Por amor po­dría ha­cer cual­quier co­sa”

Natalia de Mo­li­na AC­TRIZ

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE -

En un año lleno de pro­yec­tos de altura que bien po­drían ha­cer­le ga­nar su ter­cer Go­ya, Natalia aca­ba de es­tre­nar «No dor­mi­rás» jun­to a Be­lén Rue­da, una pe­lí­cu­la de terror que va más allá de los límites de la men­te. «Lo que me da más miedo es la reali­dad», di­ce es­ta dor­mi­lo­na que es to­da una ex­per­ta en el Ca­mino de San­tia­go

TEX­TO: NOELIA SILVOSA

Na­ta­liaes mu­cho más que la ac­triz de mo­da. Lu­cha­do­ra na­ta, se ha ga­na­do un nom­bre pro­pio ba­sa­do en bue­nas de­ci­sio­nes. Al es­treno de No dor­mi­rás su­ma el de La ca­te­dral del mar y el ro­da­je de Eli­sa y Marcela, la gran his­to­ria de dos mu­je­res que in­ten­ta­ron ca­sar­se en la Ga­li­cia de ini­cios del si­glo XX en­fren­tán­do­se al mun­do. Ella vi­vió en la piel de Eli­sa, que se hi­zo pa­sar por un hom­bre «pa­ra po­der vi­vir en libertad un amor que en aque­lla épo­ca no te­nía ni nom­bre, por­que no exis­tía una de­no­mi­na­ción pa­ra de­fi­nir lo que era el amor en­tre dos per­so­nas del mis­mo se­xo», ase­gu­ra.

—«No dor­mi­rás» pro­me­te.

—Sí, es una pe­li de terror en la que es­tá Be­lén Rue­da, que es la dio­sa del gé­ne­ro, y un di­rec­tor, Gus­ta­vo Her­nán­dez, que tam­bién se ma­ne­ja en él co­mo pez en el agua. La his­to­ria tra­ta de un gru­po de tea­tro di­ri­gi­do por Al­ma Böhm, que es co­mo una su­per­es­tre­lla den­tro de la per­for­man­ce y del tea­tro y sus fun­cio­nes van siem­pre más allá con mu­cho ries­go, lle­van­do a los ac­to­res al lí­mi­te. En es­ta úl­ti­ma fun­ción es­tá tra­ba­jan­do so­bre el in­som­nio, y man­tie­ne a sus ac­to­res du­ran­te cua­tro días sin dor­mir. Ha­bla un po­co a ni­vel psi­co­ló­gi­co de lo que es real y lo que no, de si es real lo que tú per­ci­bes cuan­do te fal­ta el sue­ño. Yo in­ter­pre­to a Ce­ci­lia, que es una de las ac­tri­ces que es­tá com­pi­tien­do jun­to a Bian­ca, la pro­ta­go­nis­ta, por el pa­pel prin­ci­pal en la obra. Es un per­so­na­je co­mo más naíf, pe­ro que lue­go se van des­cu­brien­do co­sas so­bre ella. Real­men­te es una pe­li de terror clá­si­ca que, aun­que es de terror, va más allá. Tie­ne mu­cho sus­pen­se, th­ri­ller, drama...

—Me pa­re­ce que la que no dor­mi­ré se­ré yo co­mo la vea... ¿Me equi­vo­co?

—Ja, ja, ja. ¡Sí, pue­de ser, pue­de ser!

—¿Cuál fue tu ré­cord sin dor­mir? ¿Es cier­to que per­ci­bi­mos co­sas que de otra for­ma no ve­mos?

—Los sen­ti­dos se dis­pa­ran y la men­te pue­de ju­gar­te ma­las pa­sa­das, y tam­bién en­tra ahí un po­co la pa­ra­noia de sa­ber si es real o no aque­llo que es­tás per­ci­bien­do, si una puer­ta se es­tá abrien­do de ver­dad o no, y ahí en­tra ya el que ca­da uno quie­ra creer en esas co­sas, ja, ja. Pe­ro yo real­men­te soy su­per­dor­mi­lo­na, me encanta dor­mir y ten­go una fa­ci­li­dad ate­rra­do­ra pa­ra que­dar­me dor­mi­da en cual­quier si­tua­ción. Pe­ro sí que me acuer­do de la vez que más tiem­po he es­ta­do des­pier­ta, que fue un día que te­nía un exa­men en la ca­rre­ra y lo lle­va­ba re­gu­lar, y di­je:

