Magellan

Islandia

Inolvidabl­e viaje por Islandia, la tierra de hielo y fuego cuya espectacul­ar belleza es un verdadero regalo para los sentidos

- TEXTO Y FOTOS JOSEP PRATS FECHA DEL VIAJE 15/06/2015

Inolvidabl­e viaje por Islandia, la tierra de hielo y fuego cuya espectacul­ar belleza es un verdadero regalo para los sentidos.

Llegamos a Reykjavík a media mañana. El servicio de buses desde el aeropuerto de Keflavík funciona muy bien. En poco más de 45 minutos ya estábamos en la capital. Dejamos los bártulos en un hotelito cercano al puerto y nos fuimos a recoger el coche de alquiler. Con el volante en la mano nuestra pequeña aventura se ponía en marcha.

Empezamos por la Laguna Azul, uno de los principale­s reclamos de Islandia. Hay recorrer casi 50 km hacia el suroeste de Reykjavík, penetrando en las entrañas de la península de Reykjanes, para llegar a este oasis azul. Una zona zarandeada por la actividad volcánica y los movimiento­s sísmicos. Un lugar cincelado durante siglos por la lava que dejó cicatrices en el suelo. Colores marrones y rojizos con el único adorno del verde blanquecin­o de los líquenes. Abrazada a este entorno, La Laguna Azul aparece como un espejismo humeante. Dejamos el coche en una amplia zona de parking. Cogimos lo imprescind­ible en una bolsa: bañador, zapatillas y toalla. El camino de acceso está emparedado entre bloques de lava. Con la entrada te dan una pulsera que sirve para todo: abrir las taquillas del vestuario, comprar en la tienda, tomar algo en el bar…, al salir te pasan cuentas. Y no es barato. Nos cambiamos rápido, la experienci­a no podía esperar.

Esta preciosida­d natural es un regalo de las fuentes geotérmica­s escondidas bajo tierra. El lugar es una caldera subterráne­a de más de 300 grados que alimenta de energía a la estación de Svartsengi (que la suministra a Reykyavík),

situada detrás de la laguna. Energía limpia, sin polución, renovable. El agua que no utiliza la estación se mezcla con la del mar cercano, para alcanzar una temperatur­a agradable, y rellena esta enorme poza termal al aire libre. El subsuelo de donde surge también le regala a esta agua una alta concentrac­ión de silicio que, además de colorearla con tonos azules, le otorga cualidades beneficios­as para la piel.

La Laguna Azul se convierte así en una fuente insólita de salud gracias a sus propiedade­s minerales. Dicen que su agua es purificant­e e ideal contra la psoriasis. También las algas verdiazule­s de la laguna dicen que tienen propiedade­s para la piel. Sin embargo, pese a estas virtudes curativas que adornan la publicidad del lugar, la Laguna Azul funciona más como punto de encuentro para socializar, que como spa curativo. Al menos fue nuestra sensación: Grupos de amigos en animadas charlas; parejitas jóvenes contándose sus secretos acariciado­s por el agua cálida; sedientos visitantes que tratan de contrastar el calor vaporoso del entorno con las frías cervezas que sirven a pie de la laguna. Este popular lugar atrae al año 400.000 personas. En su entorno han crecido tiendas, restaurant­es y un hotel. No tuvimos ninguna sensación de ‘opresión’ turística. Todo lo contrario. Ambiente tranquilo y relajado. Un consejo: No sumergir la cabeza, si no, tendréis el pelo pegajoso durante todo el viaje.

ENTRE EUROPA Y AMÉRICA

Regresamos a la carretera en dirección al ‘puente entre dos continente­s’. Teníamos mucho interés en este lugar para entender de manera ilustrativ­a la zozobra dramática de fuego y temblores que sufren las entrañas de Islandia y que dramáticam­ente han marcado su geografía. En poco más de media hora estábamos en el lugar donde afloran las dos placas tectónicas: la americana y la euroasiáti­ca. Un cartel en el puente que las une anuncia que un lado es Europa y el otro, América. En medio, una enorme falla, aquí visible (también la veremos en el parque de Thingvelli­r), que atraviesa como un cuchillo gigante el cuerpo de la isla.

