“Co­rro me­jor por la are­na que por el as­fal­to”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DE GENTE - TEX­TO: ALE­XAN­DRA MA­ZA / S.F.

LEO­NAR­DO Y NI­CO­LE

Leo­nar­does un hos­te­le­ro bra­si­le­ño enamo­ra­do del deporte, su pa­sión es co­rrer por la pla­ya, y su de­bi­li­dad, pa­sar tiem­po con su hi­ja. To­dos los días del año cum­ple su sue­ño ha­cien­do las dos co­sas. Lle­va 10 años vi­vien­do en Es­pa­ña y es­tá fe­liz de te­ner al la­do de ca­sa el Atlán­ti­co. «En mi tie­rra no te­ne­mos mar, pe­ro sí unas pla­yas de agua dul­ce que mo­lan mu­cho», cuen­ta, y es que Ma­ran­hão, que es la región don­de na­ció, se ca­rac­te­ri­za por sus gran­des du­nas e im­pre­sio­nan­tes pai­sa­jes y es la are­na pre­ci­sa­men­te el lu­gar pre­fe­ri­do de es­te de­por­tis­ta, ya que ahí es don­de rea­li­za los me­jo­res en­tre­na­mien­tos. La pla­ya es su vál­vu­la de es­ca­pe, es­cu­char el so­ni­do del mar mien­tras li­be­ra en­dor­fi­nas es su plan per­fec­to pa­ra aca­bar el día. «Sue­lo ve­nir so­lo a co­rrer, aun­que a ve­ces me acom­pa­ña un ami­go, y cuan­do sa­le el sol siem­pre vie­ne mi fa­mi­lia», afir­ma. Es más de in­vierno que de ve­rano, le gustan los días que no ha­ce tan­to ca­lor por­que sue­le ha­ber me­nos gen­te. «Si se lle­na la pla­ya no pue­do co­rrer a gus­to, no me que­da es­pa­cio pa­ra mis en­tre­na­mien­tos», ex­pli­ca. Si es­tá nu­bla­do, él lo ce­le­bra, mu­cho me­jor pa­ra ponerse a tono. Y es que, aun­que so­lo ten­ga un des­can­so de me­dia ho­ra, apro­ve­cha pa­ra ve­nir a co­rrer a la pla­ya.

«Me pa­so to­do el día en­ce­rra­do en un local—di­ce Leo­nar­do— ven­go aquí pa­ra pa­sár­me­lo bien y res­pi­rar un po­co». ¿Y quién no se ha sen­ti­do lleno de tran­qui­li­dad dan­do un pa­seo o co­rrien­do por la pla­ya? Él lo sabe y por eso no se lo pier­de, pe­ro le gus­ta la so­le­dad de la are­na. «Ha­go más ejer­ci­cio si co­rro aquí que si voy por el as­fal­to, se ejer­ci­ta mu­cho más». Su es­ta­do na­tu­ral es ver­le vo­lar de una pun­ta a la otra de la pla­ya y cuan­do las pier­nas ya no pue­den más, pa­sa a col­gar­se de los bra­zos con las ba­rras y má­qui­nas que hay adap­ta­das en el par­que. No pa­ra. Es otro de los ca­sos ex­tra­or­di­na­rios, por­que siem­pre va a la pla­ya pe­ro nun­ca se ba­ña. «No me gus­ta me­ter­me en el agua por­que es­tá muy fría, no me acos­tum­bro to­da­vía», di­ce. Y mien­tras él ha­ce deporte, Ni­co­le, su hi­ja, se que­da ha­cien­do cas­ti­llos de are­na, no es tan de­por­tis­ta co­mo su pa­dre. Son pla­ye­ros por ex­ce­len­cia y ex­pri­men la pla­ya al má­xi­mo, aun­que siem­pre des­de la ba­rre­ra, sin to­car el agua.

«No me gus­ta me­ter­me al agua por que es­tá muy fría, no me acos­tum­bro to­da­vía”

PA­DRE E HI­JA DE­POR­TIS­TAS

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