«Mi­ra, voy a es­tar aquí es­tu­dian­do has­ta el día si­guien­te». Re­cuer­do la sen­sa­ción, fue muy cu­rio­sa, por­que ya es­ta­ba con ese sue­ño que te caes pe­ro te obli­gas a es­tar des­pier­to, y es­ta­ba co­mo bo­rra­cha, to­do me ha­cía gra­cia... No sé, es­ta­ba to­do el ra­to rién­do­me, co­mo si es­tu­vie­ra bo­rra­chí­si­ma. —¿Da más miedo la reali­dad, las som­bras de la men­te? —Sí, y de he­cho cuan­do me pre­gun­tan que qué me da miedo a mí en la vi­da yo siem­pre digo que lo que me da miedo es eso, que la ma­yo­ría de las ve­ces la reali­dad su­pera a la fic­ción. Es­ta pe­li si eres un po­co em­pá­ti­co te pue­de co­nec­tar con el la­do más os­cu­ro de la men­te, hay tan­tas co­sas y pre­gun­tas sin res­pon­der... Por­que hay un gran mis­te­rio al­re­de­dor del ce­re­bro, de có­mo fun­cio­na... hay mu­chos va­cíos que to­da­vía no se han re­lle­na­do y que pro­ba­ble­men­te no se se­pan nun­ca. Hay ahí un mun­do que a ve­ces di­ces: «Bueno, ¿y has­ta qué pun­to es real es­to que to­co por­que lo to­co?». —Es­ta es ya la his­to­ria de terror más vis­ta del ci­ne ar­gen­tino. —Sí, es la pe­lí­cu­la más vis­ta de terror ar­gen­ti­na en su país, ¡así que em­pe­za­mos con el lis­tón al­to! —No sé có­mo lo ha­ces, pe­ro siem­pre eli­ges muy bien. —Bueno, se in­ten­ta. No sé si eli­jo bien o mal, pe­ro ten­go la suer­te de ha­cer lo que quie­ro ha­cer y me de­jo guiar por el ins­tin­to. Cuan­do recibo los guio­nes siem­pre hay una co­sa ahí co­mo de co­ra­zón, que siento y digo: «Es­ta­ría chu­lo ha­cer es­to». Y ten­go la suer­te de po­der ele­gir, no sé si me­jor o peor, pe­ro por lo me­nos con la tran­qui­li­dad de que lo que ha­go es por­que quie­ro ha­cer­lo. —Tam­bién te estamos vien­do en «La ca­te­dral del mar». Es otra tra­ma du­ra... ¿Te es­ta­rás es­pe­cia­li­zan­do en per­so­na­jes in­ten­sos? —Sí, la ver­dad es que to­dos los per­so­na­jes que ha­go al fi­nal son su­per­com­ple­jos y to­dos tie­nen co­mo un ni­vel de in­ten­si­dad bas­tan­te al­to, pe­ro bueno, tam­bién son los más in­tere­san­tes co­mo ac­triz, el po­der ha­cer co­sas tan di­fe­ren­tes y con tan­tas ca­pas. In­ten­to no que­dar­me en la su­per­fi­cie, in­ten­to dar­lo to­do e in­ves­ti­gar mu­cho. —¿Y cuán­do po­dre­mos ver «Eli­sa y Marcela»? —Estamos to­dos desean­do ver­la. Ha si­do una ex­pe­rien­cia muy bo­ni­ta. Lue­go la pe­li nun­ca se sa­be có­mo va a salir o no, pe­ro lo que he­mos vi­vi­do ro­dán­do­la, eso no me lo va a qui­tar na­die, ha si­do muy es­pe­cial. Ya la his­to­ria es su­per­es­pe­cial y allí, ro­dán­do­la, han pa­sa­do co­sas muy má­gi­cas que oja­lá se vean lue­go en la pan­ta­lla. Ha si­do muy bo­ni­to, y con Isa­bel Coi­xet ha si­do muy fá­cil tra­ba­jar. —Tú ha­ces de Eli­sa, que se vio obli­ga­da a ha­cer­se pa­sar por un hom­bre pa­ra po­der ca­sar­se con su pa­re­ja. —Sí, Eli­sa en es­ta his­to­ria de amor es la que de­ci­de ha­cer­se pa­sar por un hom­bre y ves­tir­se co­mo ellos pa­ra po­der vi­vir en libertad un amor que en aque­lla épo­ca no te­nía ni nom­bre, por­que no exis­tía un nom­bre pa­ra de­fi­nir lo que era el amor en­tre dos per­so­nas del mis­mo se­xo.

