Me sien­to or­gu­llo­sa de ha­ber lle­ga­do a los 72 de buen hu­mor “Nun­ca he si­do la tí­pi­ca ex­qui­si­ta que de­ja de acep­tar tra­ba­jos”

Car­men es mu­cha Car­men. Sin­ce­ra has­ta la mé­du­la, de­mues­tra que ella es­tá por en­ci­ma de to­do. Hoy es­tre­na «Oh! Mammy Blue», en la que en­car­na a una jo­ven de 70 años. Aun­que ella di­ce que de jo­ven, na­da: «Me sien­to muy abue­li­ta»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - EN PORTADA . ENTREVISTA - TEX­TO: NOELIA SILVOSA

No me ape­te­ce na­da ha­blar de Mu­je­res al bor­de de un ata­que de ner­vios»,

zan­ja Car­men Mau­ra cuan­do se abor­da esa película que le de­jó tan mal sa­bor de bo­ca. No di­ce lo mis­mo de Al­mo­dó­var, con el que tie­ne una re­la­ción com­pli­ca­da, aun­que to­da­vía no la da por fi­ni­qui­ta­da: «Yo no pon­go pun­to y fi­nal a na­da», sen­ten­cia una gran ac­triz que nun­ca pen­só en su ca­rre­ra y que no ter­mi­na de con­si­de­rar­se tal co­sa: «Por­que a ve­ces, co­mo no en­con­tra­ban a la que que­rían exac­ta­men­te, me lla­ma­ban a mí». Y va­ya si acer­ta­ron.

—Tu pa­pel pro­ta­go­nis­ta en «Oh! Mammy Blue», Laura, es una jo­ven de 70 años. ¿Tú tam­bién lo eres con 72?

—Bueno, María Pu­jal­te tam­bién tie­ne un pa­pel muy im­por­tan­te. Yo no, no. Yo me en­cuen­tro muy abue­li­ta. Voy de un si­tio pa­ra el otro y to­do lo que quie­ras, pe­ro me sien­to con mi edad, con sus ven­ta­jas y sus in­con­ve­nien­tes.

—¿Ven­ta­jas co­mo cuá­les?

—Pues que sa­bes mu­cho más, lle­vas una vi­da me­jor y es más lle­va­de­ro. Si lo has to­ma­do bien y en­tien­des de qué va el te­ma, esa es la ven­ta­ja que tie­ne. Que te sien­tes más li­bre, ha­ces lo que te da la ga­na, di­ces lo que te da la ga­na...

—Y te qui­tas la ver­güen­za tam­bién, ¿no?

—Sí, te preo­cu­pas me­nos por las ton­te­rías, ¿sa­bes? To­do eso, son un mon­tón de co­si­llas. Esas son las ven­ta­jas. ¿Los in­con­ve­nien­tes? Pues eso, que tu cuer­po ya no es el mis­mo, que tie­nes siem- pre al­gún acha­qui­llo que otro.

—No se te no­tan, es­tás es­tu­pen­da.

—Ten­go 72 años. Ade­más le di­go a to­do el mun­do la edad que ten­go, pre­fie­ro que se se­pa. De he­cho ca­si siem­pre he di­cho mis cum­plea­ños en te­le­vi­sión, y a la gen­te cuan­do me pa­ra por la ca­lle. A la mí­ni­ma, di­go mi edad, por­que la ver­dad es que me sien­to muy or­gu­llo­sa de ha­ber lle­ga­do has­ta aquí de buen hu­mor.

—¡Y ade­más vuel­ves he­cha to­da una ro­que­ra!

—Bueno, to­tal, ja, ja. He he­cho lo que he po­di­do. Ella di­ga­mos que fue una can­tan­te im­por­tan­te, pe­ro ya es­tá ma­yor. Yo pu­se to­do, tra­ba­jé to­do lo que pu­de, lo he in­ten­ta­do ha­cer lo me­jor po­si­ble, pe­ro no es fá­cil. Pe­ro va­mos, yo creo que es tierno el per­so­na­je al fi­nal, y se le ve que tie­ne bue­na in­ten­ción.

—En la pe­li re­vo­lu­cio­nas la re­si­den­cia, les ha­blas de la ma­rihua­na, les mon­tas un gru­po de mú­si­ca... ¿Eres así tú, muy de re­vo­lu­cio­nar­lo to­do?

