Magellan

Japón, diario de viaje

Un relato sobre el país del sol naciente, que invita a descubrir su filosofía de vida, costumbres y singularid­ades

- TEXTO CARMEN LÓPEZ INIESTA FECHA DEL VIAJE: MAYO 2018

Un relato sobre el país del sol naciente, que invita a descubrir su filosofía de vida, costumbres y singularid­ades.

Japón siempre me había seducido como destino. Desde siempre la japonesa me había parecido una sociedad fascinante, muy distinta a nuestra mentalidad mediterrán­ea y un absoluto deleite para los sentidos. Cuando llegas, te das cuenta del permanente contraste que hay con respecto a nuestro mundo, a pesar de su alto nivel de desarrollo y de lo avanzado del país. Además, ha sabido conservar el sabor de su tradición más milenaria, combinando modernidad con una identidad propia.

No pretendo hacer de este relato un recorrido por las ciudades que visité, más bien os invito a la reflexión y el disfrute desde pequeñas pinceladas que todavía hoy me trasladan al país nipón.

Si te acercas a la popular calle Pontocho en Kioto podrás ver salir de los restaurant­es a maquilladí­simas geishas. Supongo que ya es algo sabido por todos, pero las geishas no son prostituta­s sino animadoras de banquetes y reuniones . Lo más atractivo de ellas, son sus exquisitos modales y su aspecto. Por suerte, no sólo ellas visten el atuendo más tradiciona­l del kimono con chanclas y calcetines blancos; jóvenes y mayores se cruzan a diario en tu camino envueltas en estampadas y coloridas telas .

La japonesa no es una sociedad individual­ista, tampoco busca la igualdad y está profundame­nte jerarquiza­da, reminiscen­cias de un antiguo sistema de castas. Su desmedido respeto por el otro, la veneración con la que

tratan al prójimo es asombrosa. Tal es el decoro hacia los demás que hasta el ticket de la compra te lo dan con las dos manos y te saludan siempre bajando la cabeza.

Las reverencia­s y las genuflexio­nes son constantes allá donde vas , entre amigos o desconocid­os. Y sí, evitan el contacto físico pero esto, hemos llegado a la conclusión de que no es sino otra muestra de un “culto al otro” que nos admira.

Se cuenta que el origen del saludo japonés es un ‘ofrecimien­to de cabeza’ a los samuráis en una época remota, una muestra de humildad máxima a una clase celosa del creciente poder económico y social de los comerciant­es que de esta inteligent­e manera no la perdían.

El otro, la naturaleza, es todo la misma cosa. Y es que esta sociedad está profundame­nte imbuida de filosofía Zen y cierto panteísmo muy antiguo que veneraba la naturaleza y las cosas. El sintoísmo es la religión mayoritari­a en el país pero no es dogmática.

Tampoco posee un deidad a la que adorar. En suma, es amor a la naturaleza y una invitación a descubrir lo divino en todos y en todo.

Los Torii o puerta de los templos tan caracterís­ticos del país, traspasan a un mundo sagrado que no es otro sino la misma naturaleza. Lo sagrado y lo profano son una misma cosa. El mensaje es evidente, todo a tu alrededor es sagrado, cuídalo, respétalo, disfruta de su belleza.

El budismo Zen aniquila el ego, lo reduce a su mínima expresión ,es un camino hacia la fusión con la vida desde un ‘no yo’. De ahí esa capacidad de síntesis y de ahí ese maravillos­o sentido estético que se despoja sin miedo de todo lo superfluo, quita, quita y quita. Busca y busca quitando hasta llegar a la máxima expresión de todo, la esencia.

El japonés entiende la nada, la envuelve, la ofrece, no le asusta. Sabe que es la llave de todo.

Esta sociedad tiene un sentido de lo colectivo tan exacerbado que no oirás conversaci­ones en el metro ni en el tren. En las calles impolutas apenas hay papeleras y se pide amablement­e que no fumes en letras impresas en el suelo de las aceras. La limpieza es casi una obsesión. Te encuentras galácticos inodoros/bidés con una variada selección de chorritos. Lavandería­s en las plantas de los hoteles que puedes visionar desde tu televisor y gente con mascarilla­s que intentan proteger de su catarro al otro. Ahora con la pandemia nos hemos acostumbra­do, pero en esto, los japoneses nos llevaban una ventaja inmensa. De nuevo todo por y para el otro.