—Po­de­mos de­cir que la épo­ca im­po­nía sus re­glas, pe­ro su fe­li­ci­dad es­ta­ba por en­ci­ma de to­do. —Sí, to­tal­men­te. Es una his­to­ria de amor y de dos per­so­nas que quie­ren ser fe­li­ces y que quie­ren vi­vir en libertad, y no le ha­cen da­ño a na­die. Pe­ro cla­ro, la so­cie­dad en la que vi­vían se lo po­nía to­do muy com­pli­ca­do.

Pa­re­ce men­ti­ra que se asus­ta­ran por mi fo­to con ve­llo en las axi­las”

—¿Te ves ha­cien­do al­go así por amor? ¿Se­rías ca­paz? —Yo creo que por amor se pue­de ha­cer cual­quier co­sa. Cuan­do tú es­tás enamo­ra­do es un sen­ti­mien­to tan bo­ni­to... De re­pen­te sien­tes que es co­mo ca­si ma­gia, una persona que te com­ple­ta y que amas y que te ama... To­do lo bo­ni­to que en­cie­rra el amor... Cuan­do en­cuen­tras a una persona a la que amas y es re­cí­pro­co, por ella se pue­den ha­cer mu­chas co­sas. To­do se­rá po­co.

—¿Ire­mos a por otro Go­ya? —Bueno... ja, ja. No, no... yo eso, esas co­sas ni las pien­so. Pa­ra mí el pre­mio de ver­dad es ha­cer las co­sas que es­toy ha­cien­do, y po­der ha­cer de Eli­sa. Con eso yo ya he ga­na­do, con po­der es­tar en es­ta pe­lí­cu­la y dar vi­da a esa mu­jer, con po­der con­tar una his­to­ria tan in­creí­ble, y que gra­cias a es­ta pe­li la gen­te que no la co­no­cía la va­ya a co­no­cer. Oja­lá que al ver es­ta pe­lí­cu­la a to­dos los que pien­san mal so­bre las per­so­nas del mis­mo se­xo que se aman les cam­bia­ra la men­te, que en­ten­die­ran y vie­ran el amor, que di­je­ran: «Pe­ro si es­to es amor, qué mas da». De­be­ría­mos de es­tar lu­chan­do por la gen­te que ma­ta, por la vio­len­cia, pe­ro no con­tra gen­te que se ama. Y eso hoy en día si­gue pa­san­do. Es­ta pe­lí­cu­la es­tá ba­sa­da en 1900, pe­ro es que hoy en día si­gue ha­bien­do per-

Fui una ‘fa­ke pe­re­gri­na’, hice va­rios tra­mos cor­ti­tos del Ca­mino”