—Pues no, yo creo que si es­tu­vie­ra en una re­si­den­cia in­ten­ta­ría no ha­cer mu­cho rui­do, pa­sa­ría más o me­nos des­aper­ci­bi­da pa­ra que me de­ja­ran en paz. No, no soy así.

—Man­tie­nes tu iden­ti­dad en se­cre­to has­ta que apa­re­ce un plan in­con­di­cio­nal y se te com­pli­ca la co­sa. Te ha­brá pa­sa­do mu­chas ve­ces que en la vi­da real que­rías pa­sar des­aper­ci­bi­da...

—Bueno, cuan­do quie­ro pa­sar des­aper­ci­bi­da lo con­si­go. Hom­bre, por la ca­lle sí me pue­den re­co­no­cer al­gu­na vez. Pe­ro yo me he acos­tum­bra­do ya en plan po­si­ti­vo, por­que al prin­ci­pio cuan­do em­pe­cé a ser po­pu­lar lo pa­sé un po­co mal por­que no me iba na­da, no me sen­tía iden­ti­fi­ca­da y no era una co­sa que yo es­pe­ra­ra. Fue un po­co com­pli­ca­do, pe­ro ahí es cuan­do em­pe­cé a pen­sar de ma­ne­ra nor­mal qué era lo que más me con­ve­nía y lo que me­nos pa­ra ser un po­co fe­liz. En­ton­ces me acos­tum­bré com­ple­ta­men­te a que la gen­te te pa­re y to­das esas co­sas, no ten­go nin­gún pro­ble­ma con eso ya.

—Pa­re­ce que el des­tino, lo que nos to­ca vi­vir, es mu­chas ve­ces lo con­tra­rio a lo que pre­ten­de­mos. Por­que me es­tás di­cien­do que eres una per­so­na a la que le gus­ta pa­sar des­aper­ci­bi­da, y fí­ja­te en quién eres.

—Sí, pe­ro por otra par­te me gus­ta mu­cho ha­cer pa­pe­les, ha­cer fun­cio­nes, per­so­na­jes. Pe­ro es que me gus­ta mu­cho mi so­le­dad, y la ten­go, la con­si­go. Si quie­ro es­tar so­la, es­toy so­la.

—Ya que ha­ces de ro­que­ra, ¿a rit­mo de qué rock bai­la­bas tú en tu ju­ven­tud?

—Al rit­mo de que me die­ron una can­tan­te que ha­bía he­cho dos can­cio­nes que te­nía yo que ha­cer y sim­ple­men­te la imi­té. Pe­ro no he si­do pa­ra na­da nun­ca lo que era ella, ni el rock es una mú­si­ca que me gus­te es­pe­cial­men­te, pe­ro me hi­ce a ello. Pen­sé que era im­po­si­ble, pe­ro fue­ron mu­chas ho­ras de es­cu­char­la pa­ra po­der­la en­ca­jar bien, que es lo que hi­ce, en­ca­jar la can­ción que ella can­ta. Y al fi­nal ya me di­ver­tía y to­do, ja, ja.

—¿Nun­ca di­jis­te no por miedo?

—¿Por miedo? No. Es que los per­so­na­jes me im­po­nen, me dan co­sa, pe­ro miedo, miedo no me dan. Lo que pa­sa es que, ade­más, lo hi­ci­mos to­do muy rá­pi­do, no tu­ve to­do el tiem­po que me hu­bie­ra gus­ta­do te­ner pa­ra pre­pa­rar­lo, y por eso fue un po­co más pe­sa­do. Pe­ro va­mos, bien. Es que ya ha­ce mu­cho tiem­po que la hi­ce. Mi­ra, des­pués de es­ta hi­ce tres pe­lí­cu­las más. Ten­go pen­dien­te de es­treno una ca­ta­la­na que se lla­ma Gen­te que vie­ne y bah, otra fran­ce­sa que se lla­ma El día de la ma­dre, que va a ser aho­ra el es­treno en Fran­cia, otra que he he­cho con Bra­sil que se lla­ma Ve­ne­cia y al­gu­na más hay por ahí que no he es­tre­na­do, pe­ro es­tas son las más re­cien­tes.