Nuestra primera impresión en Tokio fue la de una ciudad bastante silenciosa, apenas vimos tráfico, las calles están despojadas de coches y es que no hay zonas de aparcamien­to, así que se usa transporte público. Este es bastante complejo, una red de empresas privadas

y públicas se entrecruza­n, con la fatalidad, en ocasiones, de que solo está escrito en japonés .

Aunque les encanta el jazz (escucharás son cubano y ska también ), el silencio importa y mucho. Sus movimiento­s son sigilosos, cuidadosos, detenidos, casi poéticos.

Revisten de ceremonia, de arte y artificio cualquier nadería dotándola de un valor preciosist­a.

Con la comida ocurre lo mismo. Síntesis y ceremonia se aúnan para dar paso a una experienci­a única. Los colores, como los sabores, la disposició­n, todo es armonioso. Puedes comer apenas un guisante envuelto en una sabanita de color que, untado en una salsa ocre, originan el cuadro buscado con la que para tu sorpresa te das por satisfecho.

La capacidad del japonés para saber aprovechar el espacio nos deja atónitos. Los coches son bajitos y cuadrados. En las zonas residencia­les los aparcan en sus casas en minúsculos reductos que más parecen armarios .

Los espacios naturales son los verdaderos templos. Naturaleza, belleza, armonía parecen principios. Adentrarse en el bosque primigenio del santuario de Nara es una experienci­a casi religiosa y en cada casa no faltan sus contornead­os arbolitos a la entrada.

Un cielo de titilantes hojitas de arce te acompaña en los paseos por jardines de nenú

fares y cerezos. El florecimie­nto del cerezo es una festividad y símbolo de lo efímero de la vida . La fugaz belleza, consuelo maravillos­o, símbolo de lo breve y corto de la existencia. De nuevo: todo y nada van de la mano.

Pero no todo es tan profundo, también tienen su lado loco y te encontrará­s excéntrico­s y divertidos japoneses en ropajes sacados de algún baúl de la abuela.

Un ejemplo de esa excentrici­dad son las calabazas gigantes al borde del mar de Yayoi Kusama en la islita de Naoshima. Aquí los museos son hoteles y se encuentran bajo tierra en impresiona­ntes obras arquitectó­nicas. Esta pequeña isla (un agradable paseo de 8km2 en bicicleta de dos horas) sabe mucho de arte. Casas del diseño más vanguardis­ta y desperdiga­das esculturas contemporá­neas buscan enmarcar, ¡cómo no! la naturaleza, protagonis­ta indiscutib­le.

Las mujeres en este país son delicadas y elegantes como pajaritos. La mayoría son patizambas, lo que las hace andar con un contoneo muy sexy. Su piel inmaculada y su forma de vestir con sus sombrillit­as a todas horas las hace aún más femeninas y muchas, muchas son una preciosida­d.

Como en cualquier país no todo es perfecto y claro está que esta sociedad paga un alto precio por tanta eficacia (las vías del metro por ejemplo están resguardad­as con mamparas para evitar el suicidio) pero nos quedamos con lo bueno que es mucho y dejamos Japón con la más honda de las admiracion­es, el más profundo respeto y ahora sí, somos nosotros los que bajamos la cabeza.

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 ??  ?? Geisha / CARMEN LÓPEZ
Geisha / CARMEN LÓPEZ
 ?? CARMEN LÓPEZ ?? Camino de Torii /
CARMEN LÓPEZ Camino de Torii /
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 ??  ?? Tokio, Raimbow Bridge / PIXABAY
Tokio, Raimbow Bridge / PIXABAY
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Tokio / PIXABAY
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PIXABAY Santuario de Nara /
 ?? CARMEN LÓPEZ ?? Calabaza gigantes al borde del mar de Yayoi Kusama /
CARMEN LÓPEZ Calabaza gigantes al borde del mar de Yayoi Kusama /

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