LLE­GAN LOS HIPOHIJOS

ES­TA ES LA GE­NE­RA­CIÓN «CO­PO DE NIE­VE»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA -

Tras los hi­per­pa­dres lle­gan los hipohijos. La «ge­ne­ra­ción co­po de nie­ve» es ca­si per­fec­ta, pe­ro tam­bién la más frá­gil de la his­to­ria. «Son cis­nes en Ins­ta­gram y ni­ños muy an­sio­sos por den­tro», di­ce Mi­llet, que ani­ma a en­tre­nar la va­len­tía y re­la­jar la crian­za

Unaes­ce­na. Un ni­ño se cae en el pa­tio del co­le­gio. ¿Llo­ra, gri­ta, se le­van­ta? No, se que­da in­mó­vil. «Es un ni­ño que no sa­be que se pue­de le­van­tar so­lo, por­que ha te­ni­do un pa­dre en plan Usain Bolt que ha co­rri­do a res­ca­tar­le al mí­ni­mo tro­pe­zón», ilus­tra Eva Mi­llet (Bar­ce­lo­na, 1968), que lan­za la se­gun­da en­tre­ga de Hi­per­pa­ter­ni­dad; Hiperniños, ¿Ni­ños per­fec­tos o hipohijos? es fru­to del mo­de­lo pa­dre he­li­cóp­te­ro, que con­vier­te al ni­ño en al­tar. «Es­ta es la ge­ne­ra­ción co­po de nie­ve, la más frá­gil de la his­to­ria», afir­ma Eva Mi­llet. —Tras los hi­per­pa­dres, lle­gan los hiperniños e hipohijos. De par­ti­da, el do­ble pre­fi­jo es des­con­cer­tan­te. —Es idea de un psi­có­lo­go que no quie­re ser ci­ta­do. Cuan­do aca­ba­ba de ha­cer­le una en­tre­vis­ta a su mu­jer, me di­jo: «Fí­ja­te, Eva, en reali­dad es­tos ni­ños no son hiperniños, son hipohijos. Es­tán tan hi­per­asis­ti­dos que en el fon­do es­tán des­pro­te­gi­dos pa­ra la vi­da. Que­re­mos crear un ni­ño hí­per y re­sul­ta un ni­ño hi­po, que no se va­le por sí mis­mo. —Hoy lo ve­mos a me­nu­do, los ni­ños leen con 4 años pe­ro no se ha­cen la ca­ma has­ta los 10. ¿Son ni­ños adul­tos, precoces en lo cog­ni­ti­vo e in­ma­du­ros en lo prác­ti­co y lo esen­cial? —Cla­ro. Se es­ti­la un mo­de­lo de crian­za in­ten­si­va en la que se ha he­cho creer a los pa­dres que pa­ra que sus hi­jos triun­fen les de­ben pre­pa­rar des­de muy pe­que­ños pa­ra com­pe­tir y re­sol­ver­les to­do por sis­te­ma. Y es­to lo que ge­ne­ra es ni­ños frá­gi­les, in­se­gu­ros y de­pen­dien­tes. —¿Su má­xi­ma pa­ra pa­dres es «So­bre­pro­te­ger es des­pro­te­ger»? —Sí. Los pa­dres de­be­mos ayu­dar y pro­te­ger a nues­tros hi­jos, es nues­tro pa­pel, es­tar aten­tos, pe­ro hay que re­ver­tir la crian­za he­li­cóp­te­ro, ese es­tar en­ci­ma to­do el día... Es­te es un man­tra de los pa­dres de hoy, que el ni­ño no se trau­me... y que no se trau­me in­clu­so por ¡co­mer­se unas ju­días! El afec­to es el pi­lar de la edu­ca­ción y la crian­za, pe­ro hay que de­cir­les no, no pre­gun­tár­se­lo to­do. El otro día en la pis­ci­na oí que una ma­dre le pre­gun­ta­ba a su hi­ja pe­que­ña «¿Quie­res que te se­que el pe­lo?». A ve­ces les con­sul­ta­mos co­sas que no es­tán pre­pa­ra­dos pa­ra de­ci­dir. No les to­ca. —Tam­po­co va­le lo de sol­tar­los por la vi­da y pen­sar que se bas­tan so­los... —Yo lo que veo es mu­cho ni­ño des­am­pa­ra­do y mu­cho ni­ño so­bre­pro­te­gi­do. Es­tos dos po­los. En la crian­za es­tá pa­san­do lo que en el res­to del mun­do, la cla­se me­dia es­tá des­apa­re­cien­do. Veo mu­cho ni­ño de­ja­do de la mano de sus pa­dres y de la Ad­mi­nis­tra­ción (ahí es­tán los da­tos de po­bre­za in­fan­til) y veo otros ni­ños que con 10 años ya lo han vis­to to­do y lo han he­cho to­do, por­que se les ha da­do to­do, con­sul­ta­do to­do y per­mi­ti­do to­do. —Qui­zá con­sen­ti­mos mu­cho a los ni­ños por­que sen­ti­mos que no po­de­mos dar­les el tiem­po que qui­sié­ra­mos. Pa­dres con jor­na­das la­bo­ra­les y con­tra­tos co­mo los que se es­ti­lan, con una le­gis­la­ción que no am­pa­ra la con­ci­lia­ción, pre­sión so­cial, una maternidad tar­día por las cir­cuns­tan­cias son fac­to­res que se de­ben com­bi­nar con la edu­ca­ción. ¿Ser un hi­per­pa­dre es una con­se­cuen­cia na­tu­ral de es­te contexto mo­lo­tov? —Sí. Cla­ro. La hi­per­pa­ter­ni­dad es un signo de los tiem­pos, de la fal­ta de con­ci­lia­ción, de un mun­do hi­per­ca­pi­ta­lis­ta en que el ni­ño se ha con­ver­ti­do en un pro­duc­to a mo­de­lar, don­de exis­te una ofer­ta bru­tal pa­ra ha­cer de tu hi­jo lo que tú quieras. La hi­per­pa­ter­ni­dad na­ce de ahí pe­ro tam­bién es­tá el sen­ti­mien­to de cul­pa. ¿Por qué nos sen­ti­mos tan cul­pa­bles, so­bre to­do las ma­dres? Igual pa­ra tu hi­jo, pa­ra tu hi­ja, ver que su ma­dre tra­ba­ja es un men­sa­je bueno. Mi ma­dre siem­pre tra­ba­jó y no se sen­tía cul­pa­ble...