—Con­ti­go no se cum­ple eso de que con la edad las ac­tri­ces tra­ba­jan me­nos.

—No, yo de siem­pre he te­ni­do esa suer­te. Des­de que de­ci­dí ser ac­triz es ver­dad que tam­po­co he si­do la tí­pi­ca ex­qui­si­ta de de­cir: «Es­to no lo ha­go por no sé qué...». He he­cho mu­chas co­sas bien y otras co­sas que no es­ta­ban tan bien, pe­ro nun­ca he es­ta­do pa­ra­da, eso es ver­dad. Siem­pre he pen­sa­do que, aun­que no fue­ran las co­sas idea­les, era me­jor tra­ba­jar que no tra­ba­jar, así que siem­pre he te­ni­do tra­ba­jo. Yo creo que tam­bién es por­que sir­vo igual pa­ra un ro­to que pa­ra un des­co­si­do, ¿sa­bes? Igual pue­do ha­cer una co­sa que otra.

—Eres muy ca­ma­leó­ni­ca.

—Sí, me pue­do dis­fra­zar. Ya me ha pa­sa­do a ve­ces que, co­mo no en­con­tra­ban a la que exac­ta­men­te que­rían me

lla­ma­ban a mí, so­bre to­do al prin­ci­pio.

—Pe­ro a día de hoy eres una de las gran­des ac­tri­ces de Eu­ro­pa.

—Bueno, es que eso... Lo de ser bue­na ac­triz de­pen­de. Hay gen­te que de re­pen­te un día ha­ce un tra­ba­jo fe­no­me­nal y al día si­guien­te ha­ces otra co­sa y no te sa­le tan bien. No es co­mo si di­ces los mú­si­cos, los es­cri­to­res... Eso es otra co­sa.

—Lo has con­se­gui­do.

—He con­se­gui­do mu­chíííí­si­mo más de lo que yo pen­sa­ba. Pe­ro por­que he em­pe­za­do muy tar­de ade­más, em­pe­cé con 25 y no te­nía yo mu­cho apo­yo en ese sen­ti­do.

—¿Fue­ron du­ros los co­mien­zos?

—Fue­ron du­ros, pe­ro co­mo yo a la vez te­nía una vi­da per­so­nal que era mu­chí­si­mo más du­ra que la vi­da de ac­triz no la re­cuer­do co­mo una épo­ca du­ra, sino co­mo una épo­ca en la que más bien es­to me ser­vía de re­lax y de ri­sas. Lue­go co­mo no me preo­cu­pa­ba de­ma­sia­do lo que se lla­ma la ca­rre­ra, por­que no pen­sa­ba que yo po­día ha­cer na­da por mi ca­rre­ra, al es­tar re­la­ja­da tu­ve mu­cha suer­te de es­tar mu­chas ve­ces en el si­tio y en el mo­men­to opor­tuno.

—To­do se dis­pa­ró des­pués de que To­la te di­je­se aque­llo de «Ne­na, tú va­les mu­cho».

—Cla­ro, tam­bién. Me co­gie­ron por ca­sua­li­dad por­que ne­ce­si­ta­ban una ac­triz que fue­ra na­tu­ral, pe­ro que fue­ra des­co­no­ci­da. Y en­ton­ces yo reunía esas dos con­di­cio­nes. Si hu­bie­ra si­do co­no­ci­da en aquel mo­men­to, no hu­bie­ra va­li­do por­que te­nía que de­cir mu­chas men­ti­ras y la gen­te te­nía que creer la his­to­ria que yo con­ta­ba. Tu­ve esa suer­te de ser des­co­no­ci­da y de ser na­tu­ral.

—Con «Pe­pi, Lu­ci, Bom y otras chi­cas del mon­tón» mar­cas­te un an­tes y un des­pués en la mo­vi­da ma­dri­le­ña.

—La mar­qué yo y la mar­ca­mos to­dos lo que hi­ci­mos esa película.

—Ya veo que eres muy com­pa­ñe­ra, que siem­pre po­nes por de­lan­te a los ac­to­res que tra­ba­jan con­ti­go.

