl­ti­ple (tu­vo, ¡to­ma alien­to!... 4 par­tos na­tu­ra­les, uno de ellos a pe­lo, otro en un pa­si­llo; y 4 ce­sá­reas muy «ne­ce­sá­reas», va­lo­ra) y en el re-par­to de ta­reas. Ella siem­pre se plan­teó te­ner fa­mi­lia gran­de. «Pe­ro al prin­ci­pio las cir­cuns­tan­cias no creas que acom­pa­ña­ban. Yo vi­vía fue­ra, ni mis pa­dres ni mis sue­gros es­tán en Ma­drid. No te­nía­mos ayu­da ni una gran si­tua­ción eco­nó­mi­ca. Y mis her­ma­nos y nues­tros ami­gos es­ta­ban to­dos co­mo no­so­tros, em­pe­zan­do a te­ner hi­jos», re­cuer­da.

Con un rit­mo ca­da vez más in­ten­so de vi­da em­pe­zó la «rue­da de háms­ter» de Pa­lo­ma. «Hu­bo un mo­men­to en que co­men­cé a arras­trar el caos in­te­rior que lle­va­ba, me es­tre­sa­ba, y em­pe­cé a pa­gar­lo con mi fa­mi­lia, por­que al fi­nal so­mos hu­ma­nos... Pe­ro tam­bién me di cuen­ta de que no era la ma­dre que que­ría ser, de que no me acer­ca­ba ni un po­qui­to a lo que ha­bía ima­gi­na­do. Em­ba­ra­za­da de la cuar­ta ni­ña hi­ce mi clic y di­je: ‘Es­to lo ten­go que cam­biar por­que no voy a ser fe­liz, ni lo van a ser ellos’».

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