—Hoy hay otra con­cien­cia de la crian­za. —Sí, y no se tra­ta de ser una irres­pon­sa­ble, pe­ro si no pue­des es­tar no te ator­men­tes. Has de bus­car sus­ti­tu­tos de ti, la ayu­da de bue­nos cui­da­do­res que los quie­ran... El pro­ble­ma que te­ne­mos hoy las ma­dres es que se nos ha ve­ni­do en­ci­ma mu­cha pre­sión. Que­re­mos ser per­fec­tas, ma­dres per­fec­tas, bue­nas pro­fe­sio­na­les, gua­pas, sim­pá­ti­cas, bue­nas co­ci­ne­ras y es di­fí­cil. Hay una idea­li­za­ción pe­li­gro­sa... En el ser humano la per­fec­ción no exis­te, y es­to hay que acep­tar­lo.

—¿Hay que mi­li­tar en la im­per­fec­ción? —Hay que ser ra­zo­na­ble­men­te bueno... Hay un es­tu­dio de una uni­ver­si­dad de Lon­dres que con­clu­ye que las ma­dres que prac­ti­can la crian­za más in­ten­si­va son más in­fe­li­ces al ca­bo del tiem­po. Y en Bél­gi­ca se ha abier­to una lí­nea de ayu­da a los pa­dres que­ma­dos. El burn out del tra­ba­jo em­pie­za a ser un burn out pa­ren­tal, el sín­dro­me de los pa­dres que­ma­dos, no por­que los hi­jos sean in­so­por­ta­bles, sino por­que hoy la crian­za es mons­truo­sa­men­te in­ten­si­va.

—¿Qué bus­ca el pa­dre «perfecto»? —El hi­jo perfecto, el me­jor hi­jo. Hay una proyección del pa­dre en el hi­jo bru­tal. El hi­per­pa­dre com­pi­te a tra­vés del ni­ño. El hi­jo es un signo de es­ta­tus. Hay un li­bro de una an­tro­pó­lo­ga que vi­vió en Nue­va York con las ma­dres más pi­jas, y hay un mo­men­to en que ad­vier­te que un hi­jo allí es co­mo un bol­so de Loewe, ca­si un com­ple­men­to más. Y si los hi­jos son gua­pos ¡ni te cuen­to! Fí­ja­te en Ivan­ka Trump, mi­ra su Ins­ta­gram... —Aho­ra es­tá de mo­da la idea del pa­dra­zo o la ma­dra­za co­mo ser que cum-

TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA

ple al com­ple­to la agen­da de sus hi­jos. —Lo que pasa es que la agen­da de los ni­ños es ca­da vez más desor­bi­tan­te. Ca­da vez sa­len nue­vas ma­ne­ras de de­mos­trar que eres una ma­dra­za de es­te ti­po, co­mo, por ejem­plo, acom­pa­ñar a tus hi­jos a se­lec­ti­vi­dad. ¡Aho­ra re­sul­ta que hay que acom­pa­ñar­los, lle­var­les bo­ca­di­llos y lá­pi­ces de re­cam­bio! La se­lec­ti­vi­dad es un ri­to de pa­sa­je a la edad adul­ta, que de­ben su­pe­rar por sí mis­mos. Pensé que lo ha­bía oí­do to­do con el te­ma de bus­car escuela, pe­ro en­ton­ces en TV3 vi el ca­so de una fa­mi­lia con una ni­ña de 3 años que se ha­bía re­co­rri­do Ca­ta­lu­ña en au­to­ca­ra­va­na pa­ra en­con­trar la me­jor escuela pa­ra su hi­ja, y lo peor es que se veía en plan «¡Mi­ra qué fa­mi­lia tan guay!». —¿Có­mo es la ge­ne­ra­ción «co­po de nie­ve», qué es lo que la ca­rac­te­ri­za? —Es la ge­ne­ra­ción blan­di­ta, la más frá­gil, la de los ado­les­cen­tes que en Ins­ta­gram son co­mo cis­nes y en su in­te­rior ni­ños pe­que­ños muy an­sio­sos, al­gu­nos in­clu­so es­tán pa­ra­li­za­dos por la an­sie­dad, al­go ca­da vez más ha­bi­tual en los ado­les­cen­tes. El es­tu­dio del Plan Na­cio­nal so­bre Dro­gas ha de­tec­ta­do que uno de ca­da seis cal­mó las ten­sio­nes an­te un exa­men o una rup­tu­ra con an­sio­lí­ti­cos. Si no de­jas a tu hi­jo que se frus­tre en ningún mo­men­to no se en­tre­na en es­to; al fi­nal le ge­ne­ras an­sie­dad, que es el miedo a lo que pue­de pa­sar, a no ser ca­paz de su­pe­rar­lo. Hay que edu­car la va­len­tía.

—¿Pe­na­li­za­mos de­ma­sia­do el error? —Sí, y del error se apren­de. Uno de los gran­des mie­dos de los ado­les­cen­tes es el pá­ni­co a fa­llar. Los hi­jos tie­nen que apren­der a equi­vo­car­se.

—¿Qué fa­lla en la teo­ría del ape­go? —El ape­go, el que hoy pasa so­bre to­do por la ma­dre, es ma­chis­ta. Sal­vo con be­bés, es­tar to­do el día en­gan­cha­da al hi­jo no es sano. No si a la lar­ga aca­ba ha­cien­do que arras­tres frus­tra­ción. El pri­mer peligro co­mo yo lo veo es­tá en creer que, co­mo pa­dre, pue­des con­tro­lar del to­do a tus hi­jos. Por­que no es así. Hoy hay mu­cha in­se­gu­ri­dad en los pa­dres. De­be­mos re­la­jar­nos, con­fiar en no­so­tros y en nues­tros hi­jos, cul­ti­var la sa­na de­sa­ten­ción. —Mó­vi­les y ta­ble­tas son un fren­te, una nue­va gran ame­na­za en la edu­ca­ción. —El juez Ca­la­ta­yud me di­jo ha­ce po­co: «Yo fu­mo, pe­ro no le da­ría ta­ba­co a mis hi­jos. Cuan­do los pa­dres le dan a un be­bé de 2 años el mó­vil o la ta­blet es co­mo si le es­tu­vie­sen dan­do una dro­ga». Los li­kes dan subidón, son co­mo una dro­ga. —Un es­tu­dio ad­vier­te que el con­su­mo de por­no­gra­fía sin control se es­tá ade­lan­tan­do a los 12 e in­clu­so a los 9 años. —Te­rri­ble. No lo aca­bo de creer... En es­te ca­so ten­dría­mos que hablar con los hi­jos y ex­pli­car­les que la por­no­gra­fía no es el se­xo, sino se­xo fic­ti­cio. Ahí hay que hablar en serio con los hi­jos, y pron­to.

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