—No, pe­ro le doy a las co­sas la im­por­tan­cia que tie­nen. En reali­dad, cuan­do Pedro Al­mo­dó­var me tra­jo el guion de Pe­pi, lo pri­me­ro que le di­je es: «Me pa­re­ce un po­co or­di­na­rio». Pe­ro él me con­ven­cía siem­pre, por­que ade­más él me ha­cía reír mu­cho y eso es una gran ba­za con­mi­go.

—¿Fue Al­mo­dó­var el que te abrió a la mo­vi­da?

—En ese mo­men­to yo te­nía un pro­ble­ma enor­me con mi di­vor­cio, con mis hi­jos y to­das esas co­sas, y no era na­da mo­der­na. Pe­ro el mun­do es­te que co­no­cí con Al­mo­dó­var era mu­cho más di­ver­ti­do que el que yo co­no­cía. Y lue­go al ver a la gen­te que iba ves­ti­da co­mo le da­ba la ga­na y que ha­cía la vi­da que le da­ba la ga­na... Yo que sé, pa­ra mí al prin­ci­pio to­do eso tu­vo mu­cho

más de jue­go que de sen­tir­me res­pon­sa­ble de una ca­rre­ra. Yo sen­tía que se me da­ba bien, que por fin se me da­ba bien una co­sa. Y eso me da­ba mu­cho gus­to, pen­sar que una co­sa que me di­ver­tía tan­to ha­cer pu­die­se ser una pro­fe­sión.

—Tú di­jis­te que Al­mo­dó­var no te­nía que ha­ber es­cri­to pa­ra ti «Mu­je­res al bor­de de un ata­que de ner­vios».

—Pues no sé por qué co­men­té eso, pe­ro en es­te mo­men­to no me ape­te­ce na­da ha­blar de esa película.

—Se­rá por pe­lí­cu­las... «Vol­ver» fue vues­tro gran re­en­cuen­tro, ¿o no?

—Bueno, más que un gran re­en­cuen­tro me ofre­ció un pa­pel y lo hi­ce. Pe­ro, va­mos, no fue una co­sa así que pro­du­je­ra un gran cam­bio en nues­tra re­la­ción. Me dio un pa­pel muy bo­ni­to, y yo le hi­ce exac­ta­men­te lo que él que­ría. Eso es to­do.

—¿Le pu­sis­te el pun­to y fi­nal a esa re­la­ción?

—Yo no pon­go pun­to y fi­nal a na­da.

—Con Álex de la Igle­sia tam­bién for­mas­te un tán­dem es­pe­cial.

—Bueno, hi­ce con él una película ma­ra­vi­llo­sa que fue La co­mu­ni­dad. Y lue­go Las bru­jas de Zu­ga­rra­mur­di y eso... con él tam­bién me lo he pa­sa­do muy bien.

—Siem­pre tu­vis­te vo­ca­ción, pe­ro nun­ca fuis­te a un cur­so de in­ter­pre­ta­ción ni na­da por el es­ti­lo.

—No, por­que cla­ro, cuan­do me me­tí en es­to ya te­nía 25 años y te­nía que ga­nar­me la vi­da. No tu­ve tiem­po pa­ra eso ya. Y ade­más es que te di­go, yo ya ha­bía he­cho fun­cion­ci­tas con mis ami­gas y ya se me da­ba bien, y no le da­ba de­ma­sia­da im­por­tan­cia. Tam­po­co me iden­ti­fi­co con esas vo­ca­cio­nes de ha­cer gran­des sa­cri­fi­cios o de que­rer lle­gar a si­tios con­cre­tos.

Yo nun­ca qui­se lle­gar a nin­gún si­tio en con­cre­to.

—Y mi­ra lo le­jos que lle­gas­te.

—Sí, yo creo que es tam­bién por eso... En es­te tra­ba­jo de­pen­des tan­to de la suer­te, ¿sa­bes? Y de es­tar en el si­tio opor­tuno y en el mo­men­to in­di­ca­do, así que más va­le no preo­cu­par­se mu­cho de que­rer lle­gar a un si­tio o a otro por­que vas a es­tar la mi­tad del tiem­po frus­tra­do.

—A lo lar­go de tu ca­rre­ra has da­do mu­chas pri­me­ras opor­tu­ni­da­des. ¿Te gus­ta?

