“Quie­ro dar­le al pú­bli­co fuer­za pa­ra li­diar con la lo­cu­ra”

Es Ste­ven Len­to, Mia­mi Ste­ve, Sil­vio, Ste­vie o Little Ste­ven. «Los ar­tis­tas no de­be­rían pro­du­cir­se a sí mis­mos», ase­gu­ra a Fu­gas

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ENTREVISTA / MÚSICA - TEX­TO: CAR­LOS PE­REI­RO

Lu­gar­te­nien­te de Bru­ce Springs­teen y fi­gu­ra im­pres­cin­di­ble a la ho­ra ayu­dar al com­po­si­tor de New Jer­sey a crear al­gu­nas de las obras más im­por­tan­tes de la mú­si­ca del si­glo XX. Miem­bro de la E Street Band, el mú­si­co y ac­tor es­ta­dou­ni­den­se Little Ste­ven ha apos­ta­do en su úl­ti­ma in­mer­sión en so­li­ta­rio en sa­car las raí­ces del rock y el soul, y ele­var­las a un ni­vel fres­co y car­ga­do de emo­ción.

—No po­cos lo ven co­mo una le­yen­da. ¿Qué ve al echar la vis­ta atrás?

—Oja­lá me hu­bie­ra que­da­do en la E Street Band y lo­grar ha­cer lo que hi­ce po­lí­ti­ca­men­te. Tam­bién me hu­bie­ra gus­ta­do cen­trar­me más en mi ca­rre­ra de ma­ne­ra más pro­fe­sio­nal. Ca­da uno de mis dis­cos en so­li­ta­rio fue com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te a ni­vel mu­si­cal y eso con­fun­dió al pú­bli­co.

—¿Cuál cree que es el mo­men­to más im­por­tan­te de su ca­rre­ra? ¿Ha ha­bi­do un mo­men­to en que sen­tía que lo ha­bía con­se­gui­do?

—Eso no ha ocu­rri­do to­da­vía.

—Su fa­ma co­mo pro­duc­tor le pre­ce­de. ¿Es di­fí­cil ha­cer­lo pa­ra uno mis­mo co­mo lo hi­zo en Soul­fi­re?

—Los ar­tis­tas no de­be­rían pro­du­cir­se a sí mis­mos. Sue­le ocu­rrir que la par­te mu­si­cal de uno aca­ba por do­mi­nar a la par­te pro­duc­to­ra. Soul­fi­re es la pri­me­ra vez que pu­de se­pa­rar am­bas mi­ta­des.

—Fo­ca­li­zó bue­na par­te de la te­má­ti­ca de sus dis­cos en po­lí­ti­ca y pro­ble­mas so­cia­les, pe­ro en es­te tra­ba­jo to­do gi­ra al­re­de­dor del co­ra­zón y el sen­ti­mien­to. ¿Por qué?

—Du­ran­te los ochen­ta era ne­ce­sa­rio ex­pli­car qué es­ta­ba pa­san­do por­que la po­lí­ti­ca es­ta­ba cier­ta­men­te ocul­ta. Po­dían pa­sar me­ses sin que la gen­te pen­sa­se o se pre­gun­ta­se por el go­bierno. ¡Ima­gí­na­te! Mien­tras, los po­lí­ti­cos ha­cían co­sas te­rri­bles, y na­die se da­ba cuen­ta. Aho­ra to­do es bas­tan­te más ob­vio. Nos golpean con un es­cán­da­lo ca­da ho­ra, 24 ho­ras al día, sie­te días a la se­ma­na. Sen­tí que el tra­ba­jo más útil que po­día apor­tar es ale­jar a la gen­te de to­do ello y cen­trar­me en una mú­si­ca con pro­fun­das raí­ces emo­cio­na­les. Qui­se dar­le al pú­bli­co fuer­za pa­ra li­diar con la lo­cu­ra.

—Su ban­da es un ex­pe­ri­men­to per­fec­to en­tre el rock y el soul. Sim­ple y efec­ti­vo. ¿Es su tras­la­do al di­rec­to la fór­mu­la de la fe­li­ci­dad?

—¡Ja! ¡Oja­lá la vi­da fue­ra tan sim­ple! Pe­ro sí, sien­to que des­pués de nues­tro con­cier­to, que du­ra unas dos ho­ras, el pú­bli­co se va con más ener­gía. Un po­co más fres­cos y al­go más lim­pios de la me­dio­cri­dad su­per­fi­cial a la que es­tán ex­pues­tos to­do el día. Yo lo lla­mo ali­men­tar el es­pí­ri­tu. Re­cor­dar a la gen­te que es­ta­mos co­nec­ta­dos en lo más pro­fun­do de nues­tras al­mas.

—En es­te país po­de­mos, una vez a la se­ma­na, oír­le por la ra­dio. Es to­da una cu­rio­si­dad, más sa­bien­do el co­no­ci­mien­to que po­see y el aná­li­sis que rea­li­za de la evo­lu­ción mu­si­cal.

—Es al­go que ado­ro. Mi pro­gra­ma sue­na en ca­si un cen­te­nar de paí­ses, aun­que en la ma­yo­ría sea en ba­ses mi­li­ta­res. La mú­si­ca es­tá cons­tan­te­men­te desa­rro­llan­do nue­vos hí­bri­dos de sub­gé­ne­ros. Sin em­bar­go, yo he de­di­ca­do mis úl­ti­mos 15 o 20 años a lo que creo que es más im­por­tan­te: ase­gu­rar­me de que las ge­ne­ra­cio­nes fu­tu­ras es­tén ex­pues­tas a la mú­si­ca que yo acu­ño co­mo el Re­na­ci­mien­to de mi ge­ne­ra­ción. Eso abar­ca­ría un pe­río­do apro­xi­ma­do de vein­te años, en­tre 1951 y 1972. Ahí se en­cuen­tra la mú­si­ca po­pu­lar más gran­de ja­más crea­da, y no so­lo eso, sino tam­bién las raí­ces de to­do lo que si­guió pos­te­rior­men­te. La mú­si­ca con ma­yor con ma­yor im­pac­to emo­cio­nal.

—¿Pue­de ex­tin­guir­se el rock?

—No. Es de­ma­sia­do po­de­ro­so. Aho­ra, eso sí, es un cul­to sub­te­rrá­neo.

—Es cu­rio­so, pe­ro su vi­da se ase­me­ja a un es­ce­na­rio. Siem­pre en for­ma. ¿Có­mo se so­bre­vi­ve a la fa­ma?

—Yo ya era ma­yor cuan­do me so­bre­vino el éxi­to. Eso ayu­da. Nun­ca me re­la­cio­né con la par­te del ne­go­cio del es­pec­tácu­lo. Fue to­do so­bre una ba­se de tra­ba­jo y tra­ba­jo. Un es­ti­lo de vi­da. La ma­yo­ría de las ve­ces man­ten­go un agra­da­ble y ba­jo ni­vel de ce­le­bri­dad. ¡La gen­te me sa­lu­da, pe­ro no me aco­sa por la ca­lle!

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