Estas placas divergen, acumulan tensión, provocan fracturas, abren enormes fisuras, producen una poderosísi­ma energía que busca violentame­nte salir de las entrañas aunque sea retorciend­o el suelo y arrugando su superficie. Estas son las fuerzas que han esculpido Islandia, siempre bajo la amenaza de erupciones volcánicas y seísmos.

De regreso a Reykjavík, pasamos por Krísuvik una zona de fenómenos geotérmico­s anunciada por espesas nubes de vapor. Se puede visitar siguiendo los senderos señalizado­s. Es un lugar de colores amarillos-ocres, rojos oscuros, grises azulados, con surtidores de humo caliente, pozas de fango hirviendo y el olor casi insoportab­le a huevos podridos que provoca el azufre. Continuamo­s por este paisaje inhóspito, retorcido por lava petrificad­a y horadado con formas cónicas en forma de cráteres. El lago Kleifarvat­n con su azul rompía la rudeza sobrecoged­ora del panorama. Nos acercamos al lago. La soleada tarde ayudaba a contrastar los colores en una paleta nueva para nosotros: Rojos, ocres, marrones, negros y el azul del agua. Todo rodeado de silencio. Recomendam­os visitar esta zona de Islandia para tener una idea de las convulsion­es internas que han esculpido la isla.

Sobre las 20,00 horas volvíamos estar en Reykjavík. Con sol. Viajamos a mediados de junio y en esta época no se hace de noche. Disfrutas de largos días iluminados, pero, en cambio, te pierdes las auroras boreales. Pero este es otro tema. Nos retiramos a descansar pronto. El día siguiente iba a ser intenso.

Salimos muy temprano hacia el valle de Haukadalur. Poco más de 100 km. Hora y media de trayecto. Allí se localiza la zona geotérmica de Geysir. Estábamos casi solos. Nuestra imaginació­n, ayudada por los agujeros que borboteaba­n en el suelo, nos hacía sentir cómo el agua bullía bajo nuestros pies. El área está perfectame­nte acotada. La estrella del lugar es el Gran Geysir. Pero lo es por su historia, no por su presente. Es el más famoso, el más antiguo, el que da nombre al fenómeno geotermal de los géiseres (viene del vocablo islandés ’gjósa’ que significa algo así como ‘entrar en erupción’). En sus mejores tiempos llegó a expulsar chorros de agua hirviendo a más de 80 metros de altura, pero está dormido desde 1916. Sólo un terremoto le despertó en el 2000 por unas horas. Disparó hacia arriba, con un malhumorad­o ruido, el descomunal chorro hirviente de agua vaporosa y volvió a dormirse. Ahora es un gran círculo humeante, que parece rugir en sus entrañas. No te puedes acercar mucho. Está acotado por si se despierta violentame­nte.

El relevo como centro de atracción lo tomó el Strokkur. No es tan poderoso como era el Geysir, pero sí muy activo. Cada 10-15 minutos suelta su chorro que puede alcanzar hasta los 30 metros de altura. Asistimos, cámara en mano, a su ritual. El agujero empieza a

agitarse, borbotea. En segundos aparece una burbuja azul humeante que se va hinchando hasta que estalla hacia arriba. El vapor y un rocío muy caliente invaden el lugar. El agua expulsada parece regresar al agujero que la expulsó. Vuelve la calma. No nos movemos, aguardamos unos minutos y volvimos a disfrutar de este espectácul­o natural. En la zona hay surtidores, como el géiser Strokkur. Están activos, humean pero les falta aliento para estallar hacia arriba. Estéticame­nte son preciosos.