—Más que que me gus­te, es que, co­mo sa­ben que me lo leo to­do, se me di­ri­gen mu­chos pri­me­ros rea­li­za­do­res, y no me im­por­ta na­da. So­bre to­do que es que a mí no me pa­re­ce más ries­go tra­ba­jar en una pri­me­ra película que con la película cin­cuen­ta y dos de un di­rec­tor fa­mo­so. O sea, hay el mis­mo ries­go en las dos co­sas. Nun­ca me han atraí­do de ma­ne­ra es­pe­cial ni les he da­do más im­por­tan­cia por­que un se­ñor fue­se más fa­mo­so que otro. Es que ten­go una vo­ca­ción muy ra­ra. Tú ves a al­guien que es­tá lu­chan­do por ha­cer su película, y eso me da ter­nu­ra. Si de re­pen­te el di­rec­tor me cae bien y me gus­ta lo que ha he­cho no lo en­cuen­tro que sea ra­ro, he he­cho tan­tas pre­ci­sa­men­te por eso, por­que no le doy im­por­tan­cia. Si es una película que es una pri­me­ra película y no es­tá bien, no la ve ni Dios. Pe­ro si es una película con un fa­mo­so, ya aun­que sea una mier­da, la ven has­ta en Ja­pón. Esa es la di­fe­ren­cia.

—¿Tie­nes al­gún tru­qui­llo pa­ra estudiar tan­to guion?

—Lo que soy es muy ob­se­sa. Igual que, por ejem­plo, si me dan pa­ra ha­cer una lo­ca no me voy a un sa­na­to­rio de lo­cos, sino que acu­do a mi chip de mi ca­be­za, que ten­go re­cuer­dos de mu­chas co­sas y he vis­to mu­chas pe­lí­cu­las, con el tex­to soy muy, muy exi­gen­te. Me pa­re­ce que lo más mo­les­to es me­mo­ri­zar, es co­mo cuan­do eras pe­que­ña y es­ta­bas en

el co­le­gio. Pe­ro soy muy du­ra con­mi­go mis­ma en ese sen­ti­do, así que me pon­go a ello y no me de­jo tran­qui­la has­ta que no me lo sé. Una vez que me lo sé ya soy fe­liz y pue­do en­sa­yar y dis­fru­tar­lo. No soy par­ti­da­ria de la im­pro­vi­sa­ción por­que en el ci­ne es­tá to­do me­di­do, de­pen­de de mu­cha gen­te ca­da plano. A no ser que me lo pi­da ex­pre­sa­men­te un di­rec­tor.

—Ha­blan­do de tru­cos, el tu­yo del men­tol pa­ra llo­rar...

—Yo ya les di­je en El Hor­mi­gue­ro cuan­do lo en­se­ñé: ¡Os van a que­dar los ojos he­chos una mier­da! Y Can­de­la Pe­ña, que le gus­ta llo­rar de ver­dad, no le sa­lía con el men­tol. A mí es que no me gus­ta po­ner­me triste en el tra­ba­jo, me da mu­cha pe­re­za, ja, ja.

—Ya ha­ce que no te ve­mos en se­ries.

—En prin­ci­pio tam­po­co he te­ni­do mu­cho tiem­po li­bre ni he te­ni­do nin­gu­na que de re­pen­te me ofrez­can y me gus­te más que lo que ten­go que ha­cer o lo que es­ta­ba ha­cien­do. No es una co­sa que eche de me­nos, fran­ca­men­te. Ade­más la te­le­vi­sión aho­ra es­tá com­pli­ca­da, se tra­ba­ja mu­chas ho­ras. En el ci­ne por lo me­nos cam­bias de co­sa. Aho­ra lo que voy a ha­cer es ir­me a Pa­rís a pre­pa­rar du­ran­te unos días y lue­go al sur de Fran­cia a ro­dar una película pre­cio­sa, co­mo un cuen­to, que se lla­ma Mi fa­mi­lia y el lo­bo en es­pa­ñol. Van mez­cla­dos di­bu­jos ani­ma­dos y la di­ri­ge un ca­ta­lán, pe­ro la pro­duc­ción es fran­ce­sa. Y des­pués voy a ha­cer tea­tro, em­pie­zo a en­sa­yar el 6 de agos­to. Es una fun­ción que se lla­ma La go­lon­dri­na, y voy a de­bu­tar en El Es­co­rial. Cuan­do yo era pe­que­ña era co­mo mi pue­blo, y he pa­sa­do allí mis ve­ra­nos de ado­les­cen­te, es un si­tio al que le ten­go mu­chí­si­mo ca­ri­ño y por eso pe­dí em­pe­zar la gira allí, por­que sé que me va a dar bue­na suer­te.