se­cu­cio­nes al co­lec­ti­vo LGTBI y mi­llo­nes de co­sas que son muy ac­tua­les. Así que pa­ra mí ese se­ría el ver­da­de­ro pre­mio, que la gen­te la viera y que les cam­bia­se la men­ta­li­dad. —Ha­blan­do de in­to­le­ran­cia, creo que aguan­tas­te de to­do por la fo­to que subis­te con las axi­las sin de­pi­lar du­ran­te el ro­da­je... —Pa­re­ce men­ti­ra, pe­ro bueno, no sé, tam­bién te das cuen­ta de lo atra­sa­dos que estamos en ge­ne­ral, por­que todas las mu­je­res te­ne­mos ve­llo, es una co­sa su­per­na­tu­ral. No pue­des asus­tar­te tan­to por ver una axi­la sin de­pi­lar, me pa­re­ce su­rrea­lis­ta, ¿no? Te das cuen­ta de lo avan­za­dos que estamos en unas co­sas y lo atra­sa­dos que estamos en otras que tie­nen que ver con la na­tu­ra­le­za y con la reali­dad, pe­ro bueno, po­qui­to a po­co. Oja­lá al­gún día sea­mos to­do lo li­bres que po­da­mos y que ca­da uno ha­ga lo que quie­ra, el que quie­ra de­pi­lar­se que se de­pi­le y el que no quie­ra, no. No por ello vas a ser me­nos mu­jer. —¿Qué tal tu pa­so por Ga­li­cia? ¿Ha­bías es­ta­do an­tes? —Cuan­do era pe­que­ña, los quin­ce días que pa­sa­ba con mi pa­dre era ha­cien­do tra­mos del Ca­mino de San­tia­go, y es­tu­ve co­mo tres o cua­tro años re­co­rrién­do­los con él. Lo que pasa es que des­de en­ton­ces no ha­bía vuel­to, y co­mo es­te ha si­do un ro­da­je muy in­ten­so no he te­ni­do mu­cho tiem­po pa­ra ha­cer vi­da nor­mal, pe­ro los si­tios a los que he­mos ido pa­ra ro­dar son una au­tén­ti­ca pa­sa­da. El pai­sa­je ga­lle­go es es­pec­ta­cu­lar, y en la pe­li tam­bién se ve. Y he­mos co­mi­do... ¡he­mos co­mi­do muy bien! Ja, ja, ja. Fue muy bo­ni­to el ro­da­je.

—O sea, que eres una pe­re­gri­na. —He si­do una pe­re­gri­na, ja, ja. Bueno, una «fa­ke pe­re­gri­na», por­que era muy pe­que­ña y ha­cía co­mo tra­mi­tos, de­cía: «Ven­ga, dos ki­ló­me­tros», y me re­co­gían con el co­che. Un po­co cus­ca, pe­ro bueno, sí que lo fui, ja, ja. —Ya no eres la ac­triz del mo­men­to, ¿im­po­ne más es­tar ya con­so­li­da­da? —Es que no me siento con­so­li­da­da, es una pa­ra­noia, por­que creo que sí que me han pa­sa­do co­sas muy in­creí­bles y no pa­ro de tra­ba­jar, pe­ro yo to­da­vía siento que es­toy em­pe­zan­do. Si es que en reali­dad lle­vo muy po­co. Y sí que ten­go esa pre­sión de de­cir: «Es que quie­ro vi­vir de es­to to­da mi vi­da», por­que no quie­ro que sea al­go efí­me­ro o una mo­da. Ten­go ese miedo. El día que me sien­ta con­so­li­da­da res­pi­ra­ré un po­co más tran­qui­la, pe­ro a día de hoy digo que no sé si ma­ña­na se­gui­ré tra­ba­jan­do de es­to. Es­toy lu­chan­do y ha­go mi tra­ba­jo con mu­cha res­pon­sa­bi­li­dad por­que es lo que quie­ro, quie­ro ju­bi­lar­me en­ci­ma de un es­ce­na­rio o de­trás de una cá­ma­ra. —Tie­nes 27 años y una vo­ca­ción de hie­rro. —Sí, ten­go 27 y es­ta siem­pre fue mi vo­ca­ción. Lo que no sa­bía era que lo iba a con­se­guir. —¿Y qué te di­ce tu ma­dre? Es­táis muy uni­das. —Mi ma­dre es­tá or­gu­llo­sí­si­ma, y pa­ra mí ella es el amor de mi vi­da. Ver­la a ella có­mo lo dis­fru­ta y có­mo se sien­te de or­gu­llo­sa, la son­ri­sa que le sa­le ca­da vez que ve al­go mío... Es el me­jor re­ga­lo que le pue­do ha­cer a to­do lo que ella ha da­do, así que por lo me­nos que se sien­ta or­gu­llo­sa y dis­fru­te de su hi­ja.

2

SU SE­GUN­DO GO­YA

Ga­nó el pre­mio a la me­jor ac­triz pro­ta­go­nis­ta por «Te­cho y co­mi­da». El pri­me­ro fue a la me­jor ac­triz re­ve­la­ción por «Vi­vir es fá­cil con los ojos ce­rra­dos».

4 «LA CA­TE­DRAL DEL MAR» Natalia tam­bién for­ma par­te de es­ta se­rie en la que tie­ne un pa­pel cru­cial que des­en­ca­de­na la tra­ma.

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