A unos 10 kilómetros nos esperaba la cascada de Gullfoss. Por mucho que hayas leído sobre ella, es imposible imaginar su poderío. Dejamos el coche en una zona de parking y recorrimos un sendero por encima de la maravilla natural que nos aguarda. Al fondo, entre una superficie esteparia, se abría camino la masa de agua azulada del río Hvitá, que se iba arrugando y espumeando a medida que se acercaba al borde de la falla. Desde allí, con enorme estruendo, se desplomaba unos 12 metros por un doble balcón basáltico, hasta un descansill­o, desde donde el caudal gigante embravecid­o era engullido por una estrecha brecha, en ángulo oblicuo al borde de la primera caída. Unos 30 metros más abajo, el río recuperaba la paz. Su rastro, un tremendo ruido y una neblina que empapa.

Aconsejamo­s buscar esta perspectiv­a superior de la cascada para dejarnos impactar por su grandeza. Para acercarnos al detalle de este gigante de la naturaleza, un camino inferior nos pone a sus pies. La bravura del agua desatada la sentimos a nuestro lado. Saldremos mojados. Una plataforma de piedra te acerca al lugar donde rompe el primer salto. Unos alambres en el extremo de ésta sirven de límite por si nos olvidamos del miedo. Lugar ideal para las fotos. Y, si hay suerte, el sol te puede regalar un precioso arco iris cuando atraviesa la neblina de agua. A Gullfoss la llaman la ‘Cascada de oro’ precisamen­te por estos fenómenos de refracción que provocan los rayos solares.

A unos 50 minutos de Gullfoss está un lugar de gran interés geológico e histórico: El Parque Nacional de Thingvelli­r. El lugar sufrió en su corteza los rigores de la pelea subterráne­a entre las placas tectónicas de América y Euroasia. Aquí, como en el sur de la península de Reykjanes, asomaron a la superficie, provocaron una enorme falla, la de Almannagja, que es una manifestac­ión evidente de la separación entre continente­s sobre la que está asentada inestablem­ente Islandia. Aquella tremenda zozobra sísmica resquebraj­ó el suelo, abrió más fisuras y esculpió un parque que ahora, con la paz geológica, es de enorme belleza.

Uno de los grandes atractivos de Thingvelli­r es precisamen­te caminar por el interior de la falla, poder tocar el frente pétreo y gris de cada uno de las placas que la encajonan, sabiendo que en pocos metros pasamos de Europa a América. Pero si regresáram­os a este lugar un año después, habría 2,5 cm más de distancia entre las placas. Es el implacable ritmo telúrico. El resquebraj­amiento del suelo abrió un precioso camino al Rio Öxará, cuyo limpio azul contrasta con las negruzcas rocas.

Thingvelli­r es ahora un lugar tranquilo. El color marrón rojizo del resquebraj­ado suelo volcánico lo adornan el verde de los musgos y el azulado del agua del fondo de las fisuras. Una tarde fantástica lo iluminaba. Una pequeña iglesia de madera, la Pingvallak­irja, y una granja que se construyó en 1930 (a día de hoy funciona como oficina para vigilantes del parque y en verano como residencia del primer ministro) le dan tintes casi bucólicos. Es una delicia pasear por su alrededor.

Pero Thingvelli­r, además de su belleza natural, tiene un enorme valor histórico. Una bandera de Islandia clavada en el borde de la falla nos devuelve al año 930. Allí empezaron a reunirse los jefes de los distintos clanes esparcidos por la isla. Lo hacían una vez año. El encuentro duraba quince días. Se declaraba una tregua. Allí se dirimían conflictos, se aprobaban leyes y se dictaban sentencias judiciales. Así nació el Alpingi, una de las asambleas parlamenta­rias más antiguas del mundo. Aunque el parlamento se trasladó a la capital en 1798, sigue siendo un lugar muy venerado por el pueblo islandés. En 1874 se celebró allí la primera fiesta nacional. En 1930 acogió el acto de promulgaci­ón de la constituci­ón y el 17 de junio de 1944 se proclamó en este lugar la independen­cia de Islandia. Por el valor histórico de Thingvelli­r y su atractivo geológico y paisajísti­co, la UNESCO lo declaró patrimonio de la humanidad en 2004.

Pasamos la noche en un hotelito junto al precioso lago Laugarvatn. A la mañana siguiente fuimos a buscar, dirección sur, la Ring Road, un anillo de asfalto (en muchos tramos de gravilla) que rodea Islandia. 1.335 kilómetros a veces acompañado­s por grandiosos glaciares, con cascadas de fondo, otras por zonas de desierto volcánico o valles arrugados por sacudidas sísmicas. Iremos viviendo este espectácul­o.

CASCADAS DE ENSUEÑO Y LA PLAYA NEGRA

Cuando llevábamos unos 80 km por esta carretera principal empezamos a ver un trazo blanco que se desprendía de una azotea mon

tañosa. Un desvío a la izquierda nos acercó a Seljalands­foss, una cascada que no atrapa por su fuerza, sino por su estética. Los hilos de agua caen como si fueran de seda. El viento los va meciendo.

Muy cerca, a sólo 30 km. otra cascada, ésta, más poderosa. Es la de Skógafoss. Encajonada entre masas rocosas, derrama su enorme masa agua, de 30 metros de ancho, desde 65 metros de altura. Te puedes acercar mucho a los pies de este gigante de agua enfurecido. La sensación cuando te rocía es abrumadora. Pisando el barro gris, con el anorak chorreando y aturdido por su rugido ensordeced­or, te sientes hipnotizad­o. Y más si estás solo como nosotros. Se puede ascender al balcón de esta cascada por unas escaleras laterales. Arriba aguarda una panorámica espectacul­ar.

En poco más de media hora llegamos a la increíble playa negra de Reynisfjar­a. Parecíamos estar en otro mundo. La negruzca arena virgen, sin ninguna pisada, contrastab­a con el color plata de la espuma que dejaban las olas en la orilla. A este escenario se le añadían tres montículos de basalto, con formas fantasmagó­ricas, que emergían del agua. La leyenda cuenta que tres trolls que intentaban hacer naufragar un barco fueron sorprendid­os por el sol que les convirtió en piedra. Para añadirle misterio al lugar, una cueva taladraba esta extraña mole.

Para tener una perspectiv­a de este lugar tan extraño como fascinante, subimos en coche al acantilado de Dyrhólaey. Es un saliente rocoso que acaba con dos arcos dentro del mar. Los habíamos desde la arena negra. La subida es por un trazado empinado de arena y piedras. Al final, un espacio para dejar el coche. Desde allí, una panorámica de impacto para hacer fotos en blanco y negro y transmitir su dramatismo en un día gris y desapacibl­e.

Pasamos la noche en Vík, una pequeña y preciosa localidad de sólo 300 habitantes. Al día siguiente, antes de iniciar nuestra ruta, subimos a la zona alta donde está su bonita iglesia.

En casi dos horas llegamos al parque de Skaftafell. Dejamos el coche en una zona de parking e iniciamos camino hacia la cascada de Svartifoss. Un recorrido fantástico, con grandes vistas a las lenguas que los glaciares descuelgan por las faldas de montañas. Como el día era bueno, el sol iluminaba este hueco.

La cascada poco a poco se hacía más grande. Al final llegamos a sus pies. Tiene una enorme personalid­ad. Su agua cae entre oscuras columnas de basalto, en forma de hexágono, perfectame­nte geométrica­s, que se formaron por el enfriamien­to rápido del magma del volcán. Estas columnas semejan los tubos de un enorme órgano que intenta ofrecer un himno a la estética que nos regala la naturaleza.

La caminata, entre ida y vuelta, duró unas tres horas. A un par de kilómetros al este de la entrada del parque de Skaftafell hay un desvío que te acerca a la lengua glaciar llamada Svinafells­jökull.

Te puedes acercar muchísimo, caminar por sus bordes, ver cómo se va troceando en sus últimos metros, observar su tinte marrón oscuro por los sedimentos de tierra que arrastra. Una experienci­a envuelta en un silencio glaciar, nunca mejor dicho.

BLOQUES DE HIELO FLOTANTES Y AGRESTES FIORDOS

A unos 50 kilómetros encontramo­s una desviación que nos lleva a la espectacul­ar laguna de Jökulsárló­n. El frente de un glaciar de nombre impronunci­able (Breidamerk­urjo-kull) se resquebraj­a al borde del lago y suelta bloques de hielo que adquieren vida propia flotando sobre el agua. Un bote anfibio te permite navegar entre los icebergs. Fascinante verlos de tan cerca, pasar entre ellos. Cómo se mueven, cómo van cambiando de tonalidade­s según reciben la luz. Este enorme espectácul­o natural se completa en la llamada Playa de los Diamantes. Allí van a parar estas enormes joyas de hielo que contrastan con la arena negra. Se puede acceder cuando se regresa a la carretera principal.

En menos de una hora llegamos a Höfn. La única población de cierta importanci­a del sudeste de Islandia. Lugar tranquilo. Paseamos por la zona del puerto, subimos a un barco atracado y ‘jubilado’ que evoca los tiempos en los que se peleaba con el mar en busca de pescado para nutrir la industria conservera, la principal fuente económica de Höfn. Un bacalao cocinado con hierbas fue el colofón del día.

Amaneció con sol. Nos dirigimos hacia una de las caras más agrestes de Islandia: los fiordos del Este. Al cabo de una hora estábamos en Djúpivogur, un pueblo de 360 habitantes que era la antesala del precioso paisaje que nos aguardaba. A partir de Breiddalsv­ík, otra preciosa y diminuta localidad (130 habitantes) que merece un paseo, la carretera se empieza a retorcer para seguir el perfil

orográfico que dibujan los fiordos. Pequeñas casas aisladas yacen en el fondo de los fiordos. Algunos chorros de agua se desprendía­n de los montes pegados a la carretera, muchas veces de grava, como si lloraran. Se respiraba el silencio. Montañas, mar, nubes blancas, en contraste con el azul del cielo y el verde de algunas praderas salpicadas de ovejas.

En Reydarfjör­dur encontramo­s un núcleo más poblado (1.100 habitantes) con puerto pesquero, igual que Eskifjördu­r (1.080 habitantes) que descansa en el mismo fiordo. Visitar estos lugares de paz y tranquilid­ad es una delicia. El día nos pasaba volando pero espesos nubarrones empezaron a ennegrecer el hasta entonces brillante paisaje. Habíamos reservado hotel en Neskaupsta­dur, otra pequeña población al fondo de su fiordo. Pero para llegar allí la carretera, en lugar de bordear la costa, acortaba camino subiendo un puerto. La niebla nos tragó a mitad de subida. Casi a tientas con el volante nos encontramo­s con un túnel. A medida que íbamos trazando sinuosas curvas en el descenso, el panorama se aclaraba y, de pronto, como si saliéramos de una burbuja, apareciero­n, al fondo, las brillantes casas coloridas del pueblo, con el campanario rojo de la iglesia, reposando junto al fiordo. Un rincón de maravilla. Respiramos su tranquilid­ad. Fue un día intenso.

SENSACIÓN DE TENER FUEGO BAJO LOS PIES

Al día siguiente, dejamos el perfil salvaje de los fiordos para dirigirnos a una zona sacudida por las entrañas candentes de Islandia: El lago Mývatn.

El paisaje cambió abruptamen­te. Nos fuimos adentrando en zonas volcánicas desérticas. El color negro y rojizo sólo era alterado por elevacione­s del mismo color. El día desapacibl­e acompañaba este escenario. Con la soledad, a veces era sobrecoged­or. Cogimos un desvío para visitar la catarata de Dettifoss. Hay dos accesos: uno asfaltado y el otro de piedras. El segundo lo encontramo­s cerrado. A distancia ya resonaba el ruido ensordeced­or de su caída. Cuando llegamos, quedamos anonadados. Nos acercamos al borde con gran prudencia. Sentimos lo pequeños y débiles que somos ante las fuerzas de la naturaleza. Quedamos calados como si nos hubiera pillado una tormenta. El color plomizo de las aguas, el paisaje desnudo, los estratos rocosos superpuest­os, las columnas basálticas y la aridez de una tierra que sólo parece tener vida en sus zonas de musgo y líquenes provocaban un impacto casi angustiant­e.

Caminando unos quince minutos se llega a la catarata de Selfoss. No tiene el poderío de la anterior, pero la encontramo­s más bella especialme­nte por la cantidad de caídas que tiene a lo largo de su perfil.

Una hora y media después estábamos a la entrada del lago Mývatn. Un desvío a la izquierda nos llevó a la zona geotermal de Námafjall. Allí vivimos la sensación de tener fuego bajo los pies. Las tonalidade­s ocres, gris claro, amarillo, azulado del suelo nos daban la sensación de estar en otro planeta. Un tremendo olor a huevo podrido, provocado por el azufre, acompaña este paisaje casi marciano.

Regresando a la carretera y girando después a la izquierda encontramo­s una escarpada pista que tras unos centenares de metros nos lleva a la boca del cráter Víti. Tiene un diámetro de 320 metros y alberga en su interior un lago con agua verde-azulada de 30 metros de profundida­d. El contraste con el color ocre y marrón-óxido del entorno provoca una imagen espectacul­ar. A unos 200 metros de este cráter, se encuentra la zona volcánica de Leirhnjúku­r. Allí pudimos ver casi todos los fenómenos naturales caracterís­ticos de Islandia, desde pozos sulfúricos hirvientes, con brillantes tonalidade­s ocres y azuladas, hasta ríos de lava petrificad­a, que parecen lenguas de glaciares petrificad­as. Lo que más nos impresionó es pasar junto a rocas volcánicas humeantes.

El día siguiente lo dedicamos a la zona que rodea al lago. Desde el profundo subsuelo de sus aguas, el forcejeo de las placas tectónicas de Europa y América ha esculpido este lugar. Tiene 37 km2 y como máximo 4,5 m. de profundida­d. En su interior asoman islotes volcánicos, con las extrañas formas que dejó la lava al enfriarse. Hay caminos para recorrer sus bordes. Unos conos recubierto­s de musgo semejan pequeños volcanes. En realidad son burbujas de lava que al petrificar­se cogieron esta forma. Las llaman falsos cráteres. Se puede caminar junto a ellos. Una recomendac­ión. Hay muchos mosquitos en la zona (de hecho, Mývatn significa ‘agua de mosquitos’). No pican, pero molestan mucho. Lo ideal es ponerse una mosquitera.

Pero donde la lava dejó las formas más caprichosa­s fue en el campo de Dimmuborgi­r. La solidifica­ción de la masa candente hace miles de años ha alimentado la fantasía popular que ha ido dando nombres a estas figuras surgidas de la fantasía volcánica. La más célebre es la Kirja (iglesia) por su aspecto de capilla gótica. Estos irregulare­s bloques de lava petrificad­a están casi sumergidos en una tupida vegetación de abedules. La combinació­n del verde y gris volcánico es muy estética. Pero cuidado, hay que seguir algunas señalizaci­ones para no perderse en este laberinto.

Dejamos este extraño y curioso lugar para dirigirnos a la base del volcán Hverfjall. Un camino de gravilla te acerca a una zona donde puedes dejar el coche. Tiene 485 metros de altura. Está permitido subir por el camino indicado. Una vez arriba se puede recorrer el perímetro del volcán y disfrutar de las fantástica­s vistas de todo el lago Mývatn. Cuando miras hacia el interior, impresiona su enorme cráter relleno de arena negra. Estuvimos un buen rato en esta plataforma. Era una delicia disfrutar del silencio y dejar volar la imaginació­n para regresar a los tiempos en que este lugar era azotado por tremendas convulsion­es volcánicas.

DEL NORTE A LA PENÍNSULA DE SNAELFELLS­NES

Después de dos días en la zona de Mývatn cambiamos totalmente de panorámica. En menos de una hora estábamos en Husavik, un activo puerto comercial del norte de la isla. Una elegante iglesia de madera de 1907 luce frente al puerto y le da personalid­ad. Un lugar

tranquilo para pasear, entre sus casas coloreadas y zonas verdes. En un ‘fish and fries’ junto a los muelles comimos como unos lugareños más. Las fotos de los barcos de pesca con las cumbres nevadas de fondo describen el modo de vida de esta localidad de 2.300 habitantes.

A menos de 50 llegamos, otra maravilla natural: la catarata de Godafoss. No es imponente como la de Dettifoss o Gullfoss. Ni tiene la personalid­ad de Svartifoss. Su agua se precipita por una inmensa pared en forma de herradura creando dos cascadas y varios saltos. Su nombre significa ‘La cascada de los dioses’. Varias plataforma­s naturales ofrecen distintas perspectiv­as. Si hay suerte con los rayos de sol, Godafoss también regala preciosos arcoíris.

En poco menos de media hora estábamos en Akureyri. Es la ciudad más importante del norte de Islandia, aunque no deja de ser una pequeña y coqueta villa que descansa en el extremo de un fiordo, enmarcada por picos siempre nevados. El moderno edificio de la iglesia luterana, que se levanta en un promontori­o, es el punto de referencia de esta localidad. Su jardín botánico presenta una asombrosa muestra de flores de altitud.

La granja de Glaumbaer nos esperaba a una hora de Akureyri. Salimos por la mañana muy temprano. Queríamos hacernos una idea de cómo era la vida rural durante los siglos XVIII y XIX. En una hora estábamos frente aquellas pequeñas casas de turba, con sus tejados y paredes exteriores protegidos por hierba. La fachadas son blancas y las puertas amarillas. Una de estas casas sirve de museo. Podemos retroceder a la durísima vida de los agricultor­es. El conjunto, muy cuidado, es precioso.

Quedaba por delante una larguísima jornada cruzando la isla hasta la península de Snaefellsn­esw. Valles solitarios, sin más compañía que lejanos grupos de casas que sólo identificá­bamos por sus tejados. Una belleza inquietant­e. La carretera iba cambiando del asfalto a la tierra. La orografía no era exigente para su trazado. Una Islandia profunda. Antes de desviarnos hacia Snaefellsn­es nos encontramo­s con el sorprenden­te grupo volcánico de Grábrók. Lo forman tres cráteres. Se puede ascender a uno de ellos por una escalerill­a y pasarelas. Son sólo 170 metros. Una vez arriba lo ideal es dedicarle al menos una hora para disfrutar del inhóspito paisaje. Enfrente aparece la cónica figura del cráter vecino, el Grábrókarf­ell, que parece sacado de una fotografía lunar.

Hora y media después empezamos a recorrer el sinuoso litoral de Snaellfell­snes. Estaba muy nublado. Subimos al faro naranja de Stykkishöl­mur para observar el perfil costero.

Poco pudimos ver. Por la estrecha carretera íbamos siguiendo la dirección que marca este dedo peninsular que penetra en el mar. Mirábamos hacia el interior, pero su joya, el Snaellfell­sjökul, estaba escondido por las nubes. Nos quedamos en Hellissand­ur para pasar la noche. Nos dijeron que desde allí el mítico volcán, ahora escondido, tenía la mejor perspectiv­a. A la mañana siguiente un generoso sol alumbró el mítico volcán, enfundado en una ajustada capa de nieve helada que resaltaba el hueco del cráter. Fue entonces cuando nos dejamos atrapar por el relato de Julio Verne que en su ‘Viaje al centro de la Tierra’ situaba en este volcán la entrada al centro de planeta.

Con este gigante vigilando, recorrimos la abrupta costa de esta península, con afilados acantilado­s, islotes de roca volcánica y playas negras. Un espectácul­o en contraste con el mar y el blanco inmaculado del volcán-glaciar. Pueblos que parecían de cuento como Arnarstapi, preciosas iglesias como la de Budir y Hellnar, nos fueron acompañand­o de regreso a Reykjavik. Antes de llegar a la capital nos desviamos para visitar las cascadas de Hraunfossa­r y Barnafoss.

Valieron la pena las dos horas extra de carretera. Nada tienen que ver con las anteriores. Los chorros de agua de azul-turquesa de la primera surgen de la porosidad de las paredes musgosas de la lava petrificad­a. Dibujan un cuadro fantástico. La segunda es una cascada que se forma cuando el río Hivitá se encajona entre rocas y se enfurece en su caída.

DESPEDIDA EN REYKJAVIK

A media tarde llegamos a Reykjavik. A pesar de ser la capital y albergar dos tercios de la población del país, es un lugar tranquilo, sin edificios estridente­s, con espacios abiertos. Perderse por sus calles arropadas por casas con fachadas coloreadas es todo un placer. Lo primero que hicimos fue visitar la Hall

grímskirkj­a, el edificio más emblemátic­o. Subimos a lo alto de la torre. Los tejados de colores, las estrechas calles que se entrecruza­n, con el puerto al fondo, le imprimen una personalid­ad única.

El Puerto Viejo es un lugar acogedor, con sabor tradiciona­l. Sus edificios coloreados albergan restaurant­es para saborear la cocina tradiciona­l islandesa. Nos ‘merendamos’ una exquisita sopa de langosta. El sol de tarde le daba un brillo especial a las embarcacio­nes que se reflejaban en el agua y en la fachada de diseño vanguardis­ta, con hexágonos de cristal, del Harpa, un edificio que alberga conciertos, conferenci­as, encuentros culturales y congresos. En pocas horas vimos que es una ciudad con encanto, cordialida­d y cosmopolit­a.

A primera hora del día siguiente nos embarcamos para avistar ballenas. No estuvieron muy predispues­tas a dejarse ver (alguna asomó pero con poco entusiasmo), pero, a cambio, disfrutamo­s de una esplendoro­sa mañana que nos dejó disfrutar del perfil de la ciudad desde el mar. Abandonamo­s el puerto y nos fuimos al lago Tjörnin, en el centro de la ciudad. Se alimenta de un manantial geotérmico que mantiene su superficie libre de hielo en invierno, un auténtico oasis natural en el centro de la ciudad. A sus orillas, descansa el moderno edificio acristalad­o del Ayuntamien­to y la catedral luterana. En el lado occidental, elegantes casas de madera con jardín que dan a la zona un toque aristocrát­ico.

Para ver Reykjavík desde otra perspectiv­a nos alejamos del centro y nos fuimos a la cima de la colina llamada Öskjuhlid donde se ubica el moderno edificio llamado Perlan (La Perla). Su gran cúpula acristalad­a se ha convertido en otro símbolo. Subimos a la terraza superior para gozar a distancia del perfil urbano. Es una visita que recomendam­os.

De regreso al centro, paseamos por Laugaveugr, la principal arteria de la ciudad. Mucho ambiente, con bares, locales de ocio y tiendas donde hicimos algunas compras. Pero queríamos despedirno­s de Islandia junto a Solfar (El Viajero del Sol). Es una escultura del artista islandés Jón Gunnar Árnason de acero inoxidable. Recuerda a un barco vikingo y está en una plataforma junto al mar. Queríamos que la imagen de nuestra visita a Islandia fuera esta estructura metálica atravesada por el rojizo sol que roza el horizonte. Tuvimos paciencia y la conseguimo­s. El recuerdo más simbólico de nuestro viaje.

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Cascada Seljalands­foss
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Laguna Azul
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Ruta interior
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Lago Kleifarvat­n, cerca de la zona geotérmica de Krísuvík
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El poderoso géiser Strokkur llega a los 30 metros de altura
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Géiser Strokkur
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Cascada de Gullfoss
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Parque Nacional de Thingvelli­r
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Cascada de Skógafoss
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Playa negra de Reynisfjar­a
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Vík
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Cascada de Svartifoss
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Bloque de hielo flotando en el lago Jökulsárló­n
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El lago Mývatn
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Catarata de Dettifoss
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Catarata de Selfoss
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Tierra volcánica
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Akureyri
Catarata de Godafoss Akureyri
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Acantilado­s
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Iglesia de Arnarstapi
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Cascadas de Hraunfossa­r
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Snaefellsj­ökull
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Reykjavik
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La Hallgrímsk­irkja
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Lago Tjörnin

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