—¿Y te ve­re­mos por Ga­li­cia?

—Lo pri­me­ro que voy a ha­cer es la gira, por­que es lo que más me in­tere­sa. Ha­ce mu­cho tiem­po que no voy por Es­pa­ña, y pa­ra­ré en Ga­li­cia se­gu­ro, se­gu­ro.

—En te­le­vi­sión sí apa­re­cis­te en al­gu­na en­tre­vis­ta.

—Sí. Cuan­do ha­go una en­tre­vis­ta, me sue­le que­dar bien. Creo que es una ma­ne­ra muy bue­na de con­tac­tar con la gen­te, y con una en­tre­vis­ta a ve­ces te co­no­cen más que con diez pe­lí­cu­las.

—Sí, pe­ro dis­te una en con­cre­to en la que con­tas­te la vio­la­ción que su­fris­te.

—No te voy a ha­blar de eso, te lo di­go des­de ya.

—Bien, pe­ro sa­bes que aho­ra mu­chas ac­tri­ces es­tán de­nun­cian­do abu­sos en los sets de ro­da­je.

—De ver­dad, co­géis un te­ma y ya no lo sol­táis, qué bar­ba­ri­dad. Di­me, ¿qué quie­res sa­ber?

—Aun­que tu epi­so­dio fue en el ám­bi­to per­so­nal, ¿vis­te o su­fris­te al­gu­na de es­tas si­tua­cio­nes que de­nun­cian mu­chas de tus com­pa­ñe­ras?

—Yo sé per­fec­ta­men­te que pa­sa­ban esas co­sas, co­mo lo sa­bía­mos to­do el mun­do, va­mos. Y yo lo que pa­sa es que si he te­ni­do una co­sa así, pues no he que­ri­do. Y ya es­tá. A mí lo que me pa­re­ce es que hay que te­ner cui­da­do con lo que se de­nun­cia, có­mo se de­nun­cia, por­que úl­ti­ma­men­te se nom­bra a una per­so­na y ya se le ha jo­di­do la vi­da. Que es­tá muy bien que sal­ga to­do, pe­ro a ve­ces hay una exa­ge­ra­ción de apun­tar­se al ca­rro. To­do el mun­do sa­bía que esos abu­sos exis­tían, no era nin­gún se­cre­to.

—Con la ener­gía que tie­nes, creo que nos que­da Car­men pa­ra ra­to, ¿ver­dad?

—Sí, pe­ro no te creas. A mí una de las co­sas que me gus­tan de la gira es que so­lo voy a tra­ba­jar dos o tres días a la se­ma­na, ja, ja, ja.

—Bueno, a ve­ces hay que ba­jar un po­qui­to el rit­mo.

—Sí, por eso es­pe­ro que el tea­tro gus­te mu­cho a la gen­te, por­que si veo que no, no lo ha­ré mu­chas ve­ces. Pe­ro yo creo que sí que va a gus­tar, por­que es una fun­ción muy es­pe­cial. Me ha cos­ta­do mu­cho de­ci­dir­me a ha­cer tea­tro otra vez, y es­ta fun­ción me ha gus­ta­do mu­cho.

—¿Te arre­pien­tes de al­go de to­do lo que has he­cho?

—Hom­bre sí, hay co­sas que a lo me­jor hu­bie­se he­cho de for­ma di­fe­ren­te. Eso nos pa­sa a to­do el mun­do, ¿no? Pe­ro va­mos, no te las voy a con­tar, ya te lo pue­des ima­gi­nar, ja, ja, ja.

—No eres de mi­rar atrás.

—No, no soy na­da mor­bo­sa, in­ten­to es­tar po­si­ti­va. No ten­go ten­den­cia a de­pri­mir­me ni a na­da de eso, por­que no en­cuen­tro que sir­va pa­ra na­da. Y ten­go una ven­ta­ja enor­me, que al tra­ba­jar tan­to en la co­me­dia en­se­gui­da le veo la gracia a las co­sas. No me cues